La amistad es
la virtud que “llega a tener con algunas personas, que ya conoce previamente
por intereses comunes de tipo profesional o de tiempo libre, diversos contactos
periódicos personales a causa de una simpatía mutua, interesándose, ambos, por
la persona del otro y por su mejora”. (1)
Dicho en otras
palabras, la amistad es la virtud que nos lleva a tener una relación de afecto
sólida, profunda, desinteresada y recíproca con otra persona. Somos seres
incompletos y necesitados de afecto. Necesitamos recibir y dar afecto a
nuestros semejantes para realizarnos como personas. Vivir una buena amistad
implica, además, el desarrollo de varias virtudes: la generosidad, la
disponibilidad, el desinterés, la prudencia, la discreción, la lealtad.
La amistad es una relación basada en intereses y metas
comunes y no termina con el tiempo ni con la distancia. Lleva a ambas partes a
enriquecerse mutuamente, a ayudarse y a crecer como personas desarrollando
todas las potencialidades. La persona humana es el único ser creado que puede
dar todo de sí sin perder nada sino al revés, enriqueciéndose a su vez. La
amistad va más allá de compartir juegos y gustos, de divertirse o de pasar
buenos momentos que, si bien no está mal, es insuficiente y más superficial.
Tampoco se basa en la utilidad o servicio que nos presta una determinada
persona, sino en la búsqueda del bien mutuo a través del tiempo y la
distancia. La amistad es una relación noble y virtuosa con el prójimo, y el
hombre será más feliz en su vida con amigos que sin ellos. Aristóteles ya
definía a la amistad diciendo. “¿Qué es un amigo? Son dos cuerpos con una sola
alma”. Siglos después, en el siglo IV diría San Agustín: “Bien dijo alguno
cuando llamó a su amigo “la mitad de mi alma”.
Si bien la tendencia del hombre a la sociabilidad es
natural, la amistad no es algo innato y no se logra sin esfuerzos. Hay
que invertir mucho en ella. Hay que trabajarla, conquistarla para alcanzarla y
mantenerla. Hay que hacer además esfuerzos para mantenerla a través de los
años, para continuar el contacto ya iniciado con visitas, llamadas telefónicas,
cartas o mails, demostrando interés en saber cómo va la vida de nuestro amigo,
compartir y mostrarnos interesados por lo suyo, para alegrarnos si le va bien y
apuntalarlo si nos necesita.
La amistad
necesita su desarrollo y crecimiento, esfuerzo, dedicación, de ganarse la
confianza del amigo, y de hacernos dignos de él. Todo esto requiere tiempo,
trato e intimidad. La amistad no empezará a crecer y consolidarse hasta que no
abramos nuestro corazón y nuestro mundo interior. Si no lo hacemos nuestra
amistad será siempre superficial, porque la naturaleza humana necesita
compartir sus angustias, sus inquietudes, sus anhelos, sus sueños y sus
alegrías con “otro corazón”, con otra persona. Hay que darse a conocer
para que el otro me conozca.
No forma parte del ideal de la amistad el estar de
acuerdo en todo. Podemos disentir con respeto, tolerancia y flexibilidad,
siempre y cuando haya supuestos básicos que nos unen. De ahí el papel
preponderante que juega el diálogo franco y sincero en la construcción de lazos
afectivos. La amistad necesita comunicación, compartir ideas, sentimientos,
angustias, tristezas y alegrías. Necesita expresarse y saber escuchar, pero
para esto hay que tener no sólo el alma en paz y sosegada sino interesarse
por el prójimo a quien hemos seleccionado y elegido como amigo.
De la franqueza y de la lealtad se desprenderá la
corrección fraterna mandada en el Evangelio: “Si tu hermano peca ve y corrígelo
a solas. Si te escucha habrás ganado a tu hermano”. Lo mismo aconseja Monseñor
Escrivá de Balaguer: “Cuando veáis una desviación en un hermano nuestro, un
error que pueda significar un peligro para su alma o una rémora para su
eficacia, habladle con claridad y os lo agradecerá”. (2)
La corrección fraterna obliga a todos, pero a mi amigo
se lo debo aún a riesgo de perderlo. La lealtad me condiciona de una manera
especial. Espiritualmente siempre será así, aunque a veces la relación entre
las personas genera choques y divisiones y haya que hacerse amiga del tiempo y
saber esperar, porque nuestras palabras muchas veces implicarán alejamientos
durante años de personas que queremos mucho, pero el que corrige siempre lo
hará pensando en la responsabilidad que tendrá ante Dios si no lo hace. Primero
lógicamente debemos analizar la situación que tenemos enfrente. Saber si
corregimos para el bien de la persona, (que es la caridad), y hacerlo con
prudencia y discreción. No en público y cuando el otro está enojado.
Los amigos son determinantes en la vida de una persona
y esto vale tanto para el bien como para el mal. Serán las personas a
quienes tendremos al lado en lo cotidiano y en los momentos cruciales. De
quienes escucharemos los buenos consejos, (como continuar con un buen
trabajo aunque tengamos tentaciones de dejarlo y cambiarlo, de cortar con una
relación inadecuada, tener la fortaleza de romper un noviazgo que sabemos
equivocado, de terminar nuestros estudios aunque nos implique trabajar de
noche, de esforzarnos en ahorrar para comprarnos la casa o hacer un viaje que
ampliará nuestra cultura) o los malos (tomar de más y emborracharnos,
jugar por plata, probar la droga o empezar una infidelidad para sentir “la
adrenalina de lo prohibido” aunque con eso pongamos en juego todo nuestro
hogar).
Los amigos que habremos ido seleccionando a través de la
vida serán quienes nos edificarán con su conducta o nos arrastrarán por la mala
senda, de ahí que el sabio refrán: “Dime con quién andas y te diré quién
eres” tiene mucho de verdad, porque la selección de los amigos que iremos
haciendo a través de nuestras vidas hablará mucho de nuestras prioridades. Así
como las buenas amistades favorecen el desarrollo de las virtudes y aún las
conversaciones cotidianas nos edificarán, las malas amistades nos influencian
enormemente hacia los vicios.
Aristóteles definía a su vez tres clases de amistad:
La amistad de utilidad: La que se basa en nuestra
propia utilidad, nuestro provecho o interés. Es lícito, aceptable y
comprensible que un gerente de un banco o un comerciante se acercarán a nosotros
amistosamente tratando de ganar nuestra simpatía para hacernos clientes del
Banco o para vendernos su producto ya que viven de eso.
La amistad de placer: Es la amistad que se basa en
el placer que obtenemos disfrutando con nuestros amigos las cosas que tenemos
en común como el deporte, los lugares de veraneo, los hobbies, la guitarra o la
pasión por los caballos. Esta clase de amistad no es mala, pero es incompleta,
y es propia de la infancia y de la adolescencia, donde los amigos se juntan más
para compartir gustos y afinidades naturales que para ayudarse corregirse y ser
mejores personas.
La amistad de virtud: que es la más perfecta. Es
la que está basada en el aprecio y el afecto de dos personas que se ayudan, se
aconsejan, se escuchan se apuntala y se desean el bien mutuo. Este tipo de
amistad es la que San Agustín definió como “esa amistad verdadera con la que tu
aglutinas las almas que viven unidas a ti” y siglos más tarde Santa Teresa
definía tener con Dios cuando decía “estarse bien con su amigo en su compañía”.
Suele y puede darse entre padres e hijos, entre hermanos y familiares y entre
amigos que hemos ido haciendo y seleccionando a través de nuestras vidas.
Desearse el bien mutuo y quererse bien no es perder la propia identidad sino,
desde la propia, enriquecerse con la ajena. Como define San Agustín su amistad
con Alipio: “esa amistad era dulcísima, inspirada como estaba por el fervor de
idénticos ideales”.
Vivir una buena amistad es ser feliz en compañía de un
amigo, ayudarse espiritualmente, afectivamente o materialmente cuando lo
necesitemos. Darle lo mejor de nosotros mismos, comprenderle y ser
misericordioso con él, aceptarse el uno y el otro con nuestras virtudes y
defectos. Para tener buenos amigos primero hay que ser uno mismo un buen amigo,
y significa llevar a la otra persona a crecer mutuamente en la virtud. En
épocas mas cristianas, las familias y las amistades familiares eran un bastión
en donde los jóvenes no solo podían refugiarse sino tomar como punto de
referencia y nutrirse de los valores a seguir. Hoy ello se torna muy difícil,
porque la demolición es tanto de dentro como de fuera. En las relaciones que
requieren un orden jerárquico, (como padres e hijos, jefes y subalternos,
patrones y empleados), puede llegar a darse luego de años esta maravillosa
relación de amistad consolidada. El desorden aparece cuando esta amistad
se quiere comenzar desde el principio de la relación, sin hacer la necesaria
inversión de autoridad, jerarquía y soledad (que implica tener una cuota de
poder sobre los otros para enseñar y mandar). Padre e hijo, alumno y profesor,
jefe y soldado, patrón y empleado no son palabras sinónimas. Hay una
jerarquía que las ordena y debe respetarse. Una cosa es estar además ligado por
profundos afectos, (lo cual es lícito y muy bueno), y otra es no respetar las
jerarquías porque no soportamos la soledad de las distancias. No se comienza a
formar a un hijo, a un alumno, a un empleado a un soldado o a un religioso
siendo su amigo. Se comienza siendo y actuando como padre, como profesor,
como patrón responsable, como jefe y como superior de la comunidad religiosa
con las virtudes que ello implica y que educan. A través de los años, y si
nos hemos ganado el debido respeto, la madurez de nuestros hijos, alumnos,
empleados, subalternos y religiosos se transformarán en afecto y amistad, pero siguiendo
este orden y no subvirtiéndolo. Hay que saber pagar el precio de la soledad
y la distancia durante el “mientras tanto”.
Lo contrario y la antítesis de la amistad son las malas
compañías tan dañinas en la vida de las personas, pero mucho más en la
juventud y adolescencia, cuando los jóvenes ya tienen cierta independencia de
los padres y comienzan a llevar su propia vida. Los padres no tienen el derecho
de entrar en la vida íntima de sus hijos, pero sí el deber moral de tratar de
ayudarlos, (debido a que lo exige la prudencia), a seleccionar buenos amigos y
a mantenerlos a través de la vida por la buena influencia que ellos ejercerán
sobre sus hijos. Tampoco deben tratar de sustituir a los amigos, los padres
deben ser ante todo padres, esto es educadores del camino. Pero es gran
responsabilidad de los padres el vigilar las amistades de sus hijos desde la
más tierna infancia, ya que los amigos en general pueden influenciar mucho en hacernos
hacer lo que no queremos hacer. Pero si además son malas compañías, es mucho
más peligroso. Recordemos que la amistad verdadera siempre es en el bien y
en la verdad y busca el bien y la mejora de la persona. No se da cuando las
compañías son malas y están cargadas de complicidad, mentiras y apañamientos.
Los jóvenes pueden inclinarse hacia malas compañías por
varios motivos: por atraer la atención de los padres, por la emoción que causa
introducirse en un ambiente ajeno al propio y peligroso. Por rebeldía en contra
de sus padres y de su estructura familiar. Por una lealtad mal entendida o por
tener baja autoestima. Es importante ayudar a los hijos a comprender la
influencia que tienen las malas compañías y las consecuencias que ello
conlleva. Mucho más en los tiempos actuales en los que, al estar las
familias pulverizadas, los jóvenes están más expuestos a los peligros
exteriores como la droga. A veces es contraproducente criticarles a los amigos
porque nuevamente, por una lealtad mal entendida, los defenderán y se
atrincherarán con ellos. Es preferible entonces hacerles comentarios
como:"Cuando Julia viene a estudiar no estudian nada” o “Cuando Tomás te
llama siempre llegas tardísimo y no dicen a donde van”.
La Sagrada Escritura nos advierte en varias ocasiones
sobre la importancia de las malas compañías por boca del profeta Jeremías: “Mejor
solo que mal acompañado” (Jer. 15:17). “Las malas amistades traen
ruinas” (Prov.1:14,13:20,22:24) y es más dura aún cuando dice: “Aún
entre los hermanos se debe escoger” (Cor. I, 5:11).
Notas:
(1) “La educación de las virtudes humanas”. David Isaacs.
Editorial Eunsa. Pág 409.
(2) “Ascética
meditada” Salvador Canals. Editorial Rialp. Monseñor Escribá de Balaguer 29/
IX/57