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martes, 24 de mayo de 2016

Texto completo de la reflexión del Papa antes del Regina Coeli 15/05/2016

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la gran fiesta de Pentecostés, que lleva al término del Tiempo Pascual, cincuenta días después de la Resurrección de Cristo. La liturgia nos invita a abrir nuestra mente y nuestro corazón al don del Espíritu Santo, que Jesús prometió varias veces a sus discípulos, el primero y principal don que Él nos ha dado con su Resurrección.

miércoles, 27 de mayo de 2015

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO - DOMINGO DE PENTECOSTÉS


«Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo… reciban el Espíritu Santo» (Jn 20, 21.22), así dice Jesús. La efusión que se dio en la tarde de la resurrección se repite en el día de Pentecostés, reforzada por extraordinarias manifestaciones exteriores. La tarde de Pascua Jesús se aparece a sus discípulos y sopla sobre ellos su Espíritu (cf. Jn 20, 22); en la mañana de Pentecostés la efusión se produce de manera fragorosa, como un viento que se abate impetuoso sobre la casa e irrumpe en las mentes y en los corazones de los Apóstoles. En consecuencia reciben una energía tal que los empuja a anunciar en diversos idiomas el evento de la resurrección de Cristo: «Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas» (Hch 2, 4). Junto a ellos estaba María, la Madre de Jesús, la primera discípula, eh… ahí la Madre de la Iglesia naciente. Con su paz, con su sonrisa, con su maternidad, acompañaba el gozo de la joven Esposa, la Iglesia de Jesús.

Texto y audio de la meditación del Papa Francisco antes de rezar el Regina Coeli de la Solemnidad del Pentecostés

Audio: Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La fiesta de Pentecostés nos hace revivir los inicios de la Iglesia. El libro de los Hechos de los Apóstoles narra que, cincuenta días después de la Pascua, en la casa donde se encontraban los discípulos de Jesús, “vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento (…) y todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (2,1-2). De esta efusión los discípulos son transformados completamente: el miedo se cambia en coraje, la cerrazón cede el lugar al anuncio y toda duda es aplastada por la fe llena de amor. Es el “bautismo” de la Iglesia, que así comenzaba su camino en la historia, guiada por la fuerza del Espíritu Santo.

domingo, 8 de junio de 2014

Texto completo de la alocución del Papa Francisco antes de rezar el Regina Coeli (08 de junio de 2014)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La fiesta de Pentecostés conmemora la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo. Como la Pascua, es un evento acaecido durante la preexistente fiesta hebraica, y que lleva a un cumplimiento sorprendente. 

Texto completo de la homilía del Santo Padre Francisco en Pentecostés (08 de junio de 2014)

(Audio) «Todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hch 2, 4).

Hablando a los Apóstoles en la Última Cena, Jesús les dijo que, luego de su partida de este mundo, les enviaría el don del Padre, o sea el Espíritu Santo (cfr.Jn 15,26). Esta promesa se realiza con potencia en el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo desciende

domingo, 19 de mayo de 2013

Texto completo de la homilía del Santo Padre en español, en la fiesta de Pentecostés (19 de mayo del 2013)

Queridos hermanos y hermanas:
En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo.
Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega adentro de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los Apóstoles. El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento que sopla fuertemente», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios».
A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.
1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?
2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial, y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2Jn 9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?
3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión.
La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca: «Veni Sancte Spiritus! – Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.

Agradecimiento al Papa Francisco de Mons. Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la nueva Evangelización al final de la Santa Eucaristía de Pentecostés:

Santo Padre, 
Gracias. En nombre de todos los movimientos, nuevas comunidades, asociaciones y agregaciones laicales el más sincero y sentido agradecimiento por estos dos días durante los cuales hemos experimentado la fuerza que viene desde lo "alto". El Señor Jesús lo prometió a sus discípulos y todos nosotros en perenne continuidad con la fe de siempre, renovada por el agua del Bautismo que da la vida, experimentamos cada día su potencia y sus dones. Esta fuerza es capaz de transformar el corazón, de cambiarlo, de convertirlo y de hacerlo capaz de amar. Un amor que va más allá de nosotros mismos porque, generado por el Crucificado Resucitado, y renovado por la presencia fecunda del Espíritu Santo, nos empuja hacia las periferias de la vida humana y a los confines del mundo. 

Santo Padre, ayer por la tarde con tanta espontaneidad unida a la gran pasión evangélica usted ha querido indicar un camino para hacer más fecunda la misión de la variada constelación del laicado en el mundo. Nos ha recordado colocar siempre a Cristo al centro, porque sólo así la Iglesia será sí misma sin encerrarse entre los bastiones de sus certezas que son síntomas de enfermedad y de asfixia. La misión de evangelizar con coraje y paciencia, al contrario, debe empujarla a crear una cultura del encuentro para permitir de ver y tocar con mano la carne de Cristo. Hoy en esta Santa Eucaristía el Señor Resucitado ha renovado en todos nosotros la fuerza para volver a las respectivas comunidades en las cuales cada día se vive la fe. Reforzados por el Cuerpo de Cristo que es nuestro alimento, somos conscientes de la gran misión de la cual el Sucesor de Pedro nos ha investido: ser discípulos y misioneros del Señor Resucitado para que todos los hombres en Él, encuentren la vida. Esta vida es un don. Es gracia. Consiste en conocer al Padre y vivir la comunión con él. Es ella que forma las comunidades cristianas y permite hacer experiencia de los frutos de la fe. Estos dos días, Santo Padre, han sido una ulterior etapa en el camino iniciado con el Vaticano II. Todas estas realidades eclesiales sienten de tener que empeñarse en la Nueva Evangelización dondequiera el Señor los llame. Cada uno de ellos sabe que la peculiaridad de la misión consiste en llevar el Evangelio allí, dónde sólo a través de ellos puede convertirse en sal y luz para los hombres. 
Santo Padre, antes de dejarlos en espera de otra cita futura, diríjales las mismas palabras de Pablo a los cristianos de Éfeso: "Ahora los encomiendo al Señor y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la parte de la herencia que les corresponde, con todos los que han sido santificados " (Hch. 20,32). El camino que les espera es difícil y fatigoso. Saben, sin embargo, que pueden contar con la oración y con el apoyo del Papa. Los acompañen en su misión los santos y los beatos que han hecho posible esta nueva aventura de la Iglesia, en particular el beato Juan XXIII, el beato Juan Pablo II y desde hace algunos días el beato don Luigi Novarese precursor en esta Iglesia de Roma del movimiento de los Voluntarios del sufrimiento. 
Gracias, Santo Padre. El Señor lo colme de sus dones para confirmar a todos nosotros en la fe. 

(Traducción del italiano de Griselda Mutual)

jueves, 16 de mayo de 2013

Texto de la catequesis completa del Papa (miércoles 15 de mayo del 2013)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días,

hoy me quiero centrar en la acción que el Espíritu Santo realiza en la guía de la Iglesia y de cada uno de nosotros a la Verdad. Jesús mismo dice a sus discípulos: el Espíritu Santo "les guiará en toda la verdad" (Jn 16:13), él mismo es "el Espíritu de la Verdad" (cf. Jn 14:17, 15:26, 16:13). 
Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico con respecto a la verdad. Benedicto XVI ha hablado muchas veces de relativismo, es decir, la tendencia a creer que no hay nada definitivo, y a pensar que la verdad está dada por el consenso general o por lo que nosotros queremos. Se plantean estas preguntas: ¿existe realmente "la" verdad? ¿Qué es "la" verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la memoria la pregunta del procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: "¿Qué es la verdad?" (Jn 18,37.38). Pilato no entiende que "la" Verdad está frente a él, no es capaz de ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Y sin embargo, Jesús es esto: la Verdad, la cual, en la plenitud del tiempo, "se hizo carne" (Jn 1,1.14), que vino entre nosotros para que la conociéramos. La verdad no te agarra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona.
Pero, ¿quién nos hace reconocer que Jesús es "la" Palabra de la verdad, el Hijo unigénito de Dios Padre? San Pablo enseña que "nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no está impulsado por el Espíritu Santo" (1 Cor 12:03). Es sólo el Espíritu Santo, el don de Cristo Resucitado, quien nos hace reconocer la verdad. Jesús lo define el "Paráclito", que significa "el que viene en nuestra ayuda", el que está a nuestro lado para sostenernos en este camino de conocimiento; y, en la Última Cena, Jesús asegura a sus discípulos que el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas, recordándoles sus palabras (cf. Jn 14,26).
¿Cuál es entonces la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia para guiarnos a la verdad? En primer lugar, recuerda e imprime en los corazones de los creyentes las palabras que Jesús dijo, y precisamente a través de estas palabras, la ley de Dios - como lo habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento - se inscribe en nuestros corazones y en nosotros se convierte en un principio de valoración de las decisiones y de orientación de las acciones cotidianas, se convierte en un principio de vida. Se realiza lla gran profecía de Ezequiel: "Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo… infundiré mi espíritu en ustedes y haré que signa mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes”. (36:25-27). De hecho, de lo profundo de nosotros mismos nacen nuestras acciones: es el corazón el que debe convertirse a Dios, y el Espíritu Santo lo transforma si nosotros nos abrimos a Él.
El Espíritu Santo, entonces, como promete Jesús, nos guía "en toda la verdad" (Jn 16,13); nos lleva no sólo para encontrar a Jesús, la plenitud de la Verdad, sino que nos guía "en" la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y ésta no la podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la verdad actúa en nuestros corazones, suscitando aquel "sentido de la fe" (sensus fidei), el sentido de la fe a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, indefectiblemente se adhiere a la fe transmitida, la profundiza con un juicio recto y la aplica más plenamente en la vida (cf. Constitución dogmática. lumen Gentium, 12). Probemos a preguntarnos: ¿estoy abierto al Espíritu Santo, le pido para que me ilumine, y me haga más sensible a las cosas de Dios?
Y ésta es una oración que tenemos que rezar todos los días, todos los días: Espíritu Santo que mi corazón esté abierto a la Palabra de Dios, que mi corazón esté abierto al bien, que mi corazón esté abierto a la belleza de Dios, todo todos los días. Pero me gustaría hacer una pregunta a todos ustedes: ¿Cuántos de ustedes rezan cada día al Espíritu Santo, eh? ¡Serán pocos, eh! pocos, unos pocos, pero nosotros tenemos que cumplir este deseo de Jesús: orar cada día al Espíritu Santo para que abra nuestros corazones a Jesús.
Pensemos en María que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón " (Lc 2,19.51). La recepción de las palabras y las verdades de fe, para que se conviertan en vida, se necesita que se realicen y crezcan bajo la acción del Espíritu Santo. En este sentido, debemos aprender de María, reviviendo su "sí", su total disponibilidad para recibir al Hijo de Dios en su vida, que desde ese momento la transformó. A través del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo establecen su morada en nosotros: nosotros vivimos en Dios y para Dios. ¿Pero nuestra vida está verdaderamente animada por Dios? ¿Cuántas cosas interpongo antes que Dios?
Queridos hermanos y hermanas, tenemos que dejarnos impregnar con la luz del Espíritu Santo, porque Él nos introduzca en la Verdad de Dios, que es el único Señor de nuestra vida. En este Año de la Fe preguntémonos si en realidad hemos dado algunos pasos para conocer mejor a Cristo y las verdades de la fe, con la lectura y la meditación de las Escrituras, en el estudio del Catecismo, acercándonos con asiduidad a los Sacramentos. Pero preguntémonos al mismo tiempo cuántos pasos estamos dando para que la fe dirija toda nuestra existencia. ¿No se es cristiano "según el momento", sólo algunas veces, en algunas circunstancias, en algunas ocasiones; ¡no, no se puede ser cristiano así! ¡Se es cristiano en todo momento! Totalmente.
La verdad de Cristo, que el Espíritu Santo nos enseña y forma parte para siempre y totalmente de nuestra vida cotidiana. Invoquémosle con más frecuencia, para que nos guíe en el camino de los discípulos de Cristo. Invoquémosle todos los días, hagamos esta propuesta: cada día invoquemos al Espíritu Santo. ¿Lo harán? No oigo, eh, todos los días, eh! Y así el Espíritu nos llevará más cerca de Jesucristo. Gracias.
(Traducción de Eduardo Rubió)

Texto completo del resumen pronunciado por el Santo Padre en español
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, cercana ya de la fiesta de Pentecostés, deseo hablar del Espíritu Santo que guía a la Iglesia, y a cada uno de nosotros, a la Verdad plena. En nuestros días, marcados por el relativismo, es necesario preguntarnos como Pilato: “¿Qué es ‘la’ Verdad?”. La Verdad con mayúsculas no es una idea que nosotros nos hacemos o consensuamos, sino una persona con la que nos encontramos. Cristo es la Verdad, que se ha hecho carne. Y el Espíritu Santo hace posible que lo reconozcamos y lo confesemos como Señor. 
El Espíritu Santo nos recuerda las palabras de Jesús y las imprime en nuestros corazones. Él es la ley inscrita en nuestro interior, donde tomamos las decisiones. El Espíritu Santo, además, nos lleva a la inteligencia de la Verdad completa. Él es quien suscita el sentido de la fe en los creyentes creando una comunión, cada vez más profunda, con Cristo. Mediante el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo hacen morada en nosotros.
En este Año de la fe, invoquemos especialmente la asistencia del Espíritu Santo, para que nos guíe y nos sostenga en el camino del discipulado.
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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, México, Honduras, Paraguay, Chile, Argentina y los demás países latinoamericanos. Pidamos a la Virgen María que nos haga dóciles a la acción del Espíritu Santo, para que como Ella, con disponibilidad total, digamos “sí” a los designios de Dios en nuestra vida. Muchas gracias.

sábado, 2 de junio de 2012

“La familia es el lugar privilegiado del Espíritu Santo”


El Cardenal Juan Luis Cipriani presidió una multitudinaria misa en la Plaza de Acho de Lima, por la Solemnidad de Pentecostés, el domingo 12 de junio animando a los fieles de la Renovación Carismática Católica de Lima a cuidar la familia como el lugar privilegiado donde actúa el Espíritu Santo.
“El lugar privilegiado del Espíritu Santo es la familia. Cuidemos la familia, a los papás, a las mamás, a los esposos;  cuidemos a la juventud; amémonos unos a otros. El Espíritu Santo está con muchas ganas de actuar pero te pide docilidad”, recordó el Arzobispo de Lima.
Asimismo, el Cardenal Cipriani manifestó su dolor cuando en el país se escuchan palabras de odio que buscan dividir a nuestros compatriotas. Por ello insistió en la importancia de una reconciliación nacional.
“Me duele este querido Perú cuando escucho gritos y voces de odio, resentimiento, qué pena que no sepamos perdonarnos. El perdón nos hace ser grandes, alegres, magnánimos. Aprendamos a perdonar, la mansedumbre es parte de ese espíritu de la piedad”, señaló.
El Pastor de Lima también animó a los miembros de la Renovación Carismática a privilegiar momentos de oración
“El Espíritu Santo está muy activo no solo cuando se canta, también cuando en el silencio de la oración el Señor entra al alma, te busca y te dice: limpia ese rincón, deja esa amistad que te hace daño, ten paciencia con tu hijo, perdona a tu marido, acércate a la confesión, ayuda aquél enfermo, visítalo. Ánimo limpia el alma”. 
“Tenemos que estar horas de rodillas delante del santísimo sacramento, implorando con fe y humildad: protégenos Dios mío, me refugio en ti. Necesitamos recurrir a ti, a tu ayuda y tu perdón. Sin oración el demonio nos come. “Sin oración no hay paz, sin el Espíritu Santo no hay Iglesia. Nuestro camino es de esfuerzo y lucha, pero alegre”, prosiguió”, reflexionó.
El Sacramento de la Confesión
En otro momento, el Arzobispo de Lima, exhortó a los miembros de la Renovación Carismática a acercarse cotidianamente al sacramento de la Confesión, para recibir el perdón por los pecados.
“Acudir a la confesión, ir bien preparados para no aburrir al sacerdote, que sea una confesión breve, completa, concreta y con el propósito bien hecho, arrepentidos, pero confesión personal, necesito la absolución para que el Espíritu Santo quite la basura que se ha metido en el alma”, reconoció.
Unidad con el obispo
Finalmente el Cardenal Cipriani pidió a los más de diez mil fieles congregados en la Plaza de Acho vivir una unidad con el obispo, manifestada en la oración.
“En la Arquidiócesis hay un solo Padre que es este pobre hombre, este es el obispo, este es Cristo aquí en Lima, y sabe que tiene en la familia, diferentes hijos y uno de ellos es este grupo maravilloso carismático y por eso lo acoge con cariño. No se olviden de rezar un poquito por este pastor que los quiere mucho y que porque los quiere, de vez en cuando lo maltratan un poquito”, culminó.
Concelebraron con el Cardenal Cipriani, el Padre Víctor Solis, Asesor de la Renovación Carismática de Lima; así como sacerdotes de la arquidiócesis.

Oficina de Comunicaciones y Prensa
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domingo, 27 de mayo de 2012

Vence la aridez y abre los corazones a la esperanza


A mediodía, asomándose a la ventada de su estudio en la plaza de san Pedro, Benedicto XVI ha insistido ante miles de fieles y peregrinos, que la gran fiesta de Pentecostés nos hace revivir la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, reunidos en oración con la Virgen María en el Cenáculo.

(Audio)
Jesús, resucitado y ascendido al cielo, envía su Espíritu a la Iglesia, a fin de que cada cristiano pueda participar en su misma vida divina y llegar a ser su válido testigo en el mundo. El Espíritu Santo, irrumpiendo en la historia, vence la aridez, abre los corazones a la esperanza, anima y favorece en nosotros la madurez interior en la relación con Dios y con el prójimo.

En este contexto de la solemnidad de hoy, el Santo Padre ha anunciado que el próximo 7 de octubre, al inicio de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, proclamará a san Juan de Ávila y a santa Hildegarda de Bingen, Doctores de la Iglesia universal. 

Dos grandes testigos de la fe: Hildegarda fue monja benedictina en el corazón del Medioevo alemán, auténtica maestra de teología y profunda estudiosa de las ciencias naturales y de la música. Mientras que Juan, sacerdote diocesano en los años del renacimiento español, participó en el afán de la renovación cultural y religiosa de la Iglesia y de la coordinación en los albores de la modernidad. 

(Audio)
Pero la santidad de la vida y la profundidad de la doctrina los hacen perennemente actuales: en efecto, la gracia del Espíritu Santo, los proyectó hacia esa experiencia de penetrante comprensión de la revelación divina y de diálogo inteligente con el mundo que constituyen el horizonte permanente de la vida y de la acción de la Iglesia.

“Sobre todo a la luz del proyecto de una nueva evangelización, a la que será dedicada la mencionada Asamblea del Sínodo de los Obispos, y a la vigilia del Año de la Fe, estas dos figuras de Santos y Doctores se presentan con relevante importancia y actualidad”, ha señalado el Santo Padre. 

Como siempre, después del rezo del Regina Coeli, el Santo Padre ha saludado en distintas lenguas. Ha recordado, en primer lugar, que esta mañana en Vannes, Francia, ha sido proclamada Beata la Madre Louise-Élisabeth Molé, “ejemplar testimonio del amor por Dios y por el prójimo”.

La fundadora de las Hermanas de la Caridad de San Luis, que vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX “nos enseña -ha ha dicho el Papa- cómo, con la ayuda del Espíritu Santo, podemos abrir nuestro corazón con dulzura para reunirnos con los demás, en sus diferencias, fragilidades y pobreza”.

El Papa ha recordado también, que el próximo viernes, 1° de junio, viajará a Milán, donde tendrá lugar el VII Encuentro Mundial de las Familias. “Invito a todos -ha dicho- a seguir este evento y a rezar para que tenga un éxito completo.

Saludando a los peregrinos de lengua checa, el Papa ha recordado que en estos días inauguran, aquí en Roma, el año jubilar de los santos Cirilo y Metodio. 

A los peregrinos eslovacos el Obispo de Roma les recordó que con ocasión de esta solemnidad de Pentecostés nosotros, los cristianos, nos dirigimos con devoción particular al Espíritu Santo. Por esta razón les deseo que Él llene sus corazones y guíe sus mentes, a fin de que no se acomoden a la mentalidad de este siglo, sino que sean “partícipes de los frutos de la Resurrección de Cristo”. 

El Papa se dirigió a los fieles polacos abrazando con su pensamiento a los peregrinos que se reúnen a los pies de María en Piekary Slaskie. Y los invitó, en esta solemnidad de Pentecostés a abrir los corazones y las mentes a su acción, pidiendo incesantemente que enardezca su fe, su esperanza y su amor con la llama de la gracia de Dios. A la vez que les deseó que “la viva experiencia de la presencia del Espíritu Paráclito los colme de paz”.

Por último, el Obispo de Roma dirigió un saludo cordial a los peregrinos italianos, de modo particular a la Asociación Italiana de Esclerosis Múltiple y a la Fundación “Gigi Ghirotti”, a las cuales manifestó su aprecio por el empeño de dar apoyo y esperanza a tantas personas en el sufrimiento. De la misma manera el Papa saludó a la Misericordia de la Santa Cruz en el Arno y a la Federación Italiana de Tiro con Arco. Y antes de desear feliz domingo a todos, el Pontífice dirigió un saludo especial a los representantes de la Policía del Estado, que festejan 160 años de fundación. 

Benedicto XVI deseó feliz domingo a los peregrinos procedentes de América Latina y de España con las siguientes palabras: 

(Audio) Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana. Hoy, día de Pentecostés, la liturgia alaba al Espíritu Santo por haber congregado a su Iglesia en la confesión de una misma fe, infundiéndole el conocimiento de Dios. Pidamos que el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, nos siga enseñando y dando la fuerza necesaria para ser testigos ante el mundo de Cristo Redentor, y en todo el orbe se ensalce e invoque al tres veces Santo. Feliz domingo.

Texto completo de la alocución dominical del Santo Padre:

¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy celebramos la gran fiesta de Pentecostés, que lleva a cumplimiento el Tiempo de Pascua, cincuenta días después del Domingo de Resurrección. Esta solemnidad nos hace recordar y revivir la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los demás discípulos, reunidos en oración con la Virgen María en el Cenáculo (Cfr. Hch 2, 1-11). Jesús, resucitado y ascendido al cielo, envía su Espíritu a la Iglesia, a fin de que cada cristiano pueda participar en su misma vida divina y llegar a ser su válido testigo en el mundo. El Espíritu Santo, irrumpiendo en la historia, vence la aridez, abre los corazones a la esperanza, anima y favorece en nosotros la madurez interior en la relación con Dios y con el prójimo.

El Espíritu, que “ha hablado por medio de los profetas”, con los dones de la sabiduría y de la ciencia sigue inspirando a las mujeres y a los hombres que se empeñan en la búsqueda de la verdad, proponiendo vías originales de conocimiento y de profundización del misterio de Dios, del hombre y del mundo. En este contexto, me alegra anunciar que el próximo 7 de octubre, al inicio de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, proclamaré a san Juan de Ávila y a santa Hildegarda de Bingen Doctores de la Iglesia universal. 
Estos dos grandes testigos de la fe vivieron en períodos históricos y ambientes culturales muy diversos. Hildegarda fue monja benedictina en el corazón del Medioevo alemán, auténtica maestra de teología y profunda estudiosa de las ciencias naturales y de la música. Juan, sacerdote diocesano en los años del renacimiento español, participó en el afán de la renovación cultural y religiosa de la Iglesia y de la coordinación en los albores de la modernidad. Pero la santidad de la vida y la profundidad de la doctrina los hacen perennemente actuales: en efecto, la gracia del Espíritu Santo, los proyectó hacia esa experiencia de penetrante comprensión de la revelación divina y de diálogo inteligente con el mundo que constituyen el horizonte permanente de la vida y de la acción de la Iglesia.

Sobre todo a la luz del proyecto de una nueva evangelización, a la que será dedicada la mencionada Asamblea del Sínodo de los Obispos, y a la vigilia del Año de la Fe, estas dos figuras de Santos y Doctores se presentan con relevante importancia y actualidad. También en nuestros días, a través de su enseñanza, el Espíritu del Señor resucitado sigue haciendo resonar su voz e iluminado el camino que conduce a esa única Verdad que puede hacernos libres y dar sentido pleno a nuestra vida.

Rezando ahora juntos el Regina Coeli, invoquemos la intercesión de la Virgen María a fin de que obtenga que la Iglesia sea animada poderosamente por el Espíritu Santo, para testimoniar a Cristo con franqueza evangélica y para que se abra cada vez más a la plenitud de la verdad.

Como es costumbre, después del rezo del Regina Coeli, el Papa saludó en diversas lenguas a los grupos de fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro. Hablando en italiano, Su Santidad comenzó diciendo:

¡Queridos hermanos y hermanas!

Esta mañana en Vannes, Francia, ha sido proclamada Beata Mère Saint-Louis, en el siglo Louise-Élisabeth Molé, fundadora de las Religiosas de la Caridad de San Luis, que vivió entre los siglos XVIII y XIX. Demos gracias a Dios por este testigo ejemplar del amor por Dios y por el prójimo.

Asimismo recuerdo que el próximo vienes, 1° de junio, iré a Milán, donde tendrá lugar el VII Encuentro Mundial de las Familias. Invito a todos a seguir este evento y a rezar por su buen éxito.

El Santo Padre saludó cordialmente a los peregrinos de la República Checa, que en estos días inauguran en Roma el Año jubilar de los santos Cirilo y Metodio, deseándoles la paz.

A los peregrinos eslovacos el Obispo de Roma les recordó que con ocasión de esta solemnidad de Pentecostés nosotros, los cristianos, nos dirigimos con devoción particular al Espíritu Santo. Por esta razón les deseo que Él llene sus corazones y guíe sus mentes, a fin de que no se acomoden a la mentalidad de este siglo, sino que sean “partícipes de los frutos de la Resurrección de Cristo”. 

El Papa se dirigió a los fieles polacos abrazando con su pensamiento a los peregrinos que se reúnen a los pies de María en Piekary Slaskie. Y los invitó, en esta solemnidad de Pentecostés a abrir los corazones y las mentes a su acción, pidiendo incesantemente que enardezca su fe, su esperanza y su amor con la llama de la gracia de Dios. A la vez que les deseó que “la viva experiencia de la presencia del Espíritu Paráclito los colme de paz”.

Por último, el Obispo de Roma dirigió un saludo cordial a los peregrinos italianos, de modo particular a la Asociación Italiana de Esclerosis Múltiple y a la Fundación “Gigi Ghirotti”, a las cuales manifestó su aprecio por el empeño de dar apoyo y esperanza a tantas personas en el sufrimiento. De la misma manera el Papa saludó a la Misericordia de la Santa Cruz en el Arno y a la Federación Italiana de Tiro con el Arco. Y antes de desear feliz domingo a todos, el Pontífice dirigió un saludo especial a los representantes de la Policía del Estado, que festejan 160 años de fundación. 

Benedicto XVI deseó feliz domingo a los peregrinos procedentes de América Latina y de España con las siguientes palabras: 

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana. Hoy, día de Pentecostés, la liturgia alaba al Espíritu Santo por haber congregado a su Iglesia en la confesión de una misma fe, infundiéndole el conocimiento de Dios. Pidamos que el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, nos siga enseñando y dando la fuerza necesaria para ser testigos ante el mundo de Cristo Redentor, y en todo el orbe se ensalce e invoque al tres veces Santo. Feliz domingo.

(Traducción de María Fernanda Bernasconi – RV).

El Espíritu Santo nos guía a las alturas de Dios


El Santo Padre Benedicto XVI concelebró esta mañana a las 9,30 en la Basílica vaticana la Eucaristía con unos 40 cardenales y 50 obispos en la Solemnidad de Pentecostés. En su homilía el Pontífice se refirió al “misterio” de esta solemnidad, que constituye, dijo, el “bautismo de la Iglesia”, “la forma inicial”, “el impulso para su misión”

Asimismo el Papa destacó que “el Espíritu Santo nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en esta tierra el germen de la vida divina que está en nosotros”. Y recordó, como afirma san Pablo, que en efecto, “el fruto del Espíritu es amor, alegría y paz” (Gal 5, 22). Porque como dijo Su Santidad, “notamos que el Apóstol usa el plural para describir las obras de la carne, que provocan la dispersión del ser humano, mientras usa el singular para definir la acción del Espíritu”, y habla de ‘fruto’, tal como a la dispersión de Babel se contrapone la unidad de Pentecostés. 


(Audio)
Pentecostés es la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión humana. Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo, aun si estamos cada vez más cercanos unos de otros con el desarrollo de los medios de comunicación, y las distancias geográficas parecen desaparecer, la comprensión y la comunión entre las personas muchas veces es superficial y difícil. 

Un mundo, el nuestro, ha señalado el Papa donde los desequilibrios se hacen conflictivos; el diálogo entre las generaciones fatigoso; los hombres son cada vez más agresivos y malhumorados; y comprenderse parece demasiado difícil. Se prefiere encerrarse en el propio yo, y en los propios intereses. 

Luego, Benedicto XVI ha contrapuesto la narración de Pentecostés a la antigua historia de la construcción de la Torre de Babel. En ella se describe un reino en el que los hombres han concentrado tanto poder de llegar a pensar en no tener que hacer más referencia a un Dios lejano y de ser tan fuertes, de poder construir por sí solos un camino que conduzca al cielo para abrir sus puertas y colocarse en el lugar de Dios. Pero justo en esta situación se verifica algo extraño y singular. 

(Audio)
Mientras los hombres estaban trabajando juntos para construir la torre, de repente se dieron cuenta que estaban construyendo el uno contra el otro. Mientras trataban de ser como Dios, corrían el peligro de no ser ni tan siquiera hombres, porque habían perdido un elemento fundamental del ser personas humanas: la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos.

Este pasaje bíblico, ha observado el Santo Padre, lo podemos ver a lo largo de la historia, pero también en nuestro mundo. Con el progreso de la ciencia y de la técnica hemos alcanzado el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza, de manipular los elementos, de fabricar seres vivos, llegando casi hasta al mismo ser humano.

(Audio)
En esta situación, orar a Dios parece algo superado, inútil, porque nosotros mismos podemos construir y realizar todo aquello que queremos. Pero no nos percatamos de que estamos reviviendo la misma experiencia de Babel.

Hemos multiplicado las posibilidades para comunicarnos, informar, pero ¿podemos decir que haya crecido la capacidad de comprendernos? se ha preguntado el Pontífice ¿Puede haber verdaderamente unidad y concordia entre nosotros? La respuesta la encontramos en la Sagrada Escritura ha dicho el Papa: 

(Audio)
La unidad puede existir solamente con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una capacidad nueva de comunicar. Esto es lo que se verificó en Pentecostés. Aquella mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo descendió sobre los discípulos congregados, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. 

Y así, ha explicado Benedicto XVI, desapareció el miedo, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas iniciaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran comprender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división y enajenamiento, nacieron unidad y comprensión. Jesús, hablando del Espíritu Santo, nos explica qué es la Iglesia y cómo debe vivir para ser lugar de unidad y de comunión en la Verdad. 

(Audio)
Nos dice que actuar como cristianos significa no permanecer cerrados en el propio «yo», sino orientarse hacia el todo; significa acoger en sí mismos a la Iglesia toda entera o, aún mejor, dejar interiormente que ella nos acoja.

“De esta manera -ha indicado el Santo Padre- cuando yo hablo, pienso, actúo como cristiano, no lo hago encerrándome en mi ‘yo’, sino siempre en el ‘todo’ a partir de todo”: así el Espíritu Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede continuar resonando en los corazones y en las mentes de los hombres e impulsándolos a encontrarse y acogerse recíprocamente”. 

(Audio)
Y así se hace cada vez más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde los hombres quieren hacerse Dios, pueden solo ponerse el uno contra el otro. Donde en cambio se colocan en la verdad del Señor, se abren a la acción de su Espíritu que los sostiene y une.

“No podemos ser, a la vez, egoístas y generosos, seguir la tendencia de dominar sobre los demás y sentir la alegría del servicio desinteresado”, ha afirmado el Papa. Debemos siempre elegir cual impulso seguir y lo podemos hacer en modo auténtico solamente con la ayuda del Espíritu de Cristo. El Espíritu Santo nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en esta tierra el germen de la vida divina que está en nosotros. A la dispersión de Babel se contrapone la unidad de Pentecostés. 

(Audio)
Queridos amigos, debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto debemos orar para que el Espíritu nos ilumine y nos guíe para vencer la fascinación de seguir nuestras verdades, y para acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia.

(María Fernanda Bernasconi y Eduardo Rubió – RV)

Texto completo de la Homilía del Santo Padre: 

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy feliz por celebrar con ustedes esta Santa Misa, animada hoy, también por el Coro de la Academia de Santa Cecilia y por la Orquesta Juvenil –a la que agradezco-, en la Solemnidad de Pentecostés. Este misterio constituye el bautismo de la Iglesia, es un evento que le ha dado, por así decir, la forma inicial y el impulso para su misión. Y esta «forma» y este «impulso» son siempre válidos, siempre actuales, y se renuevan de modo particular mediante las acciones litúrgicas. Esta mañana quisiera detenerme en un aspecto esencial del misterio de Pentecostés, que en nuestros días conserva toda su importancia. Pentecostés es la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión humana. Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo, aun si estamos cada vez más cercanos unos de otros con el desarrollo de los medios de comunicación, y las distancias geográficas parecen desaparecer, la comprensión y la comunión entre las personas muchas veces es superficial y difícil. Permanecen desequilibrios que no rara vez conducen a conflictos; el diálogo entre las generaciones se hace fatigoso y en ocasiones prevalece la contraposición; asistimos a eventos cotidianos en los cuales nos parece que los hombres se están haciendo más agresivos y malhumorados; comprenderse parece demasiado difícil y se prefiere permanecer en el propio yo, en los propios intereses. En esta situación ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir aquella unidad de la que tenemos tanta necesidad? 

La narración de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura (cfr At 2,1-11), contiene en fondo uno de los últimos grandes frescos que encontramos al inicio del Antiguo Testamento: la antigua historia de la construcción de la Torre de Babel (cfr Gen 11,1-9). Pero ¿qué cosa es Babel? Es la descripción de un reino en el que los hombres han concentrado tanto poder de llegar a pensar en no tener que hacer mas referencia a un Dios lejano y de ser talmente fuertes, de poder construir por sí solos un camino que conduzca al cielo para abrir sus puertas y colocarse en el lugar de Dios. Pero justo en esta situación se verifica algo extraño y singular. Mientras los hombres estaban trabajando juntos para construir la torre, de repente se dieron cuenta que estaban construyendo el uno contra el otro. Mientras trataban de ser como Dios, corrían el peligro de no ser más ni siquiera hombres, porque habían perdido un elemento fundamental del ser personas humanas: la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos.

Este pasaje bíblico contiene una perenne verdad; lo podemos ver a lo largo de la historia, pero también en nuestro mundo. Con el progreso de la ciencia y de la técnica hemos alcanzado el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza, de manipular los elementos, de fabricar seres vivientes, llegando casi hasta el mismo ser humano. En esta situación, orar a Dios parece algo superado, inútil, porque nosotros mismos podemos construir y realizar todo aquello que queremos. Pero no nos percatamos de que estamos reviviendo la misma experiencia de Babel. Es verdad, hemos multiplicado las posibilidades de comunicar, de obtener informaciones, de transmitir noticias, pero ¿podemos decir que haya crecido la capacidad de comprendernos, o tal vez, paradójicamente, nos comprendemos menos? Entre los hombres ¿no parece tal vez serpentear un sentido de desconfianza, de sospecha, de temor recíproco, hasta convertirnos inclusive peligrosos los unos para los otros? Regresamos entonces a la pregunta inicial: ¿Puede haber verdaderamente unidad, concordia? Y ¿cómo?

La respuesta la encontramos en la Sagrada Escritura: la unidad puede existir solamente con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una capacidad nueva de comunicar. Ésto es aquello que se verificó en Pentecostés. Aquella mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo descendió sobre los discípulos congregados, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. El temor desapareció, el corazón sintió una nueva fuerza, las lenguas se liberaron e iniciaron a hablar con franqueza, en modo que todos pudieran comprender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división y enajenamiento, nacieron la unidad y la comprensión.

Pero miremos el Evangelio de hoy, en el que Jesús afirma «Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad» (Jn 16,13). Aquí Jesús, hablando del Espíritu Santo, nos explica qué cosa es la Iglesia y cómo ella debe vivir para ser sí misma, para ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad; nos dice que actuar como cristianos significa no permanecer cerrados en el propio «yo», sino orientarse hacia el todo; significa acoger en sí mismos a la Iglesia toda entera o, aún mejor, dejar interiormente que ella nos acoja. Entonces, cuando hablo, pienso, actúo como cristiano, no lo hago encerrándome en mi yo, sino que lo hago siempre en el todo y a partir de todo: así el Espíritu Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede continuar resonando en los corazones y en las mentes de los hombres e impulsándolos a encontrarse y acogerse recíprocamente. El Espíritu, justamente por el hecho de que actúa así, nos introduce en toda la verdad, que es Jesús, nos guía en el profundizarla, en comprenderla: nosotros no crecemos en el conocimiento cerrándonos en nuestro yo, sino solamente siendo capaces de escuchar y de compartir, solamente en el «nosotros» de la Iglesia, con una actitud de profunda humildad interior. Y así se hace cada vez más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde los hombres quieren hacerse Dios, pueden solo ponerse el uno contra el otro. Donde en cambio se colocan en la verdad del Señor, se abren a la acción de su Espíritu que los sostiene y une.

La contraposición entre Babel y Pentecostés resuena también en la segunda lectura, donde el Apóstol dice: “Los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne” (Gal 5,16). San Pablo nos explica que nuestra vida personal está marcada por un conflicto interior, por una división entre los impulsos que provienen de la carne y aquellos que provienen del Espíritu; y nosotros no podemos seguirlos todos. No podemos, en efecto, ser contemporáneamente egoístas y generosos, seguir la tendencia de dominar sobre los demás y sentir la alegría del servicio desinteresado. Debemos siempre elegir cual impulso seguir y lo podemos hacer en modo auténtico solamente con la ayuda del Espíritu de Cristo. San Pablo menciona las obras de la carne, son los pecados de egoísmo y de violencia, como enemistad, discordia, rivalidad, desacuerdos; son pensamientos y acciones que no nos hacen vivir en modo verdaderamente humano y cristiano, en el amor. Es una dirección que conduce a perder la propia vida. En cambio el Espíritu Santo nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en esta tierra el germen de la vida divina que está en nosotros. Afirma, en efecto, san Pablo: «El fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz» (Gal 5,22). Notamos que el Apóstol usa el plural para describir las obras de la carne, que provocan la dispersión del ser humano, mientras usa el singular para definir la acción del Espíritu, habla de «fruto», igual que como a la dispersión de Babel se contrapone la unidad de Pentecostés. 

Queridos amigos, debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto debemos orar para que el Espíritu nos ilumine y nos guíe para vencer la fascinación de seguir nuestras verdades, y para acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia. La narración de Lucas sobre Pentecostés nos dice que Jesús antes de subir al cielo les pidió a los Apóstoles que permanecieran juntos para prepararse para recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo a la espera del evento prometido (cfr At 1,14). En recogimiento con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy ora: «Veni Sancte Spiritus! – Ven Espíritu Santo, colma los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.

(Traducción de Patricia Jáuregui Romero – RV).

martes, 21 de junio de 2011

Nicaragua: cuarenta mil jóvenes celebraron la Vigilia de Pentecostés


Misa en desagravio por el sacrilegio en la iglesia de San Agustín

Cuarenta mil jóvenes nicaragüenses celebraron la XX Vigilia de Pentecostés Juvenil, con el lema “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”, organizada por la Pastoral Juvenil archidiocesana.
El sábado 18 de junio por la tarde, en el estadio Roberto Clemente de Masaya, dio inicio la XX Vigilia de Pentecostés Juvenil . Unos cuarenta mil jóvenes se dieron cita para “vivir una noche de oración, alabanza, y gozo; para fortalecer su fe y llenarse de la valentía que infunde el Espíritu Santo a los discípulos  quienes están llamados a predicar por todo el mundo la Buena Nueva del Señor”, informa a ZENIT Karla Taboada, de la oficina de prensa de la archidiócesis de Managua.
A las siete de la noche, comenzó la eucaristía presidida por el arzobispo de Managua, monseñor Lepoldo Brenes, presidente de la Conferencia Episcopal. Concelebraron monseñor Jósef Nowacki, nuncio apostólico; el obispo auxiliar de Managua monseñor Silvio Báez; monseñor Miguel Mántica, vicario archidiocesano de Pastoral; vicarios zonales; y sacerdotes del clero de Managua.
Monseñor Brenes inició su homilía recordando que ahora este evento es considerado por muchos jóvenes, “El evento más esperado del año”.
“Hace veinte años, el Espíritu del Señor quiso sembrar una pequeña semillita en el corazón de la juventud de esta amada iglesia archidiocesana, tomando como instrumento a monseñor Carlos Avilés. Al paso de los años, esta semillita convertida en una plantita animada fortalecida por el Espíritu Santo, recibió un nuevo guía, el padre Rolando Álvarez, nombrado este año obispo de la diócesis de Matagalpa. Hoy el Señor ha querido encargar a un nuevo sacerdote para que siga cuidando esta plantita de la Pastoral Juvenil archidiocesana (PjA), el padre Lester Zelaya”.
Los obispos y sacerdotes, “humanamente tendremos temores al igual que ustedes jóvenes, sin embargo en nombre de Cristo el Señor, tal y como el beato Juan Pablo II, cuyas reliquias hoy nos acompañan, les digo ‘No tengan miedo’. Toda obra que está bajo la mirada del Señor e impulsada por el Espíritu, nada ni nadie la podrá detener. Por eso todo lo que hagan, háganlo diciendo ‘En tu nombre echaré las redes’”.
Explicó monseñor Brenes el lema del encuentro. Es vivir en Cristo “cuando nosotros nos unimos a Él, cuando hacemos de el Él centro de nuestra vida, nada ni nadie podrá apartarnos. Ustedes han sido llamados por el señor, están aquí porque Él los ha llamado. Gracias jóvenes porque ustedes hoy dejaron todo por el Señor”.
El arzobispo habló de la presencia de Cristo en la vida de cada uno: “Es la presencia maravillosa del Señor que esta y camina siempre con nosotros. Nuestro compromiso nuestra fe en Cristo Jesús siempre estará firme si nuestras raíces están sustentadas en el.  Sin Cristo el señor llenando nuestras vidas no podemos hacer nada”.
Motivó a los jóvenes a orar pidiendo a Jesús que “de esta asamblea convocada por el Espíritu Santo todos” salgamos “fortalecidos para los nuevos retos de este milenio, de este tiempo. Que queremos ser verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo, queremos confirmar que le miramos y le escuchamos; que contemplamos al Señor. Que queremos estar arraigados y  firmes en Él, que queremos ser siempre fieles y ser sus verdaderos testigos”.
“Nosotros los obispos confiamos en ustedes; les queremos y llevamos cerca, son nuestra alegría y nuestro gozo. Podemos sonreír por ustedes pero también podemos derramar lágrimas por ustedes.
“Cuenten con mi amistad cariño y oraciones cuenten con mi cercanía y les pido ténganme en sus oraciones para que yo pueda ser ese obispo que se merecen, el obispo cercano a ustedes que pueden palpar y mirar a los ojos y a través de mi mirada puedan ver mi corazón de padre, pastor, amigo y hermano mayor en la fe”.
Durante la misa, fue presentado el equipo coordinador  y los asesores zonales de la PjA. Antes de finalizar la eucaristía, el nuncio Nowacki y monseñor  Báez dirigieron unas palabras a la juventud presente en el estadio.
6.500 jóvenes orarán por los sacerdotes
Como ya es costumbre, durante la Vigilia, el Movimiento de Oración por los Sacerdotes "Mosayre" ofrece a los jóvenes participantes, los “pergaminos de oración”, en donde aparece el nombre de un sacerdote. Los jóvenes que voluntariamente toman este pergamino se comprometen a orar durante el siguiente año por el sacerdote cuyo nombre aparece escrito.
En esta ocación 6.500 jóvenes aceptaron este reto y se comprometieron a apoyar espiritualmente con la oración a sus sacerdotes.
Luego de la Eucaristía, los cuarenta mil jóvenes quienes se mantuvieron inmóviles a pesar de la continua llovizna, prosiguieron sus actividades hasta las seis de la mañana del domingo 19 de junio.
Desagravio
Por otra parte, atendiendo al llamado que hicieran los pastores nicaragüenses, en respuesta a las profanaciones y sacrilegios contra la Eucaristía, producidos en la parroquia San Agustín el 14 de junio, el Mosayre realizó el sábado 18 de junio, en la catedral de Managua, la Asamblea de adoración y reparación en desagravio al Santísimo Sacramento.
Esta asamblea dio inicio a las 9 am. Durante dos horas se elevaron oraciones y peticiones a Jesús Sacramentado. A las 11 am inició la misa solemne de reparación. La misa fue presidida por Guillermo Majewsky, asesor archidiocesano del Mosayre, y concelebrada por monseñor Benito Pitito, párroco de San Agustín, quien también sufrió agresiones por parte de los profanadores.

Fuente: www.zenit.org

lunes, 13 de junio de 2011

“La familia es el lugar privilegiado del Espíritu Santo”


El Cardenal Juan Luis Cipriani presidió una multitudinaria misa en la Plaza de Acho de Lima, por la Solemnidad de Pentecostés, el domingo 12 de junio animando a los fieles de la Renovación Carismática Católica de Lima a cuidar la familia como el lugar privilegiado donde actúa el Espíritu Santo.
“El lugar privilegiado del Espíritu Santo es la familia. Cuidemos la familia, a los papás, a las mamás, a los esposos;  cuidemos a la juventud; amémonos unos a otros. El Espíritu Santo está con muchas ganas de actuar pero te pide docilidad”, recordó el Arzobispo de Lima.
Asimismo, el Cardenal Cipriani manifestó su dolor cuando en el país se escuchan palabras de odio que buscan dividir a nuestros compatriotas. Por ello insistió en la importancia de una reconciliación nacional.
“Me duele este querido Perú cuando escucho gritos y voces de odio, resentimiento, qué pena que no sepamos perdonarnos. El perdón nos hace ser grandes, alegres, magnánimos. Aprendamos a perdonar, la mansedumbre es parte de ese espíritu de la piedad”, señaló.
El Pastor de Lima también animó a los miembros de la Renovación Carismática a privilegiar momentos de oración
“El Espíritu Santo está muy activo no solo cuando se canta, también cuando en el silencio de la oración el Señor entra al alma, te busca y te dice: limpia ese rincón, deja esa amistad que te hace daño, ten paciencia con tu hijo, perdona a tu marido, acércate a la confesión, ayuda aquél enfermo, visítalo. Ánimo limpia el alma”. 
“Tenemos que estar horas de rodillas delante del santísimo sacramento, implorando con fe y humildad: protégenos Dios mío, me refugio en ti. Necesitamos recurrir a ti, a tu ayuda y tu perdón. Sin oración el demonio nos come. “Sin oración no hay paz, sin el Espíritu Santo no hay Iglesia. Nuestro camino es de esfuerzo y lucha, pero alegre”, prosiguió”, reflexionó.
El Sacramento de la Confesión
En otro momento, el Arzobispo de Lima, exhortó a los miembros de la Renovación Carismática a acercarse cotidianamente al sacramento de la Confesión, para recibir el perdón por los pecados.
“Acudir a la confesión, ir bien preparados para no aburrir al sacerdote, que sea una confesión breve, completa, concreta y con el propósito bien hecho, arrepentidos, pero confesión personal, necesito la absolución para que el Espíritu Santo quite la basura que se ha metido en el alma”, reconoció.
Unidad con el obispo
Finalmente el Cardenal Cipriani pidió a los más de diez mil fieles congregados en la Plaza de Acho vivir una unidad con el obispo, manifestada en la oración.
“En la Arquidiócesis hay un solo Padre que es este pobre hombre, este es el obispo, este es Cristo aquí en Lima, y sabe que tiene en la familia, diferentes hijos y uno de ellos es este grupo maravilloso carismático y por eso lo acoge con cariño. No se olviden de rezar un poquito por este pastor que los quiere mucho y que porque los quiere, de vez en cuando lo maltratan un poquito”, culminó.
Concelebraron con el Cardenal Cipriani, el Padre Víctor Solis, Asesor de la Renovación Carismática de Lima; así como sacerdotes de la arquidiócesis.

Oficina de Comunicaciones y Prensa
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