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martes, 6 de mayo de 2014

El Cardenal Müller acusa a las religiosas rebeldes de EE.UU de falta de obediencia y promoción de la herejía

S.E.R. Gerhard Müller, cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha acusado a las religiosas de Estados Unidos de no acatar la agenda de reformas ordenada por la Santa Sede. El cardenal asegura que las responsables de la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas (LCWR) están ignorando los procedimientos para elegir a los conferenciantes que participan en sus asambleas anuales, y cuestiona si los programas de dichas asambleas se están utilizando para promover la herejía.

martes, 3 de julio de 2012

Benedicto XVI nombró Nuevo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

El santo Padre Benedicto XVI nombró a mons. Gerhard Ludwig Müller, obispo Alemán, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Mayor información en Radio Vaticano

viernes, 30 de marzo de 2012

Para salvaguardar el bien común de la Iglesia

La Congregación para la Doctrina de la Fe hizo pública una declaración sobre el estado canónico de los "autoproclamados obispos greco-católicos de Pidhirci", los reverendos Elías A. Dohnal, O.S.B.M.; Markian V. Hitiuk, O.S.B.M.; Metodej R. Špik, O.S.B.M.; y Robert Oberhauser. El texto, fechado el pasado 22 de febrero, está firmado por el cardenal William Joseph Levada y por el arzobispo Luis F. Ladaria, S.I., respectivamente prefecto y secretario de ese dicasterio.

En la declaración se lee que la Santa Sede ha seguido con profunda preocupación la actividad desarrollada por estos reverendos, los cuales, expulsados de la Orden Basiliana de San Josafat, se han autoproclamado sucesivamente obispos de la Iglesia greco-católica Ucraniana. Estos clérigos, con su conducta contumaz, continúan desafiando a la autoridad eclesiástica, perjudicando moral y espiritualmente no sólo a la Orden Basiliana de San Josafat y a la Iglesia greco-católica en Ucrania, sino también a esta Sede Apostólica y a toda la Iglesia católica. Todo ello causa división y desconcierto entre los fieles. Estos clérigos, después de dar vida a un grupo de 'obispos' de Pidhirci, han intentado recientemente obtener el reconocimiento y el sucesivo registro, por parte de la autoridad civil competente, como 'Iglesia Ortodoxa Greco-Católica Ucraniana'.”

También se afirma que “desde el comienzo de este triste suceso, representantes de la Iglesia de distintos niveles han intentado, en vano, disuadirlos de que prosiguieran una serie de comportamientos que podían, entre otras cosas, llevar a engaño a los fieles; algo que ya ha sucedido con un cierto número de ellos”.

Se señala asimismo que “la Santa Sede, solícita a la hora de proteger la unidad y la paz del rebaño de Cristo, tenía la esperanza de que dichos clérigos se arrepintieran y regresaran, sucesivamente, a la plena comunión con la Iglesia Católica. Por desgracia, los acontecimientos recientes, -como el fallido intento de registro estatal del grupo de 'Pidhirci' con el nombre de 'Iglesia Ortodoxa Greco-Católica Ucraniana'- han demostrado, en cambio, su contumacia”.

”Por lo tanto, para salvaguardar el bien común de la Iglesia y la salud de las almas, y ya que los autoproclamados 'obispos' de Pidhirci no dan ninguna señal de arrepentimiento, sino que siguen creando confusión y desorden en la comunidad de los fieles, en particular calumniando a los representantes de la Santa Sede y de la Iglesia local y afirmando que la Autoridad Suprema de la Iglesia posee la documentación que atestiguaría la plena validez de su ordenación episcopal, la Congregación para la Doctrina de la Fe, aceptando la petición formulada por la Autoridad eclesiástica de la Iglesia greco-católica en Ucrania y por otros dicasterios de la Santa Sede, ha decidido con esta declaración informar a los fieles, especialmente en los países de origen de los clérigos que se han autoproclamado 'obispos', sobre su situación canónica actual”.

De modo que “los fieles, por lo tanto, están llamados a no adherir al mencionado grupo, ya que el mismo está, a todos los efectos canónicos, fuera de la comunión eclesial. También están invitados a rezar por los miembros de dicho grupo para que se arrepientan y regresen a la plena comunión con la Iglesia Católica”. (María Fernanda Bernasconi – RV).
radiovaticana.org

domingo, 29 de enero de 2012

La problemática moral constituye un nuevo desafío para el camino ecuménico, dice Benedicto XVI


Al recibir a los participantes en la Sesión Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la fe el Papa manifestó su alegría por este encuentro que le permitió expresarles su aprecio por el servicio que desarrollan para la Iglesia y de modo especial para el Sucesor de Pedro en su ministerio de confirmar a los hermanos en la fe.

Tras agradecer al Cardenal William Levada su saludo cordial en el que recordó algunos de los importantes empeños del Dicasterio de estos últimos años, Benedicto XVI manifestó su reconocimiento particular a esta Congregación que, en colaboración con el Consejo pontificio para la Promoción de la nueva evangelización, prepara el Año de la fe, acogiendo un momento propicio para volver a proponer a todos el don de la fe en Cristo resucitado, junto a la luminosa enseñanza del Concilio Vaticano II y la valiosa síntesis doctrinal ofrecida por el Catecismo de la Iglesia católica:

RealAudioMP3 Come sabemos, en vastas zonas de la tierra la fe corre el riesgo de apagarse como una llama que ya no encuentra más alimento. Nos encontramos ante una profunda crisis de fe, una pérdida del sentido religioso que constituye el desafío mayor para la Iglesia de hoy. Por tanto, la renovación de la fe debe ser la prioridad en el empeño de la Iglesia entera en nuestros días. Deseo que el Año de la fe contribuya, con la colaboración cordial de todos los miembros del Pueblo de Dios, a hacer a Dios nuevamente presente en este mundo y a abrir a los hombres el acceso a la fe, al encomendarse a ese Dios que nos ha amado hasta el extremo (Cfr. Jn 13, 1), en Jesucristo crucificado y resucitado.
El Papa también afirmó que el tema de la unidad de los cristianos está relacionado estrechamente con esta tarea. Y se detuvo sobre algunos aspectos doctrinales referentes al camino ecuménico de la Iglesia, que ha sido objeto de una profunda reflexión en esta Plenaria, en coincidencia con la conclusión de la anual Semana de Oración por la Unidad de los cristianos:

RealAudioMP3 La coherencia del empeño ecuménico con la enseñanza del Concilio Vaticano II y con la entera Tradición ha sido uno de los ámbitos a los que la Congregación, en colaboración con el Consejo pontificio para la Promoción de la unidad de los cristianos, ha prestado siempre atención. Hoy podemos constatar no pocos frutos buenos obtenidos de los diálogos ecuménicos, pero también debemos reconocer que el riesgo de un falso “irenismo” y de un indiferentismo, totalmente ajeno a la mente del último Concilio, exige nuestra vigilancia.
Por último Benedicto XVI se refirió a la problemática moral con las siguientes palabras:

RealAudioMP3 Una última cuestión que querría finalmente mencionar es la problemática moral, que constituye un nuevo desafío para el camino ecuménico. En los diálogos no podemos ignorar las grandes cuestiones morales acerca de la vida humana, la familia, la sexualidad, la bioética, la libertad, la justicia y la paz. Sería importante hablar sobre estos temas con una sola voz, tomando del fundamento de la Escritura y de la viva tradición de la Iglesia.
Como conclusión de estas reflexiones, el Santo Padre deseó una estrecha y fraterna colaboración de la Congregación para la Doctrina de la fe con el competente Consejo pontificio para la Promoción de la unidad de los cristianos, a fin de promover eficazmente el restablecimiento de la plena unidad entre todos los cristianos. Puesto que, como afirmó, la división entre ellos, “no sólo se opone abiertamente a la voluntad de Cristo, sino que también es de escándalo al mundo y daña la más santa de las causas: la predicación del Evangelio a toda criatura” (Decreto Unitatis redintegratio, 1).

“Por tanto –terminó diciendo el Papa– la unidad no es por tanto sólo el fruto de la fe, sino también un medio y casi un presupuesto para anunciar de modo cada vez más creíble la fe a quienes aún no conocen al Salvador. Y se despidió de los miembros de la Congregación para la Doctrina de la fe renovándoles su gratitud por su servicio, a la vez que les aseguró su constante cercanía espiritual y les impartió de corazón su Bendición Apostólica. (María Fernanda Bernasconi – RV).
radiovaticana.org

sábado, 7 de enero de 2012

Nota con indicaciones pastorales para el Año de la fe

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Nota
con indicaciones pastorales para el Año de la fe

Introducción

Con la Carta apostólica Porta fidei, del 11 de octubre de 2011, el Santo Padre Benedicto XVI ha proclamado un Año de la fe, que comenzará el 11 de octubre de 2012, en el quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, y concluirá el 24 de noviembre de 2013, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.
Ese año será una ocasión propicia para que todos los fieles comprendan con mayor profundidad que el fundamento de la fe cristiana es «el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[1]. Fundada en el encuentro con Jesucristo resucitado, la fe podrá ser redescubierta integralmente y en todo su esplendor.  «También en nuestros días la fe es un don que hay que volver a descubrir, cultivar y testimoniar. Que en esta celebración del Bautismo el Señor nos conceda a todos la gracia de vivir la belleza y la alegría de ser cristianos»[2].
El comienzo del Año de la fe coincide con el recuerdo agradecido de dos grandes eventos que han marcado el rostro de la Iglesia de nuestros días: los cincuenta años pasados desde la apertura del Concilio Vaticano II por voluntad del Beato Juan XXIII (1 de octubre de 1962) y los veinte años desde la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, legado a la Iglesia por el Beato Juan Pablo II (11 de octubre de 1992).
Según las palabras del Papa Juan XXIII, el Concilio ha querido «transmitir pura e íntegra, la doctrina, sin atenuaciones ni deformaciones» comprometiéndose a que «esta doctrina, cierta e inmutable, que debe ser fielmente respetada, sea profundizada y presentada de manera que corresponda a las exigencias de nuestro tiempo»[3]. En este sentido, continúa siendo de crucial importancia la afirmación inicial de la Constitución dogmática Lumen gentium: «Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia»[4]. Desde la luz de Cristo que purifica, ilumina y santifica en la celebración de la sagrada liturgia (cf. Constitución Sacrosanctum Concilium), y con su palabra divina (cf. Constitución dogmática Dei Verbum) el Concilio ha querido ahondar en la naturaleza íntima de la Iglesia (cf. Constitución dogmática Lumen gentium) y su relación con el mundo contemporáneo (cf. Constitución pastoral Gaudium et Spes). Alrededor de sus cuatro Constituciones, verdaderos pilares del Concilio, se agrupan las Declaraciones y Decretos, que abordan algunos de los principales desafíos de nuestro tiempo.
Después del Concilio, la Iglesia ha trabajado para que sus ricas enseñanzas sean recibidas y aplicadas en continuidad con toda la Tradición y bajo la guía segura del Magisterio. Para facilitar la correcta recepción del Concilio, los Sumos Pontífices han convocado reiteradamente el Sínodo de los Obispos[5], instituido por el Siervo de Dios Pablo VI en 1965, proponiendo a la Iglesia directrices claras a través de las diversas Exhortaciones apostólicas post-sinodales. La próxima Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en octubre de 2012, tendrá como tema: La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana.
Desde el comienzo de su pontificado, el Papa Benedicto XVI se ha comprometido firmemente en procurar una correcta comprensión del Concilio, rechazando como errónea la llamada «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura», y promoviendo la que él mismo ha llamado «‘hermenéutica de la reforma’, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino»[6].
El Catecismo de la Iglesia Católica, colocándose en esta línea, por un lado se presenta como un «auténtico fruto del Concilio Vaticano II»[7], y por otro intenta favorecer su acogida. El Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985, convocado con ocasión del vigésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II y para hacer un balance de su recepción, sugirió la preparación de este Catecismo para ofrecer al pueblo de Dios un compendio de toda la doctrina católica y un texto de referencia segura para los catecismos locales. El Papa Juan Pablo II aceptó esta propuesta como un deseo de «responder plenamente a una necesidad real de la Iglesia universal y las Iglesias particulares»[8]. Redactado en colaboración con todo el episcopado de la Iglesia Católica, este Catecismo «manifiesta de verdad una cierta ‘sinfonía’ de la fe».[9]
El Catecismo presenta «lo nuevo y lo viejo (cf. Mt 13, 52), dado que la fe es siempre la misma y, a la vez, es fuente de luces siempre nuevas. Para responder a esa doble exigencia, el Catecismo de la Iglesia Católica, por una parte, toma la estructura “antigua”, tradicional, ya utilizada por el catecismo de san Pío V, articulando el contenido en cuatro partes: Credo; Sagrada Liturgia, con los sacramentos en primer lugar; el obrar cristiano, expuesto a partir del Decálogo; y, por último, la oración cristiana. Con todo, al mismo tiempo, el contenido se expresa a menudo de un modo “nuevo”, para responder a los interrogantes de nuestra época»[10]. Este Catecismo es «un instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial, y una regla segura para la enseñanza de la fe»[11]. Allí se hallan «los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe»[12].
El Año de la fe desea contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de la fe, de modo que todos los miembros de la Iglesia sean para el mundo actual testigos gozosos y convincentes del Señor resucitado, capaces de señalar la “puerta de la fe” a tantos que están en búsqueda de la verdad. Esta “puerta” abre los ojos del hombre para ver a Jesucristo presente entre nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Él nos enseña cómo «el arte del vivir» se aprende «en una relación intensa con él»[13]. «Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe».[14]
Por encargo del Papa Benedicto XVI[15], la Congregación para la Doctrina de la Fe, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede y con la contribución de la Comisión para la preparación del Año de la fe[16], ha escrito esta Nota con indicaciones para vivir este tiempo de gracia, las cuales no excluyen otras propuestas que el Espíritu Santo quiera suscitar entre los pastores y fieles de distintas partes del mundo.
Indicaciones
«Sé en quien he puesto mi confianza» (2 Tm 1, 12): estas palabras de San Pablo nos ayudan a comprender que la fe «es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado»[17]. La fe como confianza personal en el Señor y la fe que profesamos en el Credo son inseparables, se evocan y exigen mutuamente. Hay un fuerte vínculo entre la fe vivida y sus contenidos: la fe de los testigos y confesores es también la fe de los apóstoles y doctores de la Iglesia.
En este sentido, las siguientes indicaciones para el Año de la fe tienen el objetivo de favorecer el encuentro con Cristo a través de testigos auténticos de la fe y aumentar el conocimiento de sus contenidos. Se trata de propuestas que tienen la intención de solicitar una respuesta eclesial ante la invitación del Santo Padre, para vivir en plenitud este año como un especial «tiempo de gracia»[18]. El redescubrimiento gozoso de la fe también ayudará a consolidar la unidad y la comunión entre las distintas realidades que conforman la gran familia de la Iglesia.
I. En el ámbito de Iglesia universal
1. El principal evento al comienzo del Año de la fe será la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, convocada por el Papa Benedicto XVI para el mes de octubre de 2012 y dedicada Al tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Durante el Sínodo, el 11 de octubre de 2012 tendrá lugar una solemne celebración para dar inicio al Año de la fe, en recuerdo del quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II.
2. En el Año de la fe hay que alentar las peregrinaciones de los fieles a la Sede de Pedro, para profesar la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, uniéndose a aquél que hoy está llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32). Será importante también fomentar las peregrinaciones a Tierra Santa, el lugar que tuvo la primicia de conocer a Jesús, el Salvador, y a María, su madre.
3. Durante este año será útil invitar a los fieles a dirigirse, con particular devoción a María, imagen de la Iglesia, que «reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe»[19]. Por lo tanto, se debería alentar toda iniciativa que ayude a los fieles a reconocer el papel especial de María en el misterio de la salvación, a amarla filialmente y a imitar su fe y virtud. Para ello será muy conveniente organizar peregrinaciones, celebraciones y reuniones en los principales Santuarios.
4. La próxima Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro, en julio de 2013, ofrecerá a los jóvenes una ocasión privilegiada para experimentar el gozo que proviene de la fe en el Señor Jesús y de la comunión con el Santo Padre, en la gran familia de la Iglesia.
5. Al respecto, sería conveniente la realización de simposios, congresos y reuniones de gran escala, incluso a nivel internacional, que favorezcan la comunicación de auténticos testimonios de la fe y el conocimiento de los contenidos de la doctrina de la Iglesia Católica. Demostrando que también hoy la Palabra de Dios sigue creciendo y diseminándose, es importante que se dé testimonio de que en Jesucristo «encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano»[20] y que la fe «se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre»[21]. Algunos congresos serán especialmente dedicados al redescubrimiento de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
6. El Año de la fe ofrecerá a todos los creyentes una buena oportunidad para profundizar en el conocimiento de los principales documentos del Concilio Vaticano II y el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica. Esto vale particularmente para los candidatos al sacerdocio, en especial durante el año propedéutico o los primeros años de estudios teológicos, para los novicios y novicias de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, así como para aquellos que se preparan a entrar en una Asociación o Movimiento eclesial.
7. Este año será una ocasión propicia para acoger con mayor atención las homilías, catequesis, discursos y otras intervenciones del Santo Padre. Los pastores, personas consagradas y fieles laicos serán invitados a un renovado compromiso de adhesión eficaz y cordial a la enseñanza del Sucesor de Pedro.
8. Durante el Año de la fe, en colaboración con el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, se esperan iniciativas ecuménicas dirigidas a invocar de Dios y favorecer «la restauración de la unidad entre todos los cristianos», que «es uno de los fines principales que se ha propuesto el Sacrosanto Concilio Vaticano II»[22]. En particular, tendrá lugar una solemne celebración ecuménica para reafirmar la fe en Cristo de todos los bautizados.
9. En el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización será establecida una secretaría especial para coordinar las diversas iniciativas sobre el Año de la fe promovidas por los distintos Dicasterios de la Santa Sede o que de todos modos sean relevantes para la Iglesia universal. Será conveniente que con tiempo se informe a esta secretaría sobre los principales eventos que se organicen y también podrá sugerir iniciativas apropiadas. La secretaría abrirá un sitio especial en Internet, para proporcionar información útil para vivir de manera efectiva el Año de la fe.
10. Al final de este año, en la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, tendrá  lugar una Eucaristía celebrada por el Santo Padre, en el que se renovará solemnemente la profesión de fe.
II. En el ámbito de las Conferencias Episcopales[23]
1. Las Conferencias Episcopales podrán dedicar una jornada de estudio al tema de la fe, de su testimonio personal y de su transmisión a las nuevas generaciones, de acuerdo con la misión específica de los Obispos como maestros y «pregoneros de la fe»[24].
2. Será útil favorecer la reedición de los Documentos del Concilio Vaticano II, del Catecismo de la Iglesia Católica y de su Compendio, en ediciones económicas y de bolsillo, y su más amplia difusión con el uso de medios electrónicos y modernas tecnologías.
3. Se espera que se renueve el esfuerzo para traducir los documentos del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica a los idiomas que aún no cuentan con traducción propia. Hay que alentar iniciativas de apoyo caritativo a las traducciones a las lenguas locales de los territorios de misión cuyas Iglesias particulares no puede sostener tales gastos. Esto podrá llevar a cabo bajo la dirección de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
4. Los pastores, aprovechando los nuevos lenguajes de la comunicación, se esfuercen por promover trasmisiones televisivas o radiofónicas, películas y publicaciones, incluso a nivel popular, accesibles a un público amplio, sobre el tema de la fe, sus principios y contenidos, así como la importancia eclesial del Concilio Vaticano II.
5. Los santos y beatos son los auténticos testigos de la fe[25]. Por lo tanto, será conveniente que las Conferencias Episcopales se esfuercen por dar a conocer los santos de su territorio, usando incluso los medios modernos de comunicación social.
6. El mundo contemporáneo es sensible a la relación entre fe y arte. En este sentido, se recomienda a las Conferencias Episcopales que, para enriquecimiento de la catequesis y una eventual colaboración ecuménica, se fomente el aprecio por el patrimonio artístico que se encuentra en lugares confiados a su cuidado pastoral.
7. Se invita a los docentes de los Centros de estudios teológicos, Seminarios y Universidades católicas a verificar la relevancia que, en su enseñanza, tienen los contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica y las implicaciones que se derivan para sus respectivas disciplinas.
8. Será útil preparar con la ayuda de teólogos y escritores de renombre, subsidios divulgativos de carácter apologético (cf. 1 Pe 3, 15), para que los fieles puedan responder mejor a las preguntas que surgen en los distintos contextos culturales. Se trata de los desafíos de las sectas, los problemas asociados con el secularismo y el relativismo, y de los «interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos»[26], así como de otras dificultades específicas.
9. Sería deseable revisar los catecismos locales y los subsidios catequísticos en uso en las Iglesias particulares, para asegurar su plena conformidad con el Catecismo de la Iglesia Católica[27]. En el caso de que algunos catecismos o subsidios para la catequesis no estén en completa sintonía con el Catecismo o que padezcan lagunas, será oportuno comenzar la elaboración de nuevos catecismos, sirviéndose del ejemplo y la ayuda de otras Conferencias Episcopales que ya lo hayan hecho.
10. En colaboración con la Congregación para la Educación Católica, competente en materia, será oportuno verificar que los contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica estén presentes en la Ratio de la formación de los futuros sacerdotes y en el currículo de sus estudios teológicos.
III. En el ámbito diocesano
1. Se auspicia una celebración de apertura del Año de la fe y de su solemne conclusión en el ámbito de cada Iglesia particular, para «confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo»[28].
2. Será oportuno organizar en cada diócesis una jornada sobre el Catecismo de la Iglesia Católica, invitando a tomar parte en ella sobre todo a sacerdotes, personas consagradas y catequistas. En esta ocasión, por ejemplo, las eparquías católicas orientales podrán tener un encuentro con los sacerdotes para dar testimonio de su específica sensibilidad y tradición litúrgicas en la única fe en Cristo; así, las Iglesias particulares jóvenes de las tierras de misión podrán ser invitadas a ofrecer un testimonio renovado de la alegría de la fe que las distingue.
3. Cada obispo podrá dedicar una Carta pastoral al tema de la fe, recordando la importancia del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica, teniendo en cuenta las circunstancias específicas de la porción de fieles a él confiada.
4. Se espera que en cada Diócesis, bajo la responsabilidad del obispo, se organicen eventos catequísticos para jóvenes y para quienes buscan encontrar el sentido de la vida, con el fin de descubrir la belleza de la fe de la Iglesia, aprovechando la oportunidad de reunirse con sus testigos más reconocidos.
5. Será oportuno verificar la recepción del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica en la vida y misión de cada Iglesia particular, especialmente en el ámbito catequístico. En tal sentido, se espera un renovado compromiso de parte de los departamentos de catequesis de las diócesis, que sostenidos por las comisiones para la catequesis de las Conferencias Episcopales, tienen en deber de ocuparse de la formación de los catequistas en lo relativo a los contenidos de la fe.
6. La formación permanente del clero podrá concentrarse, particularmente en este Año de la fe, en los documentos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica, tratando, por ejemplo, temas como “el anuncio de Cristo resucitado”, “la Iglesia sacramento de salvación”, “la misión evangelizadora en el mundo de hoy”, “fe e incredulidad”, “fe, ecumenismo y diálogo interreligioso”, “fe y vida eterna”, “hermenéutica de la reforma en la continuidad” y “el Catecismo en la atención pastoral ordinaria”.
7. Se invita a los Obispos a organizar celebraciones penitenciales, particularmente durante la cuaresma, en las cuales se ponga un énfasis especial en pedir perdón a Dios por los pecados contra la fe. Este año será también un tiempo favorable para acercarse con mayor fe y frecuencia al  sacramento de la Penitencia.
8. Se espera la participación del mundo académico y de la cultura en un diálogo renovado y creativo entre fe y razón, a través de simposios, congresos y jornadas de estudio, especialmente en las universidades católicas, que muestren «cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad»[29].
9. Será importante promover encuentros con personas que «aun no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo»[30], inspirándose también en los diálogos del Patio de los Gentiles, iniciados bajo la guía del Consejo Pontificio de la Cultura.
10. El Año de la fe será una ocasión para dar mayor atención a las escuelas católicas, lugares privilegiados para ofrecer a los alumnos un testimonio vivo del Señor, y cultivar la fe con una oportuna referencia al uso de buenos instrumentos catequísticos, como por ejemplo el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica o el Youcat.
IV. En el ámbito de las parroquias / comunidades / asociaciones / movimientos
1. En preparación al Año de la fe, todos los fieles están invitados a leer y meditar la Carta apostólica Porta fidei del Santo Padre Benedicto XVI.
2. El Año de la fe «será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía»[31]. En la Eucaristía, misterio de la fe y fuente de la nueva evangelización, la fe de la Iglesia es proclamada, celebrada y fortalecida. Todos los fieles están invitados a participar de ella en forma consciente, activa y fructuosa, para ser auténticos testigos del Señor.
3. Los sacerdotes podrán dedicar mayor atención al estudio de los documentos del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica, recogiendo sus frutos para la pastoral parroquial –catequesis, predicación, preparación a los sacramentos, etc.– y proponiendo ciclos de homilías sobre la fe o algunos de sus aspectos específicos, como por ejemplo, “el encuentro con Cristo”, “los contenidos fundamentales del Credo” y “la fe y la Iglesia”[32].
4. Los catequistas podrán apelar aún más a la riqueza doctrinal del Catecismo de la Iglesia Católica y, bajo la responsabilidad de los respectivos párrocos, guiar grupos de fieles en la lectura y la profundización común de este valioso instrumento, con la finalidad de crear pequeñas comunidades de fe y testimonio del Señor Jesús.
5. Se espera por parte de las parroquias un renovado compromiso en la difusión y distribución del Catecismo de la Iglesia Católica y de otros subsidios aptos para las familias, auténticas iglesias domésticas y lugares primarios de la transmisión de la fe. El contexto de tal difusión podría ser, por ejemplo, las bendiciones de las casas, el bautismo de adultos, las confirmaciones y los matrimonios. Esto contribuirá a confesar y profundizar la doctrina católica «en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre»[33].
6. Será conveniente promover misiones populares y otras iniciativas en las parroquias y en los lugares de trabajo, para ayudar a los fieles a redescubrir el don de la fe bautismal y la responsabilidad de su testimonio, conscientes de que la vocación cristiana «por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado»[34].
7. En este tiempo, los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica son llamados a comprometerse en la nueva evangelización mediante el aporte de sus propios carismas, con una renovada adhesión al Señor Jesús, fieles al Santo Padre y a la sana doctrina.
8. Las comunidades contemplativas durante el Año de la fe dedicarán una particular atención a la oración por la renovación de la fe en el Pueblo de Dios y por un nuevo impulso en su transmisión a las jóvenes generaciones.
9. Las Asociaciones y los Movimientos eclesiales están invitados a hacerse promotores de iniciativas específicas que, mediante la contribución del propio carisma y en colaboración con los pastores locales, se incorporen al gran evento del Año de la fe. Las nuevas Comunidades y Movimientos eclesiales, en modo creativo y generoso, encontrarán los medios más eficaces para ofrecer su testimonio de fe al servicio de la Iglesia.
10. Todos los fieles, llamados a reavivar el don de  la fe, tratarán de comunicar su propia experiencia de fe y caridad[35], dialogando con sus hermanos y hermanas, incluso de otras confesiones cristianas, sin dejar de lado a los creyentes de otras religiones y a los que no creen o son indiferentes. Así se espera que todo el pueblo cristiano comience una especie de misión entre las personas con quienes viven y trabajan, conscientes de haber «recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos»[36]
Conclusión
La fe «es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo»[37]. La fe es un acto personal y comunitario: es un don de Dios, para vivirlo en la gran comunión de la Iglesia y comunicarlo al mundo. Cada iniciativa del Año de la fe busca favorecer el gozoso redescubrimiento y el renovado testimonio de la fe. La indicaciones aquí ofrecidas tienen el objetivo de invitar a todos los miembros de la Iglesia a comprometerse para que este año sea una ocasión privilegiada para compartir lo más valioso que tiene el cristiano: Jesucristo, Redentor del hombre, Rey del Universo, «iniciador y consumador de nuestra fe» (Heb 12, 2).
Dado en Roma, en la Sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 6 de enero de 2012, Solemnidad de la Epifanía del Señor.
William Cardenal Levada
Prefecto

X Luis Ladaria F., S.I.
Arzobispo titular de Thibica
Secretario


[1] Benedicto XVI, Carta Encíclica, Deus caritas est, 25 de diciembre de 2005, n. 1.
[3] Juan XXIII, Discurso durante la solemne apertura del Concilio Vaticano II, 11 de octubre de 1962.
[4] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n.1.
[5] Las Asambleas Ordinarias del Sínodo de los Obispos han tratado los siguientes temas: La preservación y el fortalecimiento de la fe católica, su integridad, vigor, desarrollo, coherencia doctrinal e histórica (1967); El sacerdocio ministerial y la justicia en el mundo (1971); La evangelización en el mundo moderno (1974); La catequesis en nuestro tiempo (1977); La familia cristiana (1980); La penitencia y la reconciliación en la misión de la Iglesia (1983); La vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (1987); La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales (1991); La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (1994); El Obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo (2001); La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y la misión de la Iglesia (2005); La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia (2008).
[6] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2005.
[7]Idem., Carta apostólica Porta fidei, n. 4.
[8] Juan Pablo II, Discurso di clausura  de la II Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, 7 de diciembre de 1985, n. 6. El mismo Pontífice, en la fase inicial de este Sínodo, durante el Ángelus del 24 de noviembre de 1985, dijo: «La fe es el principio basilar, es el quicio, el criterio esencial de la renovación que pretendió el Concilio. De la fe se deriva la norma moral, el estilo de vida, la orientación práctica en cada una de las circunstancias».
[9] Idem., Constitución apostólica Fidei depositum, 11 de octubre de 1992, n. 2.
[10] Ibíd., n. 3.
[11] Ibíd., n. 4.
[12] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, n. 11.
[14] Idem., Carta apostólica Porta fidei, n. 7.
[15] Cf. Ibíd., n. 12.
[16] Dicha Comisión, constituida en la Congregación para la Doctrina de la Fe por mandato del Santo Padre Benedicto XVI, cuenta entre sus miembros a los Cardenales William Levada, Francis Arinze, Angelo Bagnasco, Ivan Dias, Francis E. George, Zenon Grocholewski, Marc Ouellet, Mauro Piacenza, Jean-Pierre Ricard, Staniław Ryłko y Christoph Schönborn; a los Arzobispos Luis F. Ladaria y Salvatore Fisichella; y a los Obispos Mario del Valle Moronta Rodríguez, Gerhard Ludwig Müller y Raffaello Martinelli.
[18] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, n. 15.
[19] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 65.
[20] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, n. 13.
[21] Ibid., n. 6.
[22]Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, n. 1.
[23] Las indicaciones que se ofrecen a las Conferencias Episcopales valen también, en modo análogo, para los Sínodos de obispos de las Iglesias patriarcales y arzobispales mayores y para las Asambleas de Iglesias sui iuris.
[24] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 25.
[25] Cf. Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, n. 13.
[26] Ibid., n. 12.
[27] Cf. Juan Pablo II, Constitución apostólica Fidei depositum, n. 4.
[28] Cf. Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, n. 8.
[29] Ibíd., n. 12.
[30] Ibíd., n. 10.
[31] Ibíd., n. 9.
[32] Cf. Benedicto XVI, Exhortación apostólica post sinodal Verbum Domini, 30 de septiembre de 2010, nn. 59-60 y 74.
[33]Idem., Carta apostólica Porta fidei, n. 8.
[34]Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 2.
[35] Cf. Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, n. 14.
[36] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, n. 1.
[37] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, n. 15. 

Fuente: http://www.vatican.va

viernes, 6 de enero de 2012

Comunicado sobre la NOTA de la Congregación para la Doctrina de la Fe con indicaciones Pastorales para el Año de la Fe


COMUNICADO SOBRE LA NOTA
DE LA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
CON INDICACIONES PASTORALES PARA EL AÑO DE LA FE


Con la Carta apostólica Porta fidei del 11 de octubre de 2011, Benedicto XVI convocó un Año de la fe, que comenzará el 11 de octubre de 2012, 50° aniversario de la apertura del concilio Vaticano II, y terminará el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Con la promulgación de este Año el Santo Padre quiere poner en el centro de la atención eclesial lo que, desde el inicio de su pontificado, más le interesa: el encuentro con Jesucristo y la belleza de la fe en él. Por otra parte, la Iglesia es muy consciente de los problemas que debe afrontar hoy la fe y considera más actual que nunca la pregunta que Jesús mismo hizo: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Por esto, «si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces» (Discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, 22 de diciembre de 2011).
Por encargo de Benedicto XVI, la Congregación para la doctrina de la fe ha redactado una Nota con indicaciones pastorales para el Año de la fe. Esta Nota ha sido elaborada de acuerdo con algunos dicasterios de la Santa Sede y con la contribución del Comité para la preparación del Año de la fe. El Comité, constituido en la Congregación para la doctrina de la fe por mandato del Santo Padre, incluye entre sus miembros a los cardenales William Levada, Francis Arinze, Angelo Bagnasco, Ivan Dias, Francis E. George, Zenon Grocholewski, Marc Ouellet, Mauro Piacenza, Jean-Pierre Ricard, Stanisław Ryłko y Christoph Schönborn; a los arzobispos Salvatore Fisichella y Luis F. Ladaria; a los obispos Mario del Valle Moronta Rodríguez, Gerhard Ludwig Müller y Raffaello Martinelli.
La Nota, fechada el 6 de enero de 2012, solemnidad de la Epifanía, y que se publicará al día siguiente, 7 de enero, se compone de una introducción y de algunas indicaciones pastorales. En la introducción se reafirma que el «Año de la fe desea contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de la fe, de modo que todos los miembros de la Iglesia sean para el mundo actual testigos gozosos y convincentes del Señor resucitado, capaces de señalar la “puerta de la fe” a tantos que están en búsqueda de la verdad».
«El comienzo del Año de la fe coincide con el recuerdo agradecido de dos grandes eventos que han marcado el rostro de la Iglesia de nuestros días: los cincuenta años pasados desde la apertura del concilio Vaticano II por voluntad del beato Juan XXIII (11 de octubre de 1962) y los veinte años desde la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, legado a la Iglesia por el beato Juan Pablo II (11 de octubre de 1992)».
El concilio Vaticano II, «desde la luz de Cristo ha querido ahondar en la naturaleza íntima de la Iglesia... y su relación con el mundo contemporáneo». «Después del Concilio, la Iglesia ha trabajado para que sus ricas enseñanzas sean recibidas y aplicadas en continuidad con toda la Tradición y bajo la guía segura del Magisterio».
«Para facilitar la correcta recepción del Concilio, los Sumos Pontífices han convocado reiteradamente el Sínodo de los obispos... proponiendo a la Iglesia directrices claras a través de las diversas Exhortaciones apostólicas postsinodales. La próxima Asamblea general del Sínodo de los obispos, en octubre de 2012, tendrá como tema: La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana».
«Desde el comienzo de su pontificado, el Papa Benedicto XVI se ha comprometido firmemente en procurar una correcta comprensión del Concilio, rechazando como errónea la llamada “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”, y promoviendo la que él mismo ha llamado “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad».
El Catecismo de la Iglesia Católica, como «auténtico fruto del concilio Vaticano II» (Carta apostólica Porta fidei, 4), se sitúa en la línea de esa «renovación dentro de la continuidad». Comprende «cosas nuevas y cosas antiguas» (Mt 13, 52). Por una parte, recoge el antiguo y tradicional orden de la catequesis, articulando su contenido en cuatro partes: el Credo, la liturgia, la vida en Cristo y la oración. Pero, al mismo tiempo, expresa todo ello de un modo nuevo para responder a los interrogantes de nuestra época.
El Año de la fe será una ocasión privilegiada para promover el conocimiento y la difusión de los contenidos del concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica.
Las indicaciones pastorales de la Nota tienen como objetivo favorecer «el encuentro con Cristo a través de testigos auténticos de la fe y aumentar el conocimiento de sus contenidos». Mediante estas indicaciones pastorales —que no pretenden «excluir otras propuestas que el Espíritu Santo quiera suscitar entre los pastores y fieles de distintas partes del mundo»— la Congregación para la doctrina de la fe ofrece su ayuda, dado que a ella compete específicamente no sólo la tarea de tutelar la sana doctrina y corregir sus errores sino también, y en primer lugar, promover la verdad de la fe (cf. Constitución apostólica Pastor Bonus, 48-51).
La Nota articula sus propuestas en cuatro niveles: 1) Iglesia universal. 2) Conferencias episcopales. 3) Diócesis. 4) Parroquias, comunidades, asociaciones y movimientos. Se citan a continuación algunas de estas sugerencias particulares.
Por ejemplo, junto a una solemne celebración para el inicio del Año de la fe y a otros varios acontecimientos en los que participará el Santo Padre (Asamblea del Sínodo de los obispos, Jornada mundial de la juventud de 2013), se recomiendan iniciativas ecuménicas para «invocar de Dios y favorecer la restauración de la unidad entre todos los cristianos» y «tendrá lugar una solemne celebración ecuménica para reafirmar la fe en Cristo de todos los bautizados».
A nivel de Conferencias episcopales, se estimula la calidad de la formación catequística eclesial y la revisión de «los catecismos locales y los subsidios catequísticos en uso en las Iglesias particulares, para asegurar su plena conformidad con el Catecismo de la Iglesia Católica», y se desea un amplio uso de los lenguajes de la comunicación y del arte, «transmisiones televisivas o radiofónicas, películas y publicaciones, incluso a nivel popular, accesibles a un público amplio, sobre el tema de la fe, sus principios y contenidos, así como la importancia eclesial del concilio Vaticano II».
A nivel diocesano, el Año de la fe se considera, entre otras cosas, como ocasión renovada de «diálogo renovado y creativo entre fe y razón, a través de simposios, congresos y jornadas de estudio, especialmente en las universidades católicas» y como tiempo favorable para «celebraciones penitenciales..., en las cuales se ponga un énfasis especial en pedir perdón a Dios por los pecados contra la fe».
A nivel de parroquias, la propuesta central es la celebración de la fe en la liturgia y, de modo especial, en la Eucaristía, porque «en la Eucaristía, misterio de la fe y fuente de la nueva evangelización, la fe de la Iglesia es proclamada, celebrada y fortalecida». De esa iniciativa deberán nacer, crecer y difundirse todas las demás propuestas, entre las cuales tendrán una importancia particular las iniciativas emprendidas por los numerosos institutos, las nuevas comunidades y los movimientos eclesiales.
«En el Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización se establecerá una secretaría especial para coordinar las diversas iniciativas sobre el Año de la fe promovidas por los distintos dicasterios de la Santa Sede o que de todos modos sean relevantes para la Iglesia universal».
Esa secretaría también «podrá sugerir iniciativas apropiadas para el Año de la fe» y abrirá «un sitio especial en Internet, para proporcionar información útil» al respecto.
Las indicaciones ofrecidas en la Nota tienen como finalidad invitar a todos los miembros de la Iglesia a comprometerse en el Año de la fe para redescubrir y «compartir lo más valioso que tiene el cristiano: Jesucristo, Redentor del hombre, Rey del Universo, “iniciador y consumador de nuestra fe” (Hb 12, 2)».

domingo, 28 de agosto de 2011

Diez claves para la comunicación de la fe (versión completa)

Por Juan Manuel Mora, vicerrector de la Universidad de Navarra

Publicamos la conferencia “Diez claves para la comunicación de la fe”, pronunciada por Juan Manuel Mora, vicerrector de la Universidad de Navarra. Una versión sintética había sido publicada precedentemente en forma de artículo por “L’Osservatore Romano”, suscitando el interés los lectores de ZENIT.
* * *
La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Pero es también una cuestión de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la comunicación la fe.
Con frecuencia, este tema se relaciona con la “nueva evangelización”.  En ese contexto, Juan Pablo II ha afirmado que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Aquí nos referiremos en particular a la novedad en los métodos.
Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.
Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional, articularé mis reflexiones en una serie de principios. Los primeros se refieren almensajeque se quiere difundir; los siguientes, a lapersonaque comunica; y los últimos, almodode transmitir ese mensaje en la opinión pública.
1. Veamos primero los principios relativos al mensaje.
Ante todo, el mensaje ha de ser serpositivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.
Juan Pablo II afirma en la encíclica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.  
El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para transmitirla adecuadamente los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.
Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.
En segundo lugar, el mensaje ha de serrelevante, significativo para quien escucha, no solamente para quien habla.  
Tomás de Aquino afirma  que hay dos tipos de comunicación: la locutio, unfluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan;  y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta.
Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas.
Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.
En tercer lugar, el mensaje ha de serclaro. La comunicación no es principalmente lo que  el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar argumentos claros y palabras sencillas.  En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, de las imágenes, de los símbolos, para difundir el mensaje cristiano.
A veces, cuando la comunicación no funciona, se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.
2. Pasemos ahora a los principios relativos a lapersonaque comunica.
Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone ha de merecercredibilidad. Así como la credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral, la mentira y la sospecha anulan en su base el proceso de comunicación. La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.
Por otra parte, en comunicación, como en economía, cuentan mucho los avales. El aval de una autoridad en la materia, o de un observador imparcial, representa una garantía para la opinión pública. Con otras palabras, nadie se avala a sí mismo. Existen instancias que, con mayor o menor fundamento, ejercen esa función evaluadora. En el ámbito de la opinión pública, ese aval lo otorgan principalmente los periodistas. Por eso, es crucial considerarlos como aliados, nunca como enemigos, en el proceso de comunicación.
El segundo principio es laempatía. La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas: políticos y electores, periodistas y lectores. Personas con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones.
Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor. Una escritora africana ha afirmado que la madurez de una persona está en su capacidad de descubrir que puede “herir” a los demás y de obrar en consecuencia.
Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral. La empatía no implica renunciar a las propias convicciones, sino ponerse en el lugar del otro. En la sociedad actual, convencen las respuestas llenas de sentido y de humanidad.
El tercer principio relativo a la persona que comunica es lacortesía. La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente. Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad.
Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura. 
Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después. Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.
3. Veamos por último algunos principios que se refieren almodode comunicar:  
El primero es laprofesionalidad. “Gaudium et Spes” recuerda que cada actividad humana tiene su propia naturaleza, que es preciso descubrir, emplear y respetar, si se quiere participar en ella. Cada campo del saber tiene su metodología; cada actividad, sus normas; y cada profesión, su lógica.
La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro: los políticos, los empresarios, los periodistas, los profesores, los guionistas, los sindicalistas, son quienes pueden introducir mejoras prácticas en sus respectivos ámbitos. San Josemaría Escrivá  recordaba que es cada profesional, comprometido con sus creencias y con su profesión, quien ha de encontrar las propuestas y soluciones adecuadas. Si se trata de un debate parlamentario, con argumentos políticos; si de un debate médico, con argumentos científicos; y así sucesivamente.
Este principio se aplica a las actividades de comunicación, que están conociendo un desarrollo extraordinario en los últimos años, tanto por la calidad creciente de las formas narrativas, como por las audiencias cada vez más amplias y por la participación ciudadana cada día más activa.
El segundo principio podría denominarsetransversalidad. La profesionalidad es imprescindible cuando en un debate pesan las convicciones religiosas. La transversalidad, cuando pesan las convicciones políticas.
En este punto, vale la pena mencionar la situación de Italia. Al hacer la declaración de la renta, más del 80% de los italianos marcan la casilla correspondiente a la Iglesia, porque desean apoyar económicamente sus actividades. Eso quiere decir que la Iglesia merece la confianza de una gran mayoría de ciudadanos, no solamente de quienes se reconocen en una tendencia política.
En ese país, y en muchos otros, los católicos no plantean su acción pública poniendo su esperanza en un partido. Saben por experiencia que lo importante no es que una formación  política incorpore a su programa la doctrina social cristiana, sino que esos valores se hagan presentes en todos los partidos, de modo transversal.
El tercer principio relativo al modo de comunicar es lagradualidad.Las tendencias sociales tienen una vida compleja: nacen, crecen, se desarrollan, cambian y mueren. En consecuencia, la comunicación de ideas tiene mucho que ver con el “cultivo”: sembrar,  regar, podar, antes de cosechar.
El fenómeno de la secularización se ha ido consolidando en los últimos siglos. Procesos de tan larga gestación no se resuelven en años, meses o semanas.
El cardenal Ratzinger explicaba que nuestra visión del mundo suele seguir un paradigma “masculino", donde lo importante es la acción, la eficacia, la programación y la rapidez. Y concluía que conviene dar más espacio a un paradigma “femenino", porque la mujer sabe que todo lo que tiene que ver con la vida requiere espera, reclama paciencia.
Lo contrario de este principio es la prisa y el cortoplacismo que llevan a la impaciencia y muchas veces también al desánimo, porque es imposible lograr objetivos de entidad en plazos cortos.
A estos nueve principios habría que agregar otro que afecta a todos los aspectos mencionados: al mensaje, a la persona que comunica y al modo de comunicar. El principio de lacaridad.
Algunos autores han destacado que, en los primeros siglos, la Iglesia se extendió de forma muy rápida porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.
La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo; proporciona credibilidad, empatía y amabilidad a las personas que comunican; y es la fuerza que permite actuar de forma paciente, integradora y abierta.  Porque el mundo en que vivimos es con demasiada frecuencia un mundo duro y frío, donde muchas personas se sienten excluidas y maltratadas y esperan algo de luz y de calor. En este mundo, el gran argumento de los católicos es la caridad. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente, nueva.
Zenit.org

domingo, 19 de junio de 2011

La respuesta del “fiscal” vaticano ante abusos sexuales de clérigos


Habla monseñor Charles Scicluna, promotor de Justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe

La respuesta de la Iglesia a los casos de abusos sexuales por parte de clérigos “comprende dos acciones fundamentales: asistir a las víctimas y educar a las comunidades eclesiales”, explica el “fiscal” general de la Iglesia en este ámbito.
Monseñor Charles Scicluna, promotor de Justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recuerda asimismo que corresponde a los obispos diocesanos garantizar esta respuesta, como lo indica la Carta circular enviada por esa Congregación vaticana a las conferencias episcopales, e informa que los fieles pueden prestar también su ayuda gracias a los nuncios apostólicos en su país.
El sacerdote maltés, que no suele aparecer frecuentemente ante los medios de comunicación, respondió el 18 de junio a las preguntas de ZENIT, tras la rueda de prensa en que participó en Rompa para presentar el simposio internacional “Hacia la curación y la renovación”, convocado por la Universidad Pontificia Gregoriana para febrero de 2012.
--¿Cuáles son las implicaciones del binomio: asistir las víctimas-educar las comunidades?
--Monseñor Scicluna: Hay que comenzar por la formación de los clérigos en el seminario. El estudio norteamericano más reciente en materia de abusos sexuales sobre los menores de edad por parte de sacerdotes católicos, el informe John Jay sobre las causas y el contexto de este fenómeno, confirma que allí donde nace en los seminarios la conciencia de la importancia de la formación humana, incluyendo en ésta también una actitud muy sana ante la sexualidad, se registra una disminución de abusos sexuales por parte de los clérigos formados en esa generación. Esto significa que una formación sana de los seminaristas, una actitud sana ante el erotismo y la sexualidad, ayuda a la persona a vivir las justas exigencias del celibato de una manera más consciente, no represiva, de manera que no se den desahogos traumáticos y destructivos.
--¿Cómo entran en juego las comunidades?
--MonseñorScicluna: Hay una esfera de abusos sexuales que nunca podremos desarraigar, pues es generada por la constitución psicológica de cada individuo. Aquí no se plantea sólo un problema de formación, sino la necesidad de una terapia a largo plazo para afrontar una perturbación muy difícil de diagnosticar y de descubrir. Por tanto, hay que poner siempre a la comunidad en condiciones de protegerse, de reconocer adecuadamente los signos del abuso de poder, que además pueden ser erotizados en el ámbito del abuso de la intimidad con los muchachos o convertirse en un auténtico abuso sexual de menores.
La formación del clero tiene que ir, por tanto, acompañada por la formación de la comunidad. Ésta es importante también para garantizar la curación de las víctimas, que a causa del peso que llevan dentro se sienten “fuera” de la misma comunidad. Nace la exigencia de una actitud de misericordia de la comunidad eclesial que acoge al individuo herido como una parte integrante de sí, pues esto es el Evangelio: el Evangelio trae curación, no sólo trata de evitar el pecado, sino que donde hay un trauma propicia un ambiente en el que la persona herida puede recogerse y volver a encontrar en su propia vida los signos de caridad, de esperanza y de fe que puede haber perdido a causa del abuso sufrido.
--La responsabilidad de afrontar el problema corresponde a los obispos, que sin embargo en muchas ocasiones no han estado a la altura de esta tarea...
--Monseñor Scicluna: Como se dice en inglés, hay obispos de todas las “medidas”, de todos los tipos, pero hay una actitud del obispo que no procede de una opción personal, sino de su vocación a ser “buen pastor”. El buen pastor, cuando ve al enemigo, no huye, sino que le espera a la puerta para defender el rebaño, como dice Jesús. También Benedicto XVI, al inicio de su pontificado, dijo: “rezad por mí para que no huya ante el enemigo, sino que tenga la valentía de ser un buen pastor”. Las palabras de Jesús, actualizadas también por el papa, pueden ser hoy el ideal de cada obispo.
--Y cuando los obispos nos son buenos pastores, ¿qué se puede hacer?
--MonseñorScicluna: La Carta circular enviada por esa Congregación de la Doctrina de la Fe, al dar a los obispos parámetros de actuación, representa una señal muy fuerte por parte de la Santa Sede. Cuando recibimos a los obispos en las visitas ad limina nos damos cuenta de que se da una conciencia difundida sobre el problema y también sobre la posición del papa en este sentido. Cada fiel, además, tiene el derecho de expresar su preocupación por la diócesis directamente a la Santa Sede, a través del nuncio. Mi trabajo me ha hecho apreciar mucho la actividad de los nuncios, que representan ante la comunidad local, no sólo ante los gobiernos, la cercanía del Santo Padre. La gente debe saber que puede dirigirse al nuncio cuando hay cuestiones que repercuten en el ministerio pastoral de sus obispos, pero no para denunciarles, sino para decir: “tenemos confianza en el ministerio de Pedro, que el nuncio representa; tenemos una preocupación, y tenemos el deber, no sólo el derecho, de presentarla a Pedro”. Esta posibilidad también forma parte de la educación de la comunidad eclesial.
--Usted ha dicho en una entrevista que los casos de abuso que se presentan a la Congregación están disminuyendo, ¿qué impacto ha tenido en ello el eco dado por los medios de comunicación?
--MonseñorScicluna: Los medios de comunicación han abierto los ojos de todos sobre este fenómeno y nos han obligado a afrontar la verdad de los hechos. Jesús nos ha dicho que la verdad nos hará libres. No puede haber curación, no es posible liberarse de este peso, si no somos suficientemente humildes y valientes para afrontar la verdad de los hechos, la verdad de la herida, la exigencia de cumplir mejor nuestro deber. Desde este punto de vista, veo cómo Benedicto XVI, con gran humildad, ha sabido dar un gran ejemplo no sólo a la Iglesia, sino también al mundo.
Por Chiara Santomiero

Fuente: www.zenit.org

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