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viernes, 17 de febrero de 2012

QUÉ SON LOS VALORES

Los valores humanos son aquellos bienes universales que pertenecen a nuestra naturaleza como personas y que, en cierto sentido, nos humanizan, porque mejoran nuestra condición de personas y perfeccionan nuestra naturaleza humana.
Los valores son el motor de nuestras vidas. Son esos bienes hacia los cuales tendemos.
La libertad nos capacita para ennoblecer nuestra existencia, pero también nos pone en peligro de empobrecerla. Las demás creaturas no acceden a esta disyuntiva. Un gato siempre se comportará como un felino y no será culpado o alabado por ello.
Nosotros, en cambio, si prestamos oídos a nuestros instintos e inclinaciones más bajas, podemos actuar como bestias, y de este modo, deshumanizarnos.
Boecio, el filósofo del siglo V, escribió: El hombre sobresale del resto de la creación en la medida en que él mismo reconoce su propia naturaleza, y cuando lo olvida, se hunde más abajo que las bestias. Para otros seres vivientes, ignorar lo que son es natural; para el hombre es un defecto.

¿CÓMO DISTINGUIR UN VALOR DE UN ANTIVALOR?
Pregúntate con sinceridad: Esto que voy a realizar, ¿me acerca a Dios? ¿Me ayuda realmente a ser mejor persona? ¿A quién amo al realizarlo?
Si te ayuda a ser mejor, a acercarte a Dios y a amar más a los demás, entonces es un valor. Si te aleja de Dios, si te hace ser peor, si no te ayuda a amar más y mejor a los demás, es un antivalor.

¿CUÁL ES LA PRIMERA Y MEJOR ESCUELA DONDE APRENDER A VIVIR LOS VALORES?
La familia, el hogar.
Es ese lugar querido por Dios donde aprendemos a ser personas.
En la familia se aprende a ser amado, a ser generoso, a ser fiel; ahí mismo aprendemos a amar a la Patria; en ella se aprende a amar a Dios, a ser responsable, a compartir.
¡Qué importante es la familia!

CUIDA EL TESORO DE TU FE
       Ten mucho cuidado con los valores que te ofrece el mundo.
       Son verdaderos antivalores, pues te apartan de Dios.
       Este mundo nos ofrece el placer, el sexo desenfrenado, la comodidad, la envidia, el querer tener más cosas, el despreciar a los demás, el divorcio, la violencia, la pornografía, la infidelidad, el egoísmo.
       Hoy en día hay una depreciación de los valores tradicionales en las familias.
       Los valores hoy en día es una situación que preocupa.
       La sociedad cambia si la familia cambia: es necesario que las familias vivan con ética familiar.

CÓMO ENSEÑAR VALORES A LOS HIJOS
Los niños pequeños aprenden con el ejemplo, por lo tanto enseñar a los niños y niñas los valores implica un compromiso personal.
Es necesario dar el ejemplo con hechos y palabras para que los niños los asimilen, los imiten y los vivan.

POR QUÉ ENSEÑAR VALORES A LOS NIÑOS
       Educar a los niños en valores les permitirá tomar decisiones más acertadas durante toda su vida y esto a su vez los hará personas más seguras, plenas y felices.
       La enseñanza de los valores se inicia en el hogar, promovida por el ser y el hacer de los padres y otros adultos significativos para el niño; más tarde, en la escuela estos valores deberán ser ampliados y fortalecidos

LA FOMACIÓN DE LOS HIJOS
       La educación de los hijos requiere tiempo. Pero no mucho, sino todo.
       Los hijos lo perciben todo:.
       No digamos ya un juicio inequívoco: "la vecina de al lado es insoportable", "qué desgracia, no nos ha tocado la lotería", etc.
       Si el padre al llegar a casa nunca dice a su hijo más que "hola", para sumergirse acto continuo en "lo suyo", está deformando al niño de un modo tan efectivo.


¿QUÉ HACER CON LOS INTERMINABLES POR QUÉS?
       Cuando los niños le pregunten "¿de dónde viene la lluvia?", dígaselo, y si no lo sabe dígales eso también, que no lo sabe, y prométales averiguarlo.
       Si hacen preguntas en un momento inoportuno, como cuando tratamos de hacerles dormir, se les debe decir: "Pregúntame eso mañana, a la hora del desayuno, ¿quieres?".
       Nunca es bueno dejar sin alguna respuesta verdadera la pregunta de un niño.

CUIDADO CON EL CUELLO DE LA BOTELLA
       La mente del niño se ha comparado al cuello de una botella: si se intenta meterle gran cantidad de licor en poco tiempo, se derrama y desperdicia; en cambio, gota a gota, despacio, pero con constancia, pronto se llena y va asimilando sabiduría.

CUIDAR LAS COSAS PEQUEÑAS
       El mal se suele difundir ordinariamente por medio de cosas pequeñas. Los virus, las bacterias nocivas se instalan en los buenos alimentos. No dar importancia a pequeños detalles de higiene puede acarrear graves enfermedades.

1.    VALOR DE LA RESPONSABILIDAD
  Ayuda a establecer las metas a las que se quiere llegar y a decidir cómo alcanzarlas.
  “No somos responsables sólo de aquello que decimos, sino también de las que no decimos”. Martín Lutero
  Responsabilidad es la capacidad de dar respuesta de los propios actos.
  El valor de la Responsabilidad hace que se pueda convivir pacíficamente en la familia, escuela y sociedad.
  La Responsabilidad empieza con uno mismo, con lo que se hace, con lo que se cree, con lo que se piensa, con los compromisos y metas que se marcan.
       ¿Qué podemos hacer para mejorar nuestra responsabilidad?
-       Percatarnos de que todo cuanto hagamos tiene una consecuencia que depende de nosotros mismos. Nosotros somos quienes decidimos.
-       Lograr de manera estable, habitual, que nuestros actos correspondan a nuestras promesas. Si prometemos “hacer lo correcto” y no lo hacemos, entonces no hay responsabilidad.
-       Educar a quienes están a nuestro alrededor para que sean responsables.
El camino más difícil, pero que a la larga es el mejor, es el educar al irresponsable. ¿No vino el carpintero? Entonces, a ir por él y hacer lo que sea necesario para asegurarnos de que cumplirá el trabajo. ¿Y el gasfitero? Hacer que repare sin costo el desperfecto que no arregló desde la primera vez. ¿Y con la pareja infiel? Hacerle ver la importancia de lo que ha hecho, y todo lo que depende de la relación. ¿Y con el gobernante que no hizo lo que debía? Utilizar los medios de protesta que confiera la ley para que esa persona responda por sus actos.

2.    VALOR DE LA PUNTUALIDAD
  Es una disciplina de estar a tiempo para cumplir las obligaciones diarias.
  Este valor de la Puntualidad promueve la personalidad en el carácter, orden y eficacia
  La Puntualidad exige sacrificio, no buenas intenciones: La Puntualidad ordena la vida de la familia en proyectos y costumbres.
  La Puntualidad hace a la persona en la familia a ser eficaz y efectiva por lograr una calidad de vida de relaciones más estrechas.
Para crecer y hacer más firme este valor en tu vida, puedes iniciar con estas sugerencias:
       Examínate y descubre las causas de tu impuntualidad: pereza, desorden, irresponsabilidad, olvido, etc.
       Establece un medio adecuado para solucionar la causa principal de tu problema (recordando que se necesita voluntad y sacrificio): Reducir distracciones y descansos a lo largo del día; levantarse más temprano para terminar tu arreglo personal con oportunidad; colocar el despertador más lejos…
       Aunque sea algo tedioso, elabora por escrito tu horario y plan de actividades del día siguiente. Si tienes muchas cosas que atender y te sirve poco, hazlo para los siguientes siete días. En lo sucesivo será más fácil incluir otros eventos y podrás calcular mejor tus posibilidades de cumplir con todo. Recuerda que con voluntad y sacrificio, lograrás tu propósito.
       Implementa un sistema de “alarmas” que te ayuden a tener noción del tiempo (no necesariamente sonoras) y cámbialas con regularidad para que no te acostumbres: usa el reloj en la otra mano; utiliza notas adheribles…
       Establece de manera correcta tus prioridades y dales el lugar adecuado, muy especialmente si tienes que hacer algo importante aunque no te guste.

3.    VALOR DE LA SINCERIDAD
La Sinceridad es un valor que caracteriza a las personas por la actitud congruente que mantienen en todo momento, basada en la veracidad de sus palabras y acciones.
Para ser sinceros debemos procurar decir siempre la verdad, esto que parece tan sencillo, a veces es lo que más cuesta trabajo. Utilizamos las "mentiras piadosas" en circunstancias que calificamos como de baja importancia, donde no pasa nada: como el decir que estamos avanzados en el trabajo, cuando aún no hemos comenzado, por la suposición de que es fácil y en cualquier momento podemos estar al corriente.
Obviamente, una pequeña mentira, llevará a otra más grande y así sucesivamente… hasta que nos sorprenden.
Cabe enfatizar que "decir" la verdad es una parte de la Sinceridad, pero también "actuar" conforme a la verdad, es requisito indispensable.

4.    VALOR DE LA HUMILDAD
La humildad es la conciencia que tenemos acerca de lo que somos, de nuestras fortalezas y debilidades como seres humanos, y que nos impide por lo tanto creernos superiores a los demás. Los que son humildes no se sobreestiman ni maltratan a los menos favorecidos desde el punto de vista social, económico o de educación.
  La Humildad es una virtud, es reconocer la grandeza de Dios y nuestra pequeñez ante Él.
  “Quien es humilde no necesita demasiadas alabanzas y elogios en su tarea, porque su esperanza está puesta en el Señor; y Él es, de modo real y verdadero, la fuente de todos sus bienes y su felicidad: es Él quien da sentido a todo lo que hace.” (San Agustín)

5.    VALOR DE LA COMPRENSIÓN
La comprensión es la actitud tolerante para encontrar como justificados y naturales los actos o sentimientos del otro.
Es un acto lleno de generosidad porque con ella aprendemos a disculpar, a tener confianza en los demás, y por lo tanto, ser una persona de estima, a quien se puede recurrir en cualquier circunstancia.
Podemos saber que un empleado nuestro comete errores con cierta frecuencia, “justificamos” este hecho debido a una falta de conocimiento, lo cual determina sus fallas como involuntarias y observamos la necesidad urgente e inmediata de brindar la capacitación correspondiente. El justificar se convierte en una disculpa, en una atenuante que nos hace ubicar el problema en su justa medida, por lo tanto, la comprensión nos lleva a proponer, sugerir o establecer los medios que ayuden a los demás a superar el estado por el que actualmente pasan.
El ser tolerantes no significa ser condescendientes con lo sucedido y hacer como si nada hubiera pasado.
La tolerancia debe traducirse como la confianza que tenemos en los demás para que superen sus obstáculos. El padre de familia que retira todo su apoyo a los hijos hasta que mejoren sus calificaciones, condiciona su comprensión a resultados, y no al propósito, al esfuerzo y al empeño que se pongan para lograr el objetivo.

Si deseamos hacer nuestra comprensión de manera consciente, debemos pensar un momento si hacemos lo necesario para:
- Aprender a escuchar y hacer lo posible para no dejarnos llevar por el primer impulso (enojo, tristeza, desesperación, etc.)
- No hacer juicios prematuros, primero se deben conocer todos los aspectos que afectan a la situación, hay que preguntar. No basta decir que una persona es poco apta para un trabajo.
- Distinguir si es una situación voluntaria, producto de los sentimientos o de un descuido. En cualquier caso siempre habrá una forma de prevenir futuros desaciertos.
- Preguntarnos qué haríamos y cómo reaccionaríamos nosotros al vernos afectados por la misma situación.
- Buscar las posibilidades y opciones de solución. Es la parte más activa de la comprensión, pues no nos limitamos a escuchar y conocer qué sucede.
- Dar nuestro consejo, proponer una estrategia o facilitar los medios necesarios que den una alternativa al alcance de la persona.


6.    VALOR DE LA PACIENCIA
  La paciencia es el valor que hace a las personas tolerar, comprender, padecer y soportar los contratiempos y las adversidades con fortaleza, sin lamentarse; moderando sus palabras y su conducta para actuar de manera acorde a cada situación.
  La vida se desenvuelve a un ritmo vertiginoso: demasiada prisa para hacer, para llegar, para resolver asuntos personales y del trabajo, fricciones que surgen cada día con las personas, citas urgentes. Si nuestra época pudiera tener un nombre se llamaría “prisa”.
 “La Paciencia es una virtud por la que se soporta con ánimo sereno los males: no sea que por perder la serenidad del alma abandonemos bienes que nos han de llevar a conseguir otros mayores”. (San Agustín)

7.    VALOR DEL AUTODOMINIO
  Ayuda a controlar el carácter.
  Permite afrontar con serenidad los contratiempos diarios y ayuda a tener paciencia y comprensión en las relaciones familiares.
  El Autodominio es una actitud que  impulsa a cambiar positivamente la personalidad.
  El Autodominio ayuda a ser más sencillos, personas de acción y  no de palabrería.
Para iniciar y desarrollar el autodominio, considera como importante:
       Aprende a escuchar. De lo contrario, se convierte en la muestra más clara de la falta de autodominio.
       Procura no distinguirte por comer abundantemente, decir disparates, vestir de forma estrafalaria, mostrar poca educación o malos modales.
       Evita el deseo de enterarte de lo que no te incumbe, hacer comentarios imprudentes y dar consejos no solicitados, eso es ser entrometido.
       Cuida especialmente tus relaciones personales, evita suponer las palabras y actitudes que los demás tienen y que “motivan” tu enojo. Lo más importante es que tú cambies de actitud, que hasta ahora también es predecible.
       Dedica unos minutos cada día para reflexionar y elaborar una pequeña lista sobre las situaciones cotidianas que normalmente te disgustan, provocan pereza, caes en excesos y aquellas en las que evades tus responsabilidades. No te preocupes si en un principio son pocas, más adelante seguirás descubriendo otras no menos importantes.
       De la lista obtenida, selecciona dos de todas ellas (puedes elegir entre las interrupciones en el trabajo, comprar los víveres para el hogar, desvelarte con frecuencia, dedicar el tiempo necesario al estudio, por ejemplo), reflexiona sobre la actitud correcta que debes adoptar y llévalas a la práctica por una o dos semanas, después de ese período elige otras y así sucesivamente.

  En la Familia el Autodominio ayuda a ser tolerante y a pasar por alto las pequeñas fricciones diarias, siendo serenos, comprensivos y cariñosos.
  El Autodominio ayuda a saber escuchar en la familia y mantener una relación sana: a relacionarse con delicadeza y cordialidad.

8.    VALOR DE LA PRUDENCIA
  La Prudencia es una virtud que nos proporciona actuar con mayor conciencia y calma frente a las situaciones ordinarias de la vida.
  La Prudencia nos ayuda a reflexionar y a considerar los efectos que pueden producir las palabras y acciones en nuestros semejantes en la familia.
  La Prudencia nos da la habilidad de reconocer nuestros errores y limitaciones y aprender de ellos para no volverlos a cometer.

9.    VALOR DE LA COHERENCIA
  Es la correcta conducta de mantener en todo momento una actitud de acuerdo a los principios familiares y religiosos.
  Con este valor somos capaces de cumplir con mayor eficacia nuestras obligaciones, pues hace falta ser honesto y responsable.
  Ser Coherente es defender con criterio y carácter los principios morales, humanos y religiosos que nos rigen.
  La Coherencia exige de la persona lealtad y compromiso a los principios que se educan en la familia.
  La coherencia evita las discusiones y enfrentamientos en la familia: y si algo se aclara ayuda a no  perder la serenidad, cortesía y comprensión en los miembros de la  familia.

Para la práctica y vivencia de este valor puedes considerar:
       Examina si tus actitudes y palabras no cambian radicalmente según el lugar y las personas con quien estés. Que en todo lugar se tenga la misma imagen y opinión de ti.
       Piensa en la coherencia que exiges de los demás y si tú actúas y correspondes, al menos, en la misma proporción.
       Sé prudente para elegir amistades, lugares y eventos. Así no tendrás que esconderte, mentir y comportarte en forma contraria a tus principios.
       Evita hacer trampa o cumplir con tus obligaciones a medias. Aunque sea lo más fácil y nadie se percate de ello por el momento.
       Procura no ser necio. Considera que algunas veces puedes estar equivocado, escucha, reflexiona, infórmate y corrige si es necesario.
       Evita discusiones y enfrentamientos por cosas sin importancia. Si hay algo que defender o aclarar, no pierdas la cordura. Serenidad, cortesía y comprensión.

10.    VALOR DEL PERDÓN
  Perdonar de corazón es un reto para todos los hijos de Dios. Perdonamos como somos perdonados por Dios.
  “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
  Dios nos ha perdonado mucho, y no debemos guardar rencor a nadie. Hemos de aprender a disculpar con generosidad, perdonar con prontitud en familia.
  El perdón embellece la vida y se hace presente Dios en el que perdona.
Para saber perdonar necesitamos:
- Evitar "interpretar" las actitudes.
- No hacer juicios sin antes de preguntarnos el "por qué" nos sentimos agredidos (así encontraremos la causa: imaginación, susceptibilidad, egoísmo).
- Si el malentendido surgió en nuestro interior solamente, no hay por qué seguir lastimándonos: no hay que perdonar. Lamentamos bastante cuando descubrimos que no había motivo de disgusto… entonces nosotros debemos pedir perdón.
Si efectivamente hubo una causa real o no tenemos claro qué ocurrió:
- Tener disposición para aclarar o arreglar la situación.
- Pensar la manera de llegar a una solución.
- Buscar el momento más adecuado para platicarlo con calma y tranquilidad, sobre todo de nuestra parte.
- Escuchar con paciencia, buscando comprender los motivos que hubo.
- Exponer nuestras razones y llegar a un acuerdo.
- Olvidar el incidente y seguir como si nada hubiera pasado.
   “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo he tenido de ti? Y su señor irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagara toda la deuda.” Mt. 18, 32-34.

11.              VALOR DE LA ORACIÓN
  La Oración es un diálogo del hombre con Dios y de Dios con el hombre, es un encuentro íntimo entre los dos. El ser humano tiene necesidad de entrar en contacto con su Creador.
  No digas Padre, si cada día no te portas como un buen hijo
  No digas nuestro, cuando sólo piensa en ti y te olvidas de los demás.
  No digas que está en el cielo, si sólo piensas en las cosas materiales.
  No digas santificado sea tu Nombre, si no lo honras en cada momento de tu vida.
  No digas venga a nosotros tu Reino, si las puertas de tu corazón están cerradas.
  No digas hágase tu voluntad, si no aceptas con humildad lo que te ofrece el Señor.
  No digas danos hoy nuestro pan de cada día, si teniéndolo tú, no lo cuidas, ni lo usas para el beneficio de tu prójimo.
  No digas perdona nuestras ofensas, si sigues guardando rencor y odio a tus hermanos.
  No digas no nos dejes caer en la tentación, si no estás dispuesto a cambiar tu conducta.
  No digas líbranos del mal, si aceptas seguir por el mal camino.
  No digas Amén, si no te comprometes y realizas lo que has orado.
  Para enseñar a orar, no basta decirle al hijo cada noche: "reza", o preguntarle por la mañana, "¿ya te has persignado?". Esto puede crear en él algunos hábitos, pero enseñar a orar es otra cosa. Se trata de una experiencia que el niño ha de descubrir y aprender  viendo a sus padres que oran.

domingo, 22 de enero de 2012

“El respeto a la vida tiene que estar en la base de cualquier política de valores”


“Lima es un conglomerado de todas las razas y costumbres del Perú donde hay aspectos prioritarios como el respeto por un mínimo de orden en la ciudad, algo que nos corresponde a todos pero primordialmente a las autoridades”, expresó el Cardenal Juan Luis Cipriani en el programa Diálogo de Fe del sábado 21 de enero. 
Mencionó que el orden en el aspecto externo y el respeto a la propiedad y a la seguridad son elementos previos a cualquier otro programa que permitan el desarrollo de la ciudad.
El Arzobispo de Lima se manifestó con respecto a la importancia que se le debe dar a los valores, destacando como valor esencial a la vida, que es el cimiento de todo un ‘edificio de valores’.
“El primer valor es la vida, porque si no existes no eres sujeto de ningún valor. Lo primero de todo y tiene que estar a la base de cualquier política de valores es cómo respetamos la vida desde el instante de la concepción hasta el momento de la muerte natural. Todo lo que afecta la venida de un ser humano al mundo desde su concepción tiene que ser objeto de un delicado cuidado de toda la sociedad”, señaló.
Añadió también que junto con este valor primordial existen dos elementos importantes para la base de la sociedad, los cuales son el matrimonio y la familia. 
“Es muy importante promover, proteger y explicar la necesidad de la estabilidad del matrimonio de un hombre con una mujer para siempre como un elemento muy importante. Y si seguimos adelante pasamos a la familia, ambiente natural donde se educa en los valores”, afirmó.
En otro momento, presentó una propuesta que permite conocer en qué edades se pueden promover y educar determinados valores. Comenzó con la etapa que va desde el nacimiento hasta los 7 años, en los cuales se debe incidir en tres valores: la obediencia, la sinceridad y el orden.
“Esos primeros años hay que enseñarle a esa criatura la necesidad de la obediencia, donde tiene que haber un darse cuenta que hay normas de conducta. Y después es importante que se den cuenta que decir la verdad nunca supone un problema en la casa”, manifestó.
Luego mencionó que en la etapa entre los 8 y 12 años se debe privilegiar en la criatura la fortaleza, la laboriosidad y el darse cuenta que hay que esforzarse para conseguir determinados objetivos. 
“En esta etapa hay que empezar a estimular el esfuerzo, empezar a generar la actitud de un horario de levantarse, de poner las cosas en su sitio, de no llorar por gusto; fortaleza interior y de ánimo, no de músculo. Esa criatura necesita el respaldo del papá o la mamá, que nunca se sienta sola o desprotegida pero tampoco sobreprotegida”, reflexionó.
“El ser humano, desde pequeño, tiene una fuerza interior muy grande y que los papás y el colegio tienen que ir encausando, porque de este proceso educativo de valores surge después el juez que vive la justicia y no corrompe, el político que respeta y no es violento, el joven que quiere colaborar con gente humilde y pobre”, prosiguió.
Comentó que después continúan las etapas más complicadas, que se sitúan entre los 13 y los 18 años, en donde la falta de sinceridad y confianza se manifiesta en el aislamiento. 
“Desde los 13 a los 15 deben aprender a tener ese pudor, saber que el cuerpo tiene unas manifestaciones que no se ventilan en mitad de la calle; empieza a ver una cierta reserva natural, no tabú; el saber que dentro de la persona humana hay un natural respeto por determinadas situaciones personales. Así también surgen la sociabilidad y la amistad”, expresó.
“Más adelante, de los 16 a 18 años, empieza la comprensión, la lealtad, el no engañar ni traicionar”, añadió.
Finalmente, el Cardenal Cipriani dijo que todas estas virtudes y valores parten del principio de conocer realmente el significado de persona humana, al cual se debe ponerle más empeño.
“Mamás, papás, abuelitas, profesores, medios de comunicación, sean concientes que hay tareas que son parte de un proceso de valores que si se destruye genera crisis en la sociedad”, afirmó.
Concluyó el programa enviando un saludo especial a los adultos mayores y exhortando a la población a cuidar siempre de nuestros ancianos y abuelitos. “Un homenaje especial a ellos a quienes siempre los recordamos con cariño. Les pido a sus hijos y nietos que nunca se olviden que ese hombre o esa mujer, es quien les dio la vida y la salud. Les envío una bendición llena de cariño y con todo el afecto del Papa Benedicto XVI”, finalizó.

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domingo, 18 de diciembre de 2011

Nadie tiene derecho a imponerme sus valores

        Cuenta Peter Kreeft que un día, en una de sus clases de ética, un alumno le dijo que la moral era algo relativo y que como profesor no tenía derecho a imponerles sus valores.
        Bien –contestó, para iniciar un debate sobre aquella cuestión–, voy a aplicar a la clase tus valores, no los míos: como dices que no hay absolutos, y que los valores morales son subjetivos y relativos, y como resulta que mi conjunto particular de ideas personales incluye algunas particularidades muy especiales, ahora voy a aplicar esta: todas las alumnas quedan suspendidas.
        Todos quedaron sorprendidos y protestaron diciendo que aquello no era justo.
        Kreeft, continuando con aquel supuesto, les argumentó: ¿Qué significa para ti ser justo? Porque si la justicia es solo mi valor o tu valor, entonces no hay ninguna autoridad común a ti y a mí. Yo no tengo derecho a imponerte mi sentido de la justicia, pero tampoco tú a mí el tuyo.
        Solo si hay un valor universal llamado justicia, que prevalezca sobre nosotros, puedes apelar a él para juzgar injusto que yo suspenda a todas las alumnas. Pero si no existieran valores absolutos y objetivos fuera de nosotros, solo podrías decir que tus valores subjetivos son diferentes de los míos, y nada más.
        Sin embargo, no dices que no te gusta lo que yo hago, sino que es injusto. O sea, que, cuando desciendes a la práctica, sí crees en los valores absolutos.
        El relativismo afirma los derechos, pero, al no tener ninguna referencia a una verdad objetiva, surge inmediata la confusión global de lo que está bien y lo que está mal. Con el relativismo, la justicia queda en la sociedad a merced de quienes tengan el poder de crear opinión e imponerla a los demás. 

www.interrogantes.net

lunes, 31 de octubre de 2011

¡Cuidado con las expectativas en la amistad!

Por Estela Escobar
¡Cuidado con las expectativas en la amistad! 
Cuando las expectativas sobre los demás, en cuanto a su capacidad para ser amigos, resultan demasiado altas o inadecuadas a las limitaciones y condiciones que deseamos, corremos el riesgo de quedarnos solos.
                        CRISTINA STECCA

•    Cuando surge el desencanto hacia una de nuestras amistades, puede llevarnos al alejamiento y a creer que la amistad no existe. Sin embargo, es importante destacar que nadie es perfecto y que las relaciones también tienen un fin y no por ello debemos alejarnos de toda posible amistad.
•    En toda relación hay interés de por medio. Todos estamos juntos por interés, ya sea por un bien común o individual, por ideales, por apariencias, por venganza, por ideales, por defensa, etc. ejemplo: tengo un amigo porque su malestar me sirve para ayudarlo o porque su bienestar me sirve para ayudarme. El problema es pretender que el interés no existe.
•    El problema no es tener expectativas, sino que no correspondan a la realidad del otro.
•    Las personas siguen juntas hasta que la relación y sus beneficios la satisfagan.
•    La amistad es un vínculo circunstancial que da la posibilidad de conocer otras realidades.

MIEDO A TERMINAR UNA AMISTAD

    Los seres humanos tememos el desapego, el fin de algo, ya sea de una relación, de una etapa escolar, de una etapa de vida, etc. normalmente se cree que al perderse o terminar algo, parte de nosotros se pierde también. Sin embargo, justamente pasa lo contrario, pues cada contacto con alguien, cada experiencia, cada capítulo se queda dentro de nosotros, dejando una serie de experiencias, vivencias y aprendizajes, algunos dolorosos y otros hermosos. De tal manera que aunque pareciera que las relaciones terminan en un plano material, nunca desaparecen en realidad, pues siguen creciendo dentro de nosotros.

REFERENCIAS: Cristina Stecca. Cerrando Ciclos Vitales. Pax de México, 2004. 

http://www.almas.com.mx

sábado, 1 de octubre de 2011

La técnica y los valores éticos

        Hay problemas que son perennes, que se presentan una y otra vez ante nuestros ojos. Uno de esos problemas es la “neutralidad” de la técnica y de la investigación científica.
        Platón, en el siglo IV a.C., observó un fenómeno inquietante. El hombre que mejor puede hacer sufrir a otros es el que mejor conoce la medicina. Quien sabe curar bien, sabe también qué polvos llevan rápidamente a una muerte dolorosa. El hombre que conoce más de cerca la verdad es el que puede mentir con “mejores” resultados. El hombre que puede luchar con más valor para defender su ciudad es el que también puede usar sus armas y su fuerza para atacar a inocentes o para organizar un golpe de estado.
        Se trata de un problema perenne: se da hoy igual que en tiempos de Sócrates. Quienes trabajan en un laboratorio pueden producir medicinas para curar a millones de personas. Con los mismos conocimientos técnicos, en las mismas instalaciones, tal vez incluso con el mismo personal, se puede preparar un arma bacteriológica para matar a unos cuantos miles (o millones) de enemigos...
        En cierto sentido, la misma afirmación vale para actividades más humanísticas, más “espirituales”. Un maestro puede usar las técnicas pedagógicas más avanzadas para enseñar buenos conocimientos a sus alumnos, o para manipularlos e, incluso, para subyugarlos emotivamente. Un político puede usar su habilidad oratoria para evitar un desastre nacional o para promover decisiones que dañen la economía o la armonía social de todo un pueblo. Un militar puede defender su patria de invasores despiadados o puede usar sus armas para asesinar a sus enemigos y para destruir la democracia conquistada durante largos años por miles de ciudadanos honestos y generosos. Un abogado puede usar el conocimiento de las leyes para evitar que un inocente sea condenado, o para lograr que un culpable viva tranquilamente libre, sin tener que responder nunca a la justicia por sus delitos.
        Como Platón en su tiempo, hoy somos conscientes de que ninguna técnica, ninguna actividad humana, puede ser realizada independientemente de algunos parámetros éticos. No basta con saber arquitectura o ingeniería para construir puentes o rascacielos que no se hundan. Se requiere un profundo sentido de la justicia para usar materiales sólidos, para evitar decisiones apresuradas, para no aceptar un soborno que nos ofrezcan si aprobamos proyectos que pueden significar un peligro grave para la vida de muchos inocentes.
        Entonces, nace una pregunta: ¿cuáles son los criterios éticos que deben iluminar las acciones de políticos, científicos, economistas, ingenieros, maestros y demás ciudadanos?
        Por desgracia, la filosofía no nos ofrece una única respuesta. Para algunos, el criterio fundamental es lo “útil”. Se puede hacer todo aquello que ofrezca un resultado mayor y mejor que el esfuerzo que ha acompañado a nuestro acto. Un utilitarista puro (hay pocos, también hay que decirlo) podría admitir, sin problemas, que un padre de familia deje morir de hambre a uno de sus muchos hijos para que los demás tengan lo mínimo para sobrevivir. O puede admitir el razonamiento de tantas dictaduras: si asesinamos rápidamente a los posibles terroristas con comandos especiales, sin juicio alguno, ahorraremos muchos atentados que llenan de sangre y de pánico la vida de los ciudadanos inocentes.
        Para otros autores, el criterio fundamental es el subjetivismo: vale todo aquello que uno haga siempre y cuando no moleste la libertad de los otros. El subjetivismo encierra dos problemas fundamentales. El primero es su fuerte egoísmo: concibe la sociedad como un grupo de células independientes, que pueden asociarse si así lo quieren, o pueden vivir en total autonomía, aunque el vecino se esté muriendo de hambre. El segundo es que no se garantiza el respeto a quienes no pueden ejercer su libertad o no han adquirido pleno uso de sus capacidades jurídicas. Así, los niños no nacidos o los niños muy pequeños, podrían ser eliminados (según esta perspectiva), ya que no gozan aún de la autoconciencia y libertad que serían el punto de referencia para ver si alguien merece o no una protección legal. Lo mismo puede decirse de los enfermos terminales o de personas que sufren ciertas degeneraciones psíquicas.
        No faltan quienes piensan que no existen criterios éticos, sino sólo acuerdos más o menos provisionales establecidos mediante el diálogo y los instrumentos de la democracia. En esta visión, lo que un día está prohibido mañana puede ser aceptado. No hace falta mucho esfuerzo para darnos cuenta de que el diálogo muchas veces es manipulado por quienes poseen el arte del engaño, o por quienes cuentan con el control de los medios de comunicación y de difusión de las ideas. Por eso da mucho que pensar el que haya científicos que quieran imponer sus opiniones en temas como la experimentación y destrucción de embriones, y que se nieguen con dureza, incluso con insultos o amenazas, a cualquier opinión diferente que pueda coartar su “libertad de investigación” y sus deseos de imponer su punto de vista a toda la sociedad.
        Existen otras éticas que se fundan en la naturaleza humana. En ellas se busca analizar lo que significa ser hombre, el sentido de la vida, las dimensiones de toda nuestra existencia (corporeidad, espiritualidad, sociabilidad, transcendencia), para deducir aquellos imperativos éticos que todos (sin excepción) tienen que respetar. Desde luego, no es fácil llegar a una visión clara y aceptada por la mayoría de lo que significa ser hombre, pero existen elementos que podemos acoger con un poco de honestidad y de apertura.
        El primer principio es que todo hombre participa del mundo social en cuanto vive. Eliminar la vida de un ser humano aduciendo como motivo alguna discriminación (edad, sexo, raza, religión, tamaño físico, coeficiente intelectual, idioma, etc.) significa quitarle el derecho que tiene a un lugar en el mundo de los vivos. Por ello, ningún científico, médico o político debería permitir la muerte de ningún ser humano.
        El segundo principio es que no basta con defender la vida mediante el uso de instrumentos legales. Hay que apoyar a cada hombre y mujer en la satisfacción de sus necesidades primarias: comida, vestido, vivienda. Un sistema económico o social que impida a los individuos el acceso a lo mínimo que necesitan para vivir es un sistema injusto, por más que esté revestido con la belleza de leyes, constituciones y resoluciones “democráticas”, nacionales o internacionales.
        El tercer principio es que no bastan las necesidades primarias para que un hombre pueda desarrollarse y vivir en plenitud su condición humana. Hace falta promover los elementos educativos y culturales que le permitan afrontar preguntas fundamentales: el sentido de la vida y de la muerte, del amor humano, de la familia, de la sociedad. Aquí se enmarcan un sinfín de elementos culturales y transculturales, sin excluir la iniciación a aquella religión que ofrezca un camino de auténtica humanización.
        La técnica “neutral” no puede dejar de lado estos valores. De lo contrario, la técnica puede convertirse en un arma capaz de destruir, en pocos instantes, a miles de seres humanos. Decir esto no es afirmar una posibilidad lejana: las armas atómicas nos amenazan a todos desde hace décadas.
        Es por eso que la técnica necesita, hoy con más urgencia que nunca, ser iluminada por aquella visión ética que mejor respete la dignidad y el valor del ser humano, desde ese momento magnífico de su concepción hasta que llega al umbral de la muerte. Ante ella la misma técnica se detiene, respetuosa, para dejar paso al misterio de la vida que continúa, no sabemos bien cómo, en el más allá.

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