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viernes, 8 de febrero de 2013

México: Asesinan a golpes a sacerdote de 83 años para robar capilla

Fuentes eclesiásticas denunciaron el asesinato del sacerdote José Flores Preciado, de 83 años, que murió debido a los múltiples golpes que recibió la noche del 5 de febrero cuando un grupo de desconocidos ingresaron para asaltar la capillaCristo Rey que el presbítero tenía a cargo en Jalisco (México).
En declaraciones a la prensa, el rector de la Catedral, P. Jesús Mendoza, dijo que al anciano sacerdote "lo golpearon para robarlo, la cara quedó desfigurada, todavía estaba con vida cuando lo trasladaron al Hospital Regional Universitario".
Indicó que el P. Flores había recibido amenazas. "El problema es que el padre ahí no tenía dinero. Yo pienso que eso exasperó a los asaltantes y entonces lo empezaron a golpear", indicó.
Según el P. Mendoza, en 2012 hubo siete extorsiones y un intento de secuestro contra sacerdotes de la Diócesis de Colima. Además, el lunes, tres sacerdotes fueron asaltados y secuestrados en Durango, pero escaparon ilesos cuando se volcó la camioneta en que viajaban.

Fuente: aciprensa.com

jueves, 7 de febrero de 2013

Texto completo de la alocución del Santo Padre a los participantes en la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo de la Cultura: El Papa y la Iglesia confían en los jóvenes

Queridos Amigos:

Estoy verdaderamente feliz de encontraros en la apertura de los trabajos de la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, en la que estaréis empeñados en comprender y profundizar, desde diversas perspectivas, las “culturas juveniles emergentes”. Saludo cordialmente al Presidente, Cardenal Gianfranco Ravasi, y le agradezco por las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros. Saludo a los Miembros, los Consultores y todos los Colaboradores del Dicasterio, deseando un proficuo trabajo, que ofrecerá una contribución útil para la acción que la Iglesia desarrolla frente a la realidad juvenil; una realidad, como se ha dicho, compleja y articulada, que no debe más ser comprimida al interno de un universo cultural homogéneo, si no en un horizonte que puede definirse “multiverso”, o sea determinado de una pluralidad de visiones, de perspectivas, de estrategias. Por esto es oportuno hablar de “culturas juveniles”, considerando que los elementos que distinguen y diferencian los fenómenos y los ámbitos culturales prevalecen sobre aquellos, si bien presentes, que en cambio los acomunan. Numerosos factores concurren, de hecho, a diseñar un panorama cultural cada vez más fragmentado y en continua, velocísima evolución, al que ciertamente no son extraños los medios de comunicación social, los nuevos instrumentos de comunicación que favorecen y, a veces, provocan ellos mismos continuos y rápidos cambios de mentalidad, de costumbres, de comportamiento. 

Se confirma, así, un clima difundido de inestabilidad que toca el ámbito cultural, como también el político y económico – este último marcado además por la dificultad de los jóvenes de encontrar trabajo - para incidir sobre todo a nivel psicológico y relacional. La incertidumbre y la fragilidad que connota a tantos jóvenes no raramente los empujan a la marginalidad, los hace casi invisibles y ausentes en los procesos históricos y culturales de las sociedades. Y siempre más frecuentemente fragilidad y marginalidad desembocan en fenómenos de dependencia de las drogas, de desviación, de violencia. La esfera afectiva y emotiva, el ámbito de los sentimientos así como el de la corporeidad, están fuertemente interesados por este clima y de la temperie cultural que resulta, expresada, por ejemplo, por fenómenos aparentemente contradictorios, como el ostentar públicamente la vida íntima y personal y el ensimismamiento individualista y narcisista en las propias necesidades e intereses. También la dimensión religiosa, la experiencia de fe y la pertenencia a la Iglesia son a menudo vividas en una perspectiva privatista y emotiva.

Sin embargo, no faltan fenómenos decididamente positivos. Los impulsos generosos y valientes de tantos jóvenes voluntarios que dedican a los hermanos más necesitados sus mejores energías; la experiencia de fe sincera y profunda de tantos muchachos y muchachas que con gozo testimonian su pertenencia a la Iglesia; los esfuerzos cumplidos para construir, en tantas partes del mundo, sociedades capaces de respetar la libertad y la dignidad de todos, comenzando por los más pequeños y débiles. Todo esto nos consuela y nos ayuda a trazar un cuadro más preciso y objetivo de las culturas juveniles. Por lo tanto, no nos podemos contentar con interpretar los fenómenos culturales juveniles según paradigmas consolidados, pero ya convertidos en lugares comunes, o analizarlos con métodos que ya no son útiles, partiendo de categorías culturales superadas y no adecuadas. 

En definitiva, nos encontramos ante una realidad compleja como nunca pero también fascinante, que va comprendida de manera profunda y amada con gran espíritu de empatía, una realidad de la cual es necesario saber captar con atención las líneas de fondo y los desarrollos. Observando, por ejemplo, a los jóvenes de tantos Países del llamado “Tercer mundo”, nos damos cuenta de que ellos representan, con sus culturas y con sus necesidades, un desafío a la sociedad del consumismo globalizado, a la cultura de los privilegios consolidados, de la que beneficia un estrecho círculo de la población del mundo occidental. Consecuentemente, las culturas juveniles se vuelven “emergentes” también en el sentido que manifiestan una necesidad profunda, una solicitud de ayuda o totalmente una “provocación”, que no puede ser ignorada o descuidada ya sea por la sociedad civil que por la Comunidad eclesial. Varias veces he manifestado, por ejemplo, mi preocupación y la de toda la Iglesia por la denominada “emergencia educativa”, a la que seguramente van sumadas otras “emergencias”, que tocan las diversas dimensiones de la persona y sus relaciones fundamentales y a las que no se puede responder de forma evasiva y banal. Pienso, por ejemplo, en la creciente dificultad en el campo del trabajo o a la fatiga a ser fieles a las responsabilidades asumidas. Derivará, para el futuro del mundo y de toda la humanidad, un empobrecimiento no solo económico y social sino sobre todo humano y espiritual: si los jóvenes no esperasen y no progresasen más, si en las dinámicas históricas no insertasen su energía, su vitalidad, su capacidad de anticipar el futuro, nos encontraríamos con una humanidad encerrada en sí misma, privada de confianza y de una mirada positiva hacia el mañana.

Si bien consientes de las tantas situaciones problemáticas, que tocan también el ámbito de la fe y de la pertenencia a la Iglesia, queremos renovar nuestra confianza en los jóvenes, reafirmar que la Iglesia mira a su condición, a sus culturas, como a un punto de referencia esencial e ineludible para su acción pastoral. Por esto quisiera nuevamente retomar algunos pasajes significativos del Mensaje que el Concilio Vaticano II dirigió a los jóvenes, para que sea un motivo de reflexión y de estímulo para las nuevas generaciones. Ante todo se afirmaba: «La Iglesia os mira con confianza y con amor… Ella posee aquello que hace la fuerza o la belleza de los jóvenes: la capacidad de alegrarse por aquello que comienza, de darse sin condición, de renovarse y de volver a partir hacia nuevas conquistas». Luego el Venerable Pablo VI dirigía este llamamiento a los jóvenes del mundo: «Es en nombre de este Dios y de su Hijo Jesús que nosotros os exhortamos a ensanchar vuestros corazones según las dimensiones del mundo, a entender el llamado de vuestros hermanos, y a poner valientemente vuestras juveniles energías a su servicio. Luchad contra todo egoísmo. Rechazad el dar libre curso a los instintos de la violencia y del odio, que generan las guerras y su triste cortejo de miserias. Sed generosos, puros, respetuosos, sinceros ¡Y construid en el entusiasmo un mundo mejor que el actual!».

También yo quiero repetirlo con fuerza: la Iglesia tiene confianza en los jóvenes, espera en ellos y en sus energías, necesita de ellos y de su vitalidad, para continuar a vivir con renovada fuerza la misión confiada por Cristo. Deseo vivamente que el Año de la fe sea, también para las jóvenes generaciones, una preciosa ocasión para rencontrar y reforzar la amistad con Cristo, de la cual hacer brotar el gozo y el entusiasmo para transformar profundamente las culturas y las sociedades.

Queridos amigos, agradeciendo por el compromiso que con generosidad ponéis al servicio de la Iglesia, y por la particular atención que dirigís a los jóvenes, os imparto de corazón mi Bendición Apostólica. 

(Traducción de Raúl Cabrera – RV).

miércoles, 6 de febrero de 2013

Texto completo de la catequesis del Papa: El hombre y la mujer cumbre de la creación

Creo en Dios: el Creador del cielo y de la tierra, el Creador del ser humano

Pasaje bíblico: Gen 1,1-2.27.31 a

Queridos hermanos y hermanas:

el Credo, que comienza calificando a Dios como "Padre Todopoderoso", como ya meditamos la semana pasada, añade luego que Él es "el Creador del cielo y de la tierra", y así retoma la afirmación con la que empieza la Biblia. En el primer versículo de la Sagrada Escritura, se lee, en efecto, como hemos escuchado: "Al principio Dios creó el cielo y la tierra" (Génesis 1,1): es Dios el origen de todas las cosas y en la belleza de la creación se despliega su omnipotencia de Padre amoroso.

Dios se manifiesta como Padre en la creación, como origen de la vida, y, al crear, muestra su omnipotencia. Las imágenes utilizadas por la Sagrada Escritura a este respecto son muy sugestivas (cf. Is 40,12, 45,18, 48,13, Salmos 104,2.5, 135,7, Pr 8, 27-29). Él, como Padre bueno y poderoso, cuida todo lo que ha creado con un amor y una fidelidad que nunca faltan (cf. Sal 57,11, 108,5, 36,6). Repiten los Salmos. De este modo, la creación se convierte en un lugar donde conocer y reconocer la omnipotencia de Dios y su bondad, y se convierte en una llamada a la fe de nosotros los creyentes para que proclamemos a Dios como Creador. "Por la fe - escribe el autor de la Carta a los Hebreos - comprendemos que la Palabra de Dios formó el mundo, de manera que lo visible proviene de lo invisible " (11,3). La fe implica pues saber reconocer lo invisible, reconociendo su huella en el mundo visible. El creyente puede leer el gran libro de la naturaleza y comprender su lenguaje; el universo nos habla de Dios, pero es necesaria su Palabra de revelación, que suscita la fe, para que el hombre pueda alcanzar la plena conciencia de la realidad de Dios como Creador y Padre.


Es en el libro de la Sagrada Escritura donde la inteligencia humana puede encontrar, a la luz de la fe, la clave interpretativa para comprender el mundo. En particular, tiene un lugar especial el primer capítulo del Génesis, con la presentación solemne de la obra creadora divina, que se despliega a lo largo de siete días: en seis días Dios lleva a término la creación y el séptimo día, el sábado, deja toda actividad y descansa. Día de libertad para todos, día de la comunión con Dios y así, con esta imagen, el Libro del Génesis nos indica que el primer anhelo de Dios era el de encontrar un amor que respondiera a su amor. Y el segundo, el de crear un mundo material donde colocar este amor, a estas criaturas que libremente le respondan.

Esta estructura hace que el texto esté marcado por algunas repeticiones significativas. Durante seis veces, por ejemplo, se repite la frase: "Y Dios vio que era bueno" (vv. 4.10.12.18.21.25) y, finalmente, la séptima vez, después de la creación del hombre: "Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno "(v. 31). Todo lo que Dios crea es bello y bueno, impregnado de sabiduría y de amor; la acción creadora de Dios pone orden, infunde armonía, dona belleza. 

En el relato del Génesis emerge luego que el Señor crea en su palabra: durante diez veces se lee en el texto, el término "dijo Dios" (vv. 3.6.9.11.14.20.24.26.28.29), es la palabra, el logos de Dios el origen de la realidad del mundo, al decir ‘Dios dijo’ subraya el poder eficaz de la Palabra divina. Así canta el Salmista: ‘La palabra del Señor hizo el cielo, y el aliento de su boca, los ejércitos celestiales... porque él lo dijo, y el mundo existió, él dio una orden, y todo subsiste’. La vida surge y el mundo existe porque todo obedece a la Palabra divina.

Pero nuestra pregunta hoy es ¿tiene sentido, en la era de la ciencia y de la técnica, seguir hablando de la creación? ¿Cómo debemos comprender la narración del Génesis? 
La Biblia no quiere ser un manual de ciencias naturales; lo que sí quiere es hacer comprender la verdad auténtica y profunda de las cosas. La verdad fundamental, que las narraciones del Génesis, nos desvelan es que el mundo no es un conjunto de fuerzas contrastantes entre sí, sino que tiene su origen y su estabilidad en el Logos, en la Razón eterna de Dios, que continúa sosteniendo el universo. Hay un diseño sobre el mundo que nace de esta Razón, del Espíritu creador. Creer que en la base de todo hay esto, ilumina cada aspecto de la existencia y da la valentía necesaria para afrontar con confianza y con esperanza la aventura de la vida.

Por lo tanto la Escritura nos dice que el origen de la existencia del mundo, y de la nuestra no es lo irracional y la necesidad, sino la razón, el amor y la libertad. Ésta es la alternativa: o prioridad de lo irracional y de la necesidad, o prioridad de la razón, de la libertad, del amor. Nosotros creemos en esta posición.

Pero me gustaría decir unas palabras sobre lo que es el culmen de todo lo creado: El hombre y la mujer, el ser humano, el único "capaz de conocer y amar a su Creador" (Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 12). El salmista mirando los cielos se pregunta: " Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?"(8,4 a 5). El ser humano, creado con amor por Dios, es algo muy pequeño ante la inmensidad del universo; a veces, mirando fascinados los espacios enormes del firmamento, también nosotros percibimos nuestro ser limitados. El ser humano está abitado por esta paradoja: nuestra pequeñez y caducidad conviven con la grandeza de lo que el amor eterno de Dios ha querido para nosotros.


Los relatos de la creación en el Libro del Génesis también nos introducen en este misterioso ámbito, ayudándonos a conocer el plan de Dios para el hombre. En primer lugar afirmando que Dios formó al hombre del polvo de la tierra (cf. Gn 2:7). Esto significa que no somos Dios, no nos hemos hecho solos, somos tierra; pero también significa que somos la buena tierra, a través de la obra del Creador bueno. A esto se suma otra realidad fundamental: todos los seres humanos son polvo, más allá de las distinciones hechas por la cultura y la historia, más allá de cualquier diferencia social; somos una única humanidad plasmada con la sola tierra de Dios. Hay también un segundo elemento: el ser humano se origina porque Dios sopla el aliento de vida en el cuerpo moldeado por la tierra (cf. Gn 2:7). El ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1:26-27). «Todos, entonces, llevamos en nosotros el aliento vital de Dios y cada vida humana – nos dice la Biblia – está bajo la particular protección de Dios. Ésta es la razón más profunda de la inviolabilidad de la dignidad humana, contra toda tentación de evaluar a la persona según criterios utilitaristas y de poder». Ser a imagen y semejanza de Dios indica que el hombre no está encerrado en sí mismo, sino que tiene una referencia esencial en Dios

En los primeros capítulos del Libro del Génesis encontramos dos imágenes significativas: el jardín con el árbol del conocimiento del bien y del mal y la serpiente (cf. 2:15-17; 3,1-5). El jardín nos dice que la realidad en la que Dios ha puesto al ser humano no es un bosque salvaje, sino un lugar que protege, nutre y sustenta; y el hombre debe reconocer el mundo no como propiedad para ser saqueada y explotada, sino como don del Creador, signo de su voluntad salvífica, un don que ha de cultivar y cuidar, hacer crecer y desarrollar con respeto, en armonía, siguiendo los ritmos y la lógica, de acuerdo con el plan de Dios (cf. Gn 2,8-15).

La serpiente es una figura que viene de los cultos orientales de la fecundidad, que tanto fascinaban a Israel y que eran una constante tentación para abandonar la misteriosa alianza con Dios. A la luz de esto, la Sagrada Escritura presenta la tentación a la que vienen sometidos Adán y Eva como el núcleo de la tentación y el pecado. ¿Qué dice la serpiente? No niega a Dios, pero insinúa una falsa pregunta: "¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del jardín?».(Génesis 3:1). De esta manera, la serpiente suscita la sospecha de que la alianza con Dios es como una cadena que ata, que priva de la libertad y de las cosas más bellas y preciosas de la vida.

La tentación invita a construirse el propio mundo en el que vivir, no acepta las limitaciones del ser criatura, los límites del bien y del mal, de la moral; la dependencia del amor del Dios Creador es vista como una carga de la que liberarse. Éste es siempre el núcleo de la tentación. Pero cuando se distorsiona la relación con Dios, poniéndose en su lugar, todas las demás relaciones se alteran. Entonces, el otro se convierte en un rival, en una amenaza: Adán, después de haber sucumbido a la tentación, acusa de inmediato a Eva (cf. Gn 3:12), y los dos se ocultan de la vista de aquel Dios con quien hablaban con amistad (ver 3.8 - 10); el mundo ya no es el jardín para vivir en armonía, sino un lugar para ser explotado y lleno de insidias ocultas (cf. 3:14-19), la envidia y el odio hacia el otro entran en el corazón del hombre: ejemplar es Caín que mata a su propio hermano Abel (cf. 4,3-9). Yendo contra su Creador, en realidad el hombre va en contra de sí mismo, reniega su origen y por lo tanto su verdad; y el mal entra en el mundo, con su triste cadena de dolor y de muerte. Y si todo lo que había creado Dios era bueno, muy bueno, después de esta libre decisión del hombre, de mentir contra la verdad, el mal entra en el mundo.

De los relatos de la creación, me gustaría destacar una última enseñanza: el pecado engendra el pecado y todos los pecados de la historia están interrelacionados. Este aspecto nos lleva a hablar de lo que ha sido llamado el "pecado original". ¿Cuál es el significado de esta realidad, difícil de entender? Quisiera sólo dar algún elemento. En primer lugar, debemos tener en cuenta que ningún hombre está encerrado en sí mismo, nadie puede vivir de sí mismo y para sí mismo; nosotros recibimos la vida del otro y no sólo en el nacimiento, sino todos los días. El ser humano es relación: Yo soy yo mismo solo en el tú y a través del tú, en la relación de amor con el Tú de Dios y el tú de los otros. Pues bien, el pecado perturba o destruye la relación con Dios, su presencia destruye la relación con Dios, la relación fundamental, toma el lugar de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que con el primer pecado el hombre ‘hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien’ (n. 398). Perturbada la relación fundamental, son puestos en peligro o destruidos también los otros polos de la relación, el pecado arruina las relaciones, así lo destruye todo, porque nosotros somos relación. 

Ahora bien, si la estructura relacional de la humanidad viene malograda desde el principio, todo hombre entra en un mundo marcado por esta alteración de las relaciones, entra en un mundo perturbado por el pecado, que le marca personalmente; el pecado inicial daña y hiere la naturaleza humana (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 404-406). Y el hombre, por sí solo, no puede salir de esta situación; sólo el Creador puede restaurar las justas relaciones. Sólo si Aquel, del que nos hemos desviado, viene hacia nosotros y nos tiende la mano con amor, las justas relaciones pueden reanudarse. Esto se realiza en Jesucristo, que cumple exactamente el recorrido inverso al de Adán, como describe el himno del segundo capítulo de la Epístola de San Pablo a los Filipenses (2:5-11): mientras que Adán no reconoce su ser criatura y quiere ponerse en el lugar de Dios, Jesús, el Hijo de Dios, está en una perfecta relación filial con el Padre, se abaja, se convierte en el siervo, recorre el camino del amor humillándose hasta la muerte en la cruz, para reordenar las relaciones con Dios. La Cruz de Cristo se convierte así en el nuevo Árbol de la vida.

Queridos hermanos y hermanas, vivir la fe quiere decir reconocer la grandeza de Dios y aceptar nuestra pequeñez, nuestra condición de criaturas dejando que el Señor la colme con su amor y así crezca nuestra verdadera grandeza. El mal, con su carga de dolor y de sufrimiento, es un misterio que queda iluminado por la luz de la fe, que nos da la certeza de poder ser liberados de él, la certeza de que es bueno ser hombre».

(Traducción de Cecilia de Malak y Eduardo Rubió)

martes, 5 de febrero de 2013

Asesinan a sacerdote en Colombia: Ya son 83 desde 1984

El sacerdote Luis Alfredo Suárez Salazar fue asesinado por dos desconocidos en Ocaña, Norte de Santander (Colombia), donde pasaba sus vacaciones antes de regresar a la Diócesis de Villavicencio donde realizaba labor pastoral, según informó el domingo la Policía.

Según indicó el teniente Gustavo Andrés Orrego Correa, comandante de la estación de Policía de Ocaña, los criminales huyeron en una motocicleta sin placa luego de asesinar al sacerdote de 50 años, que acababa de regresar del Santuario del Agua de la Virgen y se prestaba a ayudar a su hermana con algunas cosas que iba colocando sobre un camión.

En el ataque resultó herido el conductor del vehículo identificado como Hernán Torres Ramos. Actualmente se encuentra hospitalizado con pronóstico reservado.

Por su parte, la familia del P. Suárez indicó que el sacerdote no tenía amenazas y al contrario se caracterizó por ser una persona humanitaria y solidaria. Según informaron a la prensa, su preocupación era regresar a Villavicencio para continuar con los programas sociales que adelantaba en esa Diócesis.

Sobre este asesinato, el Arzobispo de Bogotá y Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, Cardenal Rubén Salazar, señaló que “todo asesinato es repudiable, pero causa especial atención que asesinen a un hombre que le ha dedicado su vida a Cristo y al servicio de los demás”.

El Purpurado dijo también que actualmente hay “muchos sacerdotes amenazados, en todas las regiones del país, sobre todo donde hay una fuerte presencia del conflicto armado”.

Según registros de la Conferencia Episcopal, desde 1984 hasta el pasado fin de semana en Colombia han sido asesinados 83 sacerdotes, cinco religiosas, tres religiosos y tres seminaristas, al igual que un arzobispo y un obispo.

En ese mismo periodo de tiempo, 17 obispos y 52 sacerdotes han sido víctimas de amenazas.
Fuente: aciprensa.com

Indulgencias Plenarias por el Año de la Fe

El Arzobispado de Lima pone en conocimiento de los fieles los santuarios, iglesias, y parroquias; así como las solemnidades y fiestas religiosas en donde se puede ganar Indulgencia Plenaria, por motivo del Año de la Fe.

De acuerdo a las disposiciones, podrán ganar Indulgencia Plenaria los fieles de la Arquidiócesis de Lima que, durante el Año de la Fe y cumpliendo las condiciones habituales, peregrinen a la Basílica Catedral de Lima, al Santuario del Señor de los Milagros de Nazarenas, y al Santuario de Santa Rosa de Lima.

También a quienes peregrinen al Santuario del Señor de la Divina Misericordia (Surco), a la Parroquia de la Santísima Cruz (Barranco), a la Parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación (La Molina), a la Parroquia Nuestra Señora del Pilar (San Isidro), a la Parroquia Virgen Milagrosa (Miraflores), a la Parroquia Nuestra Señora de las Victorias (La Victoria), al Santuario Mirador Virgen del Rosario (Manchay), y a la Virgen del Morro Solar (Chorrillos).

Asimismo, podrán ganar Indulgencia Plenaria quienes participen de la Misa, en cualquier Iglesia de la Arquidiócesis de Lima, en la Solemnidad de Santo Toribio de Mogrovejo (27 de abril), la Solemnidad del Corpus Christi (2 de junio) y la Solemnidad de los Santos Apóstoles San Pedro Y San Pablo (29 de junio).

Finalmente los fieles que participen y comulguen en la Santa Misa de la Festividades del Señor de los Milagros frente al Santuario de las Nazarenas (el 18 y 28 de octubre) y de la Solemne Misa en la Basílica Catedral para la clausura del Año de la Fe en la Solemnidad de Cristo Rey (24 de noviembre), también podrán ganar Indulgencia Plenaria.

De esta manera, los sacerdotes de la arquidiócesis prepararán a los fieles con una adecuada catequesis, de modo que la gracia de la Indulgencia vaya acompañada de un corazón arrepentido y con una firme disposición a luchar contra el pecado.

Sobre las Indulgencias Plenarias

Cabe recordar que el Catecismo de la Iglesia Católica señala que “La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia. Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias” (n. 1471).

Las condiciones habituales para ganar Indulgencia Plenaria son:

- Encontrarse en estado de gracia y desear ganar la Indulgencia.
- Desapego total del pecado, incluso el venial.
- Confesión sacramental, que puede realizarse algunos días antes o después del Ejercicio.
- Comunión Eucarística, el mismo día del Ejercicio.
- Oración por las intensiones del Santo Padre, el Papa, el mismo día del Ejercicio.
- La indulgencia se gana una sola vez al día y se puede aplicar en sufragio de un difunto.

Como se recuerda, la Penitenciaría Apostólica de la Santa Sede, emitió un decreto por motivo del Año de la Fe, en el se concede a todos los fieles ganar la Indulgencia Plenaria con las condiciones habituales.

domingo, 3 de febrero de 2013

Texto completo del Ángelus del Papa: El «camino» de la perfección consiste en vivir el amor auténtico

Palabras del Papa en italiano antes del Ángelus 

¡Queridos hermanos y hermanas!

El Evangelio de hoy – tomado del capítulo cuarto de san Lucas – es la continuación de aquel del pasado domingo. Nos encontramos aun en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde Jesús ha crecido y donde todos conocen a él y a su familia. Ahora, luego de un tiempo de ausencia, Él ha regresado en una manera nueva: durante la liturgia del sábado lee una profecía de Isaías sobre el Mesías y anuncia su cumplimiento, haciendo entender que aquella palabra se refiere a Él. Este hecho suscita el desconcierto de los nazarenos: por una parte, « Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca» (Lc 4,22); san Marcos refiere que muchos decían: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?» (6,2). Pero por otra parte, sus paisanos lo conocen muy bien: «Es uno como nosotros – dicen –. Su reclamo no puede ser más que presunción» (La infancia de Jesús, 11). «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22), que es como preguntarse: ¿qué aspiraciones puede tener un carpintero de Nazaret?
Justamente conociendo esta cerrazón, que confirma el proverbio «nadie es profeta en su tierra», Jesús dirige a la gente, en la sinagoga, palabras que suenan como una provocación. Cita dos milagros cumplidos por los grandes profetas Elías y Eliseo a favor de personas no israelitas, para demostrar que a veces hay más fe fuera de Israel. A este punto la reacción es unánime: todos se levantan y lo echan fuera, y hasta tratan de lanzarlo a un precipicio, pero Él, con soberana tranquilidad, pasa en medio de la gente enfurecida y se va. A este punto es espontáneo preguntarse: ¿cómo así Jesús ha querido provocar esta fractura? Al inicio la gente se admiraba de él, y quizás habría podido obtener cierto consenso… pero justamente este es el punto: Jesús no ha venido para buscar el consenso de los hombres, sino – como dirá al final a Pilato – para «dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). El verdadero profeta no obedece a nadie más que a Dios y se pone al servicio de la verdad, listo a responder personalmente. Es verdad que Jesús es el profeta del amor, pero también el amor tiene su verdad. Es más, amor y verdad son dos nombres de la misma realidad, dos nombres de Dios. En la liturgia de hoy resuenan también estas palabras de san Pablo: «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad» (1 Cor 13,4-6). Creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el rostro concreto con el que Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret. Y este camino conduce también a reconocerlo y a servirlo en los demás.
En esto la actitud de María es iluminante. ¿Quién más que ella tuvo familiaridad con la humanidad de Jesús? Pero jamás se escandalizó como los paisanos de Nazaret. Ella custodiaba en su corazón el misterio y supo acogerlo una y otra vez, cada vez más, en el camino de la fe, hasta la noche de la Cruz y a plena luz de la Resurrección. Que María nos ayude a recorrer con fidelidad y con gozo este camino.

(Traducción del italiano, Raúl Cabrera- Radio Vaticano)


Saludos del Papa en otras lenguas tras el rezo del Ángelus 

Hablando en italiano, Benedicto XVI recordó que en este primer domingo de febrero se celebra en Italia la "Jornada por la Vida". “Me uno -dijo- a los obispos italianos que en sus mensajes invitan a invertir en la vida y en la familia, también como respuesta efectiva a la crisis actual”. 

El Santo Padre saludó al Movimiento por la vida, deseándoles éxito en la iniciativa llamada "Uno de nosotros", para que “Europa sea siempre un lugar en el que cada ser humano esté tutelado en su dignidad”. Y saludó también el Pontífice a los representantes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Roma, de modo particular a los docentes de Obstetricia y Ginecología, acompañado por el cardenal Vicario, y animándoles a formar a los agentes sanitarios en la cultura de la vida.

El Papa recordó a los peregrinos francófonos que “la fiesta de la Vida Consagrada celebrada ayer nos invita a escuchar el llamamiento de Dios y a responder con confianza y generosidad. Demos gracias y oremos por todos los consagrados, para que crezcan en santidad. Su testimonio nos lleva a un lugar importante en nuestro camino hacia Dios mediante la oración, la misa dominical, la lectura de su Palabra. Nuestra fe más viva puede cambiar nuestro corazón!”. 

“En el Evangelio de la liturgia de hoy, Jesús nos recuerda que ser un profeta no es una tarea fácil”, dijo el Santo Padre a los fieles de lengua inglesa. “Pidamos al Señor que dé a cada uno de nosotros un espíritu de coraje y sabiduría, para que en nuestras palabras y acciones, podamos proclamar la verdad salvífica del amor de Dios con audacia, humildad y coherencia”. 

A sus compatriotas y peregrinos de lengua alemana, el Papa afirmó que “Jesús proclama y encarna la buena noticia del amor de Dios para la humanidad”. “En un mundo que empuja a Dios a un lado y quiere conformarse con respuestas sencillas y no vinculantes, no nos cansemos de llevar a la gente la verdad de Cristo y la esperanza”. 

Dirigiéndose, finalmente, a los fieles polacos, Benedicto XVI volvió a recordar la Jornada de la Vida Consagrada. “A María, que brilla con el esplendor de la santidad en la vida de cada persona, -dijo- encomendemos en la oración a todos aquellos que han optado por la vida de los consejos evangélicos. Imitar a Jesús con alegría en la pobreza, la castidad y la obediencia, cumpliendo cada día el servicio a Dios y al prójimo.” (ER – RV)

Homilía completa del Santo Padre a los consagrados: Que su vida tenga siempre el sabor evangélico

Queridos hermanos y hermanas!

En su narración de la infancia de Jesús, san Lucas subraya cómo María y José eran fieles a la Ley del Señor. Con profunda devoción cumplen todo lo prescrito después del parto de un primogénito varón. Dos prescripciones muy antiguas: una se refiere a la madre y la otra al recién nacido. Para la mujer está prescrito que se abstenga, por cuarenta días, de las prácticas rituales y que después ofrezca un doble sacrificio: un cordero en holocausto y un pichón de paloma o una tórtola, por el pecado; pero, si la mujer es pobre, puede ofrecer dos tórtolas y dos pichones de paloma (cfr. Lv 12,1-8). 

San Lucas precisa que María y José ofrecieron el sacrificio de los pobres (cfr. 2,24). Para el primogénito varón, que según la Ley de Moisés es propiedad de Dios, se prescribía el rescate, establecido en la ofrenda que se debía pagar a un sacerdote en cualquier lugar. Ello en perenne memoria de que, en el tiempo del Éxodo, Dios salvó a los primogénitos de los judíos (cfr Ex 13, 11 -16)

Es importante observar que para estos dos actos – la purificación de la madre y el rescate del hijo – no se necesitaba ir al Templo. Sin embargo, María y José quieren cumplir todo en Jerusalén y san Lucas nos hace ver que toda la escena converge hacia el Templo hasta focalizarse en Jesús, que entra en él. Y he aquí que, precisamente a través de la prescripción de la Ley, el acontecimiento principal se vuelve otro, es decir la «presentación» de Jesús en el Templo de Dios, que significa el acto de ofrecer al Hijo del Altísimo al Padre que lo ha enviado (cfr. Lc 1,32.35).

Esta narración del Evangelista se comprueba en la palabra del profeta Malaquías, que escuchamos al comienzo de la primera Lectura: «Así dice el Señor Dios: ‘Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Ángel de la alianza que ustedes desean ya viene...Él purificará a los hijos de Leví... para que ofrezcan al Señor los que presentan la ofrenda conforme a la justicia». (3,1.3). Claramente aquí no se habla de un niño y, sin embargo, esta palabra encuentra su cumplimiento en Jesús, porque ‘enseguida’, gracias a la fe de sus padres, Él ha sido llevado al Templo. Y, en el acto de su «presentación», o de su «ofrenda» personal a Dios Padre, se trasluce claramente el tema del sacrificio y del sacerdocio, como en el pasaje del profeta. 

El niño Jesús, presentado enseguida en el Templo, es el mismo que, siendo adulto, purificará el Templo (Cfr. Jn 2,13-22; Mc 11,15,19) y, sobre todo, hará de sí mismo el sacrificio y el sumo sacerdote de la nueva Alianza.

Ésta es también la perspectiva de la Carta a los Hebreos, de la que se ha proclamado un pasaje en la segunda Lectura, de forma que el tema del nuevo sacerdocio se refuerza: un sacerdocio – el que inaugura Jesús – que es existencial: «Y por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba». (Heb 2,18). Y así encontramos también el tema del sufrimiento, tan marcado asimismo en el pasaje evangélico, donde Simeón pronuncia su profecía sobre el Niño y sobre la Madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón». (Lc 2,34-35). 
La «salvación» que Jesús brinda a su pueblo, y que encarna en sí mismo, pasa a través de la cruz, a través de la muerte violenta que Él vencerá y transformará con la oblación de su vida por amor. Esta oblación se preanuncia por entero ya en el gesto de la presentación en el Templo, un gesto ciertamente movido por las tradiciones de la antigua Alianza, pero íntimamente animado por la plenitud de la fe y del amor que corresponde a la plenitud de los tiempos, a la presencia de Dios y de su Santo Espíritu en Jesús. El Espíritu, en efecto, aletea en toda la escena de la presentación de Jesús en el Templo, en particular sobre la figura de Simeón, pero también de Ana. Es el Espíritu «Paráclito», que lleva el «consuelo» de Israel y mueve los pasos y el corazón de aquellos que lo esperan. Es el Espíritu que sugiere las palabras proféticas de Simeón y de Ana, palabras de bendición, de alabanza a Dios, de fe en su Consagrado, de agradecimiento porque por fin nuestros ojos pueden ver y nuestros brazos pueden estrechar «la salvación» (cfr. 2,30)

“Luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel” (2,32): Simeón define así al Mesías del Señor, al final de su canto de bendición. El tema de la luz, que resuena el primer y el segundo carmen del siervo del señor, en el Deutero-Isaías (cfr Is 12,6; 49,6), está fuertemente presente en esta liturgia. Ella de hecho ha sido abierta por una sugestiva procesión, de la que han participado los Superiores y las Superioras generales de los institutos de vida consagrada aquí representados, que llevaban las candelas encendidas. Este signo específico de la tradición litúrgica de esta fiesta, es muy expresivo. Manifiesta la belleza y el valor de la vida consagrada como reflejo de la luz de Cristo; un signo que vuelve a recordar el ingreso de María en el Templo: la Virgen María, la Consagrada por excelencia, llevaba en brazos la Luz misma, el verbo encarnado, venido a disipar las tinieblas del mundo con el amor de Dios.

Queridos hermanos y hermanas consagrados, todos vosotros estáis representados en aquella peregrinación simbólica, que en el Año de la fe expresa aún más vuestro converger en la Iglesia, para ser confirmados en la fe y renovar la oferta de vosotros mismos a Dios. Dirijo con afecto a cada uno de vosotros, y a vuestros institutos, mi más cordial saludo y os agradezco por vuestra presencia. En la luz de Cristo, con los múltiples carismas de vida contemplativa y apostólica, vosotros cooperáis a la vida y a la misión de la Iglesia en el mundo. En este espíritu de reconocimiento y de comunión, quisiera dirigiros tres invitaciones, para que podáis entrar plenamente a través de aquella puerta de la fe, que esta siempre abierta para vosotros (cfr Cart. ap. Porta fidei,1).

En primer lugar, os invito a alimentar una fe capaz de iluminar vuestra vocación. Por esto os exhorto a hacer memoria, como en una peregrinación interior, del “primer amor” con el que el Señor Jesucristo ha encendido vuestro corazón, no por nostalgia, sino para alimentar esa llama. Y para esto es necesario estar con Él, en el silencio de la adoración; y así despertar la voluntad y el gozo de compartir la vida, las decisiones, la obediencia de fe, la bienaventuranza de los pobres, la radicalidad el amor. A partir siempre nuevamente de este encuentro de amor dejad todo para estar con Él al servicio de Dios y de los hermanos (cfr Exhort. ap. Vita consecrata, 1).

En segundo lugar, os invito a una fe que sepa reconocer la sabiduría de la debilidad. En los gozos y en las aflicciones del tiempo presente, cuando la dureza y el peso de la cruz se hacen sentir, no dudéis que la kenosis de Cristo es ya una victoria pascual. Justamente en el límite y en la debilidad humana estamos llamados a vivir la conformación a Cristo, en una tensión totalizadora que anticipa, en la medida de lo posible, en el tiempo, la perfección escatológica (ibid., 16). En la sociedad de la eficiencia y del éxito, vuestra vida, marcada por la “minoría” y por la debilidad de los pequeños, por la empatía con aquellos que no tienen voz, se convierte en un signo evangélico de contradicción.

Por ultimo, os invito a renovar la fe que os hace ser peregrinos hacia el futuro. Por su naturaleza la vida consagrada es peregrinación del espíritu, en búsqueda de un Rostro que algunas veces se manifiesta y otras se vela: “Faciem tuam, Domine, requiram” (Sal 26,8). Que éste sea el aliento constante de vuestro corazón, el criterio fundamental que orienta vuestro camino, tanto en los pequeños pasos cotidianos como en las decisiones más importantes. No os unáis a los profetas de desventura que proclaman el fin o la sinrazón de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y vístanse con las armas de la luz - como exhorta san Pablo ( cfr Rm 13, 11-14) - permaneciendo despiertos y vigilantes. San Cromacio de Aquileya escribía: “El Señor aleje de nosotros tal peligro para que nunca nos dejemos amodorrar por el sueño de la infidelidad, sino que nos conceda su gracia y su misericordia, para que podamos velar siempre en la fidelidad a Él. De hecho nuestra fidelidad puede velar en Cristo (Sermón 32, 4)”.

Queridos hermanos y hermanas, el gozo de la vida consagrada pasa necesariamente a través de la participación en la Cruz de Cristo. Así fue para María Santísima. El suyo es el sufrimiento del corazón que forma un todo único con el Corazón del Hijo de Dios, traspasado por amor. De aquella herida brota la luz de Dios, y también de los sufrimientos, de los sacrificios, del don de sí mismos que los consagrados viven por amor de Dios y de los demás se irradia la misma luz, que evangeliza las gentes. En esta fiesta, deseo de manera particular a vosotros consagrados que vuestra vida tenga siempre el sabor de la parresia evangélica, para que en vosotros la Buena Noticia sea vivida, testimoniada, anunciada y resplandezca como palabra de verdad (cfr Lect. ap. Porta fidei, 6). Amén.

(Traducción del italiano: Cecilia de Malak, Raúl Cabrera- Radio Vaticano)

sábado, 2 de febrero de 2013

El problema de las sectas

La tolerancia religiosa constituye un importante avance social en casi todos los países occidentales, donde en los últimos siglos la religión dominante ha solido respetar –salvo algunas excepciones– a quienes profesaban otras creencias minoritarias (algo que, como hemos recordado, no puede decirse que suceda de modo habitual en el resto del mundo).

Junto a eso, en los últimos años hay en esos países una seria preocupación –que comparto– por la aparición de lo que se ha llamado el fenómeno de las sectas. Se trata de un renacer de sentimientos religiosos bastante complejo, que debe analizarse con calma para no caer en actitudes persecutorias sistemáticas, que serían muy poco congruentes con la necesaria libertad religiosa.

Es preciso delimitar con claridad el problema. Para los romanos, secta era un bando, una escuela, un grupo de personas que seguían a un líder. Más adelante, se denominaron sectas a las doctrinas religiosas que se separaban de un tronco principal. Hoy, cuando se habla del problema de las sectas, solemos pensar en doctrinas que se propagan recurriendo a la violencia o al engaño, o ejerciendo una influencia ilegítima sobre las personas.

Como es lógico, hay que perseguir a quienes se apartan de la legalidad. Y si una secta utiliza medios ilegales, o comete cualquier irregularidad que deba castigarse, tendrán que intervenir los tribunales y hacer que se aplique la ley.

Pero no se les castigará por sus creencias, sino por violar la legalidad penal, civil, laboral, fiscal o administrativa vigente (secuestro de personas, violencia física o psíquica, proxenetismo, prostitución, inducción al suicidio, ejercicio ilícito de la medicina, evasión de impuestos, etc.). Y se castigaría igual a cualquiera que obrara así, fuera una secta, un grupo de amigos, un partido político o un club de cazadores.

Sin embargo, sería una clara manifestación de intolerancia perseguirlas simplemente porque adoptan o propagan estilos de vida que, siendo lícitos, son contrarios a la mentalidad dominante. Eso es lo que han hecho algunos movimientos antisectas, que califican como sectaria cualquier forma de experiencia religiosa que, desde su particular punto de vista, consideran más intensa de lo que su laicismo esté dispuesto a consentir.

Más preocupante aún es que algunos de esos movimientos antisectas parecen considerar lícito cualquier medio para conseguir los fines que se proponen. Es cierto que hay aspectos muy discutibles en muchas sectas, y que sus actuaciones son a veces claramente inmorales, y en algunos casos, incluso delictivas. Y efectivamente es preciso hacer una crítica enérgica, y pedir que se castigue con rigor cualquier conducta ilícita. Pero nunca puede ser correcto emplear para ello la violencia o el engaño, como de hecho hacen con frecuencia algunos de esos movimientos antisectas, cayendo en los mismos desafueros que ellos denuncian en las sectas.
Por: Alfonso Aguiló

viernes, 1 de febrero de 2013

TEXTO COMPLETO: Mensaje del Papa para la Cuaresma 2013

Creer en la caridad suscita caridad
«Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16)


Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

1. La fe como respuesta al amor de Dios

En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.

«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor... La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

2. La caridad como vida en la fe

Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).

Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).

La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).

3. El lazo indisoluble entre fe y caridad

A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.

La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).

En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto ―indispensable― con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.

A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.

4. Prioridad de la fe, primado de la caridad

Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).

La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).

La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la

caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co13,13).

Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.

Vaticano, 15 de octubre de 2012

BENEDICTUS PP. XVI

Bolivia: Inauguran imagen de la Virgen María más grande del mundo

Esta mañana se inauguró en Oruro (Bolivia), la imagen más grande del mundo dedicada a la Virgen María, concretamente la advocación de la Virgen de la Candelaria que localmente se conocen como Virgen del Socavón, y que tiene una altura de 45,5 metros; 7 metros más que el Cristo del Corcovado en Brasil.

"Este monumento de fe tiene una estructura antisísmica cuya solidez se sustenta en la fe inquebrantable y la fuerza de los orureños", dijo la alcaldesa de la ciudad, Rossío Pimentel, al entregar la obra en un acto al que asistió el Presidente de Bolivia, Evo Morales.

Miles de católicos acudieron a la inauguración de la imagen, que está colocado sobre uno de los cerros de Oruro que está a 3 740 metros sobre el nivel del mar y a unos 230 kilómetros al sur de La Paz.

"Más que una obra de ingeniería y arte, este monumento es un acto de fe, que refuerza nuestras tradiciones", dijo a la prensa Rolando Rocha, coordinador del grupo de escultores que ejecutó el proyecto cuyo costo ha sido de 1,2 millones de dólares.

La Virgen del Socavón de Oruro, es patrona de los mineros y Reina del Folklore de Bolivia, cuya imagen está en el Santuario Diocesano de Nuestra Señora del Socavón.

Con la inauguración de la gigantesca imagen se ha iniciado el carnaval de Oruro, declarado por la UNESCO como patrimonio de la humanidad. Es el único que tiene como motivo ewl baile en honor a la Virgen María.

La imagen pesa en total 1500 toneladas, está hecha de ferrocemento, hormigón y fibra de vidria.

Durante esta tarde, como todos los años, el pueblo de Oruro participa en la procesión de los Cirios hacia el Santuario del Socavón, por las calles de la ciudad.

Mons. Cristóbal Bialasik, Obispo de Oruro, envió una carta a los vecinos de las calles por donde recorrerá la peregrinación, invitándolos a preparar altares, escuchar la emisora diocesana y adornar sus fachadas con la Virgen del Socavón.

Mañana sábado 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria, se realizará el Festival de Bandas; en el que se dedicará un qochu (plegaria) a la Madre de Dios saludando su entrada en una de las réplicas que visitaron las parroquias.

A las 6:00 p.m. Mons. Bialasik presidirá una Eucaristía junto a las comunidades religiosas y clero local, al conmemorarse la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

El domingo 3 de febrero, a las 6:30 a.m., el Obispo y sus sacerdotes, con los religiosos y laicos acompañarán a los directivos de la Asociación de Conjuntos del Folklore de Oruro (ACFO) y autoridades en el inicio del llamado "Último Convite".

Los bailarines que componen los 48 conjuntos afiliados a la ACFO harán el último recorrido a través de la tradicional ruta rumbo al Santuario para pedir permiso a la Virgen y prometer bailar para ella durante tres años.

jueves, 31 de enero de 2013

PERÚ VIVE TU FE: Comunicado de los Obispos del Perú con motivo del Año de la Fe

Los Obispos del Perú, reunidos en Asamblea a todos nuestros hermanos en la fe les deseamos salud y paz en Jesucristo

1. Estamos en el Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI e iniciado ya en cada una de nuestras diócesis, prelaturas y vicariatos. Como continuadores del grupo de los apóstoles de Jesucristo, puestos por Él para hacerse presente al mundo y para reunir y guiar a su Iglesia, queremos expresarles, junto con el gozo compartido de ser sus discípulos, algunas reflexiones que puedan ayudarnos a “redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe” (Porta fidei7).

2. Nos llena de júbilo compartir con ustedes la misma fe en Jesús de Nazaret, Hijo de Dios y de María, pues en Él encontramos lo que, como personas humanas, todos buscamos: la verdad, el amor, la felicidad de una vida completa y sin fin. Lo diremos con palabras de la asamblea episcopal de 2007 en Aparecida: “Ante los desafíos que nos plantea esta nueva época en la que estamos inmersos, renovamos nuestra fe, proclamando con alegría a todos los hombres y mujeres de nuestro continente: Somos amados y redimidos en Jesús, Hijo de Dios, el Resucitado vivo en medio de nosotros; por Él podemos ser libres del pecado, de toda esclavitud y vivir en justicia y fraternidad. ¡Jesús es el camino que nos permite descubrir la verdad y lograr la plena realización de nuestra vida!” (Mensaje final, 1).

3. Efectivamente, proclamar nuestra fe en Jesucristo hoy es algo tan urgente como necesario, a la vista de los grandes desafíos que afrontamos en esta época, y porque estamos inmersos en una crisis de fe que no sólo dificulta la solución de los problemas humanos sino que los agrava. Esto es así porque, como bien sabemos los cristianos y nos lo confirma el Concilio Vaticano II, “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre el misterio de su vocación”(Gaudium et Spes22).

4. Pero esto no resulta tan claro para muchos de nuestros contemporáneos. Hay quienes no sólo lo desconocen o lo ponen en duda sino que lo rechazan. Con la creciente globalización de toda suerte de ideas, experiencias y comportamientos, también va haciéndose lamentablemente común y “normal” el prescindir de Dios y de su manifestación en Jesucristo para definir la vida personal y la organización de la sociedad. Nosotros mismos, discípulos del Señor, aunque –como Él nos dice– no seamos del mundo, por el hecho de estar en el mundo también podemos quedar afectados por el ambiente de increencia que nos envuelve. En consecuencia, recibamos la propuesta de este Año de la fe como “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo; un tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe, que es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él” (Porta fidei6,8.10), puesto que Él y sólo Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn14,6).

5. Esforcémonos, pues, durante este año, en redescubrir el don precioso de la fe, regalo que Dios nos da porque nos ama y quiere hacernos partícipes de su misma vida, pues nos ha creado a imagen y semejanza de su Hijo, Jesucristo, el cual, tomando nuestra maltrecha condición de pecadores, se ha entregado a nosotros, convirtiéndose así, para quien lo acepta, en su Redentor, en Recreador de su autenticidad humana. Sin este don, el hombre es como un ciego que no puede ver, como un hambriento que se debilita, como un paralítico que no se puede mover.

6. Sin la fe se está solo, sin Dios. Y sin Dios, el hombre pierde la verdad sobre sí mismo, sobre su real dignidad, vocación y misión. En consecuencia, el mundo no será la casa de la familia, sino una materia que usar sin sentido y sin control. Los otros ya no serán vistos como hermanos con quienes compartir vida y bienes; de modo que, en el mejor de los casos, podemos encontrarnos con actitudes de indiferencia –“¡es su problema!”–, y en los peores, con tantos otros males como, de hecho, nos afligen: celos, envidias, competencia desleal, calumnias, corrupción, injusticias, abuso de poder, violencia contra pobres e ignorantes, robos, secuestros, abortos provocados, homicidios y un largo etcétera de calamidades familiares y ciudadanas, nacionales e internacionales. Para colmo, hay quienes, sin conocerse ni valorarse a sí mismos, se desesperan hasta llegar al suicidio. ¡Pobre del individuo y de la sociedad que prescinden de Dios, pues están demoliendo sus cimientos y, sin cimientos, una casa se hunde!

7. En cambio, la presencia y la acción de Jesucristo, Dios-con-nosotros, que vive resucitado, animando, como cabeza, el cuerpo de su Iglesia que formamos sus discípulos, siempre hace posible, hoy igual que ayer, lo que parece imposible: ciegos que ven, sordos que oyen, muertos que resucitan y personas que dan a los demás, incluso a los enemigos, cuanto tienen: conocimientos, bienes materiales, cuidados sanitarios, amistad desinteresada y, llegado el caso, la propia vida para salvar la de otro. Una sociedad que legisle, gobierne, juzgue, eduque y actúe de acuerdo a la voluntad del Creador sobre la creatura –el mundo y la humanidad– a la que Él da vida, es una sociedad con cimientos indestructibles: progresarán en ella todos sus miembros, y multiplicarán sus posibilidades por la fuerza de la solidaridad en la que se reconocen y con la que interactúan, fruto y reflejo del Creador y Dador de la vida, que es comunidad de Tres en la unidad de su recíproco amor.

8. Con personas así, el mundo tiene futuro. Un futuro que no es capaz de impedir ni siquiera la muerte. El temor a perder lo que se tenga a la mano más acá de la muerte, como si todo fuera eso y no existiera nada más, es lo que ocasiona tanta violencia y sufrimiento. Quien sabe que Jesucristo ha resucitado sólo teme perderle, seguro de que, teniéndole a Él, nada le faltará, porque todo ha sido creado por Él y para Él; y Él se lo entrega a quien, aceptándole, ya en adelante vive pensando como Él, sintiendo como Él, hablando y actuando como Él. Ésta es la vida que brota de la fe: una vida cristiana, una vida unida a la de Cristo, como la suya: vida auténticamente humana, divina.

9. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si, al fin, se pierde a sí mismo? Este aviso de Jesús ha de animarnos a mantener nuestra fe en Él y a crecer como discípulos y misioneros suyos, pues la Buena Noticia de la Vida que recibimos de Dios Él la quiere para todos, y cuenta con nuestra colaboración para difundirla. La fe se agranda cuando se comparte. A todos –laicos, religiosos y ministros ordenados–nos llama el Señor a trabajar en su viña para que nadie pase hambre ni sed, para que nadie se pierda lejos de su Casa, sin Él. Por lo mismo, junto con el Papa,“deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza. Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe hacer propio, sobre todo en este Año” (Porta fidei9).

10. “El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida” (Porta fidei14). Es Él quien nos lo dice: “Lo que hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40).

11. Dios se ha dado a conocer en su Hijo hecho hombre, Jesucristo; y hoy se hace presente al mundo en la humanidad visible de la Iglesia que formamos nosotros, sus discípulos. Para que así sea, para que no seamos estorbo que impida encontrarle a quienes le andan buscando, oremos unos por otros y vivamos como Iglesia profundizando en el conocimiento de nuestra fe, bebiendo en la fuente de los sacramentos, ayudándonos a permanecer unidos en Jesucristo. De tal forma que sea Él a quien encuentren en nosotros cuantos se nos acerquen, así como muchos lo encontraron en nuestros queridos santos peruanos, para gloria de Dios y alegría de la humanidad.

12. Nos despedimos recordando una de sus preciosas palabras, válidas y eficaces permanentemente: “Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho esto para que gracias a mí tengan paz. En el mundo tendrán que sufrir; pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo. Volveré a verles y se alegrará su corazón, y su alegría nadie se la podrá quitar” (Jn16, 32-33;16,22).

Fraternalmente, en Jesucristo y María, la bienaventurada por haber creído, y, por ello, madre suya y nuestra, a quien pedimos interceda por nosotros para que creyendo, amemos, y, amando, gocemos de la vida y la felicidad que nunca se acaban.


Los Obispos del Perú.

Lima, enero de 2013

Calendario de las próximas Celebraciones litúrgicas del Papa


(Mons. Guido Marini, Maestro de las Celebraciones litúrgicas pontificias, hizo público el calendario de las próximas celebraciones que Benedicto XVI presidirá durante los meses de febrero y marzo. 

El próximo sábado, 2 de febrero, a las 17,30 en la Basílica Vaticana, Su Santidad presidirá la Santa Misa con los miembros de los Institutos de Vida Consagradas y las Sociedades de Vida Apostólica en la fiesta de la Presentación del Señor y XVII Jornada Mundial de la Vida Consagrada. 

El lunes 11 de febrero, en la Sala del Consistorio, tendrá lugar a las 11,00 de la mañana un Consistorio Ordinario Público para la presentación de algunas Causas de Canonización. 

El miércoles 13 de febrero, a las 16,30 de la tarde, en la Basílica romana de San Anselmo, tendrá lugar la “Statio” con procesión penitencial, y a las 17,00 en la Basílica de Santa Sabina, el Papa celebrará la Santa Misa con la bendición e imposición de las cenizas.

El 17 de febrero, Primer Domingo de Cuaresma, comenzarán, a las 18,00 los ejercicios espirituales de la Curia Romana en la Capilla Redemptoris Mater del Vaticano; que concluirán el sábado 23 de febrero en la misma capilla a las 9 de la mañana.

El 24 de marzo, Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, en la Plaza de San Pedro, a las 9,30 de la mañana, tendrá lugar la bendición y procesión de las palmas a lo que seguirá la celebración de la Santa Misa presidida por Benedicto XVI.

El 28 de marzo, Jueves Santo, el Papa celebrará a las 9,30 de la mañana en la Basílica Vaticana, la Santa Misa del Crisma.

Ese mismo día por la tarde, el Santo Padre dará inicio al Triduo Pascual en la Basílica romana de San Juan de Letrán, a las 17,30 de la tarde, con la Celebración de la Santa Misa de la Cena del Señor.

El 29 de marzo, Viernes Santo, el Obispo de Roma celebrará el Vía Crucis, a las 21,15 de la noche, en el Coliseo.

El 30 de marzo, Sábato Santo, Su Santidad celebrará la Vigilia Pascual en la Noche Santa, a las 20,30 en la Basílica de San Pedro.

Y el 31 de marzo, Domingo de Pascua, el Santo Padre presidirá la Santa Misa en la Plaza de San Pedro a las 10,15 de la mañana, mientras a mediodía, desde la logia central dirigirá su Bendición “Urbi et Orbi”.

Texto completo de la Catequesis del Papa: "Confiar en el perdón de Dios cuando nos equivocamos" (31.01.13)

Queridos hermanos y hermanas:

en la catequesis del miércoles pasado, hemos reflexionado sobre las palabras del Credo: "Creo en Dios". Pero la profesión de fe especifica esta afirmación: Dios es el Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Me gustaría reflexionar con ustedes ahora sobre la primera y fundamental definición de Dios, que el Credo nos presenta: Él es Padre.
No siempre es fácil hoy en día hablar de paternidad. Sobre todo en el mundo occidental. Las familias disgregadas, los compromisos de trabajo cada vez más apretados, las preocupaciones y, a menudo, la fatiga de equilibrar el presupuesto familiar, así como la invasiva distracción de los medios de comunicación en la vida diaria son algunos de los muchos factores que pueden impedir una relación serena y constructiva entre padres e hijos. 
A veces, la comunicación se hace difícil, se pierde la confianza y la relación con la figura del padre puede llegar a ser problemática. Por lo que, no teniendo modelos adecuados como referencia, se vuelve problemático incluso imaginar a Dios como padre. Para aquellos que han tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario e inflexible, o indiferente y poco afectuoso, o incluso ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y abandonarse a Él con confianza.
Pero la revelación bíblica ayuda a superar estas dificultades hablándonos de un Dios que nos muestra qué significa ser verdaderamente "padre", y es sobre todo el Evangelio el que nos revela este rostro de Dios como Padre, que ama hasta el don de su propio Hijo para la salvación de la humanidad. 
La referencia a la figura paterna ayuda por lo tanto a comprender algo del amor de Dios, que sin embargo es infinitamente más grande, fiel y total que el de cualquier hombre. "¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan! "(Mt 7,9 - 11; cfr Lc 11,11 a 13). Dios es nuestro Padre porque Él nos ha bendecido y elegido antes de la creación del mundo (cfr. Ef 1,3-6), nos hizo realmente sus hijos en Jesús (cfr. 1 Jn 3,1). Y, como Padre, Dios acompaña con amor nuestra vida, nos da su Palabra, sus enseñanzas, su gracia y su Espíritu.
Él - como revela Jesús - es el Padre que alimenta a las aves del cielo, sin que deban sembrar y cosechar, y reviste de colores maravillosos las flores del campo, con trajes más bellos que los del rey Salomón (cfr. Mt 6,26 - a 32; Lucas 12,24-28), y - añade Jesús - ¡nosotros valemos mucho más que las flores y las aves del cielo! Y si Él es tan bueno que hace "salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos " (Mt 5, 45), siempre podremos, sin miedo y con total confianza, encomendarnos a su perdón cuando nos equivocamos de camino. Dios es un Padre bueno que acoge y abraza al hijo perdido y arrepentido (cfr. Lc 15, 11), da gratuitamente a los que piden (cfr. Mt 18,19; Mc 11, 24, Jn 16, 23) y ofrece el pan del cielo y el agua viva que da vida para siempre (cfr. Jn 6, 32, 51,58).
Por lo tanto, el orante del Salmo 27, rodeado de enemigos, asediado por los malvados y calumniadores, mientras busca la ayuda del Señor y lo invoca, puede dar su testimonio lleno de fe, afirmando: " Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá "(v. 10). Dios es un Padre que nunca abandona a sus hijos, un Padre amoroso que sostiene, ayuda, acoge, perdona y salva, con una fidelidad que supera inmensamente la de los hombres, para abrirse a las dimensiones de la eternidad. "Porque es eterno su amor", como repite en una letanía, en cada versículo, el Salmo 136 evocando la historia de la salvación. El amor de Dios Padre nunca falla, no se cansa de nosotros, es amor que se da sin límites, hasta el sacrificio de su Hijo. La fe nos dona esta certeza que se convierte en una roca segura en la construcción de nuestras vidas: podemos afrontar todos los momentos de dificultad y de peligro, la experiencia de la oscuridad de la crisis y del tiempo de dolor, sostenidos por la fe en que Dios no nos deja solos y siempre está cerca, para salvarnos y llevarnos a la vida eterna.
Es en el Señor Jesús donde se muestra plenamente el rostro benévolo del Padre que está en los cielos. Conociéndolo a Él, podemos conocer también al Padre (cfr. Jn 8,19, 14,7), viéndolo a Él, podemos ver al Padre, porque Él está en el Padre y el Padre está en Él (cfr. Jn 14,9,11). Él es la "Imagen del Dios invisible”, como lo define el himno de la Carta a los Colosenses, “el Primogénito de toda la creación... el Primero que resucitó de entre los muertos", "en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados " y la reconciliación de todas las cosas, “habiendo restablecido la paz por la sangre de su cruz y reconciliando todo lo que existe en la tierra y en el cielo, " (cfr. Col 1,13-20).
La fe en Dios Padre pide creer en el Hijo, bajo la acción del Espíritu, reconociendo en la Cruz que salva la revelación definitiva del amor divino. Dios es nuestro Padre al darnos a su Hijo por nosotros; Dios es nuestro Padre perdonando nuestros pecados y llevándonos a la alegría de la vida resucitada; Dios es nuestro Padre al ofrecernos el Espíritu que nos hace hijos y que nos permite llamarlo, en verdad, "Abba, Padre "(cf. Rom 8:15). Por eso Jesús, enseñándonos a orar, nos invita a decir "Padre Nuestro" (Mt 6,9 a 13;. Cf Lc 11:2-4).
La paternidad de Dios es, pues, amor infinito, ternura que se inclina sobre nosotros, hijos débiles, necesitados de todo. El Salmo 103, el gran himno de la misericordia divina, proclama: "«Como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles; él conoce de qué estamos hechos, sabe muy bien que no somos más que polvo." (vv. 13-14). Es sólo nuestra pequeñez, nuestra débil naturaleza humana, nuestra fragilidad que se convierte en llamamiento a la misericordia del Señor para que manifieste su grandeza y ternura de Padre que nos ayuda, nos perdona y nos salva.
Y Dios responde a nuestra llamada, enviando a su Hijo, que muere y resucita por nosotros; entra en nuestra fragilidad, haciendo lo que el hombre solo nunca hubiera podido hacer: él toma sobre Sí el pecado del mundo, como cordero inocente y nos abre el camino a la comunión con Dios, nos hace verdaderos hijos de Dios. Está ahí, en el Misterio pascual, que se revela en todo su esplendor, el rostro definitivo del Padre. Y es aquí, en la Cruz gloriosa, que se realiza la plena manifestación de la grandeza de Dios como "Padre omnipotente".
Pero podemos preguntarnos: ¿cómo es posible imaginar un Dios todopoderoso mirando la cruz de Cristo? ¿Este poder del mal que lleva a matar al hijo de Dios? Nos gustaría una omnipotencia divina de acuerdo con nuestros esquemas mentales y nuestros deseos: un Dios "omnipotente" que resuelva los problemas, que intervenga para evitarnos las dificultades, que venza a los poderes adversos, cambie el curso de los acontecimientos y anule el dolor. Por eso, hoy en día muchos teólogos dicen que Dios no es omnipotente, porque de lo contrario no existiría tanto sufrimiento, y tanta maldad en el mundo. De hecho, ante el mal y el sufrimiento, para muchos de nosotros, es problemático, difícil creer en un Dios Padre y creerlo todopoderoso; algunos buscan refugio en los ídolos, cediendo a la tentación de encontrar una respuesta en una omnipotencia supuesta "magia" y sus promesas ilusorias.
Pero la fe en Dios Todopoderoso nos lleva por caminos muy diferentes. A aprender a conocer que el pensamiento de Dios es diferente del nuestro, que los caminos de Dios son diferentes de los nuestros, y también su omnipotencia es diferente: no se expresa como una fuerza automática o arbitraria, sino que se caracteriza por una libertad amorosa y paternal. De hecho, Dios al crear criaturas libres, dándoles libertad ha renunciado a una parte de su poder, dejando el poder de nuestra libertad. Así ama y respeta la libre respuesta de amor a su llamada. Como Padre, Dios quiere que seamos sus hijos de su corazón y vivamos como tal, en su Hijo, en comunión, en plena familiaridad con Él.
Su omnipotencia no se expresa en la violencia, no se expresa en la destrucción de un poder adverso como nosotros quisiéramos, sino que se expresa en el amor, la misericordia, el perdón, en la aceptación de nuestra libertad y en la incansable llamada a la conversión del corazón, en una actitud, sólo aparentemente débil. Dios parece débil si vemos a Jesucristo que ora, que invita, que se hace matar, pero es la actitud aparentemente débil hecha de paciencia, mansedumbre y amor que demuestra que éste es el verdadero camino de la potencia y de poder. Este es el poder de Dios y esto vencerá. El sabio del libro de la Sabiduría se dirige a Dios de esta manera: "Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan. Tú amas todo lo que existe…Pero tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida "(11:23-24a .26).
Sólo el que es realmente poderoso puede soportar el dolor y tener a la vez compasión, solo quien es de verdad potente puede ejercer plenamente la fuerza del amor. Y Dios, a quien pertenecen todas las cosas, porque todas las cosas fueron hechas por Él, revela su fuerza amando a todos y a todo, en una paciente espera de la conversión de nosotros los hombres, a los que quiere tener como hijos. Dios espera nuestra conversión. El amor todopoderoso de Dios no tiene límites, hasta el punto que "no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Romanos 8:32). La omnipotencia del amor no es la del poder del mundo, sino la del don total, y Jesús, el Hijo de Dios, revela al mundo la verdadera omnipotencia del Padre dando su vida por nosotros pecadores. He aquí la verdadera, auténtica y perfecta potencia divina: responder al mal no con el mal sino con el bien, a los insultos con el perdón, al odio homicida con el amor que da la vida.
Así pues, el mal viene vencido realmente, porque viene lavado por el amor de Dios; y la muerte viene derrotada definitivamente, porque es transformada en don de vida. Dios Padre resucita al Hijo: la muerte, la gran enemiga (cf. 1 Cor 15:26), viene tragada y privada de su veneno (cf. 1 Cor 15,54-55), y nosotros, liberados del pecado, podemos acceder a nuestra realidad de hijos de Dios.
Por lo tanto, cuando decimos "Yo creo en Dios Padre omnipotente" expresamos nuestra fe en el poder del amor de Dios que, en su Hijo muerto y resucitado vence el odio, la maldad, el pecado y nos da vida eterna, aquella de hijos que quieren estar siempre en la "Casa del Padre". Decir Creo en Dios Padre omnipotente, en su poder, en su manera de ser padre, es siempre un acto de fe, de conversión, de transformación de nuestro pensamiento, de todo nuestro afecto, de todo nuestro modo de vivir.
Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que sostenga nuestra fe, que nos ayude a encontrar realmente la fe, y nos de la fuerza para anunciar a Cristo crucificado y resucitado Cristo y darle testimonio en el amor a Dios y al prójimo. Y Dios nos conceda recibir el don de nuestra filiación, para vivir plenamente la realidad del Credo, confiando en el amor del Padre y de su omnipotencia misericordiosa, la verdadera omnipotencia, que salva. Gracias. 

(traducción de Cecilia de Malak y Eduardo Rubió)

miércoles, 23 de enero de 2013

Texto completo de la catequesis del Papa: "Creer implica adhesión y obediencia" (23.01.13)

Queridos hermanos y hermanas:

en este Año de la fe, hoy me gustaría empezar a reflexionar juntos sobre el Credo, la solemne profesión de fe, que acompaña nuestras vidas como creyentes. El Credo comienza así: "Creo en Dios". Es una afirmación fundamental, aparentemente simple en su esencialidad, que sin embargo abre al mundo infinito de la relación con el Señor y con su misterio. Creer en Dios implica adhesión a Dios, acogida de su Palabra y obediencia gozosa a su revelación. 

Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: "La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. " (n. 166). Poder decir que se cree en Dios es, por lo tanto, un don y un compromiso al mismo tiempo, es gracia divina y responsabilidad humana, en una experiencia de diálogo con Dios, que, por amor, "habla a los hombres como amigos" (Dei Verbum, 2), nos habla para que, en la fe y con la fe, podamos entrar en comunión con Él.

¿Dónde podemos escuchar a Dios que nos habla? Para ello es fundamental la Sagrada Escritura, en la que, la Palabra de Dios se hace audible para nosotros y nutre nuestra vida de "amigos" de Dios. Toda la Biblia narra la revelación de Dios a la humanidad, toda la Biblia habla de la fe y nos enseña la fe, narrando una historia en la que Dios lleva a cabo su plan de redención y se acerca a los hombres, a través de tantas figuras luminosas de personas que creen en Él y confían en Él, hasta la plenitud de la revelación en el Señor Jesús.

En este sentido, es muy lindo el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos – que acabamos de escuchar - que habla de la fe y hace relucir las grandes figuras bíblicas que han vivido la fe, llegando a ser modelo para todos los creyentes: "Ahora bien, la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven. "(11,1) – dice el primer versículo. Los ojos de la fe son, por lo tanto, capaces de ver lo invisible y el corazón del creyente puede esperar más allá de toda esperanza, al igual que Abraham, del que Pablo dice en la Carta a los Romanos que "creyó, esperando contra toda esperanza" (4,18).

Y precisamente sobre Abraham, me gustaría que detengamos nuestra atención, porque él es la primera gran figura de referencia para hablar acerca de la fe en Dios: el gran patriarca Abraham, modelo ejemplar, padre de todos los creyentes (cfr. Rom 4,11-12 ). La Carta a los Hebreos lo presenta así: "Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa. Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. "(11, 8-10).

El autor de la Carta a los Hebreos se refiere aquí a la llamada de Abraham, narrada en el libro del Génesis ¿qué le pide Dios a este gran patriarca? Le pide que abandone su tierra para ir al país que le mostrará, " El Señor dijo a Abram: «Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. " (Génesis 12, 1). ¿Cómo habríamos respondido nosotros a una invitación semejante? Se trata, en efecto, de un partir en la oscuridad, sin saber dónde lo conducirá Dios, es un camino que requiere una obediencia y una confianza radicales, a la que sólo la fe permite acceder. Pero la oscuridad de lo desconocido está iluminada por la luz de una promesa; Dios añade a su mando una palabra tranquilizadora, que le abre a Abraham un futuro de vida en toda su plenitud: " Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre... y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra" (Gen 12,2.3).

La bendición, en la Sagrada Escritura, se enlaza principalmente con el don de la vida que viene de Dios y se manifiesta ante todo en la fertilidad, en una vida que se multiplica, pasando de generación en generación. Asimismo, la bendición está relacionada también con la experiencia de poseer una tierra, un lugar estable para vivir y crecer en libertad y seguridad, temiendo a Dios y construyendo una sociedad de hombres fieles a la Alianza, "un reino de sacerdotes y una nación santa" (cfr. Ex 19,6).

Por lo tanto, Abraham, en el diseño de Dios, está destinado a llegar a ser el "padre de una multitud de naciones" (Gn 17,5; cfr. Rom 4, 17-18) y a entrar en una nueva tierra donde vivir. Y, sin embargo, Sara, su esposa, es estéril, no puede tener hijos, el país al que Dios lo conduce está lejos de su tierra natal, ya está habitado por otros pueblos y nunca le pertenecerá verdaderamente. El narrador bíblico hace hincapié en esto, aunque muy discretamente: cuando Abraham llegó al lugar de la promesa de Dios: " los cananeos ocupaban el país " (Gen 12:6). La tierra que Dios le dona a Abraham no le pertenece, él es un extranjero y lo seguirá siendo para siempre, con todo lo que ello conlleva: no tener intenciones de posesión, sentir siempre la propia pobreza, verlo todo como un don. Ésta es también la condición espiritual de quien acepta seguir al Señor, de quien decide partir aceptando su llamada, bajo el signo de su bendición invisible pero poderosa. Y Abraham, el "padre de los creyentes", acepta esta llamada, en la fe. San Pablo escribe en la carta a los Romanos: “Esperando contra toda esperanza, Abraham creyó y llegó a ser padre de muchas naciones, como se le había anunciado: Así será tu descendencia. Su fe no flaqueó, al considerar que su cuerpo estaba como muerto - tenía casi cien años - y que también lo estaba el seno de Sara. El no dudó de la promesa de Dios, por falta de fe, sino al contrario, fortalecido por esa fe, glorificó a Dios, plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete”.(Rm 4,18-21).

La fe conduce a Abraham a seguir un camino paradójico. Él será bendecido, pero sin los signos visibles de la bendición: recibe la promesa de formar un gran pueblo, pero con una vida marcada por la esterilidad de Sara, su esposa; es llevado a una nueva patria, pero tendrá que vivir como un extranjero; y la única posesión de la tierra que se le permitirá será el de una parcela de terreno para enterrar a Sara (cf. Gn 23,1 a 20). Abraham fue bendecido porque, en la fe, supo discernir la bendición divina yendo más allá de las apariencias, confiando en la presencia de Dios, incluso cuando sus caminos se le muestran misteriosos.

¿Qué significa esto para nosotros? Cuando decimos: "Yo creo en Dios", decimos, como Abraham: "Confío en ti, me confío a ti, Señor", pero no como a Alguien a quien se acude sólo en los momentos de dificultad o al que dedicar algún momento del día o de la semana. Decir "Yo creo en Dios" significa fundar en Él mi vida, dejar que su Palabra la oriente cada día, en las opciones concretas sin temor de perder algo de mí mismo. Cuando, en el rito del Bautismo, se pide tres veces: "¿Creéis? en Dios, en Jesucristo, en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica y las demás verdades de la fe, la triple respuesta es en singular: "Yo creo", porque es mi existencia personal la que va a recibir un viraje con el don de la fe, es mi vida la que debe cambiar, convertirse. Cada vez que participamos en un Bautismo, debemos preguntarnos cómo vivimos cada día el gran don de la fe.

Abraham, el creyente, nos enseña la fe; y, como un extranjero en la tierra, nos muestra la verdadera patria. La fe nos hace peregrinos en la tierra, dentro del mundo y de la historia, pero en camino hacia la patria celestial.
Creer en Dios nos hace, pues, portadores de valores que a menudo no coinciden con la moda y la opinión del momento, nos pide adoptar criterios y asumir conductas que no pertenecen a la manera común de pensar. El cristiano no debe tener miedo de ir "contra corriente" para vivir su propia fe, resistiendo a la tentación de "adecuarse". En muchas de nuestras sociedades, Dios se ha convertido en el "gran ausente" y en su lugar hay muchos ídolos, en primer lugar el "yo" autónomo. Y también los significativos y positivos progresos de la ciencia y de la tecnología han llevado al hombre a una ilusión de omnipotencia y de autosuficiencia, y un creciente egoísmo ha creado muchos desequilibrios en las relaciones y el comportamiento social.

Y, sin embargo, la sed de Dios (cf. Sal 63,2) no se extinguió y el mensaje del Evangelio sigue resonando a través de las palabras y los hechos de muchos hombres y mujeres de fe. Abraham, el padre de los creyentes, sigue siendo el padre de muchos hijos que están dispuestos a seguir sus pasos y se ponen en camino, en obediencia a la llamada divina, confiando en la presencia benevolente del Señor y acogiendo su bendición para ser una bendición para todos. Es el mundo bendecido por la fe al que todos estamos llamados, para caminar sin miedo siguiendo al Señor Jesucristo. Y a veces es un difícil viaje, que conoce, incluso, la prueba de la muerte, pero que está abierto a la vida, en una transformación radical de la realidad que sólo los ojos de la fe pueden ver y disfrutar en abundancia.

Afirmar "yo creo en Dios" nos conduce, pues, a escapar, a salir de nosotros mismos continuamente, al igual que Abraham, para llevar, en la realidad cotidiana en que vivimos, la certeza que viene de la fe: la certeza, es decir, la presencia de Dios en la historia, también hoy; una presencia que da vida y salvación, y nos abre a un futuro con Él para una plenitud de vida que nunca conocerá la puesta del sol.

(Traducción de Cecilia de Malak y Eduardo Rubió)

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