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lunes, 13 de febrero de 2012

«Yo no creía en Dios, pero sí en la Iglesia...hasta que vi que Dios es lógicamente inevitable»

Su posición atea era parecida a la del filósofo conservador Roger Scruton en sus memorias: podía asentir a cada punto de la fe católica excepto la existencia de Dios. Hasta que leyó a Edward Feser. 

Hay muchas personas que dicen que creen en Dios, pero no en la Iglesia. Es más difícil encontrar gente como el escritor irlandés Maolsheachlann O Ceallaigh, cuya postura era exactamente la contraria: creía en los valores de la Iglesia católica ("inocencia, reverencia, tradición, comunidad", enumera) pero no en Dios. Cuenta su camino hacia la fe, como otros conversos, en Whyimcatholic.com.

Destellos de algo más profundo
Aunque su madre le llevaba alguna vez a misa, Maolsheachlann no recibió apenas ninguna formación religiosa. Nadie le dijo nunca que los católicos debían ir a misa los domingos. Sin embargo, en su infancia ya se manifestaba su gusto por lo misterioso, lo reverente. Cuando tenía 7 o 8 años vio en una esquina de su clase del colegio un estandarte con el signo Chi-Ro, las iniciales de Cristo en griego. Parecía pertenecer a otro mundo, a algo serio, sobrio, misterioso... no como tantos dibujos y colores infantiles del colegio.

También en casa de un abuelo vio una vez una imagen de la Virgen con el niño y le parecio algo más solemne y romántico, una realidad más profunda, que lo que veía en los comics o en la TV, "en esa infancia infinitamente distraida, comercializada y banalizada de finales del siglo XX". Pero nada de esto cristalizó en él.

Un año, en el colegio, "una monja anciana y adorable nos enseñó los misterios del Rosario, las apariciones de Fátima, la historia de Maximiliano Kolbe y otros temas sólidos". Pero todos los otros cursos la formación religiosa era pobre y aburrida, "videos que nos inspirasen y psicología pop".

Una mini-conversión adolescente
A los 14 años, en vacaciones de verano, visitó a su tía, esposa de granjero, en un pueblecito donde todos iban a misa. "Una iglesia repleta es en sí misma un estimulante para una imaginación religiosa dormida", escribe. Él estaba descubriendo el poder de la poesía y los símbolos, y entonces retumbó la voz del sacerdote en el Evangelio: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos". Le pareció romántico, se le aceleró el pulso. Y ese verano consiguió un rosario, una medallita, un póster de los Diez Mandamientos y escribió un poema sobre la Resurrección... Pero cuando volvió a su ciudad todo eso desapareció "y volví de nuevo a mi indiferentismo religioso".

El misterio y lo romántico
"Como adolescente me acosaba la idea de que las aguas de la vida eran poco profundas para mis ansias, una ansiedad existencial que crecería en los años siguientes". Todo le parecía poco. Por eso, le impactó una definión sobre el misterio. Un alumno dijo: "es algo que nunca podrás entender". El profesor respondió: "digámoslo en positivo; el misterio es algo de lo que siempre se puede aprender más y más". Deseo de más allá, frente a la mera apariencia.

Como adolescente y joven, asumió el romanticismo tradicional, no el post-moderno. La poesía de Yeats y Wordsworth y Keats... ¡poemas que rimasen! Abrazó el romanticismo del pasado reciente irlandés, las fotos en blanco y negro, la visión agraria, anti-moderna del nacionalismo irlandés. Era el único chico en el colegio que defendía el uso de uniformes, a favor de la censura en "películas enfermizas", contra el uso del cannabis, etc... "Disfrutaba nadando contra corriente", afirma. Pero era ateo.

Dios no, Iglesia sí
"Me había convertido en el ateo definitivo", escribe sobre su juventud. Eso sí, muy a su disgusto. Defendía continuamente a la Iglesia de sus críticos. Su posición era parecida a la del filósofo conservador Roger Scruton en sus memorias Gentle Regrets: "podía asentir a cada punto de la fe católica excepto la existencia de Dios".

Maolsheachlann analiza su carácter para explicar el por qué de su ateísmo. En parte, él era un chico tímido, malo en cosas prácticas, solitario, y nada de lo que emprendía parecía fructificar. Sus ansias y nostalgias nunca lograban satisfacerse. Puesto que lo divino y trascendente es el ansia y deseo más profundo, parecía lógico que no hubiese Dios, que tampoco ese ansia tuviese satisfacción.

Por otro lado, por su inclinación romántica, dado que todo lo veía en un continuo declive, una decadencia, una pérdida... ¿cómo no aceptar la muerte de Dios, la pérdida de Dios? Ahí encajaba su ateismo.

Escribir te obliga a hacer preguntas
Maolsheachlann había acabado periodismo y trabajaba en una biblioteca universitaria, tenía veintipico años, y empezó a escribir: cuentos de terror, novelas de fantasía, más poesía... "Todo el que escribe sabe que eso es un viaje en busca de sentido", afirma. Porque ¿acaso algo tenía sentido? "¿Qué sentido tiene cualquier historia si, como dice Macbeth, la vida no es más que un cuento contado por un idiota, que nada significa? Porque si los ateos tienen razón, la vida no significa nada, eso era horriblemente claro. Y caí en la depresión más profunda de mi vida durante varios meses". Ese verano "el cosmos entero parecía insustancial, sin sentido, como una burbuja que flota en el aire y puede desaparecer en cualquier momento".

Se volcó en la lectura. "Leí a C.S. Lewis y a G.K. Chesterton y varios autores cristianos más. Navegué por Internet, un seguidor silencioso del ácido e interminable debate sobre Dios en el ciberespacio. Vi debates sobre apologistas y escépticos en YouTube. Nada, nada era importante, excepto la pregunta última".

Desconfiar de lo que te gusta
Maolsheachlann quería creer, pero temía auto-engañarse. Recordaba que Arthur Conan Doyle, el "padre" del cerebral Sherlock Holmes, intentando consolarse de la muerte de su esposa e hijo, se había llegado a creer las patrañas del espiritismo, la ouija y hacer fotos a hadas. "La poesía en prosa y la apuesta de Pascal no serían bastante para mí".

Para asegurarse una y otra vez, de forma sistemática, de que no se auto-engañaba, sometía a prueba cada argumento a favor de Dios "hasta un nivel ridículo, mucho más allá de las pruebas que exigiría a cualquier otro tema o teoría. [...] Tengo un mecanismo de defensa contra el wishful thinking que se ha asilvestrado y hace que todo lo deseable parezca, a priori, implausible. Mientras buscaba a Dios, todos mis prejuicios estaban contra Él, todas las defensas erguidas".

Eso sí, sólo veía dos opciones: o el ateísmo, o el catolicismo. "Estaba seguro de eso. Ninguna otra fuerza en la tierra mostraba la misma dedicación a su mensaje, la misma resistencia a someterse al espíritu de la época, como la Iglesia Católica. Ninguna otra institución defendía las cosas buenas de la vida -familia, comunidad, pureza, patriotismo, celebración, masculinidad y feminidad, ritual y ceremonia- tan asiduamente. Cualquier otra religión se arrugaba, contemporizaba, se mostraba humana, demasiado humana".

Dos libros: Ortodoxia y The Last Superstition
La obra maestra de G. K. Chesterton, su libro "Ortodoxia", le convenció de que el cristianismo era la llave de la cerradura de la vida, del cómo vivir, probada siglo tras siglo en circunstancias muy distintas.

Pero el libro que cambió su vida fue "The Last Superstition", una respuesta del filósofo tomista norteamericano Edward Feser al desafío del nuevo ateísmo grosero del estilo de Richard Dawkins. "Fue difícil abordar este libro, me lo tuve que leer dos veces y despacio, pero paladeé cada palabra", reconoce.

"Es una demostración lúcida, estricta, de que el materialismo filosófico no puede ser verdadero, que la existencia de un Dios todopoderoso, omnisapiente, todo bondad, es lógicamente inevitable, y de que las pruebas tradicionales de la existencia de Dios, esas pruebas que cualquier infiel encuentra tan fáciles de refutar, son mucho más sutiles de lo que sus críticos entienden y de hecho no admiten respuesta cuando se entienden bien".

De hecho, a Maolsheachlann le convenció una sola prueba: la contigencia. "Todo en el mundo físico depende de otras cosas, pero la cadena no puede remontarse por siempre, sino que debe terminar fuera del mundo físico, en algo necesario y eterno y perfecto. Esto me pareció, y me sigue pareciendo, sólido como una roca. Hace falta algo más de desarrollo para que este algo eterno y necesario sea Dios tal como lo entendemos, pero ahí están los argumentos y son convincentes". Al libro de Edward Feser se remite.

Nueva vida
"Después de meses sumergido, rompí la superficie de las aguas, pude respirar de nuevo, y el mundo a mi alrededor era todo nuevo", escribe.

"Así que ahora voy a misa cada domingo, rezo el Rosario casi cada día, intento conseguir una educación religiosa que retrasé tanto tiempo y trato de hacer lo que puedo para nadar contra la corriente del un secularismo creciente". Pero ¿lo hace sólo por su tendencia a ir contracorriente? No. Dice que todas las categorías políticas, culturales, se rompen ante la presencia de Dios, que los sacramentos y la gracia sanadora de Dios purifican sus intenciones, "a través de la Iglesia fundada en el fuego santo de Pentecostés".

Hoy Maolsheachlann es un gran difusor de la obra de G. K. Chesterton a través de la Sociedad Chesterton Irlandesa.
Pablo Ginés
Religionenlibertad.com 

martes, 10 de enero de 2012

¡Dios tiene la culpa!

A veces nos excedemos en el pensamiento, nos extralimitamos, y ocurren cosas en nuestra vida que traen consecuencias catastróficas. Si Dios creó todas las cosas tambien creó los pensamientos... y tú ¿Qué opinas?

lunes, 10 de octubre de 2011

Silencio y soledad son esenciales para encontrar a Dios, recuerda el Papa

Al celebrar las Vísperas en la cartuja de los santos Esteban y Bruno ayer por la tarde en la región de Calabria (Italia), el Papa Benedicto XVI señaló que cuando el hombre se retira al silencio y la soledad, es capaz de encontrarse con lo más esencial de la vida, con Dios.
En su homilía de las Vísperas que presidió, el Santo Padre resaltó el núcleo de la vida de la cartuja: "el fuerte deseo de entrar en unión de vida con Dios abandonando todo lo demás, todo lo que impide esta comunión, dejándose aferrar por el inmenso amor de Dios para vivir sólo de este amor", mediante la soledad y el silencio.
El Papa dijo luego el progreso técnico ha hecho la vida del hombre más cómoda, pero también "más agitada, a veces convulsa". El desarrollo de los medios de comunicación hace que hoy se corra el riesgo de que lo virtual domine sobre lo real.
"Cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual, a causa de los mensajes audiovisuales que acompañan su vida desde la mañana hasta la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta condición, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por miedo a sentir, precisamente, este vacío. (…) Algunas personas ya no son capaces de permanecer largo tiempo en silencio y soledad".
Esta condición sociocultural "pone de relieve el carisma específico de la Cartuja como un don precioso para la Iglesia y para el mundo, un don que contiene un mensaje profundo para nuestra vida y para toda la humanidad".
"Lo resumiría así: retirándose en el silencio y la soledad, el hombre, por así decir, se ‘expone’ a ese aparente ‘vacío’ al que aludía antes, para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que hay".
El monje, prosiguió el Santo Padre, "abandonando todo (…), se expone a la soledad y al silencio para no vivir de otra cosa que de lo esencial, y precisamente viviendo de lo esencial encuentra también una profunda comunión con los hermanos, con cada hombre".
Esta vocación "halla respuesta en un camino, en la búsqueda de toda una vida. (…) Llegar a ser monje requiere tiempo, ejercicio, paciencia (…) Pero en esto consiste la belleza de toda vocación en la Iglesia: en dar tiempo a Dios para que actúe con su Espíritu, y a la propia humanidad para formarse, para crecer según la medida de la madurez de Cristo, en un particular estado de vida".
"En Cristo está el todo, la plenitud; nosotros tenemos necesidad de tiempo para hacer nuestra una de las dimensiones de su misterio. (…) A veces, a los ojos del mundo, parece imposible permanecer durante toda la vida en un monasterio, pero en realidad toda una vida es apenas suficiente para entrar en esta unión con Dios, en esa Realidad esencial y profunda que es Jesucristo".
Finalmente el Papa Benedicto XVI subrayó que "la Iglesia tiene necesidad de vosotros, y vosotros necesitáis a la Iglesia. También vosotros, que vivís en un aislamiento voluntario, estáis en realidad en el corazón de la Iglesia, y hacéis correr por sus venas la sangre pura de la contemplación y del amor de Dios".
Terminada la celebración de las Vísperas, el Santo Padre mantuvo un encuentro con la comunidad de los cartujos en el refectorio, firmó el Libro de Oro de los visitantes ilustres, y visitó luego una celda y la enfermería de la cartuja. Más tarde, regresó al aeropuerto de Lamezia Terme, de donde volvió a Roma.

aciprensa.com

sábado, 10 de septiembre de 2011

Un cuento para fiarse de los planes de Dios

 Había una vez, sobre una colina en un bosque, tres árboles. Con el murmullo de sus hojas, movidas por el viento, se contaban sus ilusiones y sus sueños.
        El primer árbol dijo: "Algún día yo espero ser un cofre, guardián de tesoros. Se me llenará de oro, plata y piedras preciosas. Estaré adornado con tallas complicadas y maravillosas, y todos apreciarán mi belleza".
        El segundo árbol contestó: "Llegará un día en que yo seré un navío poderoso. Llevaré a reyes y reinas a través de las aguas y navegaré hasta los confines del mundo. Todos se sentirán seguros a bordo, confiados en la resistencia de mi casco".
        Finalmente, el tercer árbol dijo: "Yo quiero crecer hasta ser el árbol más alto y derecho del bosque. La gente me verá sobre la colina, admirando la altura de mis ramas, y pensarán en el cielo y en Dios, y en lo cerca que estoy de Él. Seré el árbol más ilustre del mundo, y la gente siempre se acordará de mí".
        Pasaron años hasta el día en que un grupo de leñadores se acercó a los árboles. Uno de ellos se fijó en el primer árbol y dijo: "Este parece un árbol de buena madera. Estoy seguro de que puedo venderlo a un carpintero". Y empezó a cortarlo. El árbol quedó contento, porque estaba seguro de que el carpintero haría con él un cofre para un tesoro.
        Ante el segundo árbol, otro leñador dijo: "Este es un árbol resistente y fuerte. Seguro que puedo venderlo a los astilleros". El segundo árbol lo oyó satisfecho, porque estaba seguro de que así empezaba su camino para convertirse en un navío poderoso.
        Cuando los leñadores se acercaron al tercer árbol, se asustó, porque sabía que, si lo cortaban, todos sus sueños se quedarían en nada. Un leñador dijo: "No necesito nada especial. Me llevaré este mismo". Y lo cortó.
        Cuando el primer árbol fue llevado al carpintero, lo que hizo con él fue un comedero de animales. Lo pusieron en un establo y lo llenaron de heno. No era esto, desde luego, lo que él había soñado, y por lo que tanto había rezado. Con el segundo árbol se construyó una pequeña barca de pescadores. Todas sus ilusiones de ser un gran navío, portador de reyes, quedaron en eso. Al tercer árbol simplemente lo cortaron en tablones, que dejaron amontonados contra una pared.
        Siguió pasando el tiempo, y los árboles llegaron a olvidar sus sueños. Pero un día un hombre y una mujer jóvenes llegaron al establo. Ella dio a luz, y colocaron al niño, envuelto en pañales, sobre el heno del pesebre hecho con la madera del primer árbol. El hombre hubiera querido construir una pequeña cuna para el niño, pero tuvo que contentarse con este pesebre. Viendo todo lo que allí sucedió, el árbol entendió que era parte de algo maravilloso, y que se le había concedido contener el mayor tesoro de todos los tiempos.
        Años más tarde, varios hombres se subieron a la barca hecha con la madera del segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado, y se durmió. Mientras cruzaban un lago, se levantó una tormenta fortísima y el árbol pensaba que no iba a resistir lo suficiente para salvar a aquellos hombres. Los otros, aterrorizados, despertaron al que estaba dormido. Él se levantó, y dijo al viento: "¡Cállate!", y la tormenta se apaciguó. Entonces el árbol se dio cuenta de que en la barca iba el Rey de reyes.
        Finalmente, tiempo después, alguien se acercó a coger los tablones del tercer árbol. Unió dos en forma de cruz, y se los pusieron encima a un hombre ensangrentado, que los llevó por las calles mientras la gente lo insultaba. Cuando llegaron a una colina, sujetaron al hombre al madero, clavándole las manos y los pies, y lo levantaron en la cruz para que muriese en lo alto, a la vista de todos. Cuando llegó el siguiente Domingo, el árbol comprendió que finalmente había llegado a ser lo bastante fuerte y alto para destacar sobre la cumbre, tan cerca de Dios como era posible, porque el Hijo de Dios había sido crucificado en él. Ningún árbol ha sido nunca tan conocido y apreciado, ni ha elevado el pensamiento de tantos hacia Dios como el árbol de la Cruz (Anónimo inglés).
        Dios, nuestro Padre lleno de amor, es el garante de nuestra vida, como dice el Salmista: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida: ¿qué podrá hacerme temblar?". Aun cuando parezca saltar por los aires todo lo que habíamos planeado, debemos estar seguros de que Dios tiene un plan mejor para nosotros. Si confiamos en Él y le dejamos meterse en nuestra vida, saldremos ganando siempre. Cada uno de los árboles del cuento acabó realizando sus anhelos más íntimos, pero de una manera mejor de lo que nunca alcanzó a soñar. No nos es posible siempre saber qué tiene preparado Dios para nosotros, pero debemos saber que sus planes no son los nuestros: son siempre mucho más sublimes.

Juan Manuel Roca
Cómo acertar con mi vida
www.fluvium.org

sábado, 3 de septiembre de 2011

Dios sí, Iglesia no

Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de las Casas

Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de las Casas, con el título “Dios sí, Iglesia no”.
* * *
VER
Así decían unos carteles de manifestantes contra la visita del Papa en Madrid, durante la Jornada Mundial de la Juventud. Aceptan a Dios, pero no a quienes representan la institución llamada Iglesia. No sé qué tipo de dios sea el suyo, porque muchos inventan un dios a su medida, un dios que no les cuestione ni contradiga su forma de vivir, un dios según sus criterios, un dios que legitime hasta sus degradaciones. Y traen a colación siempre las incongruencias de nuestra Iglesia, en el pasado y en el presente, para rechazar su mediación para ser salvos.
Aunque no lo expresen en pancartas semejantes, muchos están convencidos de que así está bien: no niegan su fe en Dios y acuden a El sobre todo en momentos difíciles, pero acudir a su parroquia, solicitar sacramentos, ir a Misa los domingos, conocer y asimilar el Catecismo de la Iglesia, confesar ante un sacerdote sus pecados para el perdón divino, consultar a un agente de pastoral sobre los problemas conyugales o las tentaciones del mundo, eso les parece innecesario. Aún más: dicen que cualquier iglesia vale lo mismo, que cualquier religión es buena, que Dios nos oye de todas maneras. Así, caen en un relativismo teológico y pragmático: cada quien se convierte en medida de verdad y de bien.
JUZGAR
En la escena de Cesarea de Filipo (Mt 16,13-19), Jesús une la profesión de Pedro en la divinidad, con la institución de la Iglesia. No se pueden separar: Jesús quiere continuar vivo y operante en su Iglesia, fundada con seres humanos defectibles y pecadores. Si aceptas a Jesús como Salvador, debes asumir también el medio, el sacramento por el que estableció hacerse presente hasta los últimos rincones de la tierra. Con razón, San Pablo llama a la Iglesia “pleroma”  (plenitud), cuerpo y esposa de Cristo (Ef 1,22-23; 5,25; Col 1,18; 2 Cor 11,2; Apoc 21,9.17). Gritar Dios sí, Iglesia no, es pretender enmendarle a Jesús su proyecto de salvación para la humanidad, que pasa por la Iglesia; es pensar que se equivocó, pues debería haber hecho su Iglesia con ángeles, o continuar físicamente entre nosotros por siempre y en todo lugar.
En Madrid, dijo el Papa a los jóvenes: “Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1 Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.
Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.
Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios” (21-VIII-2011).
ACTUAR
Aceptemos con fe, amor, respeto, comprensión y docilidad a nuestra Iglesia. Que sus deficiencias no te alejen de Jesús. Que nos esforcemos todos, pastores y fieles, por ser una Iglesia santa, inmaculada, sin mancha, ni arruga ni nada parecido, sino esplendorosa y digna de Jesús, para que el mundo crea y se salve.

zenit.org

domingo, 17 de julio de 2011

Donde no está Dios, “no puede haber nada bueno”, explica el papa


Presenta su voluntad como “el criterio-guía de nuestra existencia”

Benedicto XVI considera que para que la vida dé fruto debe tener como “criterio-guía” la voluntad de Dios, pues donde Él no está, “no puede haber nada bueno”.
Esta fue la conclusión a la que llegó en este domingo, al meditar en el encuentro con los peregrinos que llenaban el patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, con motivo de la oración mariana del Ángelus, en la parábola del sembrador y la cizaña, que presentaba el pasaje evangélico de la liturgia del día.
Con estas reflexiones, afirmó, “el divino Maestro invita a reconocer ante todo la primacía de Dios Padre: donde no está, no puede haber nada bueno. Es una prioridad decisiva para todo”.
“Reino de los cielos significa, precisamente, señorío de Dios, y esto quiere decir que su voluntad debe ser asumida como el criterio-guía de nuestra existencia”, aclaró.
Jesús compara el Reino de los cielos con un campo de trigo, siguió explicando el obispo de Roma, “para darnos a entender que dentro de nosotros se ha sembrado algo pequeño y escondido, que sin embargo tiene una fuerza vital que no puede suprimirse”.
“A pesar de los obstáculos, la semilla se desarrollará y el fruto madurará. Este fruto será bueno sólo si se cultiva el terreno de la vida según la voluntad divina”, indicó.
Por eso, en la parábola de la cizaña, Jesús advierte que, después de la siembra del dueño, “mientras todos dormían”, aparece “su enemigo”, que siembra la cizaña.
“Esto significa que tenemos que estar preparados para custodiar la gracia recibida desde el día del bautismo, alimentando la fe en el Señor, que impide que el mal eche raíces”, destacó.
El pontífice citó a uno de sus autores favoritos, san Agustín de Hipona, quien escribía: “primero muchos son cizaña y luego se convierten en grano bueno”.
Y el famoso convertido añadía: “si éstos, cuando son malos, no fueran tolerados con paciencia, no lograrían el laudable cambio”.
A partir de esta reflexión, el papa concluyó: “si somos hijos de un Padre tan grande y bueno, ¡tratemos de parecernos a Él!”.
Puede leerse la intervención completa del papa en la sección de documentos de la página web de ZENIT. 

Fuente: www.zenit.org

domingo, 12 de junio de 2011

El papel de Dios en la vida pública


Construir un marco moral para la propia vida

Por el padre John Flynn, L. C.
En un momento en que se suele presentar la religión como algo perjudicial o nocivo para la sociedad moderna, el cardenal Francis George de Chicago ha publicado un libro en el que sostiene con firmeza que la religión puede hacer una contribución única al bien común.
En God in Action: How Faith in God Can Address the Challenges of the World (Dios en Acción: ¿Cómo la Fe en Dios puede afrontar los Retos del Mundo) (Doubleday), publicado en mayo, aclara desde el principio que no habla de religión en el sentido de su influencia sobre cómo piensa y actúa la gente, o como filosofía de vida.
El libro, por el contrario, es un intento de discernir cómo actúa Dios en nuestra época. En otras palabras, se trata de seguir la recomendación del Vaticano II a los católicos de que lean los “signos de los tiempos”.
Puesto que la autonomía humana se ha convertido en el valor más importante, y el progreso ha sustituido a la providencia, el papel de Dios en gran parte ha desaparecido de la conciencia popular, señalaba el cardenal George.
También explicaba que la tendencia de la filosofía moderna de exaltar la voluntad por encima de la razón ha influido en la reacción antes situaciones en las que la voluntad de Dios se enfrenta con nuestros deseos. En vez de de ver el seguimiento de la voluntad de Dios como un modelo de santidad y alegría, dicha sumisión a Dios se considera como una servidumbre a un poder arbitrario.
A partir de los siglos XVII y XVIII los pensadores modernos redujeron a Dios a la causa primera que no juega papel vital alguno en la sociedad. De este modo, la religión se convierte en un asunto privado sin valor normativo.
Una vez en este camino, se ha dado un inevitable deslizamiento hacia el deísmo y a presentar a Dios como un símbolo vacío. De ahí a ver a Dios como una amenaza al progreso humano sólo hay un paso, como ha ocurrido con Feuerbach, Marx y Freud.
"Más tarde o más temprano, quienes están seguros de ser totalmente libres para determinar su propia identidad y sus acciones sin Dios, negarán su existencia", afirmaba el cardenal George.
Libertad
Preguntaba después cómo es posible considerar que la actuación de Dios fortalece la libertad humana en vez de ser una amenaza para ella.
A partir de Tomás de Aquino, el cardenal George explicaba que Dios no sólo crea sino que también sostiene lo que ha creado. Además, las criaturas actúan de una manera determinada porque Dios les ha dado esa determinada naturaleza".
Un acto libre cuyo fin está en consonancia con la naturaleza humana se realiza bajo la providencia de Dios, no importa lo trivial o profundo que sea dicho acto. Vista bajo esta luz, la influencia de Dios no está fuera de la estructura de nuestro actuar ni es una imposición sobre nuestra libertad.
Actuar, en cambio, con un fin contrario al bien de nuestra naturaleza humana no es libertad verdadera, ya que, según Tomás de Aquino, la libertad se ordena hacia el bien.
El cardenal George recomendaba además que, si redescubrimos la perspectiva bíblica de un Dios que habla y actúa, podemos llegar a ver a Dios como un amigo de la libertad humana. Un Dios que se encarnó en Jesús y en el que dos voluntades, la divina y la humana, actúan en unión.
"La libertad humana de Jesús debidamente ordenada no bloqueaba la libertad divina sino que era una imagen de ella", afirmaba.
Tras la presentación inicial de su postura, el cardenal George dedicaba la mayor parte del libro, capítulo tras capítulo, a diversas consideraciones que exploran el papel de Dios en la sociedad, la búsqueda de la verdad, el cuerpo humano, y las áreas de la economía y de las relaciones internacionales.
En el capítulo sobre la libertad y la verdad, señalaba que Dios actúa libremente al crear a los hombres y a las mujeres. Los seres humanos, a su vez, participan de este don al actuar libremente. Sin embargo, si la mentira nos atrapa, nuestro actuar humano impedirá colaborar con Dios, que es la verdad.
Verdad
En contraste con la persona autónoma, que se autodefine por sus decisiones basadas únicamente en el deseo individual, existe otro sentido de persona, basado tanto en la fe como en la razón, sostenía el cardenal George.
La ciencia y la tecnología pueden dar respuestas a muchas preguntas, pero debemos también lograr un conocimiento de nosotros mismos que viene de hacer preguntas como: ¿Quién soy? ¿Qué debo hacer? Las respuestas a estas cuestiones no se pueden deducir de las leyes de la física, sino que deben venir de una fuente espiritual regida y perfeccionada por la verdad.
En esa fuente espiritual, continuaba el cardenal George, encontramos una verdad que nos convence y nos abre a nosotros mismos, a los demás y a nuestro mundo.
"Nuestra dignidad como personas tiene sus raíces en la libertad que refleja a Dios y que llega a la propia conciencia desde la razón natural y desde la respuesta a la autorrevelación gratuita de Dios", afirmaba.
Desgraciadamente, comentaba, en la sentencia del Tribunal Supremo de Planned Parenthood contra Casey, que establecía el derecho constitucional al aborto, los jueces afirmaron que la esencia de la personalidad es la capacidad de controlar y definir por uno mismo el significado y el propósito de la vida.
Este pasaje consagra por ley el precepto de la libertad como algo separado de toda relación. "Es la libertad separada de la verdad de las cosas", observaba.
Recuperar esta verdad es vital para trata con los desafíos que plantean muchas cuestiones de bioética, afirmaba en otro capítulo.
No podemos esperar tener una conversación sobre la dignidad humana si partimos de una visión que ve a la persona como una mera colección de genes.
Por el contrario, necesitamos encontrar la dignidad humana como una característica de la naturaleza humana que no puede perderse. La dignidad nos viene también de la aceptación del don de la salvación de Dios y de la vida en él.
Negocios
La separación de la fe de los asuntos ordinarios de la vida no es un problema nuevo para los cristianos, señalaba el cardenal George al inicio del capítulo dedicado a la economía.
Si viéramos los negocios como una vocación, podrían convertirse en un camino para lograr la santificación personal y ayudar a los demás a lograrlo también. De esto modo el trabajo llega a ser mucho más que cumplir con las normas y protocolos de una empresa.
El trabajo se hace dentro de una comunidad de personas, y sirve también a la comunidad, defendía el cardenal George. Las personas se unen al servicio de la sociedad. El mercado ofrece muchas oportunidades de ser creativos y productivos y de crear riqueza. Esto es bueno, admitía, pero hay también un orden de importancia.
Los manuales de negocios aconsejan que las mejores empresas son las que respetan y cuidan de sus empleados, observaba. Esto, sin embargo, es una reflexión y una verdad profunda, es decir, que hemos sido creados por Dios como seres sociales.
Es erróneo interpretar que el libro del Génesis considera el trabajo una maldición. Por el contrario, insistía el cardenal George, es una actividad creativa y trabajamos imitando la actividad creativa de Dios. Para un creyente, por tanto, el trabajo es participar en el plan de Dios para el mundo.
"El trabajo es parte de nuestro ser criaturas de Dios, de trabajar en consonancia con su propósito y establecer el objetivo de lograr lo que es bueno para nosotros y para los demás", explicaba.
La reciente crisis económica ha llevado a algunas personas religiosas a hablar como si fuera malo obtener beneficios. Esto está mal, sostenía el cardenal George, porque cuando una empresa logra beneficios ha utilizado sus recursos de manera correcta y se han satisfecho necesidades humanas.
Aún así, el beneficio no es el criterio para juzgar la situación de una empresa. Es posible que las cuentas estén en orden y, al mismo tiempo, la personas que conforman la comunidad de trabajadores pueden ser humillados y ofendidos.
Dios no dicta nuestras decisiones en el orden social, económico y político, pero a medida que avanzamos en nuestras vidas la actividad humana más importante es la búsqueda de Dios, concluía el cardenal George. Una llamada de atención oportuna en una época en la que la gente se pone con demasiada frecuencia como centro de atención.

Fuente: www.zenit.org

sábado, 28 de mayo de 2011

Dios nunca abandona al ser humano ante el peso del mal del mundo, recuerda el Papa


Luego del concierto ofrecido en su honor por la República de Hungría que acaba de asumir la presidencia del Consejo de la Unión Europea, el Papa Benedicto XVI resaltó ayer que Dios nunca abandona al ser humano ante el peso del mal del mundo.
En su discurso de agradecimiento al Presidente de Hungría, Pál Schmitt, y a la Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría que interpretó varias piezas del famoso pianista húngaro Franz Liszt, el Santo Padre explicó que este gran compositor de música sinfónica y clásica, también era un hombre de profunda fe.
Seguidamente Benedicto XVI hizo una reflexión sobre las tres piezas primeras piezas interpretadas, entre las cuales estaba el Ave María-Die Glocken von Rom. Con sonidos muy distintos entre sí, se ha podido expresar "armoniosamente un único proyecto musical".
"Y por esto nos han donado la belleza y el gozo de la escucha, han suscitado en nosotros una amplia gama de sentimientos: desde la alegría y lo festono de la marcha, hasta la meditación de la segunda pieza con una insistente y estrujadora melodía, hasta la actitud orante a la cual nos ha invitado el coral Ave María.
Radio Vaticana informa que el Papa se refirió luego al Salmo 13 y su relación con "Liszt (que) residió en Tivoli y en Roma; es el período en el que el compositor vive en modo intenso su fe, tanto como para producir casi exclusivamente música sacra; recordemos que recibió los órdenes menores. La pieza que hemos escuchado nos ha dado la idea de la calidad y de la profundidad de esta fe".
"Es un Salmo en el cual el que ora se encuentra en dificultad, el enemigo lo rodea, lo asedia, y Dios parece ausente, parece haberlo olvidado. Y la plegaria se hace angustiante de cara a esta situación de abandono: ‘¿Hasta cuándo, Señor?’, repite por cuatro veces el Salmista. ‘Señor, ¿hasta cuándo?’, repiten en modo casi martillante el tenor y el coro en la composición escuchada".
"Es el grito del hombre y de la humanidad, que siente el peso del mal que hay en el mundo; y la música de Liszt nos ha transmitido este sentido de peso, de angustia. Pero Dios no abandona. El Salmista lo sabe y también Liszt como hombre de fe, lo sabe".
Desde la angustia, continuó el Santo Padre, "nace una súplica llena de confianza que desemboca en el gozo: ‘Mi corazón exultará en tu salvación; cantaré al Señor que me colmó de bienes’. Y aquí, la música de Liszt se transforma: tenor, coro y orquesta elevan un himno de plena confianza en Dios, que nunca traiciona, nunca se olvida, nunca nos deja solos".
"Liszt, a propósito de su Missa Solemnis, escribía: ‘Puedo verdaderamente afirmar que he orado más esta Misa de cuanto la haya compuesto’. Pienso que lo mismo podemos decir de este Salmo: el gran músico húngaro la ha más orado que compuesto, o mejor aún, la ha rezado antes de componerla".
Finalmente el Papa agradeció nuevamente "al Señor Presidente de la República, al Director, al Tenor, a la Orquesta Filarmónica y al Coro, a todos los organizadores, por habernos donado este momento en el cual nuestro corazón ha sido invitado a elevarse a la altura de Dios. Que el Señor siga bendiciendo la vida de todos ustedes. Gracias a todos".

Fuente: www.ewtn.org

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