lunes, 9 de julio de 2012
Angelus del Papa (08 de julio)
¡Queridos hermanos y hermanas!
Voy a referirme brevemente a la página evangélica de este domingo, un texto que dio vida a la famosa frase "Nadie es profeta en su patria", es decir, que ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc. 6,4). De hecho, después de que Jesús, cercano a los treinta años, había dejado Nazaret y ya desde hacía un tiempo estaba predicando y obrando y curando por otros lugares, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos "permanecieron sorprendidos" por su sabiduría y, a sabiendas de él como el "hijo de María", el "carpintero", que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de Él. (cf. Mc. 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace que sea difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. Jesús mismo aplica como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que en su propia casa habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús de Nazaret no podía realizar en Nazaret "ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos" (Mc. 6,5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino los signos del amor de Dios, que tiene lugar allí donde encuentra la fe del hombre. Orígenes escribe: "Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia los otros, como el imán al hierro, así tal fe ejercita una atracción sobre el poder divino" (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).
Por tanto, parece que Jesús --como se dice- se de a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final de la historia, nos encontramos con una observación que dice todo lo contrario. El evangelista escribe que Jesús "se maravilló de su falta de fe" (Mc. 6,6). Ante el asombro de sus conciudadanos, que se escandalizan, se da el maravillarse de Jesús. ¡También él, en un cierto sentido, se escandaliza! A pesar de saber que ningún profeta es bien recibido en su tierra, sin embargo la cerrazón del corazón de su gente sigue siendo para él oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en Él Dios permanece plenamente. Y aunque siempre buscamos otros signos, otros milagros, no nos damos cuenta que el Signo real es Él, Dios hecho carne, Él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.
Alguien que ha entendido verdaderamente esta realidad es la Virgen María, feliz porque ha creído (cf. Lc. 1,45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por Él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Aprendemos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.
Traducción del original italiano por José Antonio Varela V.
Fuente: Librería Editorial Vaticana
sábado, 7 de julio de 2012
"Es imposible llegar a la paz si no hay verdad", dijo Cardenal Juan Luis Cipriani
El Cardenal Juan Luis Cipriani, en su programa radial Diálogo de Fe, animó a dialogar desde la verdad y respetando el Estado de Derecho.
Lo dijo desde su experiencia.
Recordemos que él estuvo en Ayacucho once años.
Veamos el vídeo...
Lo dijo desde su experiencia.
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Nota de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos sobre la administración apostólica de Harbin
Sobre la ordenación Episcopal sin mandato del Papa
1.- Una ordenación episcopal, como esta, privada de mandato pontificio se opone directamente al oficio concedido por el Señor a Pedro y a su sucesores en tanto que jefes del Colegio de los obispos, vicarios de Cristo y pastores de la Iglesia universal, y es un atentado a la unidad de la Iglesia y a toda la obra de evangelización. Como escribió el santo padre Benedicto XVI en la Carta a los obispos, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a los fieles de la Iglesia católica en China (27 de mayo de 2007, nº9), “se puede comprender que las autoridades gubernamentales estén atentas a la elección de quienes desempeñarán el papel importante de guías y pastpres de las cvomunidades católicas locales, vistos los cambios sociales que –en China como en el resto del mundo- tal función tienen también en el campo civil”. Pero hace falta tener en cuenta que “la nominación de los obispos por parte del papa es la garantía de la unidad de la Iglesia y de la comunión jerárquica. Por esta razón, el Código de Derecho Canónico (cf. cánon nº 1.382) establece graves sanciones tanto para el obispo que confiere libremente la ordenación episcopal sin mandato apostólico, como para aquél que la recibe: tal ordenación representa en efecto una dolorosa herida a la comunión eclesial y una grave violación de la di ciplina canónica”.
“Cuando concede el mandato apostólico para la ordenación de un obispo, el papa --prosigue la Carta- ejerce su suprema autoridad espiritual: autoridad e intervención que permanecen en el estricto campo religioso. No se trata pues de una autoridad política que se introduciría de manera indebida en los asuntos internos de un Estado y que lesionaría la soberanía”.
El nombramiento de los obispos es una cuestión no política sino religiosa.
2.- La ordenación episcopal de Harbin ha sido programada de manera unilateral y producirá divisiones, laceraciones y tensiones en el seno de la comunidad católica en China. La comunidad católica de Harbin no quiere una ordenación episcopal ilegítima. La supervivencia y el desarrollo de la Iglesia pueden darse solo en unión con el pontífice romano al cual, en primer lugar, es confiada la Iglesia misma y no si su acuerdo, como es el caso de ordenaciones que como esta están privadas del mandato pontificio. Si se quiere que la Iglesia en China sea católica, no se debe proceder a ordenaciones episcopales que no habrían recibido la aprobación previa del santo padre.
3.- El padre Yue Fusheng ha sido informado desde hace mucho tiempo de que no goza de la aprobación pontificia: su ordenación será ilegítima; será privado de la autoridad de gobernar la comunidad católica diocesana y la Santa Sede no le reconocerá como obispo de Harbin. A su eventual ordenación ilégítima quedan pues asociados igualmente para él mismo los efectos de la sanción correspondiente en caso de violación de la norma del cánon 1.382 del Código de Derecho Canónico (cf. Declaración del Consejo pontificio para los Textos Legislativos del 6 de junio de 2011).
4.- Los obispos consagrantes se exponen ellos también a las graves sanciones canónicas previstas por la ley de la Iglesia (en especial por el cánon 1.382 del Código de Derecho Canónico).
5.- Las autoridades gubernamentales han sido informadas de que la ordenación episcopal del padre Yue Fusheng está privada de la aprobación del santo padre. Entraría en contradicción con los signos de diálogo, deseados por la parte china y por la Santa Sede que se busca mantener.
miércoles, 4 de julio de 2012
El Papa renueva su confianza al Cardenal Bertone
Antes de su viaje a Castel Gandolfo, el Santo Padre, envió una carta a su secretario de Estado, el Cardenal Tarcisio Bertone, en la que manifiesta su aprecio y confianza.
Para leer el contenido de dicha carta puede ingresar aquí
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martes, 3 de julio de 2012
Benedicto XVI nombró Nuevo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
El santo Padre Benedicto XVI nombró a mons. Gerhard Ludwig Müller, obispo Alemán, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Mayor información en Radio Vaticano
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sábado, 30 de junio de 2012
Homilía de Benedicto XVI en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo
Señores cardenales,
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas
Estamos reunidos alrededor del altar para celebrar la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, patronos principales de la Iglesia de Roma. Están aquí presentes los arzobispos metropolitanos nombrados durante este último año, que acaban de recibir el palio, y a quienes va mi especial y afectuoso saludo. También está presente, enviada por Su Santidad Bartolomé I, una eminente delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, que acojo con reconocimiento fraterno y cordial. Con espíritu ecuménico me alegra saludar y dar las gracias a “The Choir of Westminster Abbey”, que anima la liturgia junto con la Capilla Sixtina. Saludo además a los señores embajadores y a las autoridades civiles: a todos les agradezco su presencia y oración.
Como todos saben, delante de la Basílica de San Pedro, están colocadas dos imponentes estatuas de los apóstoles Pedro y Pablo, fácilmente reconocibles por sus enseñas: las llaves en las manos de Pedro y la espada entre las de Pablo. También sobre el portal mayor de la Basílica de San Pablo Extramuros están representadas juntas escenas de la vida y del martirio de estas dos columnas de la Iglesia. La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a san Pedro y a san Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo. En Roma, además, su vinculación como hermanos en la fe ha adquirido un significado particular. En efecto, la comunidad cristiana de esta ciudad los consideró una especie de contrapunto de los míticos Rómulo y Remo, la pareja de hermanos a los que se hace remontar la fundación de Roma. Se puede pensar también en otro paralelismo opuesto, siempre a propósito del tema de la hermandad: es decir, mientras que la primera pareja bíblica de hermanos nos muestra el efecto del pecado, por el cual Caín mata a Abel, Pedro y Pablo, aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, y a pesar de que no faltaron conflictos en su relación, han constituido un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos. Sólo el seguimiento de Jesús conduce a la nueva fraternidad: aquí se encuentra el primer mensaje fundamental que la solemnidad de hoy nos ofrece a cada uno de nosotros, y cuya importancia se refleja también en la búsqueda de aquella plena comunión, que anhelan el Patriarca ecuménico y el Obispo de Roma, como también todos los cristianos.
En el pasaje del Evangelio de san Mateo que hemos escuchado hace poco, Pedro hace la propia confesión de fe a Jesús reconociéndolo como Mesías e Hijo de Dios; la hace también en nombre de los otros apóstoles. Como respuesta, el Señor le revela la misión que desea confiarle, la de ser la «piedra», la «roca», el fundamento visible sobre el que está construido todo el edificio espiritual de la Iglesia (cf. Mt 16, 16-19). Pero ¿de qué manera Pedro es la roca? ¿Cómo debe cumplir esta prerrogativa, que naturalmente no ha recibido para sí mismo? El relato del evangelista Mateo nos dice en primer lugar que el reconocimiento de la identidad de Jesús pronunciado por Simón en nombre de los Doce no proviene «de la carne y de la sangre», es decir, de su capacidad humana, sino de una particular revelación de Dios Padre. En cambio, inmediatamente después, cuando Jesús anuncia su pasión, muerte y resurrección, Simón Pedro reacciona precisamente a partir de la «carne y sangre»: Él «se puso a increparlo: … [Señor] eso no puede pasarte» (16, 22). Y Jesús, a su vez, le replicó: «Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo…» (v. 23). El discípulo que, por un don de Dios, puede llegar a ser roca firme, se manifiesta en su debilidad humana como lo que es: una piedra en el camino, una piedra con la que se puede tropezar – en griego skandalon. Así se manifiesta la tensión que existe entre el don que proviene del Señor y la capacidad humana; y en esta escena entre Jesús y Simón Pedro vemos de alguna manera anticipado el drama de la historia del mismo papado, que se caracteriza por la coexistencia de estos dos elementos: por una parte, gracias a la luz y la fuerza que viene de lo alto, el papado constituye el fundamento de la Iglesia peregrina en el tiempo; por otra, emergen también, a lo largo de los siglos, la debilidad de los hombres, que sólo la apertura a la acción de Dios puede transformar.
En el Evangelio de hoy emerge con fuerza la clara promesa de Jesús: «el poder del infierno», es decir las fuerzas del mal, no prevalecerán, «non prevalebunt». Viene a la memoria el relato de la vocación del profeta Jeremías, cuando el Señor, al confiarle la misión, le dice: «Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jr 1, 18-19). En verdad, la promesa que Jesús hace a Pedro es ahora mucho más grande que las hechas a los antiguos profetas: Éstos, en efecto, fueron amenazados sólo por enemigos humanos, mientras Pedro ha de ser protegido de las «puertas del infierno», del poder destructor del mal. Jeremías recibe una promesa que tiene que ver con él como persona y con su ministerio profético; Pedro es confortado con respecto al futuro de la Iglesia, de la nueva comunidad fundada por Jesucristo y que se extiende a todas las épocas, más allá de la existencia personal del mismo Pedro.
Pasemos ahora al símbolo de las llaves, que hemos escuchado en el Evangelio. Nos recuerdan el oráculo del profeta Isaías sobre el funcionario Eliaquín, del que se dice: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá» (Is 22,22). La llave representa la autoridad sobre la casa de David. Y en el Evangelio hay otra palabra de Jesús dirigida a los escribas y fariseos, a los cuales el Señor les reprocha de cerrar el reino de los cielos a los hombres (cf. Mt 23,13). Estas palabras también nos ayudan a comprender la promesa hecha a Pedro: a él, en cuanto fiel administrador del mensaje de Cristo, le corresponde abrir la puerta del reino de los cielos, y juzgar si aceptar o excluir (cf. Ap 3,7). Las dos imágenes – la de las llaves y la de atar y desatar – expresan por tanto significados similares y se refuerzan mutuamente. La expresión «atar y desatar» forma parte del lenguaje rabínico y alude por un lado a las decisiones doctrinales, por otro al poder disciplinar, es decir a la facultad de aplicar y de levantar la excomunión. El paralelismo «en la tierra… en los cielos» garantiza que las decisiones de Pedro en el ejercicio de su función eclesial también son válidas ante Dios.
En el capítulo 18 del Evangelio según Mateo, dedicado a la vida de la comunidad eclesial, encontramos otras palabras de Jesús dirigidas a los discípulos: «En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 18,18). Y san Juan, en el relato de las apariciones de Cristo resucitado a los Apóstoles, en la tarde de Pascua, refiere estas palabras del Señor: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23). A la luz de estos paralelismos, aparece claramente que la autoridad de atar y desatar consiste en el poder de perdonar los pecados. Y esta gracia, que debilita la fuerza del caos y del mal, está en el corazón del ministerio de la Iglesia. Ella no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la Cruz de Jesucristo. Las palabras de Jesús sobre la autoridad de Pedro y de los Apóstoles revelan que el poder de Dios es el amor, amor que irradia su luz desde el Calvario. Así, podemos también comprender porqué, en el relato del evangelio, tras la confesión de fe de Pedro, sigue inmediatamente el primer anuncio de la pasión: en efecto, Jesús con su muerte ha vencido el poder del infierno, con su sangre ha derramado sobre el mundo un río inmenso de misericordia, que irriga con su agua sanadora la humanidad entera.
Queridos hermanos, como recordaba al principio, la tradición iconográfica representa a san Pablo con la espada, y sabemos que ésta significa el instrumento con el que fue asesinado. Pero, leyendo los escritos del apóstol de los gentiles, descubrimos que la imagen de la espada se refiere a su misión de evangelizador. Él, por ejemplo, sintiendo cercana la muerte, escribe a Timoteo: «He luchado el noble combate» (2 Tm 4,7). No es ciertamente la batalla de un caudillo, sino la de quien anuncia la Palabra de Dios, fiel a Cristo y a su Iglesia, por quien se ha entregado totalmente. Y por eso el Señor le ha dado la corona de la gloria y lo ha puesto, al igual que a Pedro, como columna del edificio espiritual de la Iglesia.
Queridos Metropolitanos: el palio que os he impuesto, os recordará siempre que habéis sido constituidos en y para el gran misterio de comunión que es la Iglesia, edificio espiritual construido sobre Cristo piedra angular y, en su dimensión terrena e histórica, sobre la roca de Pedro. Animados por esta certeza, sintámonos juntos cooperadores de la verdad, la cual –sabemos– es una y «sinfónica», y reclama de cada uno de nosotros y de nuestra comunidad el empeño constante de conversión al único Señor en la gracia del único Espíritu. Que la Santa Madre de Dios nos guíe y nos acompañe siempre en el camino de la fe y de la caridad. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amén.
Fuente: radiovaticana.org
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas
Estamos reunidos alrededor del altar para celebrar la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, patronos principales de la Iglesia de Roma. Están aquí presentes los arzobispos metropolitanos nombrados durante este último año, que acaban de recibir el palio, y a quienes va mi especial y afectuoso saludo. También está presente, enviada por Su Santidad Bartolomé I, una eminente delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, que acojo con reconocimiento fraterno y cordial. Con espíritu ecuménico me alegra saludar y dar las gracias a “The Choir of Westminster Abbey”, que anima la liturgia junto con la Capilla Sixtina. Saludo además a los señores embajadores y a las autoridades civiles: a todos les agradezco su presencia y oración.
Como todos saben, delante de la Basílica de San Pedro, están colocadas dos imponentes estatuas de los apóstoles Pedro y Pablo, fácilmente reconocibles por sus enseñas: las llaves en las manos de Pedro y la espada entre las de Pablo. También sobre el portal mayor de la Basílica de San Pablo Extramuros están representadas juntas escenas de la vida y del martirio de estas dos columnas de la Iglesia. La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a san Pedro y a san Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo. En Roma, además, su vinculación como hermanos en la fe ha adquirido un significado particular. En efecto, la comunidad cristiana de esta ciudad los consideró una especie de contrapunto de los míticos Rómulo y Remo, la pareja de hermanos a los que se hace remontar la fundación de Roma. Se puede pensar también en otro paralelismo opuesto, siempre a propósito del tema de la hermandad: es decir, mientras que la primera pareja bíblica de hermanos nos muestra el efecto del pecado, por el cual Caín mata a Abel, Pedro y Pablo, aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, y a pesar de que no faltaron conflictos en su relación, han constituido un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos. Sólo el seguimiento de Jesús conduce a la nueva fraternidad: aquí se encuentra el primer mensaje fundamental que la solemnidad de hoy nos ofrece a cada uno de nosotros, y cuya importancia se refleja también en la búsqueda de aquella plena comunión, que anhelan el Patriarca ecuménico y el Obispo de Roma, como también todos los cristianos.
En el pasaje del Evangelio de san Mateo que hemos escuchado hace poco, Pedro hace la propia confesión de fe a Jesús reconociéndolo como Mesías e Hijo de Dios; la hace también en nombre de los otros apóstoles. Como respuesta, el Señor le revela la misión que desea confiarle, la de ser la «piedra», la «roca», el fundamento visible sobre el que está construido todo el edificio espiritual de la Iglesia (cf. Mt 16, 16-19). Pero ¿de qué manera Pedro es la roca? ¿Cómo debe cumplir esta prerrogativa, que naturalmente no ha recibido para sí mismo? El relato del evangelista Mateo nos dice en primer lugar que el reconocimiento de la identidad de Jesús pronunciado por Simón en nombre de los Doce no proviene «de la carne y de la sangre», es decir, de su capacidad humana, sino de una particular revelación de Dios Padre. En cambio, inmediatamente después, cuando Jesús anuncia su pasión, muerte y resurrección, Simón Pedro reacciona precisamente a partir de la «carne y sangre»: Él «se puso a increparlo: … [Señor] eso no puede pasarte» (16, 22). Y Jesús, a su vez, le replicó: «Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo…» (v. 23). El discípulo que, por un don de Dios, puede llegar a ser roca firme, se manifiesta en su debilidad humana como lo que es: una piedra en el camino, una piedra con la que se puede tropezar – en griego skandalon. Así se manifiesta la tensión que existe entre el don que proviene del Señor y la capacidad humana; y en esta escena entre Jesús y Simón Pedro vemos de alguna manera anticipado el drama de la historia del mismo papado, que se caracteriza por la coexistencia de estos dos elementos: por una parte, gracias a la luz y la fuerza que viene de lo alto, el papado constituye el fundamento de la Iglesia peregrina en el tiempo; por otra, emergen también, a lo largo de los siglos, la debilidad de los hombres, que sólo la apertura a la acción de Dios puede transformar.
En el Evangelio de hoy emerge con fuerza la clara promesa de Jesús: «el poder del infierno», es decir las fuerzas del mal, no prevalecerán, «non prevalebunt». Viene a la memoria el relato de la vocación del profeta Jeremías, cuando el Señor, al confiarle la misión, le dice: «Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jr 1, 18-19). En verdad, la promesa que Jesús hace a Pedro es ahora mucho más grande que las hechas a los antiguos profetas: Éstos, en efecto, fueron amenazados sólo por enemigos humanos, mientras Pedro ha de ser protegido de las «puertas del infierno», del poder destructor del mal. Jeremías recibe una promesa que tiene que ver con él como persona y con su ministerio profético; Pedro es confortado con respecto al futuro de la Iglesia, de la nueva comunidad fundada por Jesucristo y que se extiende a todas las épocas, más allá de la existencia personal del mismo Pedro.
Pasemos ahora al símbolo de las llaves, que hemos escuchado en el Evangelio. Nos recuerdan el oráculo del profeta Isaías sobre el funcionario Eliaquín, del que se dice: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá» (Is 22,22). La llave representa la autoridad sobre la casa de David. Y en el Evangelio hay otra palabra de Jesús dirigida a los escribas y fariseos, a los cuales el Señor les reprocha de cerrar el reino de los cielos a los hombres (cf. Mt 23,13). Estas palabras también nos ayudan a comprender la promesa hecha a Pedro: a él, en cuanto fiel administrador del mensaje de Cristo, le corresponde abrir la puerta del reino de los cielos, y juzgar si aceptar o excluir (cf. Ap 3,7). Las dos imágenes – la de las llaves y la de atar y desatar – expresan por tanto significados similares y se refuerzan mutuamente. La expresión «atar y desatar» forma parte del lenguaje rabínico y alude por un lado a las decisiones doctrinales, por otro al poder disciplinar, es decir a la facultad de aplicar y de levantar la excomunión. El paralelismo «en la tierra… en los cielos» garantiza que las decisiones de Pedro en el ejercicio de su función eclesial también son válidas ante Dios.
En el capítulo 18 del Evangelio según Mateo, dedicado a la vida de la comunidad eclesial, encontramos otras palabras de Jesús dirigidas a los discípulos: «En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 18,18). Y san Juan, en el relato de las apariciones de Cristo resucitado a los Apóstoles, en la tarde de Pascua, refiere estas palabras del Señor: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23). A la luz de estos paralelismos, aparece claramente que la autoridad de atar y desatar consiste en el poder de perdonar los pecados. Y esta gracia, que debilita la fuerza del caos y del mal, está en el corazón del ministerio de la Iglesia. Ella no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la Cruz de Jesucristo. Las palabras de Jesús sobre la autoridad de Pedro y de los Apóstoles revelan que el poder de Dios es el amor, amor que irradia su luz desde el Calvario. Así, podemos también comprender porqué, en el relato del evangelio, tras la confesión de fe de Pedro, sigue inmediatamente el primer anuncio de la pasión: en efecto, Jesús con su muerte ha vencido el poder del infierno, con su sangre ha derramado sobre el mundo un río inmenso de misericordia, que irriga con su agua sanadora la humanidad entera.
Queridos hermanos, como recordaba al principio, la tradición iconográfica representa a san Pablo con la espada, y sabemos que ésta significa el instrumento con el que fue asesinado. Pero, leyendo los escritos del apóstol de los gentiles, descubrimos que la imagen de la espada se refiere a su misión de evangelizador. Él, por ejemplo, sintiendo cercana la muerte, escribe a Timoteo: «He luchado el noble combate» (2 Tm 4,7). No es ciertamente la batalla de un caudillo, sino la de quien anuncia la Palabra de Dios, fiel a Cristo y a su Iglesia, por quien se ha entregado totalmente. Y por eso el Señor le ha dado la corona de la gloria y lo ha puesto, al igual que a Pedro, como columna del edificio espiritual de la Iglesia.
Queridos Metropolitanos: el palio que os he impuesto, os recordará siempre que habéis sido constituidos en y para el gran misterio de comunión que es la Iglesia, edificio espiritual construido sobre Cristo piedra angular y, en su dimensión terrena e histórica, sobre la roca de Pedro. Animados por esta certeza, sintámonos juntos cooperadores de la verdad, la cual –sabemos– es una y «sinfónica», y reclama de cada uno de nosotros y de nuestra comunidad el empeño constante de conversión al único Señor en la gracia del único Espíritu. Que la Santa Madre de Dios nos guíe y nos acompañe siempre en el camino de la fe y de la caridad. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amén.
Fuente: radiovaticana.org
miércoles, 27 de junio de 2012
Texto completo de la catequesis del Papa (27 de junio del 2012)
Queridos hermanos y hermanas
Nuestra oración está hecha, como hemos visto en los pasados miércoles, de silencio y de palabras, de canto y de gestos que implican a toda la persona: desde la boca hasta la mente, del corazón a todo el cuerpo. Es una característica que encontramos en la oración judía, especialmente en los Salmos. Hoy quisiera hablar de uno de los cantos o himnos más antiguos de la tradición cristiana, que San Pablo nos presenta en lo que, en cierto sentido, es su testamento espiritual: la Carta a los Filipenses. Se trata de una carta que el Apóstol escribe mientras está en la cárcel, tal vez en Roma. Él se siente cercano a la muerte, porque afirma que ofrecerá su vida como una libación (cf. Flp 2,17).
A pesar de esta situación de grave peligro para su incolumidad física, San Pablo, en todo el texto, expresa la alegría de ser discípulo de Cristo, de poder ir a su encuentro, hasta el punto de ver la muerte no como una pérdida sino como una ganancia. En el último capítulo de su carta hay una fuerte invitación a la alegría, una característica fundamental de nuestro ser cristianos y de nuestra orar. San Pablo escribe: "Estén siempre alegres en el Señor, lo repito de nuevo: ¡Alégrense!" (Fil. 4,4). ¿Pero cómo puede regocijarse frente a una sentencia de muerte, ya inminente? ¿De dónde, o mejor, de quién San Pablo recoge la serenidad, la fuerza, el coraje de ir hacia su martirio, y al derramamiento de sangre?
La respuesta la encontramos en el centro de la Carta a los Filipenses, en lo que la tradición cristiana llama carmen Christo, el canto para Cristo, o más comúnmente el "himno cristológico"; un canto que centra toda la atención en los "sentimientos" de Cristo, es decir, en su modo de pensar y su actitud concreta, vivida. Esta oración comienza con una exhortación: " Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús " (Fil. 2,5). Estos sentimientos se presentan en los siguientes versículos: el amor, la generosidad, la humildad, la obediencia a Dios, el don de uno mismo. No se trata simplemente de seguir el ejemplo de Jesús como algo moral, sino de involucrar toda la existencia en su propia manera de pensar y actuar. La oración debe llevar hacia un conocimiento y una unión en el amor cada vez más profunda con el Señor, para poder pensar, actuar y amar como Él, en Él y por Él. Ejercitarse en eso, aprender los sentimientos de Jesús es el camino de la vida cristiana.
Ahora voy a referirme brevemente sobre algunos elementos de esta canto denso, que resume todo el itinerario divino y humano del Hijo de Dios, que abarca toda la historia humana: del ser en la condición de Dios, a la encarnación, a la muerte en una cruz y a la exaltación en la gloria del Padre, y en parte también el comportamiento de Adán, del hombre desde el principio. Este himno a Cristo parte de su ser "en morphe tou Theou", dice el texto griego, es decir, de estar "en la forma de Dios", o mejor dicho, en la condición de Dios. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no vive su "ser como Dios" para triunfar o para imponer su supremacía, no lo considera como una posesión, un privilegio, un tesoro al qué aferrarse. Es más, "se desnudó," se vació de sí mismo tomando, dice el texto griego, la "morphe Doulos", la "forma de siervo, de esclavo", la realidad humana marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por la muerte; en todo se asimiló a los hombres, excepto en el pecado, comportándose como un servidor dedicado completamente al servicio de los demás. En este sentido, Eusebio de Cesarea (siglo IV) dice: "Él tomó sobre sí las fatigas, con los miembros que sufren. Ha hecho suyas nuestras humildes enfermedades. Sufrió tribulaciones por amor a nosotros: esto en conformidad con su gran amor por la humanidad "(La demostración Evangélica, 10, 1, 22). San Pablo continúa delineando el marco "histórico" en el que se realizó esta disminución de Jesús. Escribe el Apóstol: "se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte." (Flp 2,8).
El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre y cumplió un camino en completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre, hasta el supremo sacrificio de su vida. Aún más, el Apóstol especifica "hasta la muerte, y muerte de cruz." En la cruz Jesucristo alcanzó el mayor grado de humillación, ya que la crucifixión era el castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres: " mors turpissima crucis", escribe Cicerón (cf. En Verrem, V, 64, 165).
En la cruz de Cristo, el hombre es redimido y la experiencia de Adán se modifica, dándose vuelta completamente: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretendía ser como Dios, con sus propias fuerzas, ocupar el lugar de Dios, y así perdió la dignidad original que se le había dado. Jesús, sin embargo, aun estando en la condición divina, se abajó, se sumergió en la condición humana, en total fidelidad al Padre, para redimir al Adán, que está en nosotros y para volverle a dar al hombre la dignidad que había perdido. Los Padres subrayan que Él se hizo obediente, volviendo a dar a la naturaleza humana, a través de su humanidad y obediencia, lo que se había perdido por la desobediencia de Adán.
En la oración, en la relación con Dios, nosotros abrimos la mente, el corazón y la voluntad a la acción del Espíritu Santo, para entrar en esta misma dinámica de vida, como afirma San Cirilo de Alejandría, cuya fiesta celebramos hoy: "La obra del Espíritu intenta transformarnos, por medio de la gracia, en una copia perfecta de su humillación" (Carta Festale 10, 4). La lógica humana, sin embargo, intenta a menudo la realización de sí mismos en el poder, en el dominio, en los medios poderosos. El hombre sigue queriendo construir con sus propias fuerzas la torre de Babel para llegar – con sus propias fuerzas - a la altura de Dios, para ser como Dios. La Encarnación y la Cruz nos recuerdan que la plena realización estriba en conformar la propia la voluntad humana en la del Padre, en el desapego total de sí mismo, del propio egoísmo, para llenarse del amor y de la caridad de Dios y, así, llegar a ser verdaderamente capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo, cuando queda ensimismado, sino cuando logra salir de sí mismo. Sólo si logramos salir de nosotros, nos encontramos. Adán quería imitar a Dios, pero tenía una idea equivocada de Dios. Dios no quiere sólo la grandeza, Dios es amor que da, ya desde la Trinidad y luego en la Creación. Imitar a Dios significa salir de sí mismo y entregarse en el amor.
En la segunda parte de este himno cristológico de la Carta a los Filipenses, el sujeto cambia; ya no es Cristo, sino Dios Padre. San Pablo subraya que es precisamente por la obediencia al Padre, que “Dios le exalta y le dona el nombre que está por encima de los nombres” (Fil. 2,9). Aquel que se humilló hasta tomar la condición de esclavo, viene exaltado por encima de todos y de todo por el Padre, que le da el nombre de Kiros, “Señor”, a suprema dignidad y señoría.
Frente a este nuevo nombre que, de hecho, es el nombre de Dios en el Antiguo Testamento, "se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor»”, para la gloria de Dios el Padre "(vv. 10-11). El Jesús que se exalta es aquel de la Última Cena, que depone sus prendas de vestir, y con una toalla, se inclina para lavar los pies de los Apóstoles y les pregunta: "¿Entienden lo que hago por ustedes? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y con razón, porque lo soy. Así pues, si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros "(Jn 13,12-14). Esto es importante recordarlo siempre en nuestras oraciones y en nuestra vida: "el ascenso hacia Dios tiene lugar en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y la verdadera fuerza purificadora, que permite al hombre percibir y ver a Dios "(Jesús de Nazaret, Milano 2007, p. 120).
El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece aquí dos claves importantes para nuestra oración. La primera es la invocación: "Señor", dirigida a Jesucristo, sentado a la diestra del Padre: Él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos "dominadores" que la quieren dirigir y orientar. Por ello, es necesario tener una escala de valores en los que la primacía le corresponde a Dios, para afirmar con San Pablo: "todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor " (Fil. 3,8). El encuentro con el Resucitado le hizo comprender que Él es el único tesoro por el cual vale la pena sacrificar la propia existencia.
La segunda indicación es la postración, "se doblará toda rodilla " en la tierra y en el cielo, que evoca una expresión del Profeta Isaías, que indica la adoración que todas las criaturas le deben a Dios (cf. 45:23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el arrodillarse en la oración expresan precisamente la actitud de adoración ante Dios, también con el cuerpo. De ahí la importancia de cumplir este gesto no por costumbre, sino con profunda conciencia. Cuando nos arrodillamos ante el Señor, confesamos nuestra fe en Él, reconocemos que Él es el único Señor de nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración, contemplemos al Crucificado, detengámonos en adoración ante la Eucaristía con mayor frecuencia, para que entre en nuestra vida el amor de Dios, que se abajó con humildad para elevarnos hacia Él. Al comienzo de la catequesis nos preguntábamos cómo San Pablo podía alegrarse ante el riesgo inminente de su martirio y de su derramamiento de sangre. Esto sólo es posible porque el Apóstol nunca alejó su mirada de Cristo, hasta asemejarse a Él en su muerte, " a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos " (Fil. 3:11). Al igual que San Francisco ante el crucifijo, digamos también nosotros: Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, juicio y discernimiento para cumplir tu verdadera y santa voluntad. Amén (cf. Oración ante el Crucifijo: FF [276]).
(Traducción del italiano: Eduardo Rubió y Cecilia de Malak)
Fuente: radiovaticana.org
Nuestra oración está hecha, como hemos visto en los pasados miércoles, de silencio y de palabras, de canto y de gestos que implican a toda la persona: desde la boca hasta la mente, del corazón a todo el cuerpo. Es una característica que encontramos en la oración judía, especialmente en los Salmos. Hoy quisiera hablar de uno de los cantos o himnos más antiguos de la tradición cristiana, que San Pablo nos presenta en lo que, en cierto sentido, es su testamento espiritual: la Carta a los Filipenses. Se trata de una carta que el Apóstol escribe mientras está en la cárcel, tal vez en Roma. Él se siente cercano a la muerte, porque afirma que ofrecerá su vida como una libación (cf. Flp 2,17).
A pesar de esta situación de grave peligro para su incolumidad física, San Pablo, en todo el texto, expresa la alegría de ser discípulo de Cristo, de poder ir a su encuentro, hasta el punto de ver la muerte no como una pérdida sino como una ganancia. En el último capítulo de su carta hay una fuerte invitación a la alegría, una característica fundamental de nuestro ser cristianos y de nuestra orar. San Pablo escribe: "Estén siempre alegres en el Señor, lo repito de nuevo: ¡Alégrense!" (Fil. 4,4). ¿Pero cómo puede regocijarse frente a una sentencia de muerte, ya inminente? ¿De dónde, o mejor, de quién San Pablo recoge la serenidad, la fuerza, el coraje de ir hacia su martirio, y al derramamiento de sangre?
La respuesta la encontramos en el centro de la Carta a los Filipenses, en lo que la tradición cristiana llama carmen Christo, el canto para Cristo, o más comúnmente el "himno cristológico"; un canto que centra toda la atención en los "sentimientos" de Cristo, es decir, en su modo de pensar y su actitud concreta, vivida. Esta oración comienza con una exhortación: " Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús " (Fil. 2,5). Estos sentimientos se presentan en los siguientes versículos: el amor, la generosidad, la humildad, la obediencia a Dios, el don de uno mismo. No se trata simplemente de seguir el ejemplo de Jesús como algo moral, sino de involucrar toda la existencia en su propia manera de pensar y actuar. La oración debe llevar hacia un conocimiento y una unión en el amor cada vez más profunda con el Señor, para poder pensar, actuar y amar como Él, en Él y por Él. Ejercitarse en eso, aprender los sentimientos de Jesús es el camino de la vida cristiana.
Ahora voy a referirme brevemente sobre algunos elementos de esta canto denso, que resume todo el itinerario divino y humano del Hijo de Dios, que abarca toda la historia humana: del ser en la condición de Dios, a la encarnación, a la muerte en una cruz y a la exaltación en la gloria del Padre, y en parte también el comportamiento de Adán, del hombre desde el principio. Este himno a Cristo parte de su ser "en morphe tou Theou", dice el texto griego, es decir, de estar "en la forma de Dios", o mejor dicho, en la condición de Dios. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no vive su "ser como Dios" para triunfar o para imponer su supremacía, no lo considera como una posesión, un privilegio, un tesoro al qué aferrarse. Es más, "se desnudó," se vació de sí mismo tomando, dice el texto griego, la "morphe Doulos", la "forma de siervo, de esclavo", la realidad humana marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por la muerte; en todo se asimiló a los hombres, excepto en el pecado, comportándose como un servidor dedicado completamente al servicio de los demás. En este sentido, Eusebio de Cesarea (siglo IV) dice: "Él tomó sobre sí las fatigas, con los miembros que sufren. Ha hecho suyas nuestras humildes enfermedades. Sufrió tribulaciones por amor a nosotros: esto en conformidad con su gran amor por la humanidad "(La demostración Evangélica, 10, 1, 22). San Pablo continúa delineando el marco "histórico" en el que se realizó esta disminución de Jesús. Escribe el Apóstol: "se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte." (Flp 2,8).
El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre y cumplió un camino en completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre, hasta el supremo sacrificio de su vida. Aún más, el Apóstol especifica "hasta la muerte, y muerte de cruz." En la cruz Jesucristo alcanzó el mayor grado de humillación, ya que la crucifixión era el castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres: " mors turpissima crucis", escribe Cicerón (cf. En Verrem, V, 64, 165).
En la cruz de Cristo, el hombre es redimido y la experiencia de Adán se modifica, dándose vuelta completamente: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretendía ser como Dios, con sus propias fuerzas, ocupar el lugar de Dios, y así perdió la dignidad original que se le había dado. Jesús, sin embargo, aun estando en la condición divina, se abajó, se sumergió en la condición humana, en total fidelidad al Padre, para redimir al Adán, que está en nosotros y para volverle a dar al hombre la dignidad que había perdido. Los Padres subrayan que Él se hizo obediente, volviendo a dar a la naturaleza humana, a través de su humanidad y obediencia, lo que se había perdido por la desobediencia de Adán.
En la oración, en la relación con Dios, nosotros abrimos la mente, el corazón y la voluntad a la acción del Espíritu Santo, para entrar en esta misma dinámica de vida, como afirma San Cirilo de Alejandría, cuya fiesta celebramos hoy: "La obra del Espíritu intenta transformarnos, por medio de la gracia, en una copia perfecta de su humillación" (Carta Festale 10, 4). La lógica humana, sin embargo, intenta a menudo la realización de sí mismos en el poder, en el dominio, en los medios poderosos. El hombre sigue queriendo construir con sus propias fuerzas la torre de Babel para llegar – con sus propias fuerzas - a la altura de Dios, para ser como Dios. La Encarnación y la Cruz nos recuerdan que la plena realización estriba en conformar la propia la voluntad humana en la del Padre, en el desapego total de sí mismo, del propio egoísmo, para llenarse del amor y de la caridad de Dios y, así, llegar a ser verdaderamente capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo, cuando queda ensimismado, sino cuando logra salir de sí mismo. Sólo si logramos salir de nosotros, nos encontramos. Adán quería imitar a Dios, pero tenía una idea equivocada de Dios. Dios no quiere sólo la grandeza, Dios es amor que da, ya desde la Trinidad y luego en la Creación. Imitar a Dios significa salir de sí mismo y entregarse en el amor.
En la segunda parte de este himno cristológico de la Carta a los Filipenses, el sujeto cambia; ya no es Cristo, sino Dios Padre. San Pablo subraya que es precisamente por la obediencia al Padre, que “Dios le exalta y le dona el nombre que está por encima de los nombres” (Fil. 2,9). Aquel que se humilló hasta tomar la condición de esclavo, viene exaltado por encima de todos y de todo por el Padre, que le da el nombre de Kiros, “Señor”, a suprema dignidad y señoría.
Frente a este nuevo nombre que, de hecho, es el nombre de Dios en el Antiguo Testamento, "se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor»”, para la gloria de Dios el Padre "(vv. 10-11). El Jesús que se exalta es aquel de la Última Cena, que depone sus prendas de vestir, y con una toalla, se inclina para lavar los pies de los Apóstoles y les pregunta: "¿Entienden lo que hago por ustedes? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y con razón, porque lo soy. Así pues, si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros "(Jn 13,12-14). Esto es importante recordarlo siempre en nuestras oraciones y en nuestra vida: "el ascenso hacia Dios tiene lugar en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y la verdadera fuerza purificadora, que permite al hombre percibir y ver a Dios "(Jesús de Nazaret, Milano 2007, p. 120).
El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece aquí dos claves importantes para nuestra oración. La primera es la invocación: "Señor", dirigida a Jesucristo, sentado a la diestra del Padre: Él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos "dominadores" que la quieren dirigir y orientar. Por ello, es necesario tener una escala de valores en los que la primacía le corresponde a Dios, para afirmar con San Pablo: "todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor " (Fil. 3,8). El encuentro con el Resucitado le hizo comprender que Él es el único tesoro por el cual vale la pena sacrificar la propia existencia.
La segunda indicación es la postración, "se doblará toda rodilla " en la tierra y en el cielo, que evoca una expresión del Profeta Isaías, que indica la adoración que todas las criaturas le deben a Dios (cf. 45:23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el arrodillarse en la oración expresan precisamente la actitud de adoración ante Dios, también con el cuerpo. De ahí la importancia de cumplir este gesto no por costumbre, sino con profunda conciencia. Cuando nos arrodillamos ante el Señor, confesamos nuestra fe en Él, reconocemos que Él es el único Señor de nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración, contemplemos al Crucificado, detengámonos en adoración ante la Eucaristía con mayor frecuencia, para que entre en nuestra vida el amor de Dios, que se abajó con humildad para elevarnos hacia Él. Al comienzo de la catequesis nos preguntábamos cómo San Pablo podía alegrarse ante el riesgo inminente de su martirio y de su derramamiento de sangre. Esto sólo es posible porque el Apóstol nunca alejó su mirada de Cristo, hasta asemejarse a Él en su muerte, " a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos " (Fil. 3:11). Al igual que San Francisco ante el crucifijo, digamos también nosotros: Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, juicio y discernimiento para cumplir tu verdadera y santa voluntad. Amén (cf. Oración ante el Crucifijo: FF [276]).
(Traducción del italiano: Eduardo Rubió y Cecilia de Malak)
Fuente: radiovaticana.org
lunes, 25 de junio de 2012
Greg Burke, nuevo asesor de comunicación de la Secretaría de Estado Vaticana
La Santa Sede crea un nuevo cargo para el periodista estadounidense
Un estadounidense será asesor para el sector de la comunicación de la Secretaría de Estado vaticana. Es Greg Burke, de 52 años, vaticanista de largo recorrido, miembro del Opus Dei y excorresponsal en Roma de la cadena estadounidense Fox News.
Burke no tendrá el cargo de portavoz, que seguirá ostentando el padre Federico Lombardi, sino de supervisor según el modelo del director de comunicación de la Casa Blanca.
Conocido por su profesionalidad y su estilo directivo, el nuevo asesor es un veterano de la comunicación habiendo cubierto los mayores eventos del Vaticano y Medio Oriente como corresponsal del Times en Roma.
Esta nueva figura --explicó el padre Lombardi- tendrá la finalidad de contribuir a integrar la atención a las cuestiones de comunicación en el trabajo de la Secretaría de Estado y a cuidar la relación con el servicio de la Sala de Prensa y de las otras instituciones comunicacionales de la Santa Sede".
En otras palabras, la tarea de Burke será la de un "estratega" que contribuirá al mejoramiento de las políticas de comunicación de la Santa Sede. Un papel del todo inédito para el Vaticano, que se ha hecho sin embargo necesario desde los últimos sucesos ligados al caso Vatileaks, relativos a la difusión ilícita de documentos privados, que llevaron al arresto de Paolo Gabriele, ayuda de cámara del santo padre.
"Espero poder echar una mano para que la antigua máquina comunicativa pueda dar algún paso adelante", declaró al Corriere della Sera el mismo Burke, rechazando la hipótesis de que su nombramiento haya sido impuesto por los obispos estadounidenses.
"Un aspecto estadounidense en el asunto hay --precisó- pero no se refiere a mi proveniencia sino más bien a la dominante anglófona". El periodista explicó que "todo lo que la Curia dice y hace, quizá en latín, o en inglés clásico, va hoy hacia un mundo que habla el inglés de internet"; su tarea será por tanto ayudarla "a tener en cuenta a este mundo".
"Mi nombramiento --añadió- revela la advertencia de la necesidad de prestar atención a los medios no sólo en el momento de la comunicación sino ya en el de la preparación de cuanto será comunicado. No soy un experto en relaciones públicas pero se lo que buscan los periodistas, estoy habituado a seguir el escenario informativo, tengo alguna competencia para comprender sobre dónde irá caer una palabra que se dice o una noticia que se da".
El periodista contó, además, que recibió la propuesta de asumir este nuevo cargo por vía telefónica, mientras se encontraba en Nueva York, a finales de mayo, con un sms al móvil italiano que le pedía contactar con la Secretaría de Estado. En un primer tiempo, relata, su respuesta fue negativa, luego decidió en cambio aceptar el cargo.
Burke trabajará, con un despacho dentro de la Secretaría de Estado, en estrecha coordinación con el director de la Sala de Prensa vaticana, padre Lombardi con los otros medios de comunicación vaticanos.
Fuente: zenit.org
Un estadounidense será asesor para el sector de la comunicación de la Secretaría de Estado vaticana. Es Greg Burke, de 52 años, vaticanista de largo recorrido, miembro del Opus Dei y excorresponsal en Roma de la cadena estadounidense Fox News.
Burke no tendrá el cargo de portavoz, que seguirá ostentando el padre Federico Lombardi, sino de supervisor según el modelo del director de comunicación de la Casa Blanca.
Conocido por su profesionalidad y su estilo directivo, el nuevo asesor es un veterano de la comunicación habiendo cubierto los mayores eventos del Vaticano y Medio Oriente como corresponsal del Times en Roma.
Esta nueva figura --explicó el padre Lombardi- tendrá la finalidad de contribuir a integrar la atención a las cuestiones de comunicación en el trabajo de la Secretaría de Estado y a cuidar la relación con el servicio de la Sala de Prensa y de las otras instituciones comunicacionales de la Santa Sede".
En otras palabras, la tarea de Burke será la de un "estratega" que contribuirá al mejoramiento de las políticas de comunicación de la Santa Sede. Un papel del todo inédito para el Vaticano, que se ha hecho sin embargo necesario desde los últimos sucesos ligados al caso Vatileaks, relativos a la difusión ilícita de documentos privados, que llevaron al arresto de Paolo Gabriele, ayuda de cámara del santo padre.
"Espero poder echar una mano para que la antigua máquina comunicativa pueda dar algún paso adelante", declaró al Corriere della Sera el mismo Burke, rechazando la hipótesis de que su nombramiento haya sido impuesto por los obispos estadounidenses.
"Un aspecto estadounidense en el asunto hay --precisó- pero no se refiere a mi proveniencia sino más bien a la dominante anglófona". El periodista explicó que "todo lo que la Curia dice y hace, quizá en latín, o en inglés clásico, va hoy hacia un mundo que habla el inglés de internet"; su tarea será por tanto ayudarla "a tener en cuenta a este mundo".
"Mi nombramiento --añadió- revela la advertencia de la necesidad de prestar atención a los medios no sólo en el momento de la comunicación sino ya en el de la preparación de cuanto será comunicado. No soy un experto en relaciones públicas pero se lo que buscan los periodistas, estoy habituado a seguir el escenario informativo, tengo alguna competencia para comprender sobre dónde irá caer una palabra que se dice o una noticia que se da".
El periodista contó, además, que recibió la propuesta de asumir este nuevo cargo por vía telefónica, mientras se encontraba en Nueva York, a finales de mayo, con un sms al móvil italiano que le pedía contactar con la Secretaría de Estado. En un primer tiempo, relata, su respuesta fue negativa, luego decidió en cambio aceptar el cargo.
Burke trabajará, con un despacho dentro de la Secretaría de Estado, en estrecha coordinación con el director de la Sala de Prensa vaticana, padre Lombardi con los otros medios de comunicación vaticanos.
Fuente: zenit.org
Las diferencias entre ricos y pobres son una afrenta a la dignidad de la persona humana
Intervención del observador vaticano ante la ONU, monseñor Tomasi
El observador permanente de la Santa Sede ante la ONU y otras Organizaciones Internacionales en Ginebra, monseñor Silvano Maria Tomasi realizó una intervención en la 20 Sesión del Consejo de Derechos Humanos en materia de deuda externa y derechos humanos. En ella subrayó la necesidad de reconsiderar la deuda externa y las diferencias enormes entre ricos y pobres que ofenden a la dignidad humana.
Monseñor Tomasi afirmó que "la Santa Sede apoya con fuerza la aserción del Informe de que los derechos humanos así como las reglas de justicia y ética deben aplicarse a todas las relaciones económicas y sociales, incluyendo las obligaciones de la deuda externa".
"El criterio de los derechos humanos para evaluar la deuda externa --añadió- puede ser un importante instrumento para mover el desarrollo de la estrecha comprensión 'económica' o material a otra basada en el desarrollo humano integral, que promueve 'el desarrollo de cada hombre y de todo el hombre'".
Así mismo, dijo, "reconoce el 'derecho al desarrollo', basado en la humanidad de cada persona, desde la concepción hasta la muerte ntural, independientemente de su edad, nacionalidad, raza, religión, etnia, sexo y situación de minusvalía".
Al mismo tiempo, añadió el observador permanente "reconocemos el papel que la corrupción ha jugado y sigue jugando en agravar el problema de las obligaciones de deuda en muchos de los países menos desarrollados".
Monseñor Tomasi afirmó que "una ética centrada en la gente se funda en una visión de la persona humana que subraya la dignidad humana. Toda actividad económica justa respeta la dignidad humana. La riqueza y la deuda deben servir al bien común. Si se viola la justicia, la riqueza y la deuda se convierten en instrumentos de explotación, especialmente de los pobres y marginados".
Según el observador vaticano, "la deuda externa es un síntoma de la falta de justicia en el flujo de capital en el mundo". Y puso de relieve que "la cuestión de la deuda es parte de un problema más amplio: el de la persistencia de la pobreza, a veces incluso extrema, y la emergencia de nuevas desigualdades que están acompañando el proceso de globalización".
"Si el objetivo es globalización sin marginación --afirmó--, no podemos tolerar por más tiempo un mundo en el que viven al lado unos de otros los inmensamente ricos y los pobres miserables, los privados incluso de lo esencial y gente que gasta despreocupadamente lo que otros necesitan desesperadamente. Tales contrastes son una afrenta a la dignidad de la persona humana".
De acuerdo con el informe, y los observadores más objetivos, la Santa Sede "reconoce que los préstamos a los países en vías de desarrollo en un tiempo promovieron la desigualdad y se convirtieron en barreras al desarrollo en lugar de servir como instrumentos para promover el dasrrollo".
La Santa Sede "apoya el nuevo principio de transparencia en los préstamos externos a todos los niveles y por todos los actores en orden a disminuir el riesgo de los graves errores que se hicieron en el pasado, cuando la corrupción llevó a préstamos secretos para propósitos dudosos, tomados por líderes no interesados en el bien común, con los pobres en países en vías de desarrollo teniendo que cargar con ese peso. Apoyamos esta reforma y animamos los esfuerzos para corregir las injusticias de los préstamos pasados con más agresivas condinaciones de la deuda".
La Santa Sede espera que "el proceso de cancelación y reducción de la deuda para los países más pobres continuará y se acelerará".
"Una mayor transparencia también ayudará a evitar la construcción de niveles de deuda insostenibles para las naciones en vías de desarrollo. Tanto en los países en desarrollo como los desarrollados la falta de transparencia en la acumulación de la deuda ha añadido una incerteza económica en el sistema financiero mundial. Los Principios Guía de la Deuda Externa y Derechos Humanos se mueven en la dirección de una solución concreta. La deuda soberana no puede ser vista como un problema exclsuivamente económico. Afecta a las futuras generaciones así como a las condiciones sociales que permiten el disfrute de los derechos humanos de amplios números de personas que tienen derecho a la solidaridad de toda la familia humana", concluyó el observador vaticano.
Fuente: zenit.org
El observador permanente de la Santa Sede ante la ONU y otras Organizaciones Internacionales en Ginebra, monseñor Silvano Maria Tomasi realizó una intervención en la 20 Sesión del Consejo de Derechos Humanos en materia de deuda externa y derechos humanos. En ella subrayó la necesidad de reconsiderar la deuda externa y las diferencias enormes entre ricos y pobres que ofenden a la dignidad humana.
Monseñor Tomasi afirmó que "la Santa Sede apoya con fuerza la aserción del Informe de que los derechos humanos así como las reglas de justicia y ética deben aplicarse a todas las relaciones económicas y sociales, incluyendo las obligaciones de la deuda externa".
"El criterio de los derechos humanos para evaluar la deuda externa --añadió- puede ser un importante instrumento para mover el desarrollo de la estrecha comprensión 'económica' o material a otra basada en el desarrollo humano integral, que promueve 'el desarrollo de cada hombre y de todo el hombre'".
Así mismo, dijo, "reconoce el 'derecho al desarrollo', basado en la humanidad de cada persona, desde la concepción hasta la muerte ntural, independientemente de su edad, nacionalidad, raza, religión, etnia, sexo y situación de minusvalía".
Al mismo tiempo, añadió el observador permanente "reconocemos el papel que la corrupción ha jugado y sigue jugando en agravar el problema de las obligaciones de deuda en muchos de los países menos desarrollados".
Monseñor Tomasi afirmó que "una ética centrada en la gente se funda en una visión de la persona humana que subraya la dignidad humana. Toda actividad económica justa respeta la dignidad humana. La riqueza y la deuda deben servir al bien común. Si se viola la justicia, la riqueza y la deuda se convierten en instrumentos de explotación, especialmente de los pobres y marginados".
Según el observador vaticano, "la deuda externa es un síntoma de la falta de justicia en el flujo de capital en el mundo". Y puso de relieve que "la cuestión de la deuda es parte de un problema más amplio: el de la persistencia de la pobreza, a veces incluso extrema, y la emergencia de nuevas desigualdades que están acompañando el proceso de globalización".
"Si el objetivo es globalización sin marginación --afirmó--, no podemos tolerar por más tiempo un mundo en el que viven al lado unos de otros los inmensamente ricos y los pobres miserables, los privados incluso de lo esencial y gente que gasta despreocupadamente lo que otros necesitan desesperadamente. Tales contrastes son una afrenta a la dignidad de la persona humana".
De acuerdo con el informe, y los observadores más objetivos, la Santa Sede "reconoce que los préstamos a los países en vías de desarrollo en un tiempo promovieron la desigualdad y se convirtieron en barreras al desarrollo en lugar de servir como instrumentos para promover el dasrrollo".
La Santa Sede "apoya el nuevo principio de transparencia en los préstamos externos a todos los niveles y por todos los actores en orden a disminuir el riesgo de los graves errores que se hicieron en el pasado, cuando la corrupción llevó a préstamos secretos para propósitos dudosos, tomados por líderes no interesados en el bien común, con los pobres en países en vías de desarrollo teniendo que cargar con ese peso. Apoyamos esta reforma y animamos los esfuerzos para corregir las injusticias de los préstamos pasados con más agresivas condinaciones de la deuda".
La Santa Sede espera que "el proceso de cancelación y reducción de la deuda para los países más pobres continuará y se acelerará".
"Una mayor transparencia también ayudará a evitar la construcción de niveles de deuda insostenibles para las naciones en vías de desarrollo. Tanto en los países en desarrollo como los desarrollados la falta de transparencia en la acumulación de la deuda ha añadido una incerteza económica en el sistema financiero mundial. Los Principios Guía de la Deuda Externa y Derechos Humanos se mueven en la dirección de una solución concreta. La deuda soberana no puede ser vista como un problema exclsuivamente económico. Afecta a las futuras generaciones así como a las condiciones sociales que permiten el disfrute de los derechos humanos de amplios números de personas que tienen derecho a la solidaridad de toda la familia humana", concluyó el observador vaticano.
Fuente: zenit.org
Orientaciones pastorales para la promoción de las vocaciones sacerdotales
Se presentó esta mañana, en la Sala de Prensa de la Santa Sede, el documento de la Congregación para la Educación Católica y de la Pontificia Obra para las Vocaciones Sacerdotales, titulado: “Orientaciones pastorales para la promoción de las vocaciones al ministerio sacerdotal”.
Intervinieron en la presentación el Cardenal Zenon Grocholewski, Prefecto de la Congregación para la Educación Católica; Mons. Jean-Louis Bruguès, O.P., y Mons. Angelo Vincenzo Zani, respectivamente Secretario y Subsecretario del mismo Dicasterio.
En este documento, aprobado por el Santo Padre, se afirma, entre otras cosas, que el cuidado de las vocaciones al sacerdocio es un desafío permanente para la Iglesia. De hecho, con ocasión del 70ª aniversario de su constitución, la Pontificia Obra para las Vocaciones Sacerdotales, para alentar a todas las comunidades cristianas y, en ellas, a cuantos trabajan especialmente en la pastoral vocacional, ofrece a las Iglesias particulares este documento, como compendio para la promoción de la vocación al sacerdocio ministerial.
Asimismo se afirma que el ambiente más favorable para la vocación al sacerdocio es toda comunidad cristiana que escucha la Palabra de Dios, que reza con la liturgia y da testimonio con la caridad. De modo que en tal contexto, la misión del sacerdote es percibida y reconocida con mayor evidencia. Al mismo tiempo, con este documento se desea apoyar a las comunidades eclesiales, a las asociaciones y a los movimientos en su compromiso en favor de las vocaciones, orientando sus esfuerzos hacia una pastoral vocacional, capaz de que se madure toda elección del don de sí mismo en la vida, y de favorecer, en particular, la acogida de la llamada de Dios al ministerio sacerdotal. Mons Jean Louis Brugés secretario del dicasterio presenta el documento.

Al preguntarle ¿cómo están las vocaciones en Europa y en América Latina? nos abordó el ejemplo de la diócesis de Boston, EEUU.
(María Fernanda Bernasconi)
Fuente: radiovaticana.org
Intervinieron en la presentación el Cardenal Zenon Grocholewski, Prefecto de la Congregación para la Educación Católica; Mons. Jean-Louis Bruguès, O.P., y Mons. Angelo Vincenzo Zani, respectivamente Secretario y Subsecretario del mismo Dicasterio.
En este documento, aprobado por el Santo Padre, se afirma, entre otras cosas, que el cuidado de las vocaciones al sacerdocio es un desafío permanente para la Iglesia. De hecho, con ocasión del 70ª aniversario de su constitución, la Pontificia Obra para las Vocaciones Sacerdotales, para alentar a todas las comunidades cristianas y, en ellas, a cuantos trabajan especialmente en la pastoral vocacional, ofrece a las Iglesias particulares este documento, como compendio para la promoción de la vocación al sacerdocio ministerial.
Asimismo se afirma que el ambiente más favorable para la vocación al sacerdocio es toda comunidad cristiana que escucha la Palabra de Dios, que reza con la liturgia y da testimonio con la caridad. De modo que en tal contexto, la misión del sacerdote es percibida y reconocida con mayor evidencia. Al mismo tiempo, con este documento se desea apoyar a las comunidades eclesiales, a las asociaciones y a los movimientos en su compromiso en favor de las vocaciones, orientando sus esfuerzos hacia una pastoral vocacional, capaz de que se madure toda elección del don de sí mismo en la vida, y de favorecer, en particular, la acogida de la llamada de Dios al ministerio sacerdotal. Mons Jean Louis Brugés secretario del dicasterio presenta el documento.
Al preguntarle ¿cómo están las vocaciones en Europa y en América Latina? nos abordó el ejemplo de la diócesis de Boston, EEUU.
(María Fernanda Bernasconi)
Fuente: radiovaticana.org
domingo, 24 de junio de 2012
Texto y audio completo de la reflexión de Benedicto XVI en la fiesta de San Juan Bautista
(audio) 
Queridos hermanos y hermanas
Hoy, 24 de junio, celebramos la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista. Si se excluye la Virgen María, el Bautista es el único santo de quien la liturgia festeja el nacimiento y lo hace porque está estrechamente relacionado con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Desde el seno materno, en efecto, Juan es el precursor de Jesús: su prodigiosa concepción es anunciada por el Ángel a María como signo de que “nada es imposible a Dios” (Lc 1,37), seis meses antes del grande prodigio que nos da la salvación, la unión de Dios con el hombre es obra del Espíritu Santo. Los cuatro Evangelios resaltan la figura de Juan el Bautista, como profeta que concluye el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, indicando a Jesús de Nazaret como el Mesías, el Consagrado del Señor. En efecto, será el mismo Jesús que hablará de Juan en estos términos: “Él es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Él” (Mt 11, 10-11).
El padre de Juan, Zacarías –marido de Isabel, pariente de María, era sacerdote del culto judío. Él no creyó enseguida al anuncio de una paternidad ya inesperada y por este motivo quedó mudo hasta el día de la circuncisión del niño, al cual él y su mujer le dieron el nombre indicado por Dios, es decir Juan, que significa “el Señor hace gracia”. Animado por el Espíritu Santo, Zacarías habló así de la misión del hijo: “y tú niño serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados” (Lc 1, 76-77). Todo esto se manifestó 30 años después, cuando Juan bautizaba en el río Jordán, se puso a bautizar, llamando a la gente a prepararse, con aquel gesto de penitencia, a la inminente venida del Mesías, que Dios le había revelado durante su permanencia en el desierto de Judea. Por esto Él viene llamado “Bautista”, es decir “Bautizador” (cfr. Mt 3, 1-6). Cuando un día, desde Nazaret, viene Jesús mismo para hacerse bautizar, Juan primero rechazó, pero luego aceptó, y vio el Espíritu Santo posarse sobre Jesús y oyó la voz del Padre celeste que lo proclamaba su Hijo (Cftr. Mt, 3, 13-17). Pero su misión aún no se había cumplido: poco tiempo después, se le pidió que anticipara a Jesús también en la muerte violenta: Juan fue decapitado en la cárcel del rey Herodes y así dio pleno testimonio del Cordero de Dios, a quien él, primero que todos, había reconocido e indicado públicamente.
Queridos amigos, la Virgen María ayudó la anciana pariente Isabel a llevar hasta el último la concepción de Juan. Ella ayude a todos a seguir a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, que el Bautista anunció con gran humildad y ardor profético. (Traducción del italiano: Claudia Alberto – RV)
Después del canto mariano de Ángelus, el Papa ha recordado que hoy en Italia se celebra la Jornada para la caridad del Papa. El Pontífice ha agradecido a todas “las comunidades parroquiales, las familias y a los fieles el continuo apoyo y generosidad, que manifiestan y que beneficia a muchos de nuestros hermanos en necesidad”, ha dicho. En este sentido, el Santo Padre ha recordado que pasado mañana, martes, Dios mediante, hará una breve visita a las zonas afectadas por el reciente terremoto en el norte de Italia. Me gustaría que fuera un signo de solidaridad de toda la Iglesia, y por lo tanto os invito a todos a que me acompañéis con la oración.
Dirigiéndose luego a los peregrinos francófonos, Benedicto XVI ha señalado que “San Juan Bautista, el más grande entre los hijos de los hombres, fue capaz de reconocer al Señor. “Después de bautizar a Jesús en el río Jordán y de haberlo nombrado como el Mesías, desapareció humildemente ante él. Su ejemplo nos llama a convertirnos, a testimoniar a Cristo y anunciarlo a tiempo y contra el tiempo, siendo como san Juan, la voz que clama en el desierto, hasta el don de nuestras vidas”.
El Santo Padre ha saludado también con afecto a los peregrinos de habla Inglesa. Este domingo, les ha dicho, “celebramos el nacimiento de Juan el Bautista, el gran santo que preparó el camino para el Señor. Juan era una voz que clama en el desierto, llamando al pueblo de Dios al arrepentimiento. Escuchemos su voz hoy, y demos espacio para el Señor, en nuestros corazones”.
El Papa Joseph Ratzinger en su saludo a sus compatriotas y peregrinos de lengua alemana, hablando de Juan el Bautista, ha subrayado que fue el precursor del Señor. Su nombre significa "Dios es misericordioso" Su nacimiento fue para los familiares y los vecinos motivo de celebración y una ocasión para alabar a Dios. Pidamos a este precursor de Jesús su intercesión, para que también nosotros podamos participar, en la alegría y la compasión por el pueblo de Dios.
El Santo Padre finalmente, saludando a los fieles polacos, se ha unido espiritualmente al arzobispo de di Poznań, a los Padres Oratorianos y a todos los peregrinos que en el Santuario de la Madre di Dio en Gostyń festejan el 500° aniversario de su fundación (Traducción de Eduardo Rubió-RV)
Fuente: radiovaticana.org
Queridos hermanos y hermanas
Hoy, 24 de junio, celebramos la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista. Si se excluye la Virgen María, el Bautista es el único santo de quien la liturgia festeja el nacimiento y lo hace porque está estrechamente relacionado con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Desde el seno materno, en efecto, Juan es el precursor de Jesús: su prodigiosa concepción es anunciada por el Ángel a María como signo de que “nada es imposible a Dios” (Lc 1,37), seis meses antes del grande prodigio que nos da la salvación, la unión de Dios con el hombre es obra del Espíritu Santo. Los cuatro Evangelios resaltan la figura de Juan el Bautista, como profeta que concluye el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, indicando a Jesús de Nazaret como el Mesías, el Consagrado del Señor. En efecto, será el mismo Jesús que hablará de Juan en estos términos: “Él es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Él” (Mt 11, 10-11).
El padre de Juan, Zacarías –marido de Isabel, pariente de María, era sacerdote del culto judío. Él no creyó enseguida al anuncio de una paternidad ya inesperada y por este motivo quedó mudo hasta el día de la circuncisión del niño, al cual él y su mujer le dieron el nombre indicado por Dios, es decir Juan, que significa “el Señor hace gracia”. Animado por el Espíritu Santo, Zacarías habló así de la misión del hijo: “y tú niño serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados” (Lc 1, 76-77). Todo esto se manifestó 30 años después, cuando Juan bautizaba en el río Jordán, se puso a bautizar, llamando a la gente a prepararse, con aquel gesto de penitencia, a la inminente venida del Mesías, que Dios le había revelado durante su permanencia en el desierto de Judea. Por esto Él viene llamado “Bautista”, es decir “Bautizador” (cfr. Mt 3, 1-6). Cuando un día, desde Nazaret, viene Jesús mismo para hacerse bautizar, Juan primero rechazó, pero luego aceptó, y vio el Espíritu Santo posarse sobre Jesús y oyó la voz del Padre celeste que lo proclamaba su Hijo (Cftr. Mt, 3, 13-17). Pero su misión aún no se había cumplido: poco tiempo después, se le pidió que anticipara a Jesús también en la muerte violenta: Juan fue decapitado en la cárcel del rey Herodes y así dio pleno testimonio del Cordero de Dios, a quien él, primero que todos, había reconocido e indicado públicamente.
Queridos amigos, la Virgen María ayudó la anciana pariente Isabel a llevar hasta el último la concepción de Juan. Ella ayude a todos a seguir a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, que el Bautista anunció con gran humildad y ardor profético. (Traducción del italiano: Claudia Alberto – RV)
Después del canto mariano de Ángelus, el Papa ha recordado que hoy en Italia se celebra la Jornada para la caridad del Papa. El Pontífice ha agradecido a todas “las comunidades parroquiales, las familias y a los fieles el continuo apoyo y generosidad, que manifiestan y que beneficia a muchos de nuestros hermanos en necesidad”, ha dicho. En este sentido, el Santo Padre ha recordado que pasado mañana, martes, Dios mediante, hará una breve visita a las zonas afectadas por el reciente terremoto en el norte de Italia. Me gustaría que fuera un signo de solidaridad de toda la Iglesia, y por lo tanto os invito a todos a que me acompañéis con la oración.
Dirigiéndose luego a los peregrinos francófonos, Benedicto XVI ha señalado que “San Juan Bautista, el más grande entre los hijos de los hombres, fue capaz de reconocer al Señor. “Después de bautizar a Jesús en el río Jordán y de haberlo nombrado como el Mesías, desapareció humildemente ante él. Su ejemplo nos llama a convertirnos, a testimoniar a Cristo y anunciarlo a tiempo y contra el tiempo, siendo como san Juan, la voz que clama en el desierto, hasta el don de nuestras vidas”.
El Santo Padre ha saludado también con afecto a los peregrinos de habla Inglesa. Este domingo, les ha dicho, “celebramos el nacimiento de Juan el Bautista, el gran santo que preparó el camino para el Señor. Juan era una voz que clama en el desierto, llamando al pueblo de Dios al arrepentimiento. Escuchemos su voz hoy, y demos espacio para el Señor, en nuestros corazones”.
El Papa Joseph Ratzinger en su saludo a sus compatriotas y peregrinos de lengua alemana, hablando de Juan el Bautista, ha subrayado que fue el precursor del Señor. Su nombre significa "Dios es misericordioso" Su nacimiento fue para los familiares y los vecinos motivo de celebración y una ocasión para alabar a Dios. Pidamos a este precursor de Jesús su intercesión, para que también nosotros podamos participar, en la alegría y la compasión por el pueblo de Dios.
El Santo Padre finalmente, saludando a los fieles polacos, se ha unido espiritualmente al arzobispo de di Poznań, a los Padres Oratorianos y a todos los peregrinos que en el Santuario de la Madre di Dio en Gostyń festejan el 500° aniversario de su fundación (Traducción de Eduardo Rubió-RV)
Fuente: radiovaticana.org
viernes, 22 de junio de 2012
Texto completo de la alocución del Santo Padre al primer grupo de Obispos de la Conferencia Episcopal de Colombia en visita ad limina Apostolorum
Queridos hermanos en el Episcopado:
1. Con gran gozo los recibo, Pastores de la Iglesia de Dios que peregrina en Colombia, venidos a Roma para realizar su visita ad limina y estrechar así los vínculos que los unen con esta Sede Apostólica. Como Sucesor de Pedro, ésta es una preciosa oportunidad para reiterarles mi afecto y cordialidad. Agradezco las amables palabras que me ha dirigido, en nombre de todos, Monseñor Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá y Presidente de la Conferencia Episcopal, presentándome las realidades que les preocupan, así como los desafíos que han de afrontar las comunidades que presiden en la fe.
2. Conozco los esfuerzos que, tanto en el seno de la Conferencia Episcopal como en sus Iglesias particulares, han hecho en los últimos años para concretar iniciativas encaminadas a fomentar una corriente de renovada y fructífera evangelización. En efecto, Colombia no es ajena a las consecuencias del olvido de Dios. Mientras que años atrás era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a cuanto inspirado en ella, hoy no parece que sea así en vastos sectores de la sociedad, a causa de la crisis de valores espirituales y morales que incide negativamente en muchos de sus compatriotas. Es indispensable, pues, reavivar en todos los fieles su conciencia de ser discípulos y misioneros de Cristo, nutriendo las raíces de su fe, fortaleciendo su esperanza y vigorizando su testimonio de caridad.
3. A este respecto, ustedes han plasmado sus anhelos evangelizadores en el Plan Global de la Conferencia Episcopal (2012-2020), resultado de un consciente discernimiento de la hora que vive la Iglesia en Colombia. Les quiero animar a que sigan con tenacidad y perseverancia las pautas en él trazadas. Háganlo afianzando la comunión a la que están llamados los Obispos en el ejercicio de su misión, pues, concordando planteamientos pastorales y aunando voluntades, el ministerio que el Señor les confió alcanzará copiosos frutos. Con este mismo objetivo, aprovechen las reflexiones de la próxima Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, así como las propuestas del “Año de la fe” que he convocado, para ilustrar con ellas su magisterio e irrigar benéficamente su apostolado.
4. El creciente pluralismo religioso es un factor que exige una seria consideración. La presencia cada vez más activa de comunidades pentecostales y evangélicas, no sólo en Colombia, sino también en muchas regiones de América Latina, no puede ser ignorada ni minusvalorada. En este sentido, es evidente que el pueblo de Dios está llamado a purificarse y a revitalizar su fe dejándose guiar por el Espíritu Santo, para dar así nueva pujanza a su acción pastoral, pues «muchas veces la gente sincera que sale de nuestra Iglesia no lo hace por lo que los grupos “no católicos” creen, sino fundamentalmente por lo que ellos viven; no por razones doctrinales sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino pastorales; no por problemas teológicos sino metodológicos de nuestra Iglesia» (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento conclusivo, n. 225). Se trata, por tanto, de ser mejores creyentes, más piadosos, afables y acogedores en nuestras parroquias y comunidades, para que nadie se sienta lejano o excluido. Hay que potenciar la catequesis, otorgando una especial atención a los jóvenes y adultos; preparar con esmero las homilías, así como promover la enseñanza de la doctrina católica en las escuelas y universidades. Y todo esto para que se recobre en los bautizados su sentido de pertenencia a la Iglesia y se despierte en ellos la aspiración de compartir con otros la alegría de seguir a Cristo y ser miembros de su cuerpo místico. Es importante también apelar a la tradición eclesial, incrementar la espiritualidad mariana y cuidar la rica diversidad devocional. Facilitar un intercambio sereno y abierto con los otros cristianos, sin perder la propia identidad, puede ayudar igualmente a mejorar las relaciones con ellos y a superar desconfianzas y enfrentamientos innecesarios.
5. Movidos por el celo apostólico y mirando al bien común, no dejen ustedes de individuar cuanto entorpece el recto progreso de Colombia, buscando salir al encuentro de los que se hallan privados de libertad por causa de la inicua violencia. La contemplación del rostro lacerado de Cristo en la Cruz les ha de impulsar también a redoblar las medidas y los programas tendentes a acompañar amorosamente y a asistir a cuantos se hallan probados, de modo peculiar a los que son víctimas de desastres naturales, a los más pobres, a los campesinos, a los enfermos y afligidos, multiplicando las iniciativas solidarias y las obras de amor y misericordia en su favor. No olviden tampoco a quienes tienen que emigrar de su patria, porque han perdido su trabajo o se afanan por encontrarlo; a los que ven avasallados sus derechos fundamentales y son forzados a desplazarse de sus propias casas y a abandonar sus familias bajo la amenaza de la mano oscura del terror y la criminalidad; o a los que han caído en la red infausta del comercio de las drogas y las armas. Deseo alentarles a proseguir este camino de servicio generoso y fraterno, que no es resultado de un cálculo humano, sino que nace del amor a Dios y al prójimo, fuente en donde la Iglesia encuentra su fuerza para llevar a cabo su tarea, brindando a los demás lo que ella misma ha aprendido del ejemplo sublime de su divino Fundador.
6. Queridos hermanos en el Episcopado, si la gracia de Dios no lo precede y sostiene, el hombre pronto flaquea en sus propósitos por transformar el mundo. Por eso, para que la luz de lo Alto continúe haciendo fecundo el empeño profético y caritativo de la Iglesia en Colombia, insistan en favorecer en los fieles el encuentro personal con Jesucristo, de modo que oren sin desfallecer, mediten con asiduidad la Palabra de Dios y participen más digna y fervorosamente en los sacramentos, celebrados a tenor de las normas canónicas y los libros litúrgicos. Todo esto será cauce propicio para un idóneo itinerario de Iniciación Cristiana, invitará a todos a la conversión y a la santidad y cooperará a la tan necesaria renovación eclesial.
7. Al terminar este encuentro, pido al Omnipotente que el Nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en ustedes, y ustedes en Él (cf. 2 Ts 1,12). A la vez que los pongo bajo el amparo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, celestial Patrona de Colombia, les imparto complacido la implorada Bendición Apostólica, como prenda de paz y alegría en Jesucristo, Redentor del hombre.
Fuente: radiovaticana.org
1. Con gran gozo los recibo, Pastores de la Iglesia de Dios que peregrina en Colombia, venidos a Roma para realizar su visita ad limina y estrechar así los vínculos que los unen con esta Sede Apostólica. Como Sucesor de Pedro, ésta es una preciosa oportunidad para reiterarles mi afecto y cordialidad. Agradezco las amables palabras que me ha dirigido, en nombre de todos, Monseñor Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá y Presidente de la Conferencia Episcopal, presentándome las realidades que les preocupan, así como los desafíos que han de afrontar las comunidades que presiden en la fe.
2. Conozco los esfuerzos que, tanto en el seno de la Conferencia Episcopal como en sus Iglesias particulares, han hecho en los últimos años para concretar iniciativas encaminadas a fomentar una corriente de renovada y fructífera evangelización. En efecto, Colombia no es ajena a las consecuencias del olvido de Dios. Mientras que años atrás era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a cuanto inspirado en ella, hoy no parece que sea así en vastos sectores de la sociedad, a causa de la crisis de valores espirituales y morales que incide negativamente en muchos de sus compatriotas. Es indispensable, pues, reavivar en todos los fieles su conciencia de ser discípulos y misioneros de Cristo, nutriendo las raíces de su fe, fortaleciendo su esperanza y vigorizando su testimonio de caridad.
3. A este respecto, ustedes han plasmado sus anhelos evangelizadores en el Plan Global de la Conferencia Episcopal (2012-2020), resultado de un consciente discernimiento de la hora que vive la Iglesia en Colombia. Les quiero animar a que sigan con tenacidad y perseverancia las pautas en él trazadas. Háganlo afianzando la comunión a la que están llamados los Obispos en el ejercicio de su misión, pues, concordando planteamientos pastorales y aunando voluntades, el ministerio que el Señor les confió alcanzará copiosos frutos. Con este mismo objetivo, aprovechen las reflexiones de la próxima Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, así como las propuestas del “Año de la fe” que he convocado, para ilustrar con ellas su magisterio e irrigar benéficamente su apostolado.
4. El creciente pluralismo religioso es un factor que exige una seria consideración. La presencia cada vez más activa de comunidades pentecostales y evangélicas, no sólo en Colombia, sino también en muchas regiones de América Latina, no puede ser ignorada ni minusvalorada. En este sentido, es evidente que el pueblo de Dios está llamado a purificarse y a revitalizar su fe dejándose guiar por el Espíritu Santo, para dar así nueva pujanza a su acción pastoral, pues «muchas veces la gente sincera que sale de nuestra Iglesia no lo hace por lo que los grupos “no católicos” creen, sino fundamentalmente por lo que ellos viven; no por razones doctrinales sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino pastorales; no por problemas teológicos sino metodológicos de nuestra Iglesia» (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento conclusivo, n. 225). Se trata, por tanto, de ser mejores creyentes, más piadosos, afables y acogedores en nuestras parroquias y comunidades, para que nadie se sienta lejano o excluido. Hay que potenciar la catequesis, otorgando una especial atención a los jóvenes y adultos; preparar con esmero las homilías, así como promover la enseñanza de la doctrina católica en las escuelas y universidades. Y todo esto para que se recobre en los bautizados su sentido de pertenencia a la Iglesia y se despierte en ellos la aspiración de compartir con otros la alegría de seguir a Cristo y ser miembros de su cuerpo místico. Es importante también apelar a la tradición eclesial, incrementar la espiritualidad mariana y cuidar la rica diversidad devocional. Facilitar un intercambio sereno y abierto con los otros cristianos, sin perder la propia identidad, puede ayudar igualmente a mejorar las relaciones con ellos y a superar desconfianzas y enfrentamientos innecesarios.
5. Movidos por el celo apostólico y mirando al bien común, no dejen ustedes de individuar cuanto entorpece el recto progreso de Colombia, buscando salir al encuentro de los que se hallan privados de libertad por causa de la inicua violencia. La contemplación del rostro lacerado de Cristo en la Cruz les ha de impulsar también a redoblar las medidas y los programas tendentes a acompañar amorosamente y a asistir a cuantos se hallan probados, de modo peculiar a los que son víctimas de desastres naturales, a los más pobres, a los campesinos, a los enfermos y afligidos, multiplicando las iniciativas solidarias y las obras de amor y misericordia en su favor. No olviden tampoco a quienes tienen que emigrar de su patria, porque han perdido su trabajo o se afanan por encontrarlo; a los que ven avasallados sus derechos fundamentales y son forzados a desplazarse de sus propias casas y a abandonar sus familias bajo la amenaza de la mano oscura del terror y la criminalidad; o a los que han caído en la red infausta del comercio de las drogas y las armas. Deseo alentarles a proseguir este camino de servicio generoso y fraterno, que no es resultado de un cálculo humano, sino que nace del amor a Dios y al prójimo, fuente en donde la Iglesia encuentra su fuerza para llevar a cabo su tarea, brindando a los demás lo que ella misma ha aprendido del ejemplo sublime de su divino Fundador.
6. Queridos hermanos en el Episcopado, si la gracia de Dios no lo precede y sostiene, el hombre pronto flaquea en sus propósitos por transformar el mundo. Por eso, para que la luz de lo Alto continúe haciendo fecundo el empeño profético y caritativo de la Iglesia en Colombia, insistan en favorecer en los fieles el encuentro personal con Jesucristo, de modo que oren sin desfallecer, mediten con asiduidad la Palabra de Dios y participen más digna y fervorosamente en los sacramentos, celebrados a tenor de las normas canónicas y los libros litúrgicos. Todo esto será cauce propicio para un idóneo itinerario de Iniciación Cristiana, invitará a todos a la conversión y a la santidad y cooperará a la tan necesaria renovación eclesial.
7. Al terminar este encuentro, pido al Omnipotente que el Nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en ustedes, y ustedes en Él (cf. 2 Ts 1,12). A la vez que los pongo bajo el amparo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, celestial Patrona de Colombia, les imparto complacido la implorada Bendición Apostólica, como prenda de paz y alegría en Jesucristo, Redentor del hombre.
Fuente: radiovaticana.org
Texto del discurso del Presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana en la Visita ad Limina Apostolorum
(Audio) 

Beatísimo Padre,
Con la profunda alegría que nace de la comunión en la fe, la esperanza y el amor con Vuestra Santidad, venimos los obispos de Colombia a presentaros nuestro saludo de obediencia filial, a exponeros lo que está en nuestro corazón y a escuchar Vuestro Magisterio como Sucesor de Pedro y Pastor universal de la Iglesia.
Los orígenes y la historia de nuestra Patria han sido íntimamente plasmados por el Evangelio y por la presencia de la Iglesia como factor aglutinante de la nacionalidad. Hoy, sin embargo, la realidad nos muestra una Colombia pluralista, en la que la voz de la Iglesia parece ser una más entre las múltiples expresiones que nos golpean, especialmente a través de los medios de comunicación social.
En este contexto, la Iglesia en Colombia –siguiendo de cerca las directrices de la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en Aparecida- se esfuerza por hacer vibrar el mensaje redentor del Evangelio, con la fuerza misionera que le es propia, iluminando con la Luz de Jesucristo todos los ámbitos de la vida nacional.
Asumiendo los caminos de la nueva evangelización, trazados por Vuestra Santidad, y en la perspectiva del Año de la fe, queremos ser signo del amor de Jesucristo. Obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y laicos nos esforzamos por escuchar y asimilar en la oración el Evangelio, tal y como es proclamado por la Iglesia Universal y, de modo particular, por el riquísimo Magisterio de Vuestra Santidad; nos alimentamos fervientemente con los sacramentos, especialmente con la Eucaristía, y fortalecemos permanentemente la vivencia comunitaria.
De esta manera, la Iglesia se esfuerza todos los días por mostrar al mundo la belleza y la riqueza insondables del Evangelio y manifestar a nuestra sociedad la presencia salvadora del Señor resucitado, con el empeño de que los principios evangélicos sean reconocidos y aceptados en lo íntimo de la conciencia de cada colombiano y en las leyes de la República y crear, así, un marco propicio que oriente la vida personal y comunitaria de los ciudadanos.
Padre Santo, venimos hoy en peregrinación ad limina Apostolorum para escucharos con profunda devoción y que Vuestra Palabra nos aliente en nuestro humilde servicio al Evangelio y nos abra perspectivas nuevas para poder seguir adelante en el cumplimiento de la tarea que el Señor nos ha encomendado.
Beatísimo Padre,
Con la profunda alegría que nace de la comunión en la fe, la esperanza y el amor con Vuestra Santidad, venimos los obispos de Colombia a presentaros nuestro saludo de obediencia filial, a exponeros lo que está en nuestro corazón y a escuchar Vuestro Magisterio como Sucesor de Pedro y Pastor universal de la Iglesia.
Los orígenes y la historia de nuestra Patria han sido íntimamente plasmados por el Evangelio y por la presencia de la Iglesia como factor aglutinante de la nacionalidad. Hoy, sin embargo, la realidad nos muestra una Colombia pluralista, en la que la voz de la Iglesia parece ser una más entre las múltiples expresiones que nos golpean, especialmente a través de los medios de comunicación social.
En este contexto, la Iglesia en Colombia –siguiendo de cerca las directrices de la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en Aparecida- se esfuerza por hacer vibrar el mensaje redentor del Evangelio, con la fuerza misionera que le es propia, iluminando con la Luz de Jesucristo todos los ámbitos de la vida nacional.
Asumiendo los caminos de la nueva evangelización, trazados por Vuestra Santidad, y en la perspectiva del Año de la fe, queremos ser signo del amor de Jesucristo. Obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y laicos nos esforzamos por escuchar y asimilar en la oración el Evangelio, tal y como es proclamado por la Iglesia Universal y, de modo particular, por el riquísimo Magisterio de Vuestra Santidad; nos alimentamos fervientemente con los sacramentos, especialmente con la Eucaristía, y fortalecemos permanentemente la vivencia comunitaria.
De esta manera, la Iglesia se esfuerza todos los días por mostrar al mundo la belleza y la riqueza insondables del Evangelio y manifestar a nuestra sociedad la presencia salvadora del Señor resucitado, con el empeño de que los principios evangélicos sean reconocidos y aceptados en lo íntimo de la conciencia de cada colombiano y en las leyes de la República y crear, así, un marco propicio que oriente la vida personal y comunitaria de los ciudadanos.
Padre Santo, venimos hoy en peregrinación ad limina Apostolorum para escucharos con profunda devoción y que Vuestra Palabra nos aliente en nuestro humilde servicio al Evangelio y nos abra perspectivas nuevas para poder seguir adelante en el cumplimiento de la tarea que el Señor nos ha encomendado.
Imploramos Vuestra Bendición Apostólica sobre todos los hijos de nuestra Patria. Todos anhelamos poder tener un día Vuestra presencia entre nosotros como prenda del amor y la misericordia de Dios en medio de nuestro continuo afán por la reconciliación, la justicia y la paz.
+ Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá
Presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana
Fuente: radiovaticana.org
+ Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá
Presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana
Fuente: radiovaticana.org
jueves, 21 de junio de 2012
Falleció el Obispo más joven del Concilio Vaticano II
El Arzobispo del Cusco, Mons. Juan Antonio Ugarte Pérez, comunica la partida a la Casa de Dios, Padre de Mons. Alcides Mendoza Castro, información que la Arquidiócesis del Cusco recibe con inevitable tristeza. El deceso de quien fue Arzobispo del Cusco, acaeció anoche en la ciudad de Lima, a la edad de 84 años, tras padecer con fortaleza un doloroso cáncer.
Los restos mortales de Mons. Alcides Mendoza Castro, se están velando hoy en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús María, El Derby, Surco-Lima y mañana viernes arribarán al Aeropuerto Alejandro Velasco Astete del Cusco, a la 01:30 p.m., para ser trasladado a la Basílica de la Catedral.
Mons. Juan Antonio Ugarte Pérez, ruega a la feligresía cusqueña una oración a Dios por su eterno descanso, e invita a participar en los actos del velatorio y sepelio que se realizarán en la misma Catedral, pues sus restos serán depositados en la Cripta del Señor de los Temblores.
PARA EL CONOCIMIENTO DE ALGUNOS Y EL RECUERDO DE OTROS, AQUÍ ALGO BREVE DE LA VIDA Y TRAYECTORIA DE SU EXCELENCIA REVERENDÍSIMA MONS. ALCIDES MENDOZA CASTRO:
Nació el 14 de marzo de 1928, recibió la Ordenación Sacerdotal el 15 de septiembre de 1951. Fue consagrado Obispo el 06 de julio de 1958, convirtiéndose en el Obispo más joven del mundo, siendo Abancay su primera Diócesis.
Participó en las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II, siendo el Obispo más joven de este evento, con solo 34 años de edad.
Luego de una fructífera labor de Obispo de Abancay, fue nombrado Ordinario Castrense del Perú, con el grado de General.
El 05 de octubre de 1983, Juan Pablo II lo nombró Arzobispo del Cusco. En 1985 recibió la visita del Beato Juan Pablo II a la Arquidiócesis y al actual Benedicto XVI cuando fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en 1986.
En el 2008 cumplió 50 años de misión episcopal y el 07 de junio, del mismo año, el entonces Presidente del Perú, lo condecoró con la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos en el Grado de Gran Cruz.
Su lema episcopal: “Cum Maria Matre Iesu: Con María, la Madre de Jesús”. Tras padecer con fortaleza heróica un doloroso cáncer, su “dies natalis”, donde entró en la casa del Padre, el 20 de junio de 2012, en Lima.
Fuente: arzobispadodelcusco.org
Los restos mortales de Mons. Alcides Mendoza Castro, se están velando hoy en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús María, El Derby, Surco-Lima y mañana viernes arribarán al Aeropuerto Alejandro Velasco Astete del Cusco, a la 01:30 p.m., para ser trasladado a la Basílica de la Catedral.
Mons. Juan Antonio Ugarte Pérez, ruega a la feligresía cusqueña una oración a Dios por su eterno descanso, e invita a participar en los actos del velatorio y sepelio que se realizarán en la misma Catedral, pues sus restos serán depositados en la Cripta del Señor de los Temblores.
PARA EL CONOCIMIENTO DE ALGUNOS Y EL RECUERDO DE OTROS, AQUÍ ALGO BREVE DE LA VIDA Y TRAYECTORIA DE SU EXCELENCIA REVERENDÍSIMA MONS. ALCIDES MENDOZA CASTRO:
Nació el 14 de marzo de 1928, recibió la Ordenación Sacerdotal el 15 de septiembre de 1951. Fue consagrado Obispo el 06 de julio de 1958, convirtiéndose en el Obispo más joven del mundo, siendo Abancay su primera Diócesis.
Participó en las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II, siendo el Obispo más joven de este evento, con solo 34 años de edad.
Luego de una fructífera labor de Obispo de Abancay, fue nombrado Ordinario Castrense del Perú, con el grado de General.
El 05 de octubre de 1983, Juan Pablo II lo nombró Arzobispo del Cusco. En 1985 recibió la visita del Beato Juan Pablo II a la Arquidiócesis y al actual Benedicto XVI cuando fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en 1986.
En el 2008 cumplió 50 años de misión episcopal y el 07 de junio, del mismo año, el entonces Presidente del Perú, lo condecoró con la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos en el Grado de Gran Cruz.
Su lema episcopal: “Cum Maria Matre Iesu: Con María, la Madre de Jesús”. Tras padecer con fortaleza heróica un doloroso cáncer, su “dies natalis”, donde entró en la casa del Padre, el 20 de junio de 2012, en Lima.
Fuente: arzobispadodelcusco.org
Presentación del Año de la Fe
(Con Audio) Este 21 de junio en el Aula Juan Pablo II de la Oficina de prensa de la Santa Sede se presentó el Año de la Fe, que comenzará el próximo 11 de octubre en el 50 aniversario de apertura del Concilio Vaticano II y que concluirá el 24 de noviembre de 2013, en la Solemnidad de Cristo Rey del Universo.
En la presentación intervinieron Mons. Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización y el subsecretario del dicasterio, Mons. Graham Bell. Patricia Ynestroza conversó con Mons. Fisichella (Audio)
Mons. Fisichella, destacó que Benedicto XVI en su Carta Apostólica “Porta fidei”, escribe que desde el inicio de su ministerio como Sucesor de Pedro ha tenido como máxima exigencia “redescubrir el camino de la fe para iluminar y poner cada vez en mayor evidencia la alegría y el renovado entusiasmo del encuentro con Cristo.
“La fe” y “la nueva evangelización”, como ha señalado Mons Fisichella, son los pilares y los grandes desafíos que serán puestos a debate durante la XIIIª Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos que abrirá sus puertas también el próximo mes de octubre en Roma y cuya presentación tuvo lugar el martes pasado.
Al anunciar el Año de la Fe, el pasado mes de octubre, durante la Eucaristía conclusiva del encuentro "Nuevos evangelizadores para la nueva evangelización" que se realizó en el Vaticano, el Papa dijo que este tiempo busca "dar un renovado impulso a la misión de toda la Iglesia, para conducir a los hombres, lejos del desierto en el cual muy a menudo se encuentran sus vidas, a la amistad con Cristo que nos da su vida plenamente".
Este Año de la Fe, dijo el Santo Padre, "será un momento de gracia y de compromiso por una cada vez más plena conversión a Dios, para reforzar nuestra fe en Él y para anunciarlo con gozo al hombre de nuestro tiempo".
Recordamos que la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el pasado mes de enero una "Nota con indicaciones pastorales para el Año de la Fe" querido y decretado por el Papa Benedicto XVI, en la que se resalta la centralidad del Catecismo de la Iglesia Católica y los documentos del Concilio Vaticano II para esta importante celebración.
Fuente: radiovaticana.org
miércoles, 20 de junio de 2012
Texto completo de la catequesis del Papa Benedicto XVI (20 de junio 2012)
Texto completo de la catequesis del Papa:
Queridos hermanos y hermanas,
Nuestra oración muy a menudo tiene necesidad de ayuda, es normal para el hombre, porque necesitamos ayuda, necesitamos de los otros, necesitamos a Dios, por eso para nosotros es normal pedir algo de Dios, buscar la ayuda de Dios y debemos recordar que la oración que el Señor nos ha enseñado, el Padre Nuestro, es una oración de petición y con esta oración, el Señor nos enseña las prioridades de nuestra oración. Limpia, purifica nuestros deseos, y así limpia y purifica nuestros corazones. Así que si es algo normal que pidamos en la oración alguna cosa, también es normal que la oración sea una ocasión para dar gracias. Si prestamos un poco de atención, vemos que de Dios recibimos tantas cosas buenas. Es tan bueno con nosotros, que conviene que le demos las gracias. Y debe ser también una oración de alabanza. Nuestro corazón está abierto, porque a pesar de todos los problemas, vemos también la belleza de su creación, la bondad que se muestra en su creación. Así que debemos no solo rogar, sino también alabar y dar las gracias. Sólo así nuestra oración es completa.
En sus cartas, San Pablo habla no sólo de la oración, sino que contienen oraciones, oraciones de solicitud, pero también de alabanza y bendición por todo lo que Dios ha hecho y sigue ofreciendo en la historia de la humanidad.
Hoy quiero centrarme en el primer capítulo de la Epístola a los Efesios, que comienza con una oración, que es un himno de bendición, una expresión de gratitud y alegría. San Pablo bendice a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque en Él nos hizo "conocer el misterio de su voluntad" (Ef 1,9). Realmente es motivo de acción de gracias si Dios nos descubre su voluntad con nosotros, por nosotros. El misterio de su voluntad ", Mysterion", "Misterio", es un término que se repite con frecuencia en la Sagrada Escritura y en la Liturgia. No quiero entrar ahora en la filología del lenguaje común, que indica lo que no se puede conocer, una realidad que no podemos abarcar con nuestra propia inteligencia. El himno que abre la Carta a los Efesios nos lleva de la mano hacia un significado más profundo de este término y de la realidad que nos muestra. Para los creyentes, "misterio" no es tanto lo desconocido, cuanto la voluntad misericordiosa de Dios, su designio de amor que en Jesucristo se revela plenamente y nos ofrece la posibilidad de "comprender con todos los santos, cuál es la 'anchura, la longitud, la altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo "(Efesios 3:18-19). El misterio desconocido de Dios se revela, y es que Dios nos ama y nos ama desde el principio, desde la eternidad.
Hagamos una pequeña pausa sobre "esta oración solemne y profunda. “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 1,3). San Pablo utiliza el verbo "euloghein", que normalmente se traduce la palabra hebrea "barak", es decir: alabar, glorificar, dar gracias a Dios el Padre como el origen de los bienes de la salvación como Aquel que "nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los cielos en Cristo".
El Apóstol, da las gracias, alaba, pero también reflexiona sobre las razones de esta alabanza, de este agradecimiento, presentando los elementos clave del plan divino y sus etapas. En primer lugar tenemos que bendecir a Dios Padre, porque según San Pablo, "Dios nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor". (v. 4). Lo que nos hace santos y sin mancha es la caridad. Dios nos ha llamado a la existencia, a la santidad, y esta elección precede incluso la creación del mundo. Desde siempre estamos en el designio de Dios, en su pensamiento. Con el profeta Jeremías, podemos afirmar también nosotros que antes de formarnos en el vientre de nuestra madre, Él ya nos conocía (cf. Jr 1,5), y conociéndonos nos amó. La vocación a la santidad, es decir, a la comunión con Dios, pertenece al plan eterno de este Dios, un diseño que se extiende a la historia y comprende a todos los hombres y mujeres del mundo, porque es una llamada universal. Dios no excluye a nadie, su proyecto es sólo para de amor. San Juan Crisóstomo afirma: "Dios mismo nos ha hecho santos, pero no estamos llamados a permanecer santos. Santo es aquel que vive por la fe "(Homilías sobre la Epístola a los Efesios, 1,1,4).
San Pablo continúa: Dios nos ha predestinado, nos ha elegido a ser "hijos adoptivos por medio de Jesucristo", a ser incorporados a su Hijo Unigénito. El Apóstol pone de relieve la gratuidad de este maravilloso plan de Dios para la humanidad. Dios nos escoge a nosotros no porque somos buenos, sino porque Él es bueno. En la antigüedad existía sobre la bondad una frase latina “bonum diffusivum sui” la esencia de lo bueno nos comunica, se extiende, porque Dios es la bondad, es comunicación de bondad, quiere comunicar su bondad a nosotros y nos quiere hacer buenos y santos.
En el centro de la oración de bendición, el Apóstol muestra la forma en que se lleva a cabo el plan de salvación del Padre en Cristo, en su Hijo amado. Escribe: " En él hemos sido redimidos por su sangre y hemos recibido el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia " (Efesios 1,7). El sacrificio de la cruz de Cristo es el acontecimiento único e irrepetible con el que el Padre ha mostrado de manera luminosa su amor por nosotros, no sólo de palabra, sino de manera concreta, Dios es tan real y su amor se concretiza, que entra en la historia, se hace el mismo hombre para ver lo que se siente, cómo es este mundo creado y acepta el camino del sufrimiento de la pasión, padeciendo incluso la muerte. Tan real es el amor de Dios que participa en nuestro ser, no sólo eso, sino en nuestro sufrir y morir.
El sacrificio de la cruz significa que llegamos a ser "propiedad de Dios," porque la sangre de Cristo nos redimió del pecado, nos limpia de todo mal, nos saca de la esclavitud del pecado y de la muerte. San Pablo nos invita a considerar qué tan profundo es el amor de Dios que transforma la historia, que ha transformado su propia vida de perseguidor de los cristianos a Apóstol incansable del Evangelio. Hagámonos eco una vez más, de las tranquilizadoras palabras de la Epístola a los Romanos: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores?... Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”(Rm 8,31-32.38-39). De esta certeza: “Dios es para nosotros”, ninguna criatura podrá separarnos, porque su amor es más fuerte. Tenemos que entrarla en nuestro ser, en nuestra conciencia de cristianos.
Por último, la bendición divina se cierra con una referencia al Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones; el Paráclito que hemos recibido como sello prometido “Ese Espíritu - dice Pablo - es el anticipo de nuestra herencia y prepara la redención del pueblo que Dios adquirió para sí, para alabanza de su gloria (Ef 1,14)”. La redención no es aún completa - lo percibimos - sino que alcanzará su cumplimiento pleno cuando los que Dios ha comprado serán salvados en su totalidad. Todavía estamos en el camino de la redención, cuya esencial realidad es dada con la muerte y resurrección de Jesús. Estamos en camino hacia la plena liberación de los hijos de Dios. Y el Espíritu Santo es certeza de que Dios cumplirá su plan de salvación, cuando reunirá “todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, bajo un solo jefe, que es Cristo” (Ef 1,10). San Juan Crisóstomo comenta sobre este punto que: "Dios nos eligió para su fe en nosotros y ha impreso en nosotros el sello para la herencia de la gloria futura" (Homilías sobre la Epístola a los Efesios 2:11-14). Tenemos que aceptar que el camino de la redención es también un camino nuestro, porque Dios quiere criaturas libres, que digan ‘sí’ libremente. Pero ante todo éste fue su camino. Ahora estamos en sus manos y tenemos la libertad de proseguir por el camino abierto por Él. Vamos en este camino de la redención y avanzando con Cristo percibimos que la redención se realiza.
La visión que nos presenta san Pablo en esta gran oración de bendición nos ha conducido a contemplar la acción de las tres Personas de la Santísima Trinidad: el Padre, quien nos escogió antes de la creación del mundo, que nos pensó y creó; el Hijo que nos redimió mediante su sangre y el Espíritu Santo, anticipo de nuestra redención y de la gloria futura. En la oración nos abrimos a la contemplación de este gran misterio, que es el plan divino de amor en la historia humana, en nuestra historia personal. En la oración constante, en la relación diaria con Dios, aprendemos también nosotros, como san Pablo, a vislumbrar cada vez más claramente los signos de este diseño y esta acción: en la belleza del Creador que emerge en sus criaturas (cf. Ef 3 , 9), como canta San Francisco de Asís: "Alabado seas mi Señor, con todas tus criaturas" (Tus FF 263). Es importante estar atentos – precisamente en este tiempo de vacaciones - a la belleza de la creación y ver translucir en esta belleza el rostro de Dios. En sus vidas, los Santos, muestran de forma luminosa qué puede hacer el poder de Dios en la debilidad del hombre y puede hacerlo también en nosotros. En toda la historia de la salvación, en la que Dios se ha acercado a nosotros, Él espera con paciencia nuestros tiempos, comprende nuestras infidelidades, alienta nuestros esfuerzos y nos guía.
En la oración aprendemos a ver los signos de este plan misericordioso en el camino de la Iglesia. Así crecemos en el amor de Dios, abriendo la puerta para que la Santísima Trinidad venga a habitar en nosotros, ilumine, caliente y guíe nuestras vidas. "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él " (Jn 14:23), dice Jesús, prometiendo a sus discípulos el don del Espíritu Santo, que enseñará todo. San Ireneo dice que ‘en la Encarnación, el Espíritu Santo se acostumbró a estar en el hombre. En la oración, debemos acostumbrarnos a estar con Dios Esto es muy importante, porque aprendemos a estar con Dios y así vemos cuán hermoso que es estar con Él, que es la redención.
Queridos amigos, cuando la oración alimenta nuestra vida espiritual nos volvemos capaces de conservar lo que san Pablo llama "el misterio de la fe" en una conciencia pura (cfr 1 Tm 3,9). La oración - como manera de acostumbrarse a estar con Dios – genera hombres y mujeres animados, no por el egoísmo, el afán de poseer, la sed de poder, sino por la gratuidad, el anhelo de amar, la sed de servir, animados por Dios, y sólo así, se puede llevar la luz a la oscuridad del mundo.
Quisiera concluir esta catequesis con el epílogo de la Carta a los Romanos. Con san Pablo, también nosotros demos gloria a Dios, porque nos ha dicho todo acerca de sí mismo en Jesucristo y nos ha donado el Consolador, el Espíritu de la verdad. San Pablo escribe al final de la Carta a los Romanos: " ¡Gloria a Dios, que tiene el poder de afianzarlos, según la Buena Noticia que yo anuncio, proclamando a Jesucristo, y revelando un misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad y que ahora se ha manifestado! Este es el misterio que, por medio de los escritos proféticos y según el designio del Dios eterno, fue dado a conocer a todas las naciones para llevarlas a la obediencia de la fe. ¡A Dios, el único sabio, por Jesucristo, sea la gloria eternamente! Amén"(16,25-27). Gracias.
(Traducción del italiano: Eduardo Rubió y Cecilia de Malak)
Fuente: radiovaticana.org
Queridos hermanos y hermanas,
Nuestra oración muy a menudo tiene necesidad de ayuda, es normal para el hombre, porque necesitamos ayuda, necesitamos de los otros, necesitamos a Dios, por eso para nosotros es normal pedir algo de Dios, buscar la ayuda de Dios y debemos recordar que la oración que el Señor nos ha enseñado, el Padre Nuestro, es una oración de petición y con esta oración, el Señor nos enseña las prioridades de nuestra oración. Limpia, purifica nuestros deseos, y así limpia y purifica nuestros corazones. Así que si es algo normal que pidamos en la oración alguna cosa, también es normal que la oración sea una ocasión para dar gracias. Si prestamos un poco de atención, vemos que de Dios recibimos tantas cosas buenas. Es tan bueno con nosotros, que conviene que le demos las gracias. Y debe ser también una oración de alabanza. Nuestro corazón está abierto, porque a pesar de todos los problemas, vemos también la belleza de su creación, la bondad que se muestra en su creación. Así que debemos no solo rogar, sino también alabar y dar las gracias. Sólo así nuestra oración es completa.
En sus cartas, San Pablo habla no sólo de la oración, sino que contienen oraciones, oraciones de solicitud, pero también de alabanza y bendición por todo lo que Dios ha hecho y sigue ofreciendo en la historia de la humanidad.
Hoy quiero centrarme en el primer capítulo de la Epístola a los Efesios, que comienza con una oración, que es un himno de bendición, una expresión de gratitud y alegría. San Pablo bendice a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque en Él nos hizo "conocer el misterio de su voluntad" (Ef 1,9). Realmente es motivo de acción de gracias si Dios nos descubre su voluntad con nosotros, por nosotros. El misterio de su voluntad ", Mysterion", "Misterio", es un término que se repite con frecuencia en la Sagrada Escritura y en la Liturgia. No quiero entrar ahora en la filología del lenguaje común, que indica lo que no se puede conocer, una realidad que no podemos abarcar con nuestra propia inteligencia. El himno que abre la Carta a los Efesios nos lleva de la mano hacia un significado más profundo de este término y de la realidad que nos muestra. Para los creyentes, "misterio" no es tanto lo desconocido, cuanto la voluntad misericordiosa de Dios, su designio de amor que en Jesucristo se revela plenamente y nos ofrece la posibilidad de "comprender con todos los santos, cuál es la 'anchura, la longitud, la altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo "(Efesios 3:18-19). El misterio desconocido de Dios se revela, y es que Dios nos ama y nos ama desde el principio, desde la eternidad.
Hagamos una pequeña pausa sobre "esta oración solemne y profunda. “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 1,3). San Pablo utiliza el verbo "euloghein", que normalmente se traduce la palabra hebrea "barak", es decir: alabar, glorificar, dar gracias a Dios el Padre como el origen de los bienes de la salvación como Aquel que "nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los cielos en Cristo".
El Apóstol, da las gracias, alaba, pero también reflexiona sobre las razones de esta alabanza, de este agradecimiento, presentando los elementos clave del plan divino y sus etapas. En primer lugar tenemos que bendecir a Dios Padre, porque según San Pablo, "Dios nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor". (v. 4). Lo que nos hace santos y sin mancha es la caridad. Dios nos ha llamado a la existencia, a la santidad, y esta elección precede incluso la creación del mundo. Desde siempre estamos en el designio de Dios, en su pensamiento. Con el profeta Jeremías, podemos afirmar también nosotros que antes de formarnos en el vientre de nuestra madre, Él ya nos conocía (cf. Jr 1,5), y conociéndonos nos amó. La vocación a la santidad, es decir, a la comunión con Dios, pertenece al plan eterno de este Dios, un diseño que se extiende a la historia y comprende a todos los hombres y mujeres del mundo, porque es una llamada universal. Dios no excluye a nadie, su proyecto es sólo para de amor. San Juan Crisóstomo afirma: "Dios mismo nos ha hecho santos, pero no estamos llamados a permanecer santos. Santo es aquel que vive por la fe "(Homilías sobre la Epístola a los Efesios, 1,1,4).
San Pablo continúa: Dios nos ha predestinado, nos ha elegido a ser "hijos adoptivos por medio de Jesucristo", a ser incorporados a su Hijo Unigénito. El Apóstol pone de relieve la gratuidad de este maravilloso plan de Dios para la humanidad. Dios nos escoge a nosotros no porque somos buenos, sino porque Él es bueno. En la antigüedad existía sobre la bondad una frase latina “bonum diffusivum sui” la esencia de lo bueno nos comunica, se extiende, porque Dios es la bondad, es comunicación de bondad, quiere comunicar su bondad a nosotros y nos quiere hacer buenos y santos.
En el centro de la oración de bendición, el Apóstol muestra la forma en que se lleva a cabo el plan de salvación del Padre en Cristo, en su Hijo amado. Escribe: " En él hemos sido redimidos por su sangre y hemos recibido el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia " (Efesios 1,7). El sacrificio de la cruz de Cristo es el acontecimiento único e irrepetible con el que el Padre ha mostrado de manera luminosa su amor por nosotros, no sólo de palabra, sino de manera concreta, Dios es tan real y su amor se concretiza, que entra en la historia, se hace el mismo hombre para ver lo que se siente, cómo es este mundo creado y acepta el camino del sufrimiento de la pasión, padeciendo incluso la muerte. Tan real es el amor de Dios que participa en nuestro ser, no sólo eso, sino en nuestro sufrir y morir.
El sacrificio de la cruz significa que llegamos a ser "propiedad de Dios," porque la sangre de Cristo nos redimió del pecado, nos limpia de todo mal, nos saca de la esclavitud del pecado y de la muerte. San Pablo nos invita a considerar qué tan profundo es el amor de Dios que transforma la historia, que ha transformado su propia vida de perseguidor de los cristianos a Apóstol incansable del Evangelio. Hagámonos eco una vez más, de las tranquilizadoras palabras de la Epístola a los Romanos: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores?... Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”(Rm 8,31-32.38-39). De esta certeza: “Dios es para nosotros”, ninguna criatura podrá separarnos, porque su amor es más fuerte. Tenemos que entrarla en nuestro ser, en nuestra conciencia de cristianos.
Por último, la bendición divina se cierra con una referencia al Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones; el Paráclito que hemos recibido como sello prometido “Ese Espíritu - dice Pablo - es el anticipo de nuestra herencia y prepara la redención del pueblo que Dios adquirió para sí, para alabanza de su gloria (Ef 1,14)”. La redención no es aún completa - lo percibimos - sino que alcanzará su cumplimiento pleno cuando los que Dios ha comprado serán salvados en su totalidad. Todavía estamos en el camino de la redención, cuya esencial realidad es dada con la muerte y resurrección de Jesús. Estamos en camino hacia la plena liberación de los hijos de Dios. Y el Espíritu Santo es certeza de que Dios cumplirá su plan de salvación, cuando reunirá “todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, bajo un solo jefe, que es Cristo” (Ef 1,10). San Juan Crisóstomo comenta sobre este punto que: "Dios nos eligió para su fe en nosotros y ha impreso en nosotros el sello para la herencia de la gloria futura" (Homilías sobre la Epístola a los Efesios 2:11-14). Tenemos que aceptar que el camino de la redención es también un camino nuestro, porque Dios quiere criaturas libres, que digan ‘sí’ libremente. Pero ante todo éste fue su camino. Ahora estamos en sus manos y tenemos la libertad de proseguir por el camino abierto por Él. Vamos en este camino de la redención y avanzando con Cristo percibimos que la redención se realiza.
La visión que nos presenta san Pablo en esta gran oración de bendición nos ha conducido a contemplar la acción de las tres Personas de la Santísima Trinidad: el Padre, quien nos escogió antes de la creación del mundo, que nos pensó y creó; el Hijo que nos redimió mediante su sangre y el Espíritu Santo, anticipo de nuestra redención y de la gloria futura. En la oración nos abrimos a la contemplación de este gran misterio, que es el plan divino de amor en la historia humana, en nuestra historia personal. En la oración constante, en la relación diaria con Dios, aprendemos también nosotros, como san Pablo, a vislumbrar cada vez más claramente los signos de este diseño y esta acción: en la belleza del Creador que emerge en sus criaturas (cf. Ef 3 , 9), como canta San Francisco de Asís: "Alabado seas mi Señor, con todas tus criaturas" (Tus FF 263). Es importante estar atentos – precisamente en este tiempo de vacaciones - a la belleza de la creación y ver translucir en esta belleza el rostro de Dios. En sus vidas, los Santos, muestran de forma luminosa qué puede hacer el poder de Dios en la debilidad del hombre y puede hacerlo también en nosotros. En toda la historia de la salvación, en la que Dios se ha acercado a nosotros, Él espera con paciencia nuestros tiempos, comprende nuestras infidelidades, alienta nuestros esfuerzos y nos guía.
En la oración aprendemos a ver los signos de este plan misericordioso en el camino de la Iglesia. Así crecemos en el amor de Dios, abriendo la puerta para que la Santísima Trinidad venga a habitar en nosotros, ilumine, caliente y guíe nuestras vidas. "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él " (Jn 14:23), dice Jesús, prometiendo a sus discípulos el don del Espíritu Santo, que enseñará todo. San Ireneo dice que ‘en la Encarnación, el Espíritu Santo se acostumbró a estar en el hombre. En la oración, debemos acostumbrarnos a estar con Dios Esto es muy importante, porque aprendemos a estar con Dios y así vemos cuán hermoso que es estar con Él, que es la redención.
Queridos amigos, cuando la oración alimenta nuestra vida espiritual nos volvemos capaces de conservar lo que san Pablo llama "el misterio de la fe" en una conciencia pura (cfr 1 Tm 3,9). La oración - como manera de acostumbrarse a estar con Dios – genera hombres y mujeres animados, no por el egoísmo, el afán de poseer, la sed de poder, sino por la gratuidad, el anhelo de amar, la sed de servir, animados por Dios, y sólo así, se puede llevar la luz a la oscuridad del mundo.
Quisiera concluir esta catequesis con el epílogo de la Carta a los Romanos. Con san Pablo, también nosotros demos gloria a Dios, porque nos ha dicho todo acerca de sí mismo en Jesucristo y nos ha donado el Consolador, el Espíritu de la verdad. San Pablo escribe al final de la Carta a los Romanos: " ¡Gloria a Dios, que tiene el poder de afianzarlos, según la Buena Noticia que yo anuncio, proclamando a Jesucristo, y revelando un misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad y que ahora se ha manifestado! Este es el misterio que, por medio de los escritos proféticos y según el designio del Dios eterno, fue dado a conocer a todas las naciones para llevarlas a la obediencia de la fe. ¡A Dios, el único sabio, por Jesucristo, sea la gloria eternamente! Amén"(16,25-27). Gracias.
(Traducción del italiano: Eduardo Rubió y Cecilia de Malak)
Fuente: radiovaticana.org
domingo, 17 de junio de 2012
Videomensaje de Benedicto XVI a los participantes del 50° Congreso Eucarístico Internacional (Dublín, Irlanda)
Queridos hermanos y hermanas:
Con gran afecto en el Señor, saludo a todos los que os habéis reunido en Dublín para el 50 Congreso Eucarístico Internacional, en especial al Señor Cardenal Brady, al Señor Arzobispo Martín, al clero, a las personas consagradas, a los fieles de Irlanda y a todos los que habéis venido desde lejos para apoyar a la Iglesia en Irlanda con vuestra presencia y vuestras oraciones.
El tema del Congreso – «La Eucaristía: Comunión con Cristo y entre nosotros» – nos lleva a reflexionar sobre la Iglesia como misterio de comunión con el Señor y con todos los miembros de su cuerpo. Desde los primeros tiempos, la noción de koinonia ocommunio ha sido central en la comprensión que la Iglesia ha tenido de sí misma, de su relación con Cristo, su Fundador, y de los sacramentos que celebra, sobre todo la Eucaristía. Mediante el Bautismo, se nos incorpora a la muerte de Cristo, renaciendo en la gran familia de los hermanos y hermanas de Jesucristo; por la Confirmación recibimos el sello del Espíritu Santo y, por nuestra participación en la Eucaristía, entramos en comunión con Cristo y se hace visible en la tierra la comunión con los demás. Recibimos también la prenda de la vida eterna futura.
El Congreso tiene lugar en un momento en el que la Iglesia se prepara en todo el mundo para celebrar el Año de la Fe, para conmemorar el quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, un acontecimiento que puso en marcha la más amplia renovación del rito romano que jamás se haya conocido. Basado en un examen profundo de las fuentes de la liturgia, el Concilio promovió la participación plena y activa de los fieles en el sacrificio eucarístico. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, y a la luz de la experiencia de la Iglesia universal en este periodo, es evidente que los deseos de los Padres Conciliares sobre la renovación litúrgica se han logrado en gran parte, pero es igualmente claro que ha habido muchos malentendidos e irregularidades. La renovación de las formas externas querida por los Padres Conciliares se pensó para que fuera más fácil entrar en la profundidad interior del misterio. Su verdadero propósito era llevar a las personas a un encuentro personal con el Señor, presente en la Eucaristía, y por tanto con el Dios vivo, para que a través de este contacto con el amor de Cristo, pudiera crecer también el amor de sus hermanos y hermanas entre sí. Sin embargo, la revisión de las formas litúrgicas se ha quedado con cierta frecuencia en un nivel externo, y la «participación activa» se ha confundido con la mera actividad externa. Por tanto, queda todavía mucho por hacer en el camino de la renovación litúrgica real. En un mundo que ha cambiado, y cada vez más obsesionado con las cosas materiales, debemos aprender a reconocer de nuevo la presencia misteriosa del Señor resucitado, el único que puede dar amplitud y profundidad a nuestra vida.
La Eucaristía es el culto de toda la Iglesia, pero requiere igualmente el pleno compromiso de cada cristiano en la misión de la Iglesia; implica una llamada a ser pueblo santo de Dios, pero también a la santidad personal; se ha de celebrar con gran alegría y sencillez, pero también tan digna y reverentemente como sea posible; nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados, pero también a perdonar a nuestros hermanos y hermanas; nos une en el Espíritu, pero también nos da el mandato del mismo Espíritu de llevar la Buena Nueva de la salvación a otros.
Por otra parte, la Eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo en la cruz; su cuerpo y su sangre instauran la nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados y la transformación del mundo. Durante siglos, Irlanda ha sido forjada en lo más hondo por la santa Misa y por la fuerza de su gracia, así como por las generaciones de monjes, mártires y misioneros que han vivido heroicamente la fe en el país y difundido la Buena Nueva del amor de Dios y el perdón más allá de sus costos. Sois los herederos de una Iglesia que ha sido una fuerza poderosa para el bien del mundo, y que ha llevado un amor profundo y duradero a Cristo y a su bienaventurada Madre a muchos, a muchos otros. Vuestros antepasados en la Iglesia en Irlanda supieron cómo esforzarse por la santidad y la constancia en su vida personal, cómo proclamar el gozo que proviene del Evangelio, cómo inculcar la importancia de pertenecer a la Iglesia universal, en comunión con la Sede de Pedro, y la forma de transmitir el amor a la fe y la virtud cristiana a otras generaciones. Nuestra fe católica, imbuida de un sentido radical de la presencia de Dios, fascinada por la belleza de su creación que nos rodea y purificada por la penitencia personal y la conciencia del perdón de Dios, es un legado que sin duda se perfecciona y se alimenta cuando se lleva regularmente al altar del Señor en el sacrificio de la Misa. La gratitud y la alegría por una historia tan grande de fe y de amor se han visto recientemente conmocionados de una manera terrible al salir a la luz los pecados cometidos por sacerdotes y personas consagradas contra personas confiadas a sus cuidados. En lugar de mostrarles el camino hacia Cristo, hacia Dios, en lugar de dar testimonio de su bondad, abusaron de ellos, socavando la credibilidad del mensaje de la Iglesia. ¿Cómo se explica el que personas que reciben regularmente el cuerpo del Señor y confiesan sus pecados en el sacramento de la penitencia hayan pecado de esta manera? Sigue siendo un misterio. Pero, evidentemente, su cristianismo no estaba alimentado por el encuentro gozoso con Cristo: se había convertido en una mera cuestión de hábito. El esfuerzo del Concilio estaba orientado a superar esta forma de cristianismo y a redescubrir la fe como una amistad personal profunda con la bondad de Jesucristo. El Congreso Eucarístico tiene un objetivo similar. Aquí queremos encontrarnos con el Señor resucitado. Le pedimos que nos llegue hasta lo más hondo. Que al igual que sopló sobre los Apóstoles en la Pascua infundiéndoles su Espíritu, derrame también sobre nosotros su aliento, la fuerza del Espíritu Santo, y así nos ayude a ser verdaderos testigos de su amor, testigos de la verdad. Su verdad es su amor. El amor de Cristo es la verdad.
Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que el Congreso sea para cada uno de vosotros una experiencia espiritualmente fecunda de comunión con Cristo y su Iglesia. Al mismo tiempo, me gustaría invitaros a uniros a mí en la oración, para que Dios bendiga el próximo Congreso Eucarístico Internacional, que tendrá lugar en 2016 en la ciudad de Cebú. Envío un caluroso saludo al pueblo de Filipinas, asegurando mi cercanía en la oración durante el periodo de preparación a este gran encuentro eclesial. Estoy seguro de que aportará una renovación espiritual duradera, no sólo a ellos, sino también a todos los participantes del mundo entero. Ahora, encomiendo a todos los participantes en este Congreso a la protección amorosa de María, Madre de Dios, y a san Patricio, el gran Patrón de Irlanda, a la vez que, como muestra de gozo y paz en el Señor, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.
La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, dice Benedicto XVI
“La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, porque expresa el misterio del Reino de Dios” dijo el Sucesor de Pedro en su alocución previa a la oración dominical del Ángelus, que rezó con los peregrinos reunidos bajo un sol intenso en la Plaza de san Pedro, desde la ventana de su estudio.
“El crecimiento que se produce gracias a un dinamismo propio de la semilla misma, y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce” ayudan a la claridad del mensaje expresó Benedicto: “El Reino de Dios, si bien exige nuestra colaboración, es sobre todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente frente a los problemas del mundo, crece con aquella de Dios que no teme obstáculos, porque es cierta la victoria del Señor. Es el milagro del amor de Dios que hace germinar y crecer cada semilla de bien esparcido sobre la tierra”.
De la semilla al árbol frondoso
En su saludo a los peregrinos de lengua española el Papa expresó que el Señor nos nuestra que el Reino de Dios es como una semilla que, aunque al principio parece pequeña, está llamada a crecer y desarrollarse hasta convertirse en un árbol frondoso (Audio) 
Texto completo del saludo del Papa en español
“Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana. En el evangelio de este domingo, el Señor nos ha mostrado que el Reino de Dios es como una semilla que, aunque al principio puede parecer pequeña, sin embargo está llamada a crecer y a desarrollarse hasta convertirse en un árbol frondoso. Así también, que la vida de gracia y amor de Dios, sembrada en nuestra alma con el bautismo, y alimentada con la escucha de la palabra de Dios, la participación en los sacramentos y la oración constante, crezca continuamente y llegue a madurar en frutos abundantes de fe, esperanza y caridad. Muchas gracias y feliz domingo”(jesuita Guillermo Ortiz-RV)
Palabras anteriores al rezo del ángelus
Queridos hermanos y hermanas,
La liturgia de hoy nos ofrece dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la de la semilla de mostaza (cfr Mc 4,26-34). A través de imágenes del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del Reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y nuestro compromiso.
En la primera parábola, la atención se centra en el dinamismo de la siembra: la semilla que se echa en el suelo, tanto si el agricultor duerme, como si está despierto, sigue creciendo y germinando por su cuenta. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en sus fatigas diarias es, precisamente, la confianza en la fuerza de la semilla y en la bondad de la tierra. Esta parábola recuerda el misterio de la creación y la redención, de la obra fecunda de Dios en la historia. Es Él el Señor del Reino, el hombre es su humilde colaborador, que contempla y disfruta de la acción creadora divina y espera pacientemente sus frutos. La cosecha final nos hace pensar en la intervención conclusiva de Dios al final de los tiempos, cuando Él realizará plenamente su Reino. El tiempo presente es el tiempo de la siembra, y el crecimiento de la semilla está asegurado por el Señor. Todo cristiano, por lo tanto, sabe muy bien que debe hacer todo lo posible, pero que el resultado final depende de Dios: esta conciencia lo sostiene en la fatiga cotidiana, especialmente en situaciones difíciles. En este contexto - escribe san Ignacio de Loyola: "Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo muy bien que, en realidad, todo depende de Dios." (cfr Pedro de Ribadeneira, Vida de San Ignacio de Loyola, Milán, 1998).
También la segunda parábola utiliza la imagen de la semilla. Aquí, sin embargo, se trata de una semilla específica, el grano de mostaza, considerada la semilla más pequeña de todas las semillas. A pesar de lo pequeño, sin embargo, está llena de vida, desde su despedazarse nace un brote capaz de romper el terreno, de salir a la luz del sol y de crecer hasta convertirse en " la más grande de todas las hortalizas " (cfr Mc 4,32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el despedazarse es su poder. Así es el Reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no tienen confianza en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quienes no son importantes a los ojos del mundo; y, sin embargo, precisamente a través de ellos irrumpe el poder de Cristo y transforma lo que aparentemente es insignificante.
La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, porque expresa muy bien el misterio del Reino de Dios. En las dos parábolas de hoy, representa un "crecimiento" y "contraste": el crecimiento que se produce gracias a un dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el Reino de Dios - aun si exige nuestra colaboración - es, ante todo, don del Señor, la gracia que precede al hombre y sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se inmerge en la de Dios, no teme ningún obstáculo, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, el que hace germinar y crecer cada semilla de bien esparcida en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, de los sufrimientos y del mal que encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. Que la Virgen María, que acogió como "tierra buena" la semilla de la Palabra de Dios, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza (Traducción: Cecilia de Malak-RV)
Palabras del Papa después del Ángeslus
Como es tradicional, el Santo Padre manifestó también este domingo su cercanía de Pastor Universal a los que sufren. En particular hoy, después del rezo a la Madre de Dios, el Papa recordó la próxima Jornada Mundial del Refugiado, el miércoles, 20 de junio, promovida por Naciones Unidas:
«Quiere llamar la atención de la comunidad internacional sobre las condiciones de tantas personas, especialmente de familias, forzadas a huir de sus propias tierras, porque amenazadas por los conflictos armados y por graves formas de violencia. Aseguro mi oración y la constante preocupación de la Santa Sede, por estos hermanos y hermanas, al tiempo que espero que sus derechos sean respetados siempre y que pronto puedan reunificarse con sus seres queridos.
Asimismo, Benedicto XVI invitó a encomendarle a la Virgen María, los frutos del Congreso Eucarístico Internacional de Dublín:
Hoy día, en Irlanda, se celebra la clausura del Congreso Eucarístico Internacional, que esta semana hizo de Dublín, la ciudad de la Eucaristía, donde numerosas personas se han recogido en oración, ante la presencia de Cristo en el Sacramento del altar. En el misterio de la Eucaristía, Jesús quiso quedarse con nosotros, para que podamos estar en comunión con Él y entre nosotros. Encomendemos a María Santísima los frutos que han madurado en estos días de reflexión y oración.
En sus saludos en lengua polaca, Benedicto XVI hizo hincapié en que en los últimos días, la Iglesia celebró la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. El Santo Padre deseó a todos los polacos que aprendan del Divino Corazón de Jesús, que rebosa de bondad y de amor, la sensibilidad a las necesidades de los demás, especialmente de los que son débiles y probados por el sufrimiento. Con el anhelo que a partir de este corazón, que es soberano y centro de todos los corazones, sepan también sacar la fuerza para construir relaciones fraternales en las familias y en los lugares de trabajo
Con alegría, el Santo Padre quiso recordar la beatificación de Cecilia Eusepi, este domingo por la tarde en la localidad italiana de Nepi, en la diócesis de Civita Castellana. Y destacó la figura de esta joven, que murió a la edad de 18 años, que anhelaba ser una monja misionera, pero que se vio obligada a dejar el convento a causa de la enfermedad, que vivió con una fe inquebrantable, demostrando gran capacidad de sacrificio por la salvación de las almas, en íntima unión con Cristo.
Fuente: radiovaticana.org
“Miremos al Corazón de Jesús como ejemplo de amor al prójimo”
En el programa Diálogo de Fe del sábado 16 de junio, el Cardenal Juan Luis Cipriani recordó que en estos días la Iglesia está celebrando fiestas muy importantes como el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Dulcísimo de María, que nos recuerdan que debemos acercarnos a ese amor que se cimienta en la verdad.
“El corazón de Jesús llora, sufre, nos conoce y con su mirada entra en esos niveles insondables donde solo Él y tú saben la verdad. A veces veo que hay un intento de justificación, como no quiero aceptar como soy empiezo toda una estrategia para desacreditar al que no está de acuerdo conmigo. El amor que Jesús te tiene es muy grande como para que tú te descalifiques”, reflexionó.
“Y ese corazón de María está siempre rondándonos, animándonos y buscando acercarnos a Jesús porque ella conoce el corazón de su hijo”, continuó.
Comentó que el amor exige la verdad en las distintas situaciones de tipo personal, social, empresarial o político.
“Si a la vida humana le quitamos el sabor de la pasión que viene del corazón es una vida aburrida. Pero si el corazón toma las riendas y te lleva por donde quiere es un corazón loco que cambia el objeto de su cariño muy rápido”, señaló.
El Arzobispo de Lima mencionó que cuando se habla de situaciones difíciles como crisis económica o crisis de violencia en un mundo atormentado por la falta de armonía es muy importante hacer un compromiso real de amor.
“Es necesario estudiar la dimensión profesional del tema, pero todos los agentes y protagonistas de ese diálogo deben tener un corazón que realmente haga una especie de compromiso; no solo jurar decir la verdad, sino que de verdad, interiormente, dejar de lado calumnias, campañas, odios. Esa palabra reconciliación une amor, verdad, justicia, perdón y misericordia. Es difícil, pero desde el corazón de Jesús todo se puede”, expresó.
Manifestó también que todos estamos destinados a amar al prójimo y por eso debemos tener el coraje de decir la verdad con el propósito de ir por el camino del cariño y de la comprensión para ayudar a los demás.
“La verdad es una buena aliada siempre, pero hay maneras, modos y momentos. Ahí uno tiene que poner en práctica su prudencia y su caridad para saber cómo decirle a otra persona lo que pensamos. Decir la verdad, guste o no, es bueno. El peso de una sociedad, de un tiempo y de una organización depende mucho del peso de las personas”, afirmó.
En otro momento, recordó que la democracia no tiene una valoración moral dentro de sí misma, sino que es la dignidad de la persona humana, su moral, su conciencia y su corazón rectamente formado los que deben estar anclados en la verdad y en la responsabilidad de cada individuo.
“Si por mayoría aprueban el aborto no va a ser este bueno, siempre será un asesinato. Si se decide que las relaciones sexuales entre niños de 14 y 18 años son buenas, digo por qué se mete la ley donde no debe. Pedirle a la democracia que nos señale dónde está el bien y el mal es ir contra la democracia”, señaló.
Finalmente, envió un saludo y una bendición a todos los papás por su día y los exhortó a darse cuenta de cómo ser buenos padres de familia. Asimismo, animó a los fieles a no dejarse manipular por un relativismo moral en el que el Corazón de Jesús y el Corazón de María no estén presentes.
“Asómate a ese Corazón Dulcísimo de María para pedirle ayuda y a ese Corazón de Jesús pídele fortaleza para que este país que tiene tantas posibilidades vaya por un camino de reconciliación. Y esto no saldrá si no hay un cambio interior de la persona, de ahí tienen que brotar ideas y propuestas positivas”, concluyó.
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