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domingo, 20 de enero de 2013

Tercer día: "Caminar hacia la libertad", Unidad de los Cristianos

Tercer día "Caminar hacia la libertad " (Audio)

Lecturas:
Éxodo 1,15-22 Las matronas judías observan la ley de Dios por encima de la orden del faraón 
Salmo 17,1-6 La oración confiada del que está abierto a la mirada de Dios 
2 Corintios 3,17-18 La gloriosa libertad en Cristo de los hijos de Dios 
Juan 4,4-26 La conversación con Jesús lleva a la mujer samaritana a un modo de vida más libre 

Comentario: 
Caminar humildemente con Dios es siempre un caminar para recibir la libertad que concede a todos los pueblos. Teniendo esto presente, celebramos. Celebramos el misterio de la lucha por la libertad, que tiene lugar también en sitios donde la opresión, el prejuicio y la pobreza parecen cargas insostenibles. El claro rechazo a aceptar órdenes y condiciones inhumanas – como las que dio el faraón a las matronas del pueblo judío esclavizado – pueden parecer actos pequeños; sin embargo, estos son frecuentemente el tipo de actos a favor de la libertad que se producen en comunidades locales en todas partes. Este caminar resuelto hacia una vida más plena hace presente el don de la esperanza evangélica a todos los pueblos, concretado, de distintos modos, en los patrones de desigualdad que existen en el mundo.

El paso gradual de discriminaciones injustas y de prejuicios hacia la libertad se nos muestra en el relato del encuentro de Jesús con la mujer de Samaria junto al pozo. Esta mujer se pregunta ante todo por los prejuicios a los que se enfrenta y busca aliviar las cargas de su vida. Estas preocupaciones son el punto de partida del diálogo con Jesús. Él mismo inicia la conversación con ella a partir de su propia necesidad de una ayuda concreta (tiene sed) y de la consideración de los prejuicios sociales que hacen que esta ayuda parezca problemática. El camino hacia una vida más libre se va abriendo ante los ojos de la mujer a medida que las palabras de Jesús arrojan luz sobre la realidad compleja de su vida. Al final estas intuiciones personales dirigen la conversación hacia un lugar en que se trasciende lo que divide a estos dos grupos de personas: donde se debe dar culto. “Culto en espíritu y verdad” es lo que se exige, y aquí aprendemos a ser libres de todo lo que impide que vivamos juntos, que tengamos vida en abundancia.

Ser llamados a una mayor libertad en Cristo es ser llamados a una comunión más profunda. Las cosas que nos separan –tanto como cristianos en busca de la unidad, como en cuanto personas separadas por tradiciones y desigualdades injustas– nos mantienen atrapados y escondidos unos de otros. Nuestra libertad en Cristo se caracteriza por esa nueva vida en el Espíritu que nos permite estar juntos ante las glorias de Dios con “rostros descubiertos”. En esta luz gloriosa aprendemos a vernos unos a otros más auténticamente, mientras crecemos en la semejanza con Jesús hacia la plena unidad cristiana. 

Oración: 
Dios que liberas, te damos gracias por la resistencia y la fe esperanzada de los que luchan por la dignidad y la plenitud de la vida. Sabemos que levantas a los que son derribados y desatas a los que están atados. Tu Hijo Jesús camina con nosotros para mostrarnos la senda hacia la libertad verdadera. Que sepamos valorar lo que nos ha sido dado y que seamos fortalecidos para superar todo lo que dentro de nosotros nos esclaviza. Envíanos tu Espíritu para que la verdad nos haga libres y para que, uniendo nuestras voces, podamos proclamar tu amor al mundo. Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz. Amén.

Segundo día: "Caminar con el cuerpo partido de Cristo", Unidad de los Cristianos

( Con Audio) Segundo día " Caminar con el cuerpo partido de Cristo "
Lecturas 
Ezequiel 37,1-14 “¿Volverán a vivir estos huesos?” 
Salmo 22,1-8 El siervo de Dios, ultrajado e insultado, grita a Dios 
Hebreos 13, 12-16 La llamada a ir hacia Jesús “fuera del campamento” 
Lucas 22, 14-23 Jesús parte el pan, dándose a sí mismo, antes de su pasión 

Comentario 

Caminar humildemente con Dios significa escuchar la llamada a caminar fuera de los lugares de nuestra comodidad y acompañar a los otros, sobre todo a los otros que sufren.

“Nuestros huesos están secos, hemos perdido la esperanza, todo ha acabado para nosotros” (Ez37,11). Estas palabras de Ezequiel dan voz a la experiencia de muchas personas en todo el mundo hoy en día. En la India, son las ‘gente partida’ de las comunidades dalits, cuya vida habla con elocuencia de este sufrimiento – un sufrimiento que Cristo, el crucificado, comparte. Con las personas heridas de todos los tiempos y lugares, Jesús grita al Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Los cristianos están llamados a este camino de la cruz. La Carta a los Hebreos no solamente deja clara la realidad salvífica del sufrimiento de Jesús ‘en los márgenes’, sino también la necesidad de que sus discípulos ‘salgan del campamento’ para unirse con él allí. Cuando nos encontramos con los que han sido excluidos y reconocemos al crucificado en sus sufrimientos, la dirección hacia la cual debemos dirigirnos queda clara: estar con Cristo significa estar solidariamente con los que están marginados, cuyas heridas él comparte.

El cuerpo de Cristo, partido en la cruz, es “partido por vosotros”. El relato de la pasión de Cristo y su muerte tiene como prefacio el relato de la última cena: se celebra así como victoria sobre la muerte en cada eucaristía. En esta celebración cristiana, el cuerpo partido de Cristo es su cuerpo resucitado y glorioso; su cuerpo es partido para que podamos compartir su vida y, en él, ser un solo cuerpo. 

Como cristianos en camino hacia la unidad frecuentemente vemos la eucaristía como un lugar en que el escándalo de nuestra desunión se hace dolorosamente patente, ya que, de momento, no podemos compartir juntos plenamente este sacramento como deberíamos. Esta situación nos llama a renovar nuestros esfuerzos hacia una comunión más profunda entre nosotros.

Las lecturas de hoy pueden abrir también otra pista para la reflexión. Caminar con el cuerpo partido de Cristo nos abre vías para ser juntos eucarísticos: compartir nuestro pan con el hambriento, demoler las barreras de la pobreza y de la desigualdad –estos también son ‘actos eucarísticos’, en los cuales todos los cristianos están llamados a caminar juntos. El papa Benedicto XVI enmarca sus reflexiones sobre la eucaristía para la Iglesia justo de este modo: es un sacramento no solo para ser creído y celebrado, sino también para ser vivido (sacramentum caritatis). Manteniéndose dentro de la compresión ortodoxa de la ‘liturgia después de la liturgia’, reconoce que no hay nada ‘auténticamente humano’ que no encuentre su forma y su plenitud de vida en la eucaristía (SC 71).

Oración 

Dios de misericordia, tu Hijo murió en la cruz para que a través de su cuerpo partido pudieran ser destruidas nuestras divisiones. Sin embargo, lo hemos crucificado una y otra vez por medio de nuestra desunión, y con sistemas y actuaciones que obstaculizan tu cuidado paternal y socavan tu justicia hacia aquellos que han sido excluidos de los dones de tu creación. Mándanos tu Espíritu para que insufle vida y sanación en nuestras rupturas de modo que podamos dar testimonio juntos de la justicia y el amor de Cristo. Camina con nosotros hacia el día en que podamos compartir el único pan y el único cáliz en la mesa común. Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz. Amén.
Fuente: radiovaticana.org

Texto completo de la reflexión del Papa previa a la oración del Ángelus: Lo que llena verdaderamente el corazón (20.01.13)

¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy la Liturgia propone el Evangelio de las bodas de Caná, un episodio narrado por Juan, testigo ocular del hecho. Este episodio ha sido colocado en este domingo que sigue inmediatamente al tiempo de Navidad porque, junto con la visita de los Magos de Oriente y con el Bautismo de Jesús, forma la trilogía de la Epifanía, o sea la manifestación de Cristo. Aquello de las bodas de Caná es en efecto “el inicio de los signos de Jesús” (Jn, 2, 11), o sea el primer milagro cumplido por Jesús, con el cual Él manifestó en público su gloria, suscitando la fe de sus discípulos. Recordamos brevemente lo que ocurrió durante esa fiesta de las bodas en Caná de Galilea. Sucedió que hizo falta el vino, y María, la Madre de Jesús, lo hizo notar a su Hijo. Él le responde que aún no había llegado su hora; pero después, con la insistencia de María, llenadas de agua seis grandes ánforas , transformó el agua en vino, un vino excelente, mejor que el precedente. Con este “signo”, Jesús se revela como el esposo mesiánico, venido a establecer con su pueblo la nueva y eterna Alianza, según las palabras de los profetas: “Como se alegra el esposo con la esposa así se alegrará tu Dios contigo”. Y el vino es símbolo de esta alegría del amor; pero esto alude también a la sangre, que Jesús, derramará al final para sellar su pacto nupcial con la humanidad. 
La Iglesia es la esposa de Cristo, el cual la hace santa y bella con su gracia. Sin embargo esta esposa, formada por seres humanos, está siempre necesitada de purificación. Y una de las culpas más graves que desfiguran el rostro de la Iglesia es la que va contra su unidad visible, en particular las históricas divisiones que han separado a los cristianos y que no han sido aún superadas. Y justamente en estos días del 18 al 25 de enero, se desarrolla la anual Semana de oración por la unidad de los cristianos, un momento siempre grato a los creyentes y a las comunidades, que despierta en todos el deseo y el compromiso espiritual de la plena comunión. En este sentido ha sido muy significativa la vigilia que he podido celebrar hace casi un mes, en esta Plaza, con millares de jóvenes de toda Europa y con la comunidad ecuménica de Taizé; un momento de gracia en el cual hemos experimentado la belleza de formar en Cristo una cosa sola. Animo a todos a rezar juntos para que podamos realizar “Aquello que el Señor exige de nosotros” (cfr Mi 6,6-8), como dice este año el tema de la Semana; un tema propuesto por algunas comunidades cristianas de la India, que invitan a caminar con decisión hacia la unidad visible entre todos los cristianos y a superar, como hermanos en Cristo, todo tipo de injusta discriminación. El viernes próximo, al concluir estas jornadas de oración, presidiré las Vísperas en la Basílica de San Pablo extramuros, en presencia de los Representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales. 
Queridos amigos, a la oración por la unidad de los cristianos quisiera agregar todavía una vez mas la oración por la paz, para que, en los diversos conflictos por desgracia en acto, cesen las masacres de civiles inermes, tenga fin toda violencia, y se encuentre el coraje del diálogo y de la negociación. Para ambas intenciones, invoquemos la intercesión de María Santísima, mediadora de gracia. 
Traducción del italiano: Patricia Ynestroza-RV-@pattynesc


Saludos del Papa, en otras lenguas, tras la oración mariana del Ángelus

Terminada la oración dominical del Ángelus, el Santo Padre saludó, en una mañana desapacible y lluviosa en Roma, a los miles de peregrinos reunidos con él en la plaza de san Pedro. El primer milagro de Jesús en Cana y la Semana de Oración por la unidad de los cristianos fueron también los temas centrales de los saludos que el Santo Padre dirigió en otras lenguas a los fieles.

“Pidamos a Dios por el don de la unidad por la que Jesús oró”, exhortó el Papa a los peregrinos francófonos. “Comprometámonos a amarnos unos a otros para que el mundo crea. Que el Señor obtenga para nosotros, especialmente en este Año de la fe, la conversión del corazón y el espíritu para que la comunión entre los bautizados sea eficaz. 

Saludando en inglés, Benedicto XVI ha pedido unir “nuestras oraciones a las de nuestros hermanos y hermanas de todas las Iglesias y las comunidades, para dedicarnos cada vez más intensamente a trabajar para nuestra unidad visible en Jesucristo”.

Un cálido saludo de bienvenida lo ha dedicado Benedicto XVI a los siempre numerosos grupos de lengua alemana a los que, hablando del milagro de Jesús en las bodas de Caná, ha invitado a confiar en la intercesión de María siguiendo la palabra de Jesucristo para así caminar con Dios. 

Hablando en portugués, el Papa ha invocado asimismo la solicitud maternal de la Virgen María para que en cada hogar cristiano, se mantenga viva la llama de la fe, el amor y la armonía, como preciosa herencia que los padres han de entregar a sus hijos. ¡Salud, paz y gracia del Señor para todas vuestras familias y pueblos!

Finalmente a los peregrinos polacos el Pontífice ha pedido que la respuesta a la semana de Oración por la Unidad de los cristianos sea efectivamente “la oración, el diálogo ecuménico sincero, la búsqueda de la verdad, los gestos de comprensión mutua y la reconciliación. Que el Espíritu Santo nos una en la común profesión de fe y haga que ‘todos seamos uno’".
(ER - RV)
Saludo del Papa en lengua española: (Audio)

sábado, 19 de enero de 2013

Primer día: "Caminar en conversación", Unidad de los Cristianos

Radio Vaticano propone el audio con una breve reflexión y oración en el marco del Octavario de oración por la unidad de los Cristianos. El tema de este año es ¿Qué exige el Señor de nosotros?
(Cf. Miqueas 6, 6-8). Como presentación, recordemos que para conmemorar su centenario, se invitó al Movimiento Estudiantil Cristiano de la India (siglas en inglés: SCMI) a que preparara los materiales para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (SOUC) 2013, y este a su vez hizo partícipes a la Federación Universitaria Católica de toda la India y al Consejo Nacional de las Iglesias en la India. En el proceso preparatorio, al reflexionar sobre el significado de la SOUC, se decidió que en un contexto de gran injusticia hacia los dalits en la India y en la Iglesia, la búsqueda de la unidad visible no se puede disociar del desmantelamiento del sistema de castas y el reconocimiento de las aportaciones a la unidad por los más pobres entre los pobres.
En el contexto indio, los dalits son las comunidades consideradas ‘parias’. Son las personas más afectadas por el sistema de las castas, que es una modalidad rígida de estratificación social fundada en la noción de pureza e impureza ritual. En este sistema, las castas se distinguen en ‘superiores’ e ‘inferiores’. Las comunidades dalits son consideradas las más contaminadas y contaminantes. Se sitúan fuera del sistema de las castas y en el pasado incluso se las calificaba de ‘intocables’. A causa del sistema de las castas, los dalits son marginados socialmente, infrarepresentados políticamente, explotados económicamente, y culturalmente subyugados. Casi el 80% de los cristianos indios es de procedencia dalit. A continuación les proponemos los audios con los que se pueden acompañar las intenciones de este Octavario de oración. 

Primer día "Caminar en conversación" (Audio)

Primer día "Caminar en conversación"
Comentario 
Caminar humildemente con Dios significa caminar como personas que hablan unos con otros y con el Señor, estando siempre atentos a lo que oímos. Y así empezamos nuestra celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos reflexionando sobre pasajes de la Escritura que hablan de este quehacer fundamental que es la conversación. La conversación ha sido algo primordial para el movimiento ecuménico, al abrir espacios para que aprendamos unos de otros, compartiendo lo que tenemos en común y haciendo que nuestras diferencias salgan a la luz y sean abordadas. Esta es la forma en que se desarrolla el entendimiento mutuo. Los dones que derivan de la búsqueda de la unidad son parte de nuestra vocación fundamental de responder a lo que Dios exige de nosotros: a través de la conversación verdadera se hace justicia y aprendemos la amabilidad. Las experiencias de liberación real en todo el mundo muestran claramente que el aislamiento de las personas a las que se hace vivir en pobreza se supera forzosamente con la práctica del diálogo.
La lectura del Génesis de hoy y la historia de Pentecostés reflejan a la vez algo de este acto humano y su lugar en el plan de liberación de Dios para su pueblo. La historia de la torre de Babel describe en primer lugar cómo es posible realizar grandes empresas cuando no existen barreras lingüísticas. Sin embargo, la historia también narra el modo en que esta capacidad es comprendida como base para la autopromoción: “hacernos famosos” es lo que motiva la construcción de la gran ciudad. Al final este proyecto lleva a la confusión de las lenguas; desde este momento tenemos que aprender a conocer nuestra propia humanidad por medio de la escucha paciente del otro que es un extranjero para nosotros. Por medio de la efusión del Espíritu en Pentecostés se hace posible de un modo nuevo la comprensión por encima de las diferencias gracias al poder de la resurrección de Cristo. Ahora se nos invita a compartir el don de hablar y de escuchar orientados hacia el Señor y hacia la libertad. Estamos llamados a caminar en el Espíritu.
La experiencia de los discípulos en el camino de Emaús es una conversación que tiene lugar en el contexto de un viaje que hacen juntos, pero también de una pérdida y de una esperanza defraudada. Como Iglesias que vivimos con diferentes niveles de desunión y como sociedades divididas por prejuicios y miedo al otro, nos podemos reconocer en ello. Pero he aquí que Jesús elige unirse a la conversación precisamente en este momento – no presumiendo del rol superior de maestro, sino caminando al lado de sus discípulos. Su deseo de tomar parte en nuestra conversación y nuestra respuesta de querer que se quede y que hable más con nosotros es lo que permite un encuentro real con el Señor Resucitado.
Todos los cristianos saben lo que significa este encuentro con Jesús, y el poder de su palabra que ‘arde en nuestro corazón’; esta experiencia de resurrección nos llama a una unidad más profunda en Cristo. La conversación constante entre nosotros y con Jesús –también en nuestra misma desorientación – nos mantiene caminando juntos hacia la unidad.
Oración 
Jesucristo, confesamos con alegría nuestra identidad común en Ti y te damos gracias por invitarnos a un diálogo de amor contigo. Abre nuestros corazones para que podamos compartir más plenamente tu oración al Padre de que seamos uno, y para que, mientras viajamos juntos, podamos unirnos cada vez más unos a otros. Danos la valentía para que podamos dar testimonio juntos de la verdad y que nuestras conversaciones puedan abrazar a los que perpetúan la desunión. Manda tu Espíritu que nos dé fuerza para combatir las situaciones en las que falta dignidad y compasión en nuestras sociedades, nuestras naciones y en el mundo.
Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz. Amén.
Preguntas
¿Dónde practicamos una verdadera conversación más allá de las diferencias que nos separan? 
¿Está orientada nuestra conversación a una gran empresa solamente nuestra o hacia la vida nueva que trae esperanza de resurrección? 
¿Con qué personas conversamos y quién no está incluido en nuestra conversación? 

PLJR / @pjuregui

Roma locuta, causa finita

Por Natale Amprimo Plá
Constitucionalista

Las universidades son centros de estudios dedicados a la investigación, enseñanza y formación de los diversos campos del saber. Interesan a la Iglesia por dos motivos principales: por la importancia de iluminar las tareas universitarias a la luz del Evangelio, respetando su natural y legítima autonomía científica; y porque el ordenamiento canónico ha de garantizar que las universidades católicas respondan efectivamente a su condición (“El derecho de la Iglesia. Curso básico de derecho canónico”).

El Código Canónico de 1917 ya establecía que competía a los obispos el derecho de aprobar a los profesores de religión para cualquier grado; pero fue recién en 1931 que se introdujo en la legislación universal de la Iglesia el requisito de la “missio canónica”. El Código Canónico vigente dispone, en su canon 812: “Quienes explican disciplinas teológicas en cualquier instituto de estudios superiores deben tener mandato de la autoridad eclesiástica competente”.

Como explica Davide Cito, el mandato canónico formaliza y refuerza oficialmente el contenido jurídico del vínculo que existe entre el fiel que cultiva las ciencias sagradas y la autoridad eclesiástica, “pues para enseñar ciencias sagradas en las universidades católicas o eclesiásticas no basta con la preparación profesional y la moralidad de vida del profesor –que, por lo demás, son presupuestos ineludibles-, sino que se requiere además un acto administrativo de la autoridad eclesiástica por el que se confiere el encargo; este acto oficializa las obligaciones deontológicas que tal encargo lleva consigo y, por ende, las hace más eficaces, también ante el Derecho del Estado”.

En ese sentido, el otorgamiento del mandato canónico, si bien no implica que el profesor represente oficialmente a la Iglesia, ayuda a garantizar y a manifestar que enseña en comunión con la Iglesia y en conformidad con su magisterio. En el Perú, el acuerdo vigente entre la Santa Sede y el Estado Peruano le reconoce a la Iglesia la plena libertad y autonomía para establecer centros educacionales a todo nivel, además de disponer que, para el nombramiento civil de los profesores de Religión Católica de los centros educacionales públicos, se requiere de la presentación del obispo respectivo. Incluso señala: “El profesor de Religión podrá ser mantenido en su cargo mientras goce de la aprobación del obispo”.

En el caso de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) –a la que, por mandato de su santidad Benedicto XVI, se le ha prohibido el uso de los títulos de “pontificia” y “católica” en su denominación, debido a que, entre otras razones, “la mencionada universidad persiste en seguir orientando sus iniciativas institucionales según criterios que no son compatibles con la disciplina y la moral de la Iglesia”-, no debe llamar a extrañeza que no se renueven los mandatos canónicos, pues ello es una consecuencia natural de lo resuelto en Roma.

Lo ilógico sería que, a pesar de que las actuales autoridades de dicho centro de estudios han asumido una actitud de rebeldía a la indicación recibida del más alto nivel de la Iglesia Católica, se actuase aquí como si nada hubiese pasado, convalidando el desempeño de lo que, para la Iglesia, ya no es una universidad que se comporta como católica.

Si la PUCP sigue rechazando el magisterio de la Iglesia y desobedeciendo al mandato de las autoridades de la Iglesia Universal, resulta lógico que, desde la propia Iglesia, se adopten decisiones que, más temprano que tarde, incluirán aspectos adicionales, lo que sin duda afectará al alumnado; aunque pareciera que eso poco importa a las rebeldes autoridades universitarias.
Publicado en el diario El Comercio
Lunes, 3 de enero de 2013

miércoles, 16 de enero de 2013

Texto completo de la catequesis del Papa: "Jesús inaugura un nuevo modo de presencia de Dios en la historia" (16.01.13)

Queridos hermanos y hermanas:

el Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la divina Revelación, afirma que la íntima verdad de la revelación de Dios brilla para nosotros “en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la Revelación” (n. 2 ). El Antiguo Testamento nos dice cómo Dios, después de la creación, a pesar del pecado original y de la arrogancia del hombre de querer ponerse en el lugar de su Creador, vuelve a ofrecer la posibilidad de su amistad, sobre todo a través de la alianza con Abraham y el camino de un pueblo pequeño, el de Israel, que Él elige, no criterios de poder terrenal, sino simplemente por amor. 

Es una elección que sigue siendo un misterio y revela el estilo de actuar de Dios, que llama a algunos, no para excluir a los demás, sino para que sirvan de puente con el fin de conducir hacia Él. Elección siempre para el otro. En la historia del pueblo de Israel, podemos volver a recorrer las etapas de un largo camino, en el que Dios se deja conocer, se revela, entra en la historia con palabras y con acciones. Para esta obra, Él se sirve de mediadores, como Moisés, los Profetas y los Jueces, que comunican al pueblo su voluntad, recuerdan la necesidad de fidelidad a la alianza y mantienen viva la espera de la realización plena y definitiva de las promesas divinas.

Y es la realización de estas promesas que hemos contemplado en la Santa Navidad: la Revelación de Dios llega a su culmen, a su plenitud. En Jesús de Nazaret, Dios visita realmente a su pueblo, visita a la humanidad de una manera que va más allá de todas las expectativas: envía a su Hijo Unigénito, Dios mismo se hace hombre. Jesús no nos dice algo acerca de Dios, no habla simplemente del Padre - sino que es Revelación de Dios, porque es Dios - nos revela el rostro de Dios. En el prólogo de su Evangelio, Juan escribe: " Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre "(Jn 1,18).

Quisiera detenerme en este "revelar el rostro de Dios". En este contexto, San Juan, en su Evangelio, nos narra un hecho significativo, que acabamos de escuchar. Al acercarse la Pasión, Jesús tranquiliza a sus discípulos, exhortándoles a no tener miedo y tener fe, luego entabla un diálogo con ellos, en el que habla de Dios Padre (cfr. Jn 14,2-9). En un momento, el apóstol Felipe le pide a Jesús: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta" (Juan 14:8). Felipe es muy práctico y concreto: dice también lo que nosotros queremos decir, queremos ver al Padre - le pide "ver" el Padre, para ver su rostro. La respuesta de Jesús – no sólo a Felipe, sino también a nosotros - nos introduce en el corazón de la fe cristológica. El Señor afirma: "El que me ha visto, ha visto al Padre" (Jn 14, 9). En esta expresión se encierra sintéticamente la novedad del Nuevo Testamento, aquella novedad que apareció en la gruta de Belén: Dios se puede ver, Dios ha manifestado su rostro, es visible en Jesucristo.

En todo el Antiguo Testamento está presente el tema de la “búsqueda del rostro de Dios”, el anhelo de conocer este rostro, de ver a Dios como es, tanto que el término hebreo pānîm, que significa “rostro”, se repite 400 veces, de las que 100 se refieren a Dios, cien veces se refiere y se quiere ver el rostro de Dios. Y, sin embargo, la religión hebraica, prohibiendo por completo las imágenes, porque Dios no se puede representar – como hacían los pueblos cercanos con la adoración de los ídolos, por lo tanto con esta prohibición de imágenes en el Antiguo Testamento – parece excluir totalmente el “ver” del culto y de la piedad ¿Qué significa, entonces, para el piadoso israelita, buscar a pesar de todo el rostro de Dios, aun sabiendo que no puede haber ninguna imagen suya? La pregunta es importante: por un lado, quiere decir que Dios no puede ser reducido a un objeto, como una imagen que se puede tomar en la mano, así como no se puede poner algo en lugar de Dios, y por el otro, se afirma que Dios tiene un rostro, es decir que es un "Tú", que puede entrar en una relación, que no está cerrado en su Cielo, mirando desde lo alto a la humanidad.

Dios está sin duda por encima de todo, pero se dirige hacia nosotros, nos escucha, nos ve, habla, establece alianza, es capaz de amar. La historia de la salvación es la historia de Dios con la humanidad y la historia de esta relación de Dios, que se revela progresivamente al hombre, que se hace conocer a sí mismo, su rostro.

Precisamente al comienzo del año, el 1 de enero, hemos oído, en la liturgia, la hermosa oración de bendición sobre su pueblo: " Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz."(Números 6:24-26).
El Esplendor del rostro divino es la fuente de la vida, es lo que permite ver la realidad; la luz de su rostro es la guía de la vida. En el Antiguo Testamento hay una figura a la que está enlazado de forma muy especial el tema del ‘rostro de Dios. Se trata de Moisés, aquel al que Dios elige para liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto, donarle la Ley de la alianza y guiarlo a la Tierra prometida. 

Después Moisés regresaba al campamento, pero Josué –hijo de Nun, su joven ayudante– no se apartaba del interior de la Carpa. Pues bien, en el capítulo 33 del libro del Éxodo, se dice que Moisés tenía una relación cercana y confidencial con Dios: " El Señor conversaba con Moisés cara a cara, como lo hace un hombre con su amigo." (v. 11). En virtud de esta confianza, Moisés pide a Dios: "Muéstrame tu gloria", y la respuesta de Dios es clara:«Haré pasar junto a ti toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre del Señor… Pero tú no podrás ver mi rostro, porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo…Aquí a mi lado tienes un lugar… tú verás mis espaldas. Pero nadie puede ver mi rostro». (vv. 18-23). Por un lado, pues, hay un diálogo cara a cara, como amigos, pero por el otro, hay la imposibilidad, en esta vida, de ver el rostro de Dios, que permanece oculto; la visión es limitada. Al final, a Dios sólo se le puede seguir, viendo sus hombros. Los Padres dicen esto: tú sólo puedes ver mi espalda, significa que tú sólo puedes seguir a Cristo y siguiéndole ves desde detrás el misterio de Dios. Dios se puede seguir viendo su espalda.

Algo completamente nuevo sucede, sin embargo, con la Encarnación. La búsqueda del rostro de Dios recibe un cambio radical increíble, porque ahora se puede ver este rostro: el de Jesús, el Hijo de Dios que se hace hombre. En Él se cumple el camino de la revelación de Dios comenzado con la llamada de Abraham, Él es la plenitud de esta revelación, porque él es el Hijo de Dios, es a la vez "mediador y plenitud de toda la Revelación" (Constitución Dogmática. Dei Verbum, 2), y en Él el contenido de la Revelación y el Revelador coinciden. Jesús nos muestra el rostro de Dios y nos enseña el nombre de Dios. En la Oración sacerdotal de la Última Cena, Él le dice al Padre: "He manifestado tu nombre a los hombres... Yo les he dado a conocer tu nombre" (cf. Jn 17,6.26).

El término "nombre de Dios" significa Dios como Aquel que está presente entre los hombres. A Moisés en la zarza ardiente, Dios había revelado su nombre, se había hecho invocar, había dado una señal concreta de su "existencia" entre los hombres. Todo esto encuentra cumplimiento y plenitud en Jesús: Él inaugura de forma nueva la presencia de Dios en la historia, porque el que le ve a Él, ve al Padre, como dice a Felipe (cf. Jn 14:9). El Cristianismo - dice San Bernardo - es la "religión de la Palabra de Dios", no de, "una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo" (Hom. super missus est, IV, 11: PL 183, 86B). En la tradición de la patrística y medieval se usa una fórmula especial para expresar esta realidad: Jesús es el Verbum abbreviatum (cf. Rom 9,28, en referencia a Isaías 10:23), el Verbo abreviado, la Palabra breve, abreviada y sustancial del Padre, que nos dijo todo de Él. En Jesús toda la palabra es presente.

En Jesús incluso la mediación entre Dios y el hombre encuentra su plenitud. En el Antiguo Testamento hay una gran cantidad de figuras que han venido desempeñando esta tarea, sobre todo Moisés, el libertador del, el guía, el "mediador" de la alianza, como lo define el Nuevo Testamento (cf. Gal 3:19; Hechos 7 , 35, Jn 1:17). Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no es uno más de los mediadores entre Dios y el hombre, sino "el mediador" de la nueva y eterna alianza (cf. Heb 8:6; 9.15, 12.24), "un sólo, de hecho, es Dios - dice Pablo - y un solo uno el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesus"(1 Timoteo 2:5, Gálatas 3:19-20). En él podemos ver y conocer al Padre; en Él podemos invocar a Dios como "Abba, Padre" en Él nos vienen dada la salvación.

El deseo de conocer a Dios realmente, es decir, de ver el rostro de Dios, está en todos los hombres, incluso en los ateos. Y nosotros tenemos este deseo consciente de ver quién es, qué es, qué es para nosotros. Pero este deseo se realiza siguiendo a Cristo, así vemos la espalda y vemos, por fin, a Dios como a un amigo, su rostro en el rostro de Cristo.

Es importante que sigamos a Cristo pero no sólo cuando lo necesitamos y cuando encontramos un espacio de tiempo, entre los miles quehaceres de cada día, sino con nuestra vida. Toda nuestra existencia debe estar orientada al encuentro con Él, al amor hacia Él y en ella, el amor al prójimo debe tener asimismo un lugar central. Ese amor que, a la luz del Crucificado, nos hace reconocer el rostro de Jesús en el pobre, en el débil y en el que sufre. Ello es posible sólo si el verdadero rostro de Jesús se nos ha vuelto familiar, en la escucha de su Palabra - en el diálogo interior con su Palabra para que lo podamos encontrar a Él verdaderamente - y naturalmente en el Misterio de la Eucaristía. 

En el Evangelio de San Lucas es significativo el pasaje de los dos discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús al partir el pan. Pero preparados por el camino cuando está preparado por la invitación que le hacen para que se quede con ellos, preparado por el diálogo que hizo arder sus corazones. Así ven al final a Jesús. También para nosotros, la Eucaristía es, preparada por una vida en diálogo con Jesús, la gran escuela en la que aprendemos a ver el rostro de Dios, entramos en relación íntima con Él; y aprendemos al mismo tiempo a dirigir la mirada hacia el momento final de la historia, cuando Él nos saciará con la luz de su rostro. En la tierra caminamos hacia esta plenitud, en la espera gozosa que se cumpla el Reino de Dios.

(Traducción de Cecilia de Malak y Eduardo Rubió)

domingo, 13 de enero de 2013

Texto completo de la Homilía del Papa en la fiesta del Bautismo de Jesús: "Jesús ejerce sobre nosotros la acción liberadora del amor de Dios"

Queridos hermanos y hermanas

La alegría que brota de la celebración de la Santa Navidad encuentra hoy cumplimiento en la fiesta del Bautismo del Señor. A esta alegría se añade un ulterior motivo para nosotros, que estamos reunidos aquí: en el sacramento del Bautismo que dentro de poco administraré a estos recién nacidos se manifiesta, en efecto, la presencia viva y operante del Espíritu Santo que, enriqueciendo a la Iglesia con nuevos hijos, la vivifica y la hace crecer, y por esto no podemos dejar de alegrarnos. Deseo dirigirles un saludo especial a ustedes, queridos padres, padrinos y madrinas, que hoy testimonian su fe pidiendo el Bautismo para estos niños, para que sean generados a la vida nueva en Cristo y entren a formar parte de la comunidad de los creyentes.

El relato evangélico del bautismo de Jesús, que hoy hemos escuchado según la redacción de san Lucas, muestra la vía de abajamiento y de humildad, que el Hijo de Dios ha elegido libremente para adherir al designio del Padre, para ser obediente a su voluntad de amor hacia el hombre en todo, hasta el sacrificio en la cruz. Una vez adulto, Jesús da inicio a su ministerio público yendo al río Jordán para recibir de Juan un bautismo de penitencia y de conversión. Sucede lo que a nuestros ojos podría parecer paradójico. ¿Jesús tiene necesidad de penitencia y conversión? Ciertamente no. Y sin embargo, precisamente Aquel que carece de pecado, se pone entre los pecadores para hacerse bautizar, para cumplir este gesto de penitencia; el Santo de Dios se une a cuantos se reconocen necesitados de perdón y piden a Dios el don de la conversión, es decir la gracia de volver a Él con todo el corazón, para ser totalmente suyo. Jesús quiere ponerse de la parte de los pecadores, haciéndose solidario con ellos, expresando la cercanía de Dios. Jesús se muestra solidario con nosotros, con nuestra fatiga de convertirnos, de dejar nuestros egoísmos, de separarnos de nuestros pecados, para decirnos que si lo aceptamos en nuestra vida Él es capaz de volver a levantarnos y conducirnos a la altura de Dios Padre. Y esta solidaridad de Jesús no es, por decirlo de alguna manera, un sencillo ejercicio de la mente y de la voluntad. Jesús se ha inmerso realmente en nuestra condición humana, la ha vivido totalmente, menos que en el pecado, y es capaz de comprender su debilidad y fragilidad. Por esta razón Él siente compasión, elige “partir con” los hombres, hacerse penitente junto a ellos. Ésta es la obra de Dios que Jesús quiere cumplir: la misión divina de curar a quien está herido y medicar a quien está enfermo, de tomar sobre sí el pecado del mundo.

¿Qué sucede en el momento en que Jesús se hace bautizar por Juan? Frente a este acto de amor humilde por parte del Hijo de Dios, se abren los cielos y se manifiesta visiblemente el Espíritu Santo bajo forma de paloma, mientras una voz desde lo alto expresa la complacencia del Padre, que reconoce al Hijo Unigénito, al Amado. Se trata de una verdadera manifestación de la Santísima Trinidad, que da testimonio de la divinidad de Jesús, de su ser el Mesías prometido, Aquel a quien Dios ha enviado a liberar a su pueblo, para que sea salvado (Cfr, Is 40,2). Se realiza así la profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera Lectura: el Señor Dios viene con poder para destruir las obras del pecado y su brazo ejerce el dominio para desarmar al Maligno; verdaderamente Jesús actúa como el Pastor bueno que apacienta el rebaño y lo reúne, para que no sea dispersado (Cfr. Is 40,10-11), y ofrece su misma vida para que tenga vida. Por su muerte redentora el hombre es liberado del dominio del pecado y es reconciliado con el Padre; por su resurrección el hombre es salvado de la muerte eterna y es hecho victorioso sobre el Maligno.

Queridos hermanos y hermanas, ¿Qué se produce en el Bautismo que dentro de poco administraré a sus niños? Sucede precisamente esto: serán unidos de modo profundo y para siempre con Jesús, inmersos en el misterio de su muerte, que es fuente de vida, para participar en su resurrección, para renacer a una vida nueva. He aquí el prodigio que hoy se repite también para sus niños: al recibir el Bautismo ellos renacen como hijos de Dios, partícipes de la relación filial que Jesús tiene con el Padre, capaces de dirigirse a Dios llamándolo con plena confidencia y confianza: “Abbá, Padre”. Insertados en esta relación y liberados del pecado original, ellos se convierten en miembros vivos del único cuerpo que es la Iglesia y capaces de vivir en plenitud su vocación a la santidad, de modo que puedan heredar la vida eterna, obtenida gracias a la resurrección de Jesús.

Queridos padres, al pedir el Bautismo para sus niños, ustedes manifiestan y testimonian su fe, la alegría de ser cristianos y de pertenecer a la Iglesia. Es la alegría que brota de la conciencia de haber recibido un gran don de Dios, precisamente la fe, un don que ninguno de nosotros ha podido merecer, pero que nos ha sido dado gratuitamente y al cual hemos respondido con nuestro “sí”. Es la alegría de reconocernos hijos de Dios, de descubrir que nos encomendamos a sus manos, de sentirnos acogidos en un abrazo de amor, del mismo modo que una mamá sostiene y abraza a su niño. Esta alegría, que orienta el camino de cada cristiano, se funda en una relación personal con Jesús, una relación que orienta la entera existencia humana. En efecto, Él es el sentido de nuestra vida, Aquel sobre el cual vale la pena tener fija la mirada, para ser iluminados por su Verdad y poder vivir en plenitud. Por esto el camino de la fe que hoy comienza para estos niños se funda en una certeza, en la experiencia de que no hay nada más grande que conocer a Cristo y comunicar a los demás la amistad con Él; sólo en esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana y podemos experimentar lo que es bello y lo que libera (Cfr. Homilía de la Santa Misa por el inicio del Pontificado, 24 de abril de 2005). Quien ha experimentado esto no está dispuesto a renunciar a su propia fe por ninguna otra cosa en el mundo.

A ustedes, queridos padrinos y madrinas, les corresponde el importante deber de sostener y ayudar en la obra educativa de los padres, flanqueándolos en la transmisión de las verdades de la fe y en el testimonio de los valores del Evangelio, en hacer crecer a estos niños en una amistad cada vez más profunda con el Señor. Sepan ofrecerles siempre su buen ejemplo, mediante el ejercicio de las virtudes cristianas. No es fácil manifestar abiertamente y sin compromisos aquello en lo que se cree, especialmente en el contexto en el que vivimos, frente a una sociedad que considera con frecuencia fuera de moda y fuera del tiempo a quienes viven de la fe en Jesús. Siguiendo la ola de esta mentalidad, también puede existir entre los cristianos el riesgo de entender la relación con Jesús como limitante, como algo que mortifica la propia realización personal; “Dios es visto como el límite de nuestra libertad, un límite que hay que eliminar a fin de que el hombre pueda ser totalmente sí mismo” (La infancia de Jesús, 101). ¡Pero no es así! Esta visión muestra que no ha entendido nada de la relación con Dios, porque precisamente en la medida en que se procede en el camino de la fe, se comprende que Jesús ejerce sobre nosotros la acción liberadora del amor de Dios, que nos hace salir de nuestro egoísmo, de estar replegados sobre nosotros mismos, para conducirnos a una vida plena, en comunión con Dios y abierta a los demás. “Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios” (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera Carta de Juan expresan con singular claridad el centro de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino» (Encíclica Deus caritas est, 1). 

El agua con la cual estos niños serán marcados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los inmergirá en esa “fuente” de vida que es Dios mismo y que los hará sus hijos verdaderos. Y la semilla de las virtudes teologales, infundidas por Dios, la fe, la esperanza y la caridad, semilla que hoy es puesta en sus corazones por el poder del Espíritu Santo, deberá ser alimentada siempre por la Palabra de Dios y por los Sacramentos, de modo que estas virtudes del cristiano puedan crecer y llegar a su plena maduración, hasta hacer de cada uno de ellos un verdadero testigo del Señor. Mientras invocamos sobre estos pequeños la efusión del Espíritu Santo, los encomendamos a la protección de la Santísima Virgen; que Ella los custodie siempre con su materna presencia y los acompañe en todo momento de su vida. Amén.

(Traducción de María Fernanda Bernasconi).

Texto Alocución del Benedicto XVI previo al rezo mariano del Angelus Domini 13.01.2012

Queridos hermanos y hermanas: 
Con este domingo después de la Epifanía se concluye el Tiempo litúrgico de la Navidad: tiempo de luz, la luz de Cristo que, como nuevo sol aparecido en el horizonte de la humanidad, disipa las tinieblas del mal y de la ignorancia. Celebramos hoy la fiesta del Bautismo de Jesús: aquel Niño, hijo de la Virgen, que contemplamos en el misterio de su nacimiento, lo vemos hoy adulto sumergirse en las aguas del río Jordán, y santificar así todas las aguas y el cosmos entero –como indica la tradición oriental. Pero ¿por qué Jesús, en quien no había sombra de pecado, fue para hacerse bautizar por Juan? ¿Por qué quiso realizar este gesto de penitencia y conversión, junto con tantas personas que de este modo querían prepararse para la venida del mesías? Aquel gesto –que marca el inicio de la vida pública de Cristo, se coloca en la misma línea de la Encarnación, de la venida de Dios desde el más alto de los cielos hasta el abismo de los infiernos. El sentido de este movimiento de abajamiento divino se resume en una única palabra: amor, que es el nombre mismo de Dios. Escribe el apóstol Juan: «Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él», y lo envió «como víctima propiciatoria por nuestros pecados» (1 Jn 4,9-10). Por esto el primer acto público de Jesús fue el de recibir el bautismo de Juan, el cual, viéndolo llegar, dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

Narra el evangelista Lucas que mientras Jesús, habiendo recibido el bautismo, «mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”» (3,21-22). Este Jesús es el Hijo de Dios que está totalmente inmerso en la voluntad de amor del Padre. Este Jesús es Aquel que morirá en la cruz y resurgirá por la potencia del mismo Espíritu que ahora se posa sobre Él y lo consagra. Este Jesús es el hombre nuevo que quiere vivir como hijo de Dios, es decir, en el amor; el hombre que ante el mal del mundo, elige el camino de la humildad y de la responsabilidad, elige no de salvarse a sí mismo sino de ofrecer la propia vida por la verdad y la justicia. Ser cristianos significa vivir así, pero este tipo de vida comporta renacer: renacer desde lo alto, desde Dios, desde la Gracia. Este renacer es el Bautismo, que Cristo ha donado a la Iglesia para regenerar a los hombres en la vida nueva. Afirma un antiguo texto atribuido a san Hipólito: “quien baja con fe en este bautismo de regeneración, renuncia al diablo y se une a Cristo, reniega al enemigo y reconoce que Cristo es Dios, se desnuda de la esclavitud y se reviste de la adopción filial” (del Discurso sobre la Epifanía, 10: Pg 10, 862).

Según la tradición, esta mañana tuve la alegría de bautizar a un numeroso grupo de niños que nacieron en los últimos tres o cuatro meses. En este momento quiero extender mi oración y mi bendición a todos los recién nacidos; pero en especial invitar a todos a recordar nuestro Bautismo, hacer memoria de aquel renacer espiritual que nos abrió el camino de la vida eterna. Que pueda cada cristiano, en este Año de la fe, redescubrir la belleza de haber renacido desde lo alto, desde el amor de Dios, y vivir como su verdadero hijo. 

Traducción: Patricia L. Jáuregui Romero / @pjuregui

viernes, 11 de enero de 2013

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI CON OCASIÓN DE LA XXI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

(11 de febrero de 2013)

«Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10,37)

Queridos hermanos y hermanas:

1. El 11 de febrero de 2013, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, en el Santuario mariano de Altötting, se celebrará solemnemente la XXI Jornada Mundial del Enfermo. Esta Jornada representa para todos los enfermos, agentes sanitarios, fieles cristianos y para todas la personas de buena voluntad, «un momento fuerte de oración, participación y ofrecimiento del sufrimiento para el bien de la Iglesia, así como de invitación a todos para que reconozcan en el rostro del hermano enfermo el santo rostro de Cristo que, sufriendo, muriendo y resucitando, realizó la salvación de la humanidad» (Juan Pablo II, Carta por la que se instituía la Jornada Mundial del Enfermo, 13 mayo 1992, 3). En esta ocasión, me siento especialmente cercano a cada uno de vosotros, queridos enfermos, que, en los centros de salud y de asistencia, o también en casa, vivís un difícil momento de prueba a causa de la enfermedad y el sufrimiento. Que lleguen a todos las palabras llenas de aliento pronunciadas por los Padres del Concilio Ecuménico Vaticano II: «No estáis… ni abandonados ni inútiles; sois los llamados por Cristo, su viva y transparente imagen» (Mensaje a los enfermos, a todos los que sufren).

2. Para acompañaros en la peregrinación espiritual que desde Lourdes, lugar y símbolo de esperanza y gracia, nos conduce hacia el Santuario de Altötting, quisiera proponer a vuestra consideración la figura emblemática del Buen Samaritano (cf. Lc 10,25-37). La parábola evangélica narrada por san Lucas forma parte de una serie de imágenes y narraciones extraídas de la vida cotidiana, con las que Jesús nos enseña el amor profundo de Dios por todo ser humano, especialmente cuando experimenta la enfermedad y el dolor. Pero además, con las palabras finales de la parábola del Buen Samaritano, «Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10,37), el Señor nos señala cuál es la actitud que todo discípulo suyo ha de tener hacia los demás, especialmente hacia los que están necesitados de atención. Se trata por tanto de extraer del amor infinito de Dios, a través de una intensa relación con él en la oración, la fuerza para vivir cada día como el Buen Samaritano, con una atención concreta hacia quien está herido en el cuerpo y el espíritu, hacia quien pide ayuda, aunque sea un desconocido y no tenga recursos. Esto no sólo vale para los agentes pastorales y sanitarios, sino para todos, también para el mismo enfermo, que puede vivir su propia condición en una perspectiva de fe: «Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito» (Enc. Spe salvi, 37).

3. Varios Padres de la Iglesia han visto en la figura del Buen Samaritano al mismo Jesús, y en el hombre caído en manos de los ladrones a Adán, a la humanidad perdida y herida por el propio pecado (cf. Orígenes, Homilía sobre el Evangelio de Lucas XXXIV, 1-9; Ambrosio,Comentario al Evangelio de san Lucas, 71-84; Agustín, Sermón 171). Jesús es el Hijo de Dios, que hace presente el amor del Padre, amor fiel, eterno, sin barreras ni límites. Pero Jesús es también aquel que «se despoja» de su «vestidura divina», que se rebaja de su «condición» divina, para asumir la forma humana (Flp 2,6-8) y acercarse al dolor del hombre, hasta bajar a los infiernos, como recitamos en el Credo, y llevar esperanza y luz. Él no retiene con avidez el ser igual a Dios (cf. Flp 6,6), sino que se inclina, lleno de misericordia, sobre el abismo del sufrimiento humano, para derramar el aceite del consuelo y el vino de la esperanza.

4. El Año de la fe que estamos viviendo constituye una ocasión propicia para intensificar la diaconía de la caridad en nuestras comunidades eclesiales, para ser cada uno buen samaritano del otro, del que está a nuestro lado. En este sentido, y para que nos sirvan de ejemplo y de estímulo, quisiera llamar la atención sobre algunas de las muchas figuras que en la historia de la Iglesia han ayudado a las personas enfermas a valorar el sufrimiento desde el punto de vista humano y espiritual. Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, «experta en la scientia amoris» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo Millennio ineunte, 42), supo vivir «en profunda unión a la Pasión de Jesús» la enfermedad que «la llevaría a la muerte en medio de grandes sufrimientos» (Audiencia general, 6 abril 2011). El venerable Luigi Novarese, del que muchos conservan todavía hoy un vivo recuerdo, advirtió de manera particular en el ejercicio de su ministerio la importancia de la oración por y con los enfermos y los que sufren, a los que acompañaba con frecuencia a los santuarios marianos, de modo especial a la gruta de Lourdes. Movido por la caridad hacia el prójimo, Raúl Follereau dedicó su vida al cuidado de las personas afectadas por el morbo de Hansen, hasta en los lugares más remotos del planeta, promoviendo entre otras cosas la Jornada Mundial contra la lepra. La beata Teresa de Calcuta comenzaba siempre el día encontrando a Jesús en la Eucaristía, saliendo después por las calles con el rosario en la mano para encontrar y servir al Señor presente en los que sufren, especialmente en los que «no son queridos, ni amados, ni atendidos». También santa Ana Schäffer de Mindelstetten supo unir de modo ejemplar sus propios sufrimientos a los de Cristo: «La habitación de la enferma se transformó en una celda conventual, y el sufrimiento en servicio misionero… Fortificada por la comunión cotidiana se convirtió en una intercesora infatigable en la oración, y un espejo del amor de Dios para muchas personas en búsqueda de consejo» (Homilía para la canonización, 21 octubre 2012). En el evangelio destaca la figura de la Bienaventurada Virgen María, que siguió al Hijo sufriente hasta el supremo sacrifico en el Gólgota. No perdió nunca la esperanza en la victoria de Dios sobre el mal, el dolor y la muerte, y supo acoger con el mismo abrazo de fe y amor al Hijo de Dios nacido en la gruta de Belén y muerto en la cruz. Su firme confianza en la potencia divina se vio iluminada por la resurrección de Cristo, que ofrece esperanza a quien se encuentra en el sufrimiento y renueva la certeza de la cercanía y el consuelo del Señor.

5. Quisiera por último dirigir una palabra de profundo reconocimiento y de ánimo a las instituciones sanitarias católicas y a la misma sociedad civil, a las diócesis, las comunidades cristianas, las asociaciones de agentes sanitarios y de voluntarios. Que en todos crezca la conciencia de que «en la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici, 38).

Confío esta XXI Jornada Mundial del Enfermo a la intercesión de la Santísima Virgen María de las Gracias, venerada en Altötting, para que acompañe siempre a la humanidad que sufre, en búsqueda de alivio y de firme esperanza, que ayude a todos los que participan en el apostolado de la misericordia a ser buenos samaritanos para sus hermanos y hermanas que padecen la enfermedad y el sufrimiento, a la vez que imparto de todo corazón la Bendición Apostólica.

Vaticano, 2 de enero de 2013

Benedictus PP XVI
Fuente:  www.vatican.va

¿Es malo creer en los horóscopos?

Los horóscopos pueden robar nuestra confianza en Dios porque hacen creer que no somos libres sino que estamos determinados por nuestro signo zodiacal.
Autor: Alejandro García del Olmo

Es muy normal que tengamos curiosidad por saber qué pasará en el futuro, pero dime ¿qué harías si supieras qué va a ser de ti mañana? 

Quizá si supieras que vas a ser un gran empresario, empezarías a ver de qué manera manejar mejor tu dinero; o si supieras que te enfermarás, comenzarías con poner todos los medios para prever dicha enfermedad y, si en el peor de los casos, te dicen que morirás, seguramente comenzarías de inmediato a dejar listos esos pendientes que tienes, y sobre todo te acercarías a la confesión para estar en gracia. 

¡Cuántas cosas haríamos!, ¿verdad? Nosotros, cristianos, no consultamos horóscopos o personas que supuestamente dicen el futuro, porque ello contradice el honor y el respeto que debemos a Dios. 

Querer saber el futuro es querer ser iguales a Dios, pretensión tan soberbia como absurda. Debemos confiar a la Providencia divina nuestra vida, confiar en Dios como Padre que es.

Así que olvídate de andar por ahí con consultas a los astros, horóscopos y adivinos. 

Lo que te recomiendo es que comiences hoy por hacer todas esas cosas que harías si supieras tu futuro. No te preocupes del mañana, mejor ocúpate del presente.

La ciencia que responde a los interrogantes que nos provocan las estrellas es la astronomía. Esta disciplina nació entre los caldeos hace unos treinta o cuarenta siglos y sigue progresando hoy gracias a los programas espaciales de Estados Unidos y Rusia. 

Junto a este saber, como hongo nacido en medio de un hermoso jardín, apareció la astrología, ficción que pretende determinar una supuesta influencia sobre nuestras vidas por parte de los cuerpos celestes.

La palabra "horóscopo" se utilizaba en los siglos pasados para designar a los sacerdotes encargados de observar el curso de las estrellas. Luego pasó a significar la influencia que los astros habrían de tener sobre nuestras vidas. Esta creencia tan absurda, sigue influyendo en algunas personas de nuestro nuevo siglo XXI.

El zodiaco es una franja imaginaria del firmamento donde aparecen doce constelaciones que se pueden observar a simple vista. Las doce constelaciones del zodiaco son Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis.

Estos doce nombres provienen de palabras latinas que indican diversas divinidades mitológicas veneradas entre los antiguos caldeos. Los horóscopos dicen que nuestra vida depende de la constelación zodiacal que hace sentir su influencia en el mes de nuestro nacimiento. Si nací en enero soy Acuario; si nací en agosto, soy Leo... etc. 

La creencia en los horóscopos es peligrosa. Casi es como creer en otra religión. Porque intentan hacernos creer que no somos libres sino que estamos determinados en todo por nuestro signo zodiacal. No sería yo quien realiza su propia vida, sino que todo mi obrar estaría dirigido por una extraña fuerza proveniente de las estrellas. Pero nada de lo que dicen los horóscopos está científicamente fundado. Lo que afirman sobre Sagitario hoy, lo dirán mañana de Piscis y viceversa. Es un triste problema que los horóscopos sigan haciéndose y, peor aún, que haya quienes se creen todo lo que leen.

No es lícito ni conveniente, pues puede robar nuestra confianza en Dios.

Por otra parte, el que verdaderamente confía, cree y ama a Dios no busca símbolos o signos del cielo ni de la tierra, como bien lo explica Nuestro Señor: ¿Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra y no sabéis distinguir los signos de los tiempos...? (Mt. 16, 1-4).

A veces nos puede ganar la curiosidad de saber lo que dirán de nuestro futuro; pero lo único que conseguimos es poner nuestro mayor tesoro, la vida, en manos de suposiciones tan genéricas y ambiguas que le podrían pasar a cualquiera.

Dios te cuida y te ama personalmente, ¿por qué quieres encerrarte en 12 símbolos?, que si los dividimos entre la población mundial, 6 mil millones de habitantes, a 500 millones de personas les pasaría lo mismo, lo cual no sólo es aburrido sino incluso contrario a nuestra experiencia ¿no crees?

Los cristianos debemos más bien dedicar nuestro tiempo a pedir a Dios que nos aumente la fe y que nos ayude a evitar todo lo que nos aparte de Él.
Fuente: catholic.net

miércoles, 9 de enero de 2013

Texto completo de la Catequesis del Papa: "Recuperar el estupor frente al misterio" (09.01.13)

Queridos hermanos y hermanas:

en este tiempo de Navidad, nos detenemos de nuevo en el gran misterio de Dios que bajó de su Cielo para entrar en nuestra carne. En Jesús, Dios se encarnó, se hizo hombre como nosotros, y así nos abrió el camino hacia su Cielo, hacia la comunión plena con Él.

En estos días, en nuestras iglesias ha resonado varias veces la palabra "Encarnación" de Dios, para expresar la realidad que celebramos en la Santa Navidad: El Hijo de Dios se hizo hombre, como recitamos en el Credo. Pero ¿qué significa esta palabra central de la fe cristiana? Deriva del latín "incarnatio". San Ignacio de Antioquía, a finales del siglo I y especialmente San Ireneo han utilizado este término, reflexionando sobre el Prólogo del Evangelio de San Juan, en particular sobre la expresión "La Palabra se hizo carne" (Jn 1,14). 

Aquí la palabra "carne" - según la costumbre hebraica - se refiere a la persona integralmente, en su totalidad, a su aspecto de caducidad y temporalidad, su pobreza y su contingencia. Y ello para decirnos que la salvación traída por el Dios hecho carne en Jesús de Nazaret, abraza al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en la que se encuentre. 

Dios tomó la condición humana para curar de todo lo que nos separa de Él, por lo que podemos llamar, en su Hijo unigénito, con el nombre de "Abba, Padre" y ser verdaderamente sus hijos. San Ireneo dice: "Esto es por qué el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con la Palabra y recibiendo así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios "(Adversus haereses, 3,19,1:. PG 7,939; cf Catecismo de la Iglesia Católica, 460).

"El Verbo se hizo carne" es una de esas verdades a las que nos hemos acostumbrado tanto, que ya casi no nos impacta la magnitud del evento que expresa. Y de hecho, en este tiempo de Navidad, en el que esta expresión se repite a menudo en la liturgia, a veces se dedica mayor atención a los aspectos exteriores, a los "colores" de la fiesta, en lugar de estar atentos al corazón de la gran novedad cristiana que celebramos: algo absolutamente impensable, que sólo Dios podía obrar y en la que sólo se puede entrar con la fe. El Logos que está con Dios, el Logos, que es Dios (cfr Jn 1, 1), para el cual fueron creadas todas las cosas (cfr. 1,3), que ha acompañado a los hombres en la historia con su luz (cfr. 1,4- 5; 1,9), se hace carne y pone su morada entre nosotros, se hace uno de nosotros (cfr. 1,14). El Concilio Ecuménico Vaticano II afirma: "El Hijo de Dios ... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”. (Constitución Gaudium et Spes, 22). Es importante, entonces, recuperar el asombro ante el misterio, dejarse envolver por la magnitud de este acontecimiento: Dios ha recorrido como un hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su propia vida (cfr. 1 Jn 1,1 - 4). Y no lo hizo con el esplendor de un soberano, que con su poder somete al mundo, sino con la humildad de un niño.

Me gustaría señalar un segundo elemento. En Navidad solemos intercambiar algunos regalos con las personas más cercanas. A veces puede ser un acto realizado por convención, pero en general expresa afecto, es un signo de amor y de estima. En la oración de las ofrendas de la Misa en la Solemnidad de la Navidad oramos así: "Acepta, oh Padre, nuestra oferta en esta noche de luz, y por este misterioso intercambio de dones transformarnos en Cristo, tu Hijo, que elevó al hombre a tu lado en la gloria". El anhelo de la donación está en el corazón de la liturgia y recuerda a nuestra conciencia el don original de la Navidad: en esa noche santa de Dios, haciéndose carne, quiso hacerse don para los hombres, se entregó por nosotros, asumió nuestra humanidad para donarnos su divinidad.

Este es el gran don. Incluso en nuestro dar no es importante que un regalo sea caro o no; quien no es capaz de donar un poco de sí mismo, da siempre muy poco; incluso, a veces incluso se intenta reemplazar el corazón y el compromiso de donación de uno mismo con el dinero, con cosas materiales. El misterio de la Encarnación significa que Dios no lo ha hecho así: no ha dado cualquier cosa, sino que se entregó a sí mismo en su Hijo Unigénito. Aquí encontramos el modelo de nuestro dar, para que nuestras relaciones, sobre todo las más importantes, sean impulsadas con la generosidad y el amor.

Quisiera ofrecer una tercera reflexión: el hecho de la Encarnación de Dios, que se hace un hombre como nosotros, nos muestra el realismo sin precedentes del amor divino. La acción de Dios, de hecho, no se limita a las palabras, es más podríamos decir que Él no se contenta con hablar, sino que se inmersa en nuestra historia y asume sobre sí la fatiga y el peso de la vida humana. El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, nació de la Virgen María, en un tiempo y en un lugar específico, en Belén durante el reinado del emperador Augusto, bajo el gobernador Quirino (Lc 2,1-2); creció en una familia, tuvo amigos, formó un grupo de discípulos, dio instrucciones a los apóstoles para que continuaran su misión, completó el curso de su vida terrenal en la cruz.

Este modo de actuar de Dios es un poderoso estímulo para cuestionarnos sobre el realismo de nuestra fe, que no debe limitarse a la esfera de los sentimientos y emociones, sino que debe entrar en la realidad de nuestra existencia, es decir, debe tocar nuestra vida de cada día y orientarla de manera práctica. Dios no se detuvo en las palabras, sino que nos mostró cómo vivir, compartiendo nuestra propia experiencia, salvo en el pecado. El Catecismo de San Pío X, que algunos de nosotros hemos estudiado de niños, con su sencillez, a la pregunta: "¿Para vivir según Dios, ¿qué debemos hacer", da esta respuesta: "Para vivir según Dios debemos creer las verdades reveladas por Él y observar sus mandamientos con la ayuda de su gracia, que se obtiene mediante los sacramentos y la oración”. La fe tiene un aspecto fundamental que afecta no sólo la mente y el corazón, sino toda nuestra vida.

Un último elemento que propongo a vuestra reflexión. San Juan dice que el Verbo, el Logos estaba con Dios desde el principio, y que todas las cosas fueron hechas por medio del Verbo, y que nada de lo que existe fue hecho sin Él (cf. Jn 1:1-3). El evangelista claramente alude a la historia de la creación que se encuentra en los primeros capítulos del Libro del Génesis, y los relee a la luz de Cristo. Este es un criterio fundamental en la lectura cristiana de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento siempre deben ser leídos juntos y a partir del Nuevo se revela el sentido más profundo también del Antiguo. Aquel mismo Verbo, que siempre ha existido con Dios, que es Dios Él mismo y por el cual y en vista del cual todas las cosas fueron creadas (cf. Col 1:16-17), se hizo hombre: el Dios eterno e infinito se sumergió en la finitud humana, en su criatura, para reconducir el hombre y el conjunto de la creación a Él. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: "la primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo brillo supera el de la primera "(n. 349).

Los Padres de la Iglesia han acercado Jesús a Adán, hasta llamarlo "segundo Adán" o el nuevo Adán, la imagen perfecta de Dios. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que nos da la respuesta completa a la pregunta "¿Quién es el hombre?". Sólo en Jesús se revela plenamente el proyecto de Dios sobre el ser humano: Él es el hombre definitivo según Dios. El Concilio Vaticano II lo reitera firmemente. Dice así: "En realidad, sólo en el misterio del Verbo encarnado, encuentra verdadera luz el misterio del hombre ... Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le revela su sublime vocación" (Gaudium et spes, 22;. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 359). En aquel niño, el Hijo de Dios contemplado en la Navidad, podemos reconocer el verdadero rostro, no solo de Dios sino del ser humano; y sólo mediante la apertura de la acción de su gracia y tratando todos los días de seguirle, nosotros realizamos el plan de Dios sobre nosotros. Sobre cada uno de nosotros.

Queridos amigos, en este periodo meditamos sobre la grande y maravillosa riqueza del misterio de la Encarnación, para permitir que el Señor nos ilumine y nos transforme cada vez más a la imagen de su Hijo hecho hombre por nosotros.

(traducción de Cecilia de Malak y Eduardo Rubió)

domingo, 6 de enero de 2013

Perú: Ex Pontificia Universidad Católica del Perú (Ex PUCP) no podrá dictar curso de teología

El Arzobispo de Lima y Primado del Perú Cardenal Juan Luis Cipriani, prohibió a la ex PUCP el dictado de cursos de teología, por ser una universidad que según decreto de la Santa Sede no debe usar los títulos de "Pontificia" y "Católica".

El Cardenal Cipriani declaró a Radio Programas del Perú (RPP) a finales de diciembre de 2012 que "es contradictorio que se siga enseñando Teología en una universidad que no quiere ser Pontificia ni Católica".

El Purpurado precisó además que la licencia para el dictado de curso de teología no ha sido renovada porque la universidad es "una institución que está en un enfrentamiento con la Santa Sede".

Ante la noticia, el rectorado de la ex PUCP emitió un comunicado calificando de "infundada e injusta" la decisión del Arzobispado de Lima, informando que "la Universidad adoptará las medidas necesarias para garantizar el cumplimiento de los planes de estudio". Sin embargo en el mismo documento, reconoce que es atribución de Arzobispo de Lima otorgar o retirar el mandato canónico a los docentes de cursos de teología.

El Cardenal Cipriani dijo además que "la universidad no quiere acatar la decisión del Vaticano, pero si quiere seguir enseñando Teología, seguir llamándose Católica y Pontificia, no juguemos", precisó y dijo que espera que las autoridades universitarias acepten lo que exige el Papa, es decir, adecuar sus estatutos a lo establecido para todas las universidades católicas del mundo en el documento Ex Corde Ecclesiae.

Desde que se conoció el decreto del Vaticano con fecha 11 de julio de 2012en el que se prohíbe el uso de los títulos "Pontificia" y "Católica" las autoridades de la ex PUCP iniciaron una campaña de insultos y mentiras en contra de la Iglesia, llegando incluso a decir que "van a tener que usar la violencia para sacarnos" de la universidad, como declaró la vicerrectora de la ex PUCP, Pepi Patrón, al diario estadounidense The New York Times.

El Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, escribió una carta al rector de la ex PUCP, Marcia Rubio Correa, en la que lo responsabiliza de la situación actual de la universidad.
Fuente: aciprensa.com

Texto completo de la alocución del Papa a la hora del ángelus: "Buscar a Dios con sencillez de espíritu"

Queridos hermanos y hermanas: Hoy celebramos la Epifanía del Señor, su manifestación a la gente, mientras numerosas Iglesias Orientales, según el calendario Juliano, festejan la Navidad. Esta ligera diferencia, que hace que se superpongan los dos momentos, hace resaltar que aquel Niño, nacido en la humildad de la gruta de Belén, es la luz del mundo, que orienta el camino de todos los pueblos. Es un binomio que también hace reflexionar desde el punto de vista de la fe: por una parte, en Navidad, ante Jesús, vemos la fe de María, de José y de los pastores; y hoy, en la Epifanía, vemos la fe de los Magos, venidos de Oriente para adorar al rey de los Judíos.

La Virgen María, junto a su esposo, representan el “tronco” de Israel, el “resto” preanunciado por los profetas, del que debía germinar el Mesías. En cambio los Magos representan los pueblos, y también podemos decir las civilizaciones, las culturas, y las religiones que están, por decirlo de alguna manera, en camino hacia Dios, en busca de su reino de paz, de justicia, de verdad y de libertad. En un primer momento hay un núcleo, personificado por María, la “hija de Sión”: un núcleo de Israel, el pueblo que conoce y que tiene fe en aquel Dios que se ha revelado a los Patriarcas y en el camino de la historia. Esta fe alcanza su cumplimiento en María, en la plenitud de los tiempos; en ella, “bienaventurada porque ha creído”, el Verbo se ha hecho carne, Dios ha “aparecido” en el mundo. La fe de María se convierte en la primicia y el modelo de la fe de la Iglesia, Puelo de la Nueva Alianza. Pero este pueblo es desde el inicio universal, y esto lo vemos hoy en las figuras de los Magos, que llegan a Belén siguiendo la luz de una estrella y las indicaciones de las Sagradas Escrituras.

San León Magno afirma: “En un tiempo se había prometido a Abraham una descendencia innumerable que habría sido generada no según la carne, sino en la fecundidad de la fe” (Discurso 3 para la Epifanía, 1: PL 54, 240). La fe de María se puede poner junto a la de Abraham: es el nuevo inicio de la misma promesa, del mismo inmutable designio de Dios, que encuentra ahora su pleno cumplimiento en Jesucristo. Y la luz de Cristo es tan límpida y fuerte que hace inteligible tanto el lenguaje del cosmos, cuanto el de las Escrituras, de modo que todos aquellos que, como los Magos, están abiertos a la verdad, pueden reconocerla y llegar a contemplar al Salvador del mundo. Dice también San León: “Que entre por tanto en la familia de los patriarcas la gran masa de las gentes… Que todos los pueblos adoren al Creador del universo, y que Dios sea conocido no sólo en Judea, sino en toda la tierra» (Ibíd.). También en esta perspectiva podemos ver las Ordenaciones episcopales que he tenido la alegría de conferir esta mañana en la Basílica de San Pedro: dos de los nuevos Obispos permanecerán al servicio de la Santa Sede, y los otros dos partirán para ser Representantes Pontificios en dos naciones. Oremos por cada uno de ellos, por su ministerio, y para que la luz de Cristo resplandezca en el mundo entero. 

Queridos hermanos y hermanas: Mañana las Iglesias de Oriente que siguen el calendario juliano celebrarán la Navidad del Señor: en la alegría de la fe común les dirigido mi más cordial deseo de paz, con un recuerdo especial en la oración.

En Italia se celebra hoy la Jornada de la Santa Infancia, dedicada a los niños que se comprometen por la difusión del Evangelio y para ayudar concretamente a sus coetáneos que tienen mayores necesidades. Queridos niños, les agradezco y los anima: ¡lleven a todos el amor de Dios!

Saludo a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana. En esta solemnidad de la Epifanía del Señor, a ejemplo de los Magos de oriente, invito a todos a buscar a Dios con sencillez de espíritu, sin sucumbir ante el desaliento o la crítica. Él se revela a los humildes y a los pobres de espíritu. Él no se cansa de llamar a la puerta de nuestro corazón. Encontrar a Dios es lo mejor que le puede ocurrir a un hombre. Abramos, pues, nuestra vida a la luz de su gracia y descubriremos la fuerza necesaria para edificar una sociedad cada vez más reconciliada y solidaria. Feliz domingo.

Texto completo de la homilía del Santo Padre en la Solemnidad de la Epifanía

Queridos hermanos y hermanas

Para la Iglesia creyente y orante, los Magos de Oriente que, bajo la guía de la estrella, encontraron el camino hacia el pesebre de Belén, son el comienzo de una gran procesión que recorre la historia. Por eso, la liturgia lee el evangelio que habla del camino de los Magos junto con las espléndidas visiones proféticas de Isaías 60 y del Salmo 72, que ilustran con imágenes audaces la peregrinación de los pueblos hacia Jerusalén. Al igual que los pastores que, como primeros huéspedes del Niño recién nacido que yace en el pesebre, son la personificación de los pobres de Israel y, en general, de las almas humildes que viven interiormente muy cerca de Jesús, así también los hombres que vienen de Oriente personifican al mundo de los pueblos, la Iglesia de los gentiles -los hombres que a través de los siglos se dirigen al Niño de Belén, honran en él al Hijo de Dios y se postran ante él. La Iglesia llama a esta fiesta «Epifanía», la aparición del Divino. Si nos fijamos en el hecho de que, desde aquel comienzo, hombres de toda proveniencia, de todos los continentes, de todas las culturas y modos de pensar y de vivir, se han puesto y se ponen en camino hacia Cristo, podemos decir verdaderamente que esta peregrinación y este encuentro con Dios en la figura del Niño es una Epifanía de la bondad de Dios y de su amor por los hombres (cf. Tt 3,4).

Siguiendo una tradición iniciada por el beato Papa Juan Pablo II, celebramos también en el día de la fiesta de la Epifanía la ordenación episcopal de cuatro sacerdotes que, a partir de ahora, colaborarán en diferentes funciones con el ministerio del Papa al servicio de la unidad de la única Iglesia de Cristo en la pluralidad de las Iglesias particulares. El nexo entre esta ordenación episcopal y el tema de la peregrinación de los pueblos hacia Jesucristo es evidente. La misión del Obispo no es sólo la de caminar en esta peregrinación junto a los demás, sino la de preceder e indicar el camino. En esta liturgia, quisiera además reflexionar con vosotros sobre una cuestión más concreta. Basándonos en la historia narrada por Mateo podemos hacernos una cierta idea sobre qué clase de hombres eran aquellos que, a consecuencia del signo de la estrella, se pusieron en camino para encontrar aquel rey que iba a fundar, no sólo para Israel, sino para toda la humanidad, una nueva especie de realeza. Así pues, ¿qué clase de hombres eran? Y nos preguntamos también si, a partir de ellos, a pesar de la diferencia de los tiempos y los encargos, se puede entrever algo de lo que significa ser Obispo y de cómo ha de cumplir su misión.

Los hombres que entonces partieron hacia lo desconocido eran, en cualquier caso, hombres de corazón inquieto. Hombres movidos por la búsqueda inquieta de Dios y de la salvación del mundo. Hombres que esperaban, que no se conformaban con sus rentas seguras y quizás una alta posición social. Buscaban la realidad más grande. Tal vez eran hombres doctos que tenían un gran conocimiento de los astros y probablemente disponían también de una formación filosófica. Pero no solo querían saber muchas cosas. Querían saber sobretodo lo que es esencial. Querían saber cómo se puede llegar a ser persona humana. Y por esto querían saber si Dios existía, donde esta y cómo es. Si él se preocupa de nosotros y cómo podemos encontrarlo. No querían solamente saber. Querían reconocer la verdad sobre nosotros, y sobre Dios y el mundo. Su peregrinación exterior era expresión de su estar interiormente en camino, de la peregrinación interior de sus corazones. Eran hombres que buscaban a Dios y, en definitiva, estaban en camino hacia él. Eran buscadores de Dios.

Y con eso llegamos a la cuestión: ¿Cómo debe de ser un hombre al que se le imponen las manos por la ordenación episcopal en la Iglesia de Jesucristo? Podemos decir: debe ser sobre todo un hombre cuyo interés esté orientado Dios, porque sólo así se interesará también verdaderamente por los hombres. Podemos decirlo también al revés: un Obispo debe de ser un hombre al que le importan los hombres, que se siente tocado por las vicisitudes de los hombres. Debe de ser un hombre para los demás. Pero solo lo será verdaderamente si es un hombre conquistado por Dios. Si la inquietud por Dios se ha trasformado en él en una inquietud por su criatura, el hombre. Como los Magos de Oriente, un Obispo tampoco ha de ser uno que realiza su trabajo y no quiere nada más. No, ha de estar poseído de la inquietud de Dios por los hombres. Debe, por así decir, pensar y sentir junto con Dios. No es el hombre el único que tiene en sí la inquietud constitutiva por Dios, sino que esa inquietud es una participación en la inquietud de Dios por nosotros. Puesto que Dios está inquieto con relación a nosotros, él nos sigue hasta el pesebre, hasta la cruz. «Buscándome te sentaste cansado, me has redimido con el suplicio de la cruz: que tanto esfuerzo no sea en vano», así reza la Iglesia en el Dies irae. La inquietud del hombre hacia Dios y, a partir de ella, la inquietud de Dios hacia el hombre, no deben dejar tranquilo al Obispo. A esto nos referimos cuando decimos que el Obispo ha de ser sobre todo un hombre de fe. Porque la fe no es más que estar interiormente tocados por Dios, una condición que nos lleva por la vía de la vida. La fe nos introduce en un estado en el que la inquietud de Dios se apodera de nosotros y nos convierte en peregrinos que están interiormente en camino hacia el verdadero rey del mundo y su promesa de justicia, verdad y amor. En esta peregrinación, el Obispo debe de ir delante, debe ser el que indica a los hombres el camino hacia la fe, la esperanza y el amor.

La peregrinación interior de la fe hacia Dios se realiza sobre todo en la oración. San Agustín dijo una vez que la oración, en último término, no sería más que la actualización y la radicalización de nuestro deseo de Dios. En lugar de la palabra «deseo» podríamos poner también la palabra «inquietud» y decir que la oración quiere arrancarnos de nuestra falsa comodidad, del estar encerrados en las realidades materiales, visibles y transmitirnos la inquietud por Dios, haciéndonos precisamente así abiertos e inquietos unos hacia otros. El Obispo, como peregrino de Dios, ha de ser sobre todo un hombre que reza. Ha de vivir en un permanente contacto interior con Dios; su alma ha de estar completamente abierta a Dios. Ha de llevar a Dios sus dificultades y las de los demás, así como sus alegrías y las de los otros, y así, a su modo, establecer el contacto entre Dios y el mundo en la comunión con Cristo, para que la luz de Cristo resplandezca en el mundo.

Volvamos a los Magos de Oriente. Ellos eran también y sobre todo hombres que tenían valor, el valor y la humildad de la fe. Se necesitaba tener valentía para recibir el signo de la estrella como una orden de partir, para salir –hacia lo desconocido, lo incierto, por los caminos llenos de multitud peligros al acecho. Podemos imaginarnos las burlas que suscitó la decisión de estos hombres: la irrisión de los realistas que no podían sino burlarse de las fantasías de estos hombres. El que partía apoyándose en promesas tan inciertas, arriesgándolo todo, solo podía aparecer como alguien ridículo. Pero, para estos hombres tocados interiormente por Dios, el camino acorde con las indicaciones divinas era más importante que la opinión de la gente. La búsqueda de la verdad era para ellos más importante que las burlas del mundo, aparentemente inteligente.

¿Cómo no pensar, ante una situación semejante, en la misión de un Obispo en nuestro tiempo? La humildad de la fe, del creer junto con la fe de la Iglesia de todos los tiempos, se encontrará siempre en conflicto con la inteligencia dominante de los que se atienen a lo que en apariencia es seguro. Quien vive y anuncia la fe de la Iglesia, en muchos puntos no está de acuerdo con las opiniones dominantes precisamente también en nuestro tiempo. El agnosticismo ampliamente imperante hoy tiene sus dogmas y es extremadamente intolerante frente a todo lo que lo pone en tela de juicio y cuestiona sus criterios. Por eso, el valor de contradecir las orientaciones dominantes es hoy especialmente acuciante para un Obispo. Él ha de ser valeroso. Y ese valor o fortaleza no consiste en golpear con violencia, en la agresividad, sino en el dejarse golpear y enfrentarse a los criterios de las opiniones dominantes. A los que el Señor manda como corderos en medio de lobos se les requiere inevitablemente que tengan el valor de permanecer firme con la verdad. «Quien teme al Señor no tiene miedo de nada», dice el Eclesiástico (34,14). El temor de Dios libera del temor de los hombres. Hace libres.

En este contesto, recuerdo un episodio de los comienzos del cristianismo que san Lucas narra en los Hechos de los Apóstoles. Luego del discurso de Gamaliel, que desaconsejaba la violencia contra la comunidad naciente de los creyentes en Jesús, el Sanedrín llamó a los apóstoles y los mandó azotar. Después les prohibió predicar en nombre de Jesús y los pusieron en libertad. Lucas continúa: «Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús. Ningún día dejaban de enseñar… anunciando el Evangelio de Jesucristo» (Hch 5,40ss). También los sucesores de los Apóstoles se han de esperar ser constantemente golpeados, de manera moderna, si no cesan de anunciar de forma audible y comprensible el Evangelio de Jesucristo. Y entonces podrán estar alegres de haber sido juzgados dignos de sufrir ultrajes por él. Naturalmente, como los Apóstoles, queremos convencer a las personas y, en este sentido, alcanzar la aprobación. Lógicamente no provocamos, sino todo lo contrario, invitamos a todos a entrar en el gozo de la verdad que muestra el camino. La aprobación de las opiniones dominantes, no es el criterio al que nos sometemos. El criterio es él mismo: el Señor. Si defendemos su causa, conquistaremos siempre, gracias a Dios, personas para el camino del Evangelio. Pero seremos también inevitablemente golpeados por aquellos que, con su vida, están en contraste con el Evangelio, y entonces daremos gracias por ser juzgados dignos de participar en la Pasión de Cristo.

Los Magos siguieron la estrella, y así llegaron hasta Jesús, a la gran luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1,9). Como peregrinos de la fe, los Magos mismos se han convertido en estrellas que brillan en el cielo de la historia y nos muestran el camino. Los santos son las verdaderas constelaciones de Dios, que iluminan las noches de este mundo y nos guían. San Pablo, en la carta a los Filipenses, dijo a sus fieles que deben brillar como lumbreras del mundo (cf. 2,15).

Queridos amigos, esto tiene que ver también con nosotros. Tiene que ver sobre todo con vosotros que, en este momento, seréis ordenados Obispos de la Iglesia de Jesucristo. Si vivís con Cristo, nuevamente vinculados a él por el sacramento, entonces también vosotros llegaréis a ser sabios. Entonces seréis astros que preceden a los hombres y les indican el camino recto de la vida. En este momento todos aquí oramos por vosotros, para que el Señor os colme con la luz de la fe y del amor. Para que aquella inquietud de Dios por el hombre os toque, para que todos experimenten su cercanía y reciban el don de su gloria. Oramos por vosotros, para que el Señor os done siempre la valentía y la humildad de la fe. Oramos a María que ha mostrado a los Magos el nuevo Rey del mundo (Mt 2,11), para que ella, como Madre amorosa, muestre también a vosotros a Jesucristo y os ayude a ser indicadores del camino que conduce a él. Amén.

(María Fernanda Bernasconi).

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