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sábado, 13 de abril de 2013

El Papa Francisco constituye grupo de cardenales de todos los continentes para que le asesoren en el gobierno de la Iglesia

El Papa Francisco en el día de su elección.
Un Comunicado de la Secretaria de Estado hecho público esta mañana informa que, el Santo Padre Francisco, tomando en consideración una sugerencia surgida durante las últimas Congregaciones Generales precedentes al Cónclave, ha constituido un grupo de cardenales para que lo asesoren en el gobierno de la Iglesia universal y para estudiar un proyecto de revisión de la Constitución Apostólica Pastor Bonus sobre la Curia Romana.

El grupo está formado por 9 prelados: el cardenal Giuseppe Bertello, Presidente del Governatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano; el cardenal Francisco Javier Errazuriz Ossa, arzobispo emérito de Santiago de Chile; el cardenal Oswald Gracias, Arzobispo de Bombay (India); el cardenal Reinhard Marx, Arzobispo de Munich-Frisinga (Alemania); el cardenal Laurent Monswengo Pasinya, Arzobispo de Kinshasa (República Democrática del Congo); el cardenal Sean Patrick O’Malley, Arzobispo de Boston (EEUU); el cardenal. George Pell, Arzobispo de Sidney (Australia); el Cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, Arzobispo de Tegucigalpa (Honduras), con función de coordinador y Mons. Marcello Semeraro, Obispo de Albano, (Italia) con función de secretario.

La primera reunión colectiva del grupo tendrá lugar del 1 al 3 del de octubre de 2013. Sin embargo, Su Santidad desde ahora está en contacto con los mencionados Cardenales.

viernes, 12 de abril de 2013

Arzobispado de Lima organiza concurso "Conociendo mi fe" sobre el Catecismo

En el marco del Año de la Fe, el Arzobispado de Lima organiza el concurso escolar “Conociendo mi fe”, fulbito intelectual sobre el Catecismo Menor, dirigido a estudiantes de 3º, 4º y 5º de secundaria de colegios particulares y estatales de Lima.

El fulbito intelectual consiste en un concurso oral de conocimientos sobre el Catecismo Menor de la Iglesia Católica (texto publicado por el Arzobispado de Lima). Los equipos estarán conformados por 5 alumnos (4 titulares y 1 suplente) en las posiciones de arquero, defensa, volante y delantero.

El concurso está dividido en cinco fases:
• Primera fase: En cada salón de clases de 3º, 4º y 5º de secundaria (del 1 al 20 de mayo)
• Segunda fase: En cada grado, clasifican dos equipos por grado (del 21 de mayo al 10 de junio)
• Tercera fase: Final Escolar entre los 6 equipos ganadores (del 11 al 30 de junio)
• Cuarta fase: Semifinal zonal entre los ganadores de cada colegio (del 1 al 30 de setiembre)
• Quinta fase: Gran final entre los ganadores de cada zona (del 1 al 31 de octubre)

Los tres primeros puestos serán acreedores de grandes premios, respectivamente: una computadora Macbook de 13 pulgadas para cada jugador y para el entrenador (profesor de religión); un Smartphone Samsung Galaxy II para cada jugador y para el entrenador (profesor de religión) y un City Tour por la ciudad de Lima y almuerzo en el restaurant El Estadio de la Plaza San Martín.

A través de esta iniciativa, la Vicaría Episcopal de Educación Católica del Arzobispado de Lima y la Asociación de Instituciones Educativas Católicas (AIEC) buscan difundir y profundizar los conocimientos sobre la fe católica en los escolares mediante el estudio del Catecismo.

- El costo de inscripción es:

   a) S/. 100.00 (Cien nuevos soles) para colegios privados.
   b) S/. 50.00 (Cincuenta nuevos soles) para colegios estatales.

- Y se puede depositar en la cuenta:

   Scotiabank Cta. Cte en Soles: 3086607 (También se pude cancelar en las oficinas del Arzobispado de Lima en Jirón Chancay 282).

Para la respectiva inscripción de las instituciones educativas se debe llenar el siguiente formulario y enviarlo junto con el voucher de depósito al correo electrónico a fiorellazapataotoya@gmail.com fiorellazapataotoya@gmail.com hasta el 30 de abril.



* Para mayores informes llamar a los teléfonos: 203-7718 / 203-7751 / 203-7783 

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Oficina de Comunicaciones y Prensa
Jr. Chancay 282. Cercado de Lima. Tlf.: 203-7736

Texto completo de la alocución del Papa Francisco a la Comisión Bíblica (12 de abril del 2013)

Venerado Hermano, queridos miembros de la Pontificia Comisión Bíblica: 

Me alegra acogerlos al término de su Asamblea plenaria anual. Agradezco al Presidente, el Arzobispo Gerhard Ludwig Müller, sus palabras de saludo y la concisa exposición del tema que ha sido objeto de atenta reflexión en el curso de sus trabajos. Se han reunido nuevamente para profundizar un argumento muy importante: la inspiración y la verdad de la Biblia. Se trata de un tema que atañe no sólo a cada creyente, sino a la Iglesia entera, puesto que la vida y la misión de la Iglesia se fundan en la Palabra de Dios, que es alma de la teología y, al mismo tiempo, inspiradora de toda la existencia cristiana.

Como sabemos, las Sagradas Escrituras son el testimonio en forma escrita, de la Palabra divina, el memorial canónico que atestigua el evento de la Revelación. La Palabra de Dios, por tanto, precede y excede la Biblia. Por esta razón nuestra fe no tiene en el centro sólo un libro, sino una historia de salvación y, sobre todo, a una Persona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne. Precisamente porque el horizonte de la Palabra divina abraza y se extiende más allá de la Escritura, para comprenderla adecuadamente es necesaria la constante presencia del Espíritu Santo que “guía toda la verdad” (Jn 16, 13). Es necesario colocarse en la corriente de la gran Tradición que, bajo la asistencia del Espíritu Santo y la guía del Magisterio, ha reconocido los escritos canónicos como Palabra que Dios dirige a su pueblo y jamás ha dejado de meditarlos y de descubrir sus inagotables riquezas. El Concilio Vaticano II lo reafirmó con gran claridad en la Constitución dogmática Dei Verbum: “Por que todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la Palabra de Dios” (n. 12).

Como nos recuerda también la mencionada Constitución conciliar, existe una unidad inseparable entre la Sagrada Escritura y la Tradición, porque ambas provienen de una misma fuente: “Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la Palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad” (Ibíd., 9).

Se desprende por tanto que el exégeta debe estar atento a percibir la Palabra de Dios presente en los textos bíblicos colocándolo dentro de la misma fe de la Iglesia. La interpretación de las Sagradas Escrituras no puede ser sólo un esfuerzo científico individual, sino que debe ser siempre confrontada, inserida y autenticada por la tradición viva de la Iglesia. Esta norma es decisiva para precisar la correcta y recíproca relación entre la exégesis y el Magisterio de la Iglesia. Los textos inspirados por Dios han sido confiados a la Comunidad de los creyentes, a la Iglesia de Cristo, para alimentar la fe y guiar la vida de la caridad. El respeto de esta naturaleza profunda de las Escrituras condiciona la misma validez y la eficacia de la hermenéutica bíblica. Esto comporta la insuficiencia de toda interpretación subjetiva o sencillamente limitada a un análisis incapaz de acoger en sí ese sentido global que en el curso de los siglos ha constituido la Tradición del entero Pueblo de Dios, que “in credendo falli nequit” (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 12).

Queridos Hermanos, deseo concluir mi intervención formulando a todos ustedes mi agradecimiento y animándolos en su valioso trabajo. Que el Señor Jesucristo, Verbo de Dios encarnado y divino Maestro que ha abierto la mente y el corazón de sus discípulos a la inteligencia de las Escrituras (Cfr. Lc 24, 45), guíe y sostenga siempre su actividad. Que la Virgen María, modelo de docilidad y obediencia a la Palabra de Dios, les enseñe a acoger plenamente la riqueza inagotable de la Sagrada Escritura no sólo a través de la investigación intelectual, sino en la oración y en toda su vida de creyentes, sobre todo en este Año de la fe, a fin de que su trabajo contribuya a hacer resplandecer la luz de la Sagrada Escritura en el corazón de los fieles. Deseándoles una fructuosa continuación de sus actividades, invoco sobre ustedes la luz del Espíritu Santo e imparto a todos mi Bendición Apostólica.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

miércoles, 10 de abril de 2013

Texto completo y audio de la catequesis del Papa Francisco: Dios nos trata como hijos (10 de abril del 2013)

 El tercer día resucitó:
sentido salvífico y alcance de la Resurrección
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
En la pasada Catequesis nos hemos centrado en el acontecimiento de la Resurrección de Jesús, en el que las mujeres han jugado un papel especial. Hoy me gustaría reflexionar sobre su significado para la salvación. ¿Qué significa para nuestra vida la Resurrección? ¿Y por qué sin ella nuestra fe es en vano? Nuestra fe se basa en la Muerte y Resurrección de Cristo, al igual que una casa está construida sobre sus cimientos: si éstos ceden, toda casa se derrumba. En la cruz, Jesús se ofreció a sí mismo al tomar sobre sí nuestros pecados y descender al abismo de la muerte, y en la Resurrección los vence, los elimina y nos abre el camino para renacer a una nueva vida. San Pedro lo expresa sintéticamente al comienzo de su Primera Carta, como hemos escuchado: " Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera"(1:3-4).
El Apóstol nos dice que con la Resurrección de Jesús algo absolutamente nuevo sucede: somos liberados de la esclavitud del pecado y nos convertimos en hijos de Dios, es decir somos engendrados a una nueva vida. ¿Cuándo sucede esto para nosotros? En el Sacramento del Bautismo. En la antigüedad, se recibía normalmente por inmersión. El que iba a ser bautizado descendía en la gran bañera del Baptisterio, dejando su ropa, y el Obispo o el Presbítero le vertía agua tres veces sobre la cabeza, bautizándolo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. A continuación, el bautizado salía de la bañera y se vestía la nueva ropa, la blanca: es decir, había nacido a una nueva vida, sumergiéndose en la Muerte y la Resurrección de Cristo. Se había convertido en hijo de Dios. Esto quiere decir que cada día debemos permitir que Cristo nos transforme y nos haga semejantes a Él; significa tratar de vivir como cristianos, tratar de seguirlo, incluso si vemos nuestras limitaciones y nuestras debilidades. La tentación de dejar a Dios apartado para ponernos nosotros mismos en el centro siempre está a las puertas y la experiencia del pecado daña nuestra vida cristiana, nuestro ser hijos de Dios. Por eso debemos tener la valentía de la fe, no dejamos llevar por la mentalidad que nos dice: "Dios no sirve, no es importante para ti". Es todo lo contrario: sólo comportándonos como hijos de Dios, sin desanimarnos por las caídas, sintiéndose amado por Él, nuestra vida será nueva, animada por la serenidad y la alegría. ¡Dios es nuestra fuerza! ¡Dios es nuestra esperanza! San Pablo en su Carta a los Romanos escribe: ustedes “han recibido el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios" “¡Abba! Padre "(Rom. 8:15). Es el precisamente el espíritu que que hemos recibido en el Bautismo, que nos enseña, nos lleva a decir a Dios: "Padre." O, más bien, Abba, Papá. Por lo tanto, nuestro Dios es un papá para nosotros. El Espíritu Santo realiza en nosotros esta nueva condición de hijos de Dios. Y este es el mejor don que recibimos del Misterio pascual de Jesús. Y Dios nos trata como hijos, nos comprende, nos perdona, nos abraza, nos ama aún cuando cometemos errores. En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías afirma que aunque una madre pueda olvidarse del hijo, Dios nunca nos olvida, en ningún momento (cf. 49:15). Y eso es hermoso, es muy hermoso!
Sin embargo, esta relación filial con Dios no es como un tesoro que conservamos en un rincón de nuestra vida, sino que tiene que crecer, hay que alimentar todos los días con la escucha de la Palabra de Dios, la oración, con la participación en los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía y la caridad. ¡Podemos vivir como hijos! ¡Podemos vivir como hijos! Y esta es nuestra dignidad. ¡Comportarnos como verdaderos hijos!Esto quiere decir que cada día debemos permitir que Cristo nos transforme y nos haga semejantes a Él; significa tratar de vivir como cristianos, tratar de seguirlo, incluso si vemos nuestras limitaciones y nuestras debilidades. La tentación de dejar a Dios apartado para ponernos nosotros mismos en el centro siempre está a las puertas y la experiencia del pecado daña nuestra vida cristiana, nuestro ser hijos de Dios. Por eso debemos tener la valentía de la fe, no dejamos llevar por la mentalidad que nos dice: "Dios no sirve, no es importante para ti, o cosas por el estilo". Es todo lo contrario: sólo comportándonos como hijos de Dios, sin desanimarnos por las caídas, por nuestros pecados, sintiéndonos amados por Él, nuestra vida será nueva, animada por la serenidad y la alegría. ¡Dios es nuestra fuerza! ¡Dios es nuestra esperanza!
Queridos hermanos y hermanas, tenemos que ser nosotros mismos los primeros en tener firme esta esperanza y debemos ser un signo visible, claro y brillante para todos. El Señor Resucitado es la esperanza que no falla, que no defrauda (cf. Rm 5,5). La esperanza del Señor no defrauda ¡Cuántas veces en nuestra vida se desvanecen las esperanzas, cuántas veces las expectativas que llevamos en el corazón no se realizan! La esperanza de nosotros los cristianos es fuertes, segura, sólida en esta tierra, donde Dios nos ha llamado a caminar, y está abierta a la eternidad, porque se funda sobre Dios, que es siempre fiel. No debemos olvidar esto: Dios es siempre fiel, Dios es siempre fiel con nosotros. El haber resucitado con Cristo mediante el Bautismo, con el don de la fe, para una heredad que no se corrompe nos lleve a buscar aún más las cosas de Dios, a pensar más en Él, a rezarle más. Ser cristianos no se reduce a seguir algunas órdenes, sino que quiere decir estar en Cristo, pensar como Él, actuar como Él, amar como Él. Es dejar que Él tome posesión de nuestra vida y la cambie, la transforme, la libere de las tinieblas del mal y del pecado».
Queridos hermanos y hermanas, a quien nos pida dar cuenta de la esperanza que hay en nosotros (cf. 1 P 3,15), indiquemos a Cristo Resucitado. Indiquémosle con el anuncio de la Palabra, pero sobre todo con nuestra vida de resucitados. Mostremos la alegría de ser hijos de Dios, la libertad que nos da el vivir en Cristo, que es la verdadera libertad, la de la esclavitud del mal, del pecado y de la muerte! Fijémonos en la Patria celestial, tendremos una nueva luz y fuerza también en nuestro compromiso y en nuestros esfuerzos cotidianos. Es un valioso servicio que debemos dar a nuestro mundo, que a menudo ya no es capaz de levantar la mirada hacia arriba, no es capaz de levantar la mirada hacia Dios. Gracias.
(Traducción de Cecilia de Malak y Eduardo Rubió)

Palabras del Santo Padre en español: 

Queridos hermanos y hermanas:Deseo reflexionar sobre el valor salvífico de la Resurrección de Jesús, en la que se funda nuestra fe y por la que hemos sido liberados del pecado y hechos hijos de Dios, generados a una vida nueva. Éste es el don más grande que recibimos del Misterio Pascual de Cristo. Dios nos trata como hijos, nos comprende, nos perdona, nos abraza y nos ama aun cuando nos equivocamos. Esta relación filial con el Señor debe crecer, ser alimentada cada día con la escucha de su Palabra, la oración, la participación en los Sacramentos y la práctica de la caridad. Comportémonos como hijos de Dios, sin desanimarnos por nuestras caídas, sintiéndonos amados por Él, sabiendo que Él es nuestra fuerza. Ser cristianos no se reduce sólo a cumplir los mandamientos, es ser de Cristo, pensar, actuar, amar como Él, dejando que tome posesión de nuestra existencia para que la cambie, la trasforme, la libere de las tinieblas del mal y del pecado. A quien nos pida razón de nuestra esperanza, mostrémosle a Cristo Resucitado y hagámoslo con el anuncio de la Palabra, pero sobre todo con nuestra vida de resucitados.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, provenientes de España, Argentina, México y los demás países hispanoamericanos. En particular, al grupo de las diócesis de Galicia, con sus Obispos, así como a los sacerdotes del curso de actualización del Pontificio Colegio Español, y al grupo del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, de Buenos Aires. Invito a todos a dar testimonio del gozo de ser hijos de Dios, de la libertad que da el vivir en Cristo, que es la verdadera libertad. Muchas gracias.

Texto completo de la alocución del Santo Padre después del rezo del Regina Coeli: Jesús ofrece la paz como don precioso, fruto de la victoria del amor y el perdón sobre el mal (07 de abril 2013)

Queridos hermanos y hermanas: 

En este domingo que concluye la Octava de Pascua, renuevo a todos la felicitación pascual con las mismas palabras de Jesús Resucitado: “¡Paz a ustedes!” (Jn 20, 19.21.26). No es un saludo, y ni siquiera un sencillo deseo: es un don, es más, el don precioso que Cristo ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y a los infiernos. Da la paz, como había prometido: “Les dejo la paz, les doy mi paz. No se la doy como la da el mundo, yo se la doy a ustedes” (Jn 14, 27). Esta paz es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es precisamente así: la verdadera paz, esa paz profunda, viene de hacer la experiencia de la misericordia de Dios. Hoy es el Domingo de la Divina Misericordia, por voluntad del Beato Juan Pablo II, que cerró sus ojos a este mundo precisamente en la vigilia de esta celebración.

El evangelio de Juan nos refiere que Jesús apareció dos veces a los Apóstoles encerrados en el Cenáculo: la primera, la misma tarde la Resurrección, y aquella vez no estaba Tomás, quien dijo: si no veo y no toco, no creo. La segunda vez, ocho días después, estaba también Tomás. Y Jesús de dirigió precisamente a él, lo invitó a mirar las heridas, a tocarlas; y Tomás exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). Entonces Jesús dijo: “Porque me has visto has creído. ¡Dichosos los que no han visto y han creído!” (v. 29). ¿Y quiénes eran éstos que habían creído sin ver? Otros discípulos, otros hombres y mujeres de Jerusalén que, aun no habiendo encontrado a Jesús resucitado, creyeron por el testimonio de los Apóstoles y de las mujeres. Esta es una palabra muy importante sobre la fe, podemos llamarla la bienaventuranza de la fe. Bienaventurados los que han creído sin haber visto. Ésta es la bienaventuranza de la fe. En todo tiempo y en todo lugar son bienaventurados aquellos que, a través de la Palabra de Dios, proclamada en la Iglesia y testimoniada por los cristianos, creen que Jesucristo es el amor de Dios encarnado, la Misericordia encarnada. ¡Y esto vale para cada uno de nosotros!

A los Apóstoles Jesús dio, junto con su paz, al Espíritu Santo, para que pudieran difundir en el mundo el perdón de los pecados, ese perdón que sólo Dios puede dar, y que ha costado la Sangre del Hijo (Cfr. Jn 20,21-23). La Iglesia es enviada por Cristo resucitado a transmitir a los hombres la remisión de los pecados, y así hacer crecer el Reino del amor, sembrar la paz en los corazones, para que se afirme también en las relaciones, en las sociedades, en las instituciones. Y el Espíritu de Cristo Resucitado expulsa el miedo del corazón de los Apóstoles y los impulsa a salir del Cenáculo para llevar el Evangelio. ¡Tengamos también nosotros más coraje para testimoniar la fe en Cristo Resucitado! ¡No debemos tener miedo de ser cristianos y de vivir como cristianos! Nosotros debemos tener este coraje de ir y anunciar a Cristo Resucitado. Porque Él es nuestra paz. Él ha hecho la paz con su amor, con su perdón, con su sangre, con su misericordia.

Queridos amigos, esta tarde celebraré la Eucaristía en la Basílica de San Juan de Letrán, que es la Catedral del Obispo de Roma. Recemos juntos a la Virgen María, para que nos ayude, Obispo y Pueblo, a caminar en la fe y en la caridad. Confiados siempre en la Misericordia del Señor. Él siempre nos espera. Nos ama. Nos ha perdonado con su sangre y nos perdona cada vez que vamos a Él a pedirle perdón. Tengamos confianza en su Misericordia.


Después del rezo del Regina Caeli:

«¡Queridos hermanos sean mensajeros y testigos de la misericordia de Dios!» Fue la exhortación que dirigió Francisco, después del rezo a la Reina del cielo, de este domingo. Cuando saludó cordialmente a los peregrinos que habían participado en la Santa Misa presidida por el Cardenal Vicario de Roma, en la iglesia romana del Santo Espíritu, centro de devoción de la Divina Misericordia.

Luego se dirigió con alegría a los numerosos miembros de Movimientos y Asociaciones presentes en esta cita mariana, en particular a las comunidades neocatecumenales de Roma, que empiezan una misión especial en las plazas de la Ciudad Eterna. El Santo Padre invitó a todos a llevar la Buena Noticia, a todos los ambientes de la vida, «con suavidad y respeto » (1 Pt 3,16)

En el tiempo pascual, hasta el día de Pentecostés, la comunidad cristiana, dirigiéndose a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: «Regina caeli, laetare. Alleluia». «¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!». Así recuerda el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el «¡Alégrate!» que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en «causa de alegría» para la humanidad entera.

lunes, 8 de abril de 2013

Texto completo de la homilía del Santo Padre Francisco en la fiesta de la Divina Misericordia (07 de abril del 2013)

Con gran alegría celebro por primera vez la Eucaristía en esta Basílica Lateranense, catedral del Obispo de Roma. Saludo con sumo afecto al queridísimo Cardenal Vicario, a los Obispos auxiliares, al Presbiterio diocesano, a los Diáconos, a las Religiosas y Religiosos y a todos los fieles laicos. Saludo también al Señor Alcalde y a su esposa, así como a todas las Autoridades. Caminemos juntos a la luz del Señor Resucitado. 

Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía. 

En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente. 

Y recordemos también a Pedro: que tres veces reniega de Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí»; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús – cuánta ternura –. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios.

Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos. 

A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Piensen en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esa es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto! Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. Un gran teólogo alemán, Romano Guardini decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza (Cf. Glabenserkenntnis, Wurzburg 1949, 28). Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios, es un diálogo que si nosotros lo hacemos, nos da esperanza.

Quisiera subrayar otro elemento: la paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: «A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal (Cf. Dt 32,13), es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sermón 61, 4. Sobre el libro del Cantar de los cantares). Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero «mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos» (Ibíd., 5). Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. San Bernardo llega a afirmar: «Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia (Rm 5,20)» (Ibíd.). Tal vez alguno de nosotros puede pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él. Cuántas veces en mi ministerio pastoral me han repetido: «Padre, tengo muchos pecados»; y la invitación que he hecho siempre es: «No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo». Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa. 

Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: «Adán, ¿dónde estás?», lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado. Acuérdense de lo de san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.

En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado. 

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan bella, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor.

miércoles, 3 de abril de 2013

Traducción del texto completo de la catequesis del Papa en italiano: La Resurrección de Cristo es nuestra fuerza

El Papa Francisco y su escudo
Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!

Hoy reanudamos las catequesis del Año de la fe. En el Credo repetimos esta expresión: "El tercer día resucitó según las Escrituras." Es "precisamente el evento que estamos celebrando: la Resurrección de Jesús, el centro del mensaje cristiano, que resonó desde el principio y ha sido transmitió para llegara hasta nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: "Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce.” (1 Corintios 15:3-5).

Esta breve confesión de fe anuncia precisamente el Misterio Pascual, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: la Muerte y la Resurrección de Jesús son justo el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y en la Resurrección de Jesús nuestra esperanza será débil, ya no será ni siquiera esperanza. Y precisamente la muerte y la Resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El Apóstol afirma: “Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados”. (1Cor 15, 17)

Por desgracia, a menudo se ha tratado de obscurar la fe de la Resurrección de Jesús, e incluso entre los propios creyentes se han insinuado dudas. Un poco una fe “al agua de rosas”, como decimos nosotros. No es la fe fuerte. Y esto por superficialidad, a veces por indiferencia, ocupados por miles de cosas que se consideran más importantes que la fe, o por una visión puramente horizontal de la vida.

Pero es precisamente la Resurrección la que nos abre a la esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado y la muerte pueden ser derrotados. Y ello lleva a vivir con mayor confianza las realidades cotidianas, a afrontarlas con valentía y con empeño. La Resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva estas realidades cotidianas ¡la Resurrección de Cristo es nuestra fuerza!

¿Pero cómo se nos ha transmitido la verdad de la fe de la Resurrección de Cristo? Hay dos tipos de testimonios en el Nuevo Testamento: algunos son en forma de profesión de fe, es decir, son fórmulas sintéticas que indican el centro de la fe; mientras que otros están en forma de relato del evento de la Resurrección y de los hechos relacionados con ella. La primera: la forma de la profesión de la fe, por ejemplo, es la que acabamos de escuchar, o la de la Carta a los Romanos en la que San Pablo escribe: "Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado."(10:09). Desde los primeros pasos de la Iglesia es clara y firme la fe en el Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús. Hoy, sin embargo, quisiera centrarme en la segunda, en los testimonios que toman la forma de un relato, que encontramos en los Evangelios. Sobre todo observamos que los primeros testigos de este evento fueron mujeres. Al amanecer, ellas van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encontraron el primer signo: el sepulcro vacío (cf. Mc 16:01). Sigue después el encuentro con un Mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. vv 5-6). Las mujeres son llevadas por el amor y saben acoger este anuncio con fe: creen, y de inmediato lo transmiten, no lo tiene para sí mismas. Lo transmiten.

La alegría de saber que Jesús está vivo y la esperanza que llena el corazón no se pueden contener. Esto debería suceder también en nuestra vida ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Nosotros creemos en un Resucitado que venció el mal y la muerte! ¡Tengamos la valentía de ‘salir’ para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida! ¡La Resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; es el tesoro más precioso! ¡Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza. No es sólo para nosotros, es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Es nuestro testimonio

Otro elemento. En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección vienen recordados sólo los hombres, los Apóstoles, pero no las mujeres. Esto se debe a que, de acuerdo con la Ley judaica de aquel tiempo, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble. En los Evangelios, sin embargo, las mujeres tienen un papel primordial, fundamental. Aquí podemos ver un elemento a favor de la historicidad de la Resurrección: si se tratara de un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo no hubiera estado relacionado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas, en cambio, simplemente se limitan a narrar lo que sucedió: las mujeres son los primeros testigos.

Ello nos dice que Dios no elige según criterios humanos: los primeros testimonios del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde. Y las primeras en ser testimonios de la Resurrección son las mujeres. Y ello es bello, es un poco la misión de las mujeres, de las mamás, de las abuelitas. Dar testimonio a sus hijos y nietos de que Jesús está vivo, vive ha resucitado. Mamás y mujeres ¡adelante con este testimonio! 
Lo que cuenta para Dios es el corazón, cuán abiertos estamos para Él, si somos como niños que se fían. Pero esto nos hace reflexionar también sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, hayan tenido y sigan teniendo aún hoy un papel especial en el abrir las puertas al Señor, en seguirlo y en comunicar su Rostro, porque la mirada de fe necesita siempre la mirada sencilla y profunda del amor. A los Apóstoles y a los discípulos les cuesta más creer, a las mujeres no. Pedro corre al sepulcro, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y percibir que Dios nos ama, no tener miedo de amarlo: la fe se profesa con la boca y con el corazón, con las palabras y con el amor.

Después de las apariciones a las mujeres, siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrenal, sino en una nueva condición. Al principio no lo reconocen, y sólo a través de sus palabras y sus gestos los ojos se abren: el encuentro con el Resucitado transforma, da un nuevo vigor a la fe, un fundamento inquebrantable. También para nosotros, hay muchos signos con los que el Resucitado se da a conocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía y los demás Sacramentos, la caridad, los gestos de amor que llevan un rayo del Resucitado.

¡Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que, también a través de nosotros, en el mundo los signos de muerte dejen lugar a los signos de la vida! He visto que hay tantos jóvenes en la plaza, chicos y chicas, aquí están. Les digo: lleven adelante esta certeza, el Señor está vivo y camina a nuestro lado en la vida. Ésta es la misión de ustedes. Lleven adelante esta esperanza. Estén anclados a esta esperanza, esta ancla que está en el cielo. Sujétense fuerte a la cuerda, queden anclados y lleven adelante la esperanza. Ustedes, testimonios de Jesús, testimonien que Jesús está vivo y ello nos dará esperanza y dará esperanza a este mundo algo envejecido por las guerras, por el mal y por el pecado ¡Adelante jóvenes!

(Traducción de Cecilia de Malak y Eduardo Rubió)

lunes, 1 de abril de 2013

Intenciones de oración del Papa para este mes de abril

La intención general del apostolado de la oración del Papa para este mes de abril es: "Para que la celebración pública y orante de la fe sea fuente de vida para los creyentes”.

Y su intención misional es: “Para que las Iglesias locales de los territorios de misión sean signos e instrumentos de esperanza y de resurrección”.

Texto y audio del Santo Padre Francisco en el rezo del Regina coeli de este Lunes de la Octava de Pascua

(Con audio) A mediodía, este Lunes de la Octava de Pascua, o Lunes “del Ángel” el Santo Padre Francisco rezó el Regina coeli, es decir la oración que sustituye el ángelus en este tiempo pascual, con los miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

En esta ocasión, el Papa dijo:

“Queridos hermanos y hermanas: 

¡Buena Pascua a todos ustedes! Les agradezco que hayan venido también hoy en gran número, para compartir la alegría de la Pascua, misterio central de nuestra fe. Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada persona – especialmente a quien sufre – y a todas las situaciones más necesitadas de confianza y esperanza.

Cristo ha vencido el mal de modo pleno y definitivo, pero nos corresponde a nosotros, a los hombres de todos los tiempos, acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad. 

Por esto me parece importante subrayar lo que hoy le pedimos a Dios en la liturgia: “Oh Padre, que haces crecer tu Iglesia dándole siempre nuevos hijos, concede a tus fieles que expresen en su vida el sacramento que han recibido en la fe” (Oración Colecta del Lunes de la Octava de Pascua).

Es verdad, el bautismo que nos hace hijos de Dios, la Eucaristía que nos une a Cristo, deben convertirse en vida, es decir, traducirse en actitudes, comportamientos, gestos y elecciones. La gracia contenida en los Sacramentos pascuales es un potencial de renovación enorme para la existencia personal, para la vida de las familias, para las relaciones sociales. Pero todo pasa a través del corazón humano: si yo me dejo alcanzar por la gracia de Cristo resucitado, si le permito que me cambie en ese aspecto mío que no es bueno, que puede hacerme mal a mí y a los demás, yo permito a la victoria de Cristo que se afirme en mi vida, que extienda su acción benéfica. ¡Éste es el poder de la gracia! Sin la gracia no podemos hacer nada. Sin la gracia no podemos nada. Y con la gracia del Bautismo y de la Comunión eucarística puedo llegar a ser instrumento de la misericordia de Dios. De esa bella misericordia de Dios.

Expresar en la vida el sacramento que hemos recibido: he aquí, queridos hermanos y hermanas, nuestro empeño cotidiano, pero diría también ¡nuestra alegría cotidiana! ¡La alegría de sentirse instrumentos de la gracia de Cristo, como sarmientos de la vid que es Él mismo, animados por la linfa de su Espíritu! 

Oremos juntos, en el nombre del Señor muerto y resucitado, y por intercesión de María Santísima, para que el Misterio pascual obre profundamente en nosotros y en nuestro tiempo, para que el odio deje el lugar al amor, la mentira a la verdad, la vendetta al perdón, la tristeza a la alegría”.

Oremos juntos a la Virgen.

Después del rezo del Regina Coeli el Papa saludó con gran afecto a todos los peregrinos procedentes de los diversos continentes para participar en este encuentro de oración.

Francisco deseó a cada uno que transcurran serenamente este “Lunes del Ángel”, en el que resuena con fuerza el anuncio gozoso de la Pascua: ¡Cristo ha resucitado! Y concluyó deseando “¡Buena Pascua a todos! ¡Buena Pascua a todos y buen almuerzo!”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

domingo, 31 de marzo de 2013

Texto completo del Mensaje pascual Urbi et Orbi de Francisco

(Con Audio) “Jesús ha resucitado. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia”. El Papa Francisco presidió esta mañana en la plaza de san Pedro, engalanada como un jardín con flores y plantas llegadas de Holanda, la Santa Misa solemne del día de Pascua de Resurrección. Esta fue la primera misa pascual del nuevo obispo de Roma, elegido a la cátedra de Pedro el 13 marzo pasado. Al menos 250 mil fieles y peregrinos asistieron a la ceremonia, al final de la cual el Santo Padre, con una gran sonrisa en los labios, subido en un jeep blanco descubierto paseó por medio de la multitud, saludando, bendiciendo y besando a algunos niños pequeños. 

Francisco ofició la misa como único celebrante, aunque ayudado por los cardenales Angelo Comastri y Raffaele Farina. Al rito, que comenzó con el canto del "Resurrexit", asistieron también varios centenares de religiosos entre cardenales, obispos y sacerdotes. En la misa no hubo homilía, ya que la pronunció el Papa durante la Vigilia Pascual celebrada esta pasada noche en la basílica de San Pedro. El Papa impartió la comunión y lo mismo hicieron decenas de sacerdotes que llevaron la Eucaristía a miles de fieles en la plaza y más allá de la columnata de Bernini. 

A mediodía, el Papa desde el balcón central de la basílica vaticana, pronunció el Mensaje pascual, impartió su bendición Urbi et Orbi. (Audio)

El Papa recomendó que este “amor que nos da Jesús” se ponga en práctica en la vida de cada día. (Audio)

Francisco exhortó a los fieles “a ser cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz”. (Audio)

Luego el Santo Padre hizo un llamamiento global para la paz en el mundo. (Audio)

El Pontífice ha hecho hincapié en la trata de personas: la esclavitud más extendida en el siglo XXI. (Audio)

Al final de su Mensaje, Francisco renovó su deseo de una Feliz Pascua:

"Lleven a sus familias y a sus países el mensaje de la alegría, de la esperanza y la paz que cada año, en este día, se renueva con fuerza. El Señor resucitado, vencedor del pecado y de la muerte sea sostén para todos, especialmente para los más vulnerables y necesitados".

El Papa agradeció la presencia y el testimonio de fe de todos los que siguieron también por los medios de comunicación su mensaje. Un especial agradecimiento lo dirigió el Papa a Holanda que envió las hermosas flores, que engalanaron la ceremonia.

A todos ustedes repito con afecto: Cristo Resucitado guíe a todos y a toda la humanidad por senderos de justicia, amor y paz.

Edurado Rubió - Radio Vaticano

TEXTO DEL MENSAJE

Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo: ¡Feliz Pascua!

Es una gran alegría, al comienzo de mi ministerio, poderos dar este anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente allí donde hay más sufrimiento, en los hospitales, en las cárceles...
Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, está la esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. Siempre vence la misericordia de Dios.

También nosotros, como las mujeres discípulas de Jesús que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, podemos preguntarnos qué sentido tiene este evento (cf. Lc 24,4). ¿Qué significa que Jesús ha resucitado? Significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el amor de Dios puede transformar nuestras vidas y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón. 

Esto puede hacerlo el amor de Dios. Este mismo amor por el que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, y ha ido hasta el fondo por la senda de la humildad y de la entrega de sí, hasta descender a los infiernos, al abismo de la separación de Dios, este mismo amor misericordioso ha inundado de luz el cuerpo muerto de Jesús, y lo ha transfigurado, lo ha hecho pasar a la vida eterna. Jesús no ha vuelto a su vida anterior, a la vida terrenal, sino que ha entrado en la vida gloriosa de Dios y ha entrado en ella con nuestra humanidad, nos ha abierto a un futuro de esperanza.

He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros, es el hombre vivo (cf. san Ireneo, Adv. haereses, 4,20,5-7).

Queridos hermanos y hermanas, Cristo murió y resucitó una vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos (cf. Ez 37,1-14).

He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz.

Así, pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

Paz para Oriente Medio, en particular entre israelíes y palestinos, que tienen dificultades para encontrar el camino de la concordia, para que reanuden las negociaciones con determinación y disponibilidad, con el fin de poner fin a un conflicto que dura ya demasiado tiempo. Paz para Iraq, y que cese definitivamente toda violencia, y, sobre todo, para la amada Siria, para su población afectada por el conflicto y los tantos refugiados que están esperando ayuda y consuelo. ¡Cuánta sangre derramada! Y ¿cuánto dolor se ha de causar todavía, antes de que se consiga encontrar una solución política a la crisis?

Paz para África, escenario aún de conflictos sangrientos. Para Malí, para que vuelva a encontrar unidad y estabilidad; y para Nigeria, donde lamentablemente no cesan los atentados, que amenazan gravemente la vida de tantos inocentes, y donde muchas personas, incluso niños, están siendo rehenes de grupos terroristas. Paz para el Este la República Democrática del Congo y la República Centroafricana, donde muchos se ven obligados a abandonar sus hogares y viven todavía con miedo.

Paz en Asia, sobre todo en la península coreana, para que superen las divergencias y madure un renovado espíritu de reconciliación.

Paz a todo el mundo, aún tan dividido por la codicia de quienes buscan fáciles ganancias, herido por el egoísmo que amenaza la vida humana y la familia,egoísmo que continúa la trata de personas... !la esclavitud más extendida en el siglo XXI. La trata de personas es la esclavitud más extendida del siglo XXI! Un mundo desgarrado por la violencia ligada al tráfico de drogas y la explotación inicua de los recursos naturales. Paz a esta Tierra nuestra. Que Jesús Resucitado traiga consuelo a quienes son víctimas de calamidades naturales y nos haga custodios responsables de la creación.

Queridos hermanos y hermanas, a todos los que me escuchan en Roma y en todo el mundo, les dirijo la invitación del Salmo: «Dad gracias al Señor porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: / “Eterna es su misericordia”» (Sal 117,1-2).

Texto completo de la homilía del Papa Francisco en la Vigilia Pascual 2013

Queridos hermanos y hermanas

1. En el Evangelio de esta noche luminosa de la Vigilia Pascual, encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su cuerpo (Cfr. Lc 24, 1-3). Van para hacer un gesto de compasión, de afecto, de amor; un gesto tradicional hacia un ser querido difunto, como hacemos también nosotros. Habían seguido a Jesús. Lo habían escuchado, se habían sentido comprendidas en su dignidad, y lo habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el momento en que fue bajado de la cruz. Podemos imaginar sus sentimientos cuando van a la tumba: una cierta tristeza, la pena porque Jesús les había dejado, había muerto, su historia había terminado. Ahora se volvía a la vida de antes. Pero en las mujeres permanecía el amor, y es el amor a Jesús lo que les impulsa a ir al sepulcro. Pero, a este punto, sucede algo totalmente inesperado, una vez más, que perturba sus corazones, trastorna sus programas y alterará su vida: ven corrida la piedra del sepulcro, se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor. Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» (Cfr. Lc 24, 4). ¿Acaso no nos pasa así también a nosotros cuando ocurre algo verdaderamente nuevo respecto a lo de todos los días? Nos quedamos parados, no lo entendemos, no sabemos cómo afrontarlo. A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva sólo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios; tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende siempre.
Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.

2. Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante. Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes, causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta. Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5-6). Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor – el ir al sepulcro –, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en la historia de la humanidad. Jesús no ha muerto, está resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el que vive (Cfr. Nm 14, 21-28; Dt 5, 26, Jos 3, 10). Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, es el «hoy» eterno de Dios. Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano. Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.

3. Hay un último y simple elemento que quisiera subrayar del Evangelio de esta luminosa Vigilia Pascual. Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios: Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres con vestidos resplandecientes, su primera reacción es de temor: estaban «con las caras mirando al suelo» – observa san Lucas –, no tenían ni siquiera valor para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, la reciben con fe. Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo fundamental: «Recuerden cómo les habló estando todavía en Galilea... Y recordaron sus palabras» (Lc 24, 6.8). La invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros (Cfr. Lc 24, 9). Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.

En esta Noche de luz, invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba todos estas cosas en su corazón (Cfr. Lc 2, 19.51), pidamos al Señor que nos haga partícipes de su resurrección: nos abra a su novedad que trasforma, a las sorpresas de Dios; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de lo que él hace en nuestra historia personal y la del mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en medio de nosotros; que nos enseñe cada día a no buscar entre los muertos a Aquel que vive. Amén.

sábado, 30 de marzo de 2013

“El núcleo, el punto de partida, está en la familia y en la educación que los padres dan a sus hijos”


En el programa Diálogo de Fe del sábado 30 de marzo el Cardenal Juan Luis Cipriani manifestó que en estos días de Semana Santa se ha visto, en el Perú y en el mundo entero, una gran respuesta de la gente y de manera especial de los jóvenes, que quieren conocer y acercarse más a Dios.

“Yo veo que hay mucha gente joven en estas latitudes que como programa para salir juntos está el ir a la Iglesia, ir a visitar los monumentos, ir a la procesión, quieren participar de este programa de voluntariado, quieren involucrarse visitando a los enfermos en un hospital. Hay una nueva vida”, expresó.

Por tal motivo, exhortó a los padres de familia a transmitir la fe en sus hijos, con el ejemplo y con su presencia en el hogar. Asimismo, los motivó a tener confianza en Dios y en esa necesidad de formación tan importante para los jóvenes.

“Los papás tienen una tarea más difícil que antes, porque los chicos desde más jóvenes tienen más preguntas y no es tan fácil darles respuestas. Pero la primera respuesta del papá es que te vean, el papá tiene que estar presente en el hogar. En segundo lugar, los papás tienen que saber escuchar, conocer lo que pasa en el corazón de su hijo”, señaló.

“También diría: Papás, no tengan esa desconfianza a lo que es la fe, porque a veces los papás tienen a sus hijos para un proyecto suyo; entonces si el hijo tiene inquietud por una vocación sacerdotal o religiosa los papás se oponen; sin embargo, ese chico puede tener enamorada a los 12 o 13 años y no le preocupa; pero sí le preocupa que vaya a un retiro o que se acerque a la Misa con más frecuencia”, continuó.

Recordó que en la actualidad, en muchas ocasiones, los problemas de la sociedad residen también en la falta de interés del mundo laboral por la formación en valores de la familia.

“Si el mundo laboral prescinde de Dios, si la organización de la sociedad prescinde de Dios, vamos a ver algo de lo que está ocurriendo ahora: la inseguridad ciudadana, la violencia en las calles, los secuestros, los accidentes, las rupturas en las familias”, afirmó.

Del mismo modo, comentó que los jóvenes están cada vez más inmersos en el mundo tecnológico de los dispositivos móviles y las redes sociales, dejando de lado su dimensión espiritual.

“No es un tema netamente religioso, sino que también se ha convertido en un tema cultural. Culturalmente, los chicos están acostumbrándose a divertirse con el celular, con el whatsApp, con irse al internet, con un juego de no sé qué. Muchas veces esos muchachos cuando llegan a los 13, 14 o 15 saben manejar maquinitas, pero no saben querer, no saben sufrir, no saben estudiar, no saben concentrarse”, reflexionó.

“La respuesta para mí más sencilla y más barata: Papás, hay que estar más en la casa. A los jóvenes también les diría: Atrévanse a rezar, atrévanse a leer, atrévanse a entrenar un deporte más o menos en serio; es decir, actitudes que te lleven a compromisos, no solamente que te distraigan”, prosiguió.

En otro momento, mencionó que el papel del colegio es incorporar más a los padres de familia y volver a como era antes, cuando se le daba a los niños una formación espiritual y moral, de respeto a la familia.

“La familia encontraba en los colegios un enorme apoyo. Pero llegó un momento en que todo se masificó, los colegios tienen no sé cuántos turnos, no sé cuántos profesores, ya no hay esa actividad física, ya no hay esa actividad pre militar que de alguna manera era un modo de poner orden, ya no hay la presencia de sacerdotes para ayudar en la formación de los colegios. Toda la tarea de la enseñanza ha bajado su calidad no solamente porque les paguen mal sino porque han masificado, ya no hay ninguna relación entre el profesor y el alumno”, aseguró.

Expresó también la importancia de que la familia se fortalezca con políticas más constantes y más serias y no buscar simplemente ese beneficio económico que no lleva a nada positivo. “La culpa de lo que vemos es que pasamos del terrorismo que destruyó el país, a un deseo de tener dinero y de consumir cosas, que es el otro terrorismo”.

Animó al Estado a tener mayor responsabilidad en manejar los recursos que tiene para políticas verdaderamente inclusivas y de protección de la vida y la familia.

“Por ejemplo, proteger a todas las madres y todas las criaturas en la defensa de la vida. Respetar la moral natural: hay hombres y mujeres, no hay géneros, todo el mundo lo sabe. Ahora hay campañas de salud a favor de los preservativos, a favor de lo que llaman salud reproductiva, que en el fondo es No educar a los hombres y mujeres en que ese factor sexual es parte de su manera de ser y tienen unas normas por las cuales hay que conducirse”, refirió.

Finalmente, destacó que el tema educativo y de la juventud es un desafío que debemos afrontar con gran responsabilidad.

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Videomensaje de Francisco por la ostensión de la Sábana Santa

El Papa Francisco gravó un breve videomensaje con ocasión de la ostensión de la Sábana Santa, este sábado, en la catedral de Turín. Mensaje que, tal como explicó nuestro Director General, el Padre Federico Lombardi, fue realizado para ser transmitido durante el programa de la Rai “A su imagen” mientras en la catedral se reúnen los enfermos con su Arzobispo Metropolitano, Monseñor Cesare Nosiglia, quien pidió este gesto al Santo Padre.

Texto del mensaje del Papa: 

Queridos hermanos y hermanas:

También yo me pongo con ustedes ante la Sábana Santa, y doy gracias al Señor que nos da, con los instrumentos de hoy, esta posibilidad.

Pero aunque se haga de esta forma, no se trata simplemente de observar, sino de venerar; es una mirada de oración. Y diría aún más: es un dejarse mirar. Este rostro tiene los ojos cerrados, es el rostro de un difunto y, sin embargo, misteriosamente nos mira y, en el silencio, nos habla. ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo es posible que el pueblo fiel, como ustedes, quiera detenerse ante este icono de un hombre flagelado y crucificado? Porque el hombre de la Sábana Santa nos invita a contemplar a Jesús de Nazaret. Esta imagen – grabada en el lienzo – habla a nuestro corazón y nos lleva a subir al monte del Calvario, a mirar el madero de la cruz, a sumergirnos en el silencio elocuente del amor.

Así pues, dejémonos alcanzar por esta mirada, que no va en busca de nuestros ojos, sino de nuestro corazón. Escuchemos lo que nos quiere decir, en el silencio, sobrepasando la muerte misma. A través de la Sábana Santa nos llega la Palabra única y última de Dios: el Amor hecho hombre, encarnado en nuestra historia; el Amor misericordioso de Dios, que ha tomado sobre sí todo el mal del mundo para liberarnos de su dominio. Este rostro desfigurado se asemeja a tantos rostros de hombres y mujeres heridos por una vida que no respeta su dignidad, por guerras y violencias que afligen a los más vulnerables... Sin embargo, el rostro de la Sábana Santa transmite una gran paz; este cuerpo torturado expresa una majestad soberana. Es como si dejara trasparentar una energía condensada pero potente; es como si nos dijera: ten confianza, no pierdas la esperanza; la fuerza del amor de Dios, la fuerza del Resucitado, todo lo vence.

Por eso, contemplando al hombre de la Sábana Santa, hago mía la oración que san Francisco de Asís pronunció ante el Crucifijo:

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, 
esperanza cierta 
y caridad perfecta, 
sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla 
tu santo y verdadero mandamiento. Amén.

Palabras de Francisco al final del Via Crucis

(Audio) :

Queridos hermanos y hermanas

Les doy las gracias por haber participado tan numerosos en este momento de intensa oración. Y doy las gracias también a todos los que se han unido a nosotros a través de los medios de comunicación social, especialmente a las personas enfermas o ancianas. No quiero añadir muchas palabras. En esta noche debe permanecer sólo una palabra, que es la Cruz misma. La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva. Queridos hermanos, la palabra de la Cruz es también la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y a nuestro alrededor. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí la Cruz, como Jesús. Esta noche hemos escuchado el testimonio de nuestros hermanos del Líbano: son ellos que han compuesto estas hermosas meditaciones y oraciones. Les agradecemos de corazón este servicio y sobre todo el testimonio que nos dan. Lo hemos visto cuando el Papa Benedicto fue al Líbano: hemos visto la belleza y la fuerza de la comunión de los cristianos de aquella Tierra y de la amistad de tantos hermanos musulmanes y muchos otros. Ha sido un signo para Oriente Medio y para el mundo entero: un signo de esperanza. Continuemos este Via Crucis en la vida de cada día. Caminemos juntos por la vía de la Cruz, caminemos llevando en el corazón esta palabra de amor y de perdón. Caminemos esperando la resurrección de Jesús.

Predicación completa del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. Viernes Santo 2013, Basílica de San Pedro

“Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús. Él fue puesto por Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre... De esa manera, Dios ha querido mostrar su justicia: en el tiempo presente, siendo justo y justificando a los que creen en Jesús. (Rom 3, 23-26).

Hemos llegado al culmen del Año de la fe y a su momento resolutivo. ¡Esta es la fe que salva, "la fe que vence al mundo" (1 Jn 5,5)! La fe – apropiación por la cual hacemos nuestra, la salvación obrada por medio de Cristo, y nos revestimos con el manto de su justicia. Por una parte está la mano extendida de Dios que ofrece al hombre su gracia; por la otra, la mano del hombre que se extiende para acogerla mediante la fe. La "nueva y eterna alianza" está sellada con un apretón de mano entre Dios y el hombre.

Tenemos la posibilidad de tomar, en este día, la decisión más importante de la vida, aquella que nos abre las puertas de la eternidad: ¡creer! ¡Creer en que "Jesús murió por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación" (Rom 4, 25)! En una homilía pascual del siglo IV, un obispo pronunciaba estas palabras excepcionalmente modernas y existenciales: "Para cada hombre, el principio de la vida es aquel, a partir del cual Cristo ha sido inmolado por él. Pero Cristo es inmolado por el en el momento en el cual reconoce la gracia y se hace consciente de la vida que le ha sido procurada por aquella" (Homilía pascual del año 387, en SCh 36, p. 59 s.).

¡Qué extraordinario! Este Viernes Santo, celebrado en el Año de la fe y ante la presencia del nuevo sucesor de Pedro, podría ser, si lo queremos, el principio de una nueva vida. El obispo Hilario de Poitiers, convertido al cristianismo en edad adulta, repensando en su vida pasada, decía: "Antes de conocerte, yo no existía".

Aquello que se requiere es solamente que no nos escondamos como Adán después de la culpa, que reconozcamos tener necesidad de ser justificados; que no nos auto-justifiquemos. El publicano de la parábola subió al templo e hizo una breve oración: "Oh Dios, ten piedad de mí, pecador". Y Jesús dice que aquel hombre regresó a casa "justificado", es decir, hecho justo, perdonado, hecho criatura nueva; creo que cantando alegremente en su corazón (Lc 18,14). ¿Qué había hecho de extraordinario? Nada, se había puesto en la verdad ante Dios, y es lo único que Dios necesita para actuar.


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Como quien, en la escalada de una pared alpina, habiendo superado un paso peligroso, se detiene un momento para recuperar el aliento y admirar el nuevo panorama que se ha abierto ante él, así hace también el apóstol Pablo al inicio del capítulo 5 de la Carta a los Romanos, después de haber proclamado la justificación mediante la fe: 

“Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”. 
(Rom 5, 1-15).

Son efectuadas hoy, desde los satélites artificiales, fotografías a rayos infrarrojos de enteras regiones de la tierra y del entero planeta. ¡Cómo aparece diferente el panorama visto desde lo alto, a la luz de aquellos rayos, en comparación con aquello que vemos con la luz natural y estando dentro! Recuerdo una de las primeras fotos satelitales difundidas en el mundo; reproducía la entera península del Sinaí. Muy diferentes eran los colores, más evidentes los relieves y las depresiones. Es un símbolo. También la vida humana, vista a los rayos infrarrojos de la fe, desde las alturas del Calvario, es diferente de lo que se ve “a simple vista”. 

Todo – dijo el sabio del Antiguo Testamento – sucede igual, del justo hasta el impío... “Yo he visto algo más bajo el sol: en lugar del derecho, la maldad y en lugar de la justicia, la iniquidad”. (Ecl 3, 16, 9, 2). Y en efecto, en todos los tiempos se ha visto la iniquidad triunfante y a la inocencia humillada. Pero para que no se crea que en el mundo hay algo fijo y seguro, he aquí, nota Bossuet, que a veces se ve lo contrario, es decir la inocencia sobre el trono y la iniquidad sobre el patíbulo. ¿Pero qué concluía Qoelet? Entonces me dije a mí mismo: Dios juzgará al justo y al malvado, porque allá hay un tiempo para cada cosa y para cada acción”. (Ecl 3, 17). Encontró el punto de vista que nuevamente pone el alma en paz.

Aquello que el Qoelet no podía saber y que nosotros más bien sí sabemos es que este juicio ya se ha dado: "Ahora dice Jesús – caminando hacia su pasión–, ha llegado el juicio de este mundo, ahora será echado fuera el príncipe de este mundo, y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí "(Jn 12, 31-32).

En Cristo muerto y resucitado, el mundo alcanzó su meta final. El progreso de la humanidad avanza hoy a un ritmo vertiginoso, y la humanidad ve abrir ante sí nuevos e inesperados horizontes fruto de sus descubrimientos. Y también, se puede decir que ya ha llegado el final de los tiempos, porque en Cristo, subido a la derecha del Padre, la humanidad ha alcanzado a su meta final. Ya comenzaron los cielos nuevos y la tierra nueva. 

A pesar de todas las miserias, las injusticias y las monstruosidades existentes sobre la tierra, en él ya se inauguró el orden definitivo del mundo. Lo que vemos con nuestros ojos puede sugerirnos lo contrario, pero el mal y la muerte realmente están vencidos para siempre. Sus fuentes se han secado; la realidad es que Jesús es el Señor del mundo. El mal ha sido radicalmente vencido por la redención por él obrada. El mundo nuevo ya ha comenzado.

Una cosa sobretodo aparece diversa, vista con los ojos de la fe: ¡la muerte! Cristo entró en la muerte como se entra en una prisión oscura; pero salió de ella por la pared opuesta. No ha regresado de donde había venido, como Lázaro que vuelve a la vida para morir de nuevo. Abrió una brecha hacia la vida que nadie podrá cerrar jamás, y por la cual todos pueden seguirlo. La muerte no es más un muro contra el que se estrella toda esperanza humana; se ha convertido en un puente hacia la eternidad. Un "puente de los suspiros", tal vez porque a nadie le gusta morir, pero un puente, ya no más un abismo que todo lo traga. "El amor es fuerte como la muerte", dice el Cantar de los Cantares (8,6). ¡En Cristo ha sido más fuerte que la muerte!

En su "Historia eclesiástica del pueblo inglés", Beda el Venerable narra cómo la fe cristiana hizo su ingreso en el norte de Inglaterra. Cuando los misioneros venidos de Roma llegaron a Northumberland, el rey del lugar convocó al consejo de dignatarios para decidir si se les debía permitir o no, difundir el nuevo mensaje. Algunos de los presentes se mostraron a favor, otros en contra. Era invierno y afuera había nieve y ventisca, pero la habitación estaba iluminada y cálida. En cierto momento, un pájaro salió de un agujero de la pared, sobrevoló asustado un rato por la sala, y luego desapareció por un agujero en la pared opuesta.

Entonces se levantó uno de los presentes y dijo: “Oh rey, nuestra vida en este mundo es como ese pájaro. No sabemos de dónde venimos, por un poco de tiempo gozamos de la luz y del calor de este mundo, y luego desaparecemos de nuevo en la oscuridad, sin saber a dónde vamos. Si estos hombres son capaces de revelarnos algo del misterio de nuestras vidas, debemos escucharlos”. 

La fe cristiana podría retornar a nuestro continente y en el mundo secularizado por la misma razón por la que hizo su entrada: como la única que tiene una respuesta segura que dar a los grandes interrogantes de la vida y de la muerte.


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La cruz separa a los creyentes de los no creyentes, porque para unos es un escándalo y una locura, y para otros es el poder de Dios y la sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1, 23-24); pero en un sentido más profundo, ésta une a todos las hombres, creyentes y no creyentes. “Jesús tenía que morir [...] no solo por una nación, sino que también para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 51 s.). Los nuevos cielos y la tierra nueva pertenecen de derecho a todos y son para todos: porque Cristo murió por todos.

La urgencia que nace de todo aquello es evangelizar: "El amor de Cristo nos impulsa, al pensar que uno murió por todos" (2 Cor 5,14). ¡Nos impulsa a la evangelización! Anunciamos al mundo la buena nueva de que "ya no hay condenación para aquellos que viven unidos a Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu, que da la Vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte" (Rom 8, 1-2).

Hay una narración del judío Franz Kafka que es un fuerte símbolo religioso y adquiere un significado nuevo, casi profético, escuchado el Viernes Santo. Se titula "Un mensaje imperial". Habla de un rey que, en su lecho de muerte, llama junto a sí a un súbdito y le susurra un mensaje al oído. Es tan importante aquel mensaje que se lo hace repetir, a su vez, al oído. Luego despide con un gesto al mensajero que se pone en camino. Pero oigamos directamente del autor lo que sigue de la historia, marcada por el tono onírico y casi de pesadilla típico de este escritor:

"Extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud como ninguno. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. ¡Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría! En cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio interno, de las cuales no saldrá nunca. Y aunque lo lograra, no significaría nada: todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras. Y si esto lo consiguiera, no habría adelantado nada: tendría que cruzar los patios; y después de los patios el segundo palacio circundante. Y cuando finalmente atravesara la última puerta --aunque esto nunca, nunca podría suceder--, todavía le faltaría cruzar la ciudad imperial, el centro del mundo, donde se amontonan montañas de su escoria. Allí en medio, nadie puede abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Tú, mientras tanto, te sientas junto a tu ventana y te imaginas tal mensaje, cuando cae la noche".

Desde su lecho de muerte, Cristo confió a su Iglesia un mensaje: "Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). Todavía hay muchos hombres que están de pie junto a la ventana y sueñan, sin saberlo, con un mensaje como el suyo. Juan, acabamos de oírlo, dice que el soldado traspasó el costado de Cristo en la cruz "para que se cumpliese la Escritura que dice: «Mirarán al que traspasaron»" (Jn. 19, 37). En el Apocalipsis añade: "He aquí que viene entre las nubes, y todo ojo le verá, aún aquellos que le traspasaron; y por él todos los linajes de la tierra harán lamentación" (Ap 1,7).

Esta profecía no anuncia la venida final de Cristo, cuando ya no será el momento de la conversión, sino del juicio. En su lugar describe la realidad de la evangelización de los pueblos. En ella se verifica una misteriosa, pero real venida del Señor que les trae la salvación. Lo suyo no será un grito de desesperación, sino de arrepentimiento y de consuelo. Es este el significado de la escritura profética que Juan ve realizada en el costado traspasado de Cristo, es decir de Zacarías 12, 10: "Y derramaré sobre la casa de David y sobre los moradores de Jerusalén, un espíritu de gracia y de súplica; y mirarán hacia mí, al que ellos traspasaron".

La evangelización tiene un origen místico; es un don que viene de la cruz de Cristo, de aquel costado abierto, de aquella sangre y de aquella agua. El amor de Cristo, como aquel trinitario, del que es la manifestación histórica, es "diffusivum sui", tiende a expandirse y alcanzar a todas las criaturas "especialmente a las más necesitadas de su misericordia". La evangelización cristiana no es conquista, no es propaganda; es el don de Dios para el mundo en su Hijo Jesús. Es dar a la Cabeza la alegría de sentir fluir la vida desde su corazón hacia su cuerpo, hasta vivificar sus miembros más alejados.

Tenemos que hacer todo lo posible para que la Iglesia no se convierta nunca en aquel castillo complicado y atestado descrito por Kafka, y para que el mensaje pueda salir de ella libre y feliz como cuando inició su recorrido. Sabemos cuáles son los impedimentos que puedan retener al mensajero: los muros divisorios, empezando por aquellos que separan a las varias iglesias cristianas entre ellas, el exceso de burocracia, las partes de ceremoniales, leyes y controversias pasadas, convertidas en escombros.

En el Apocalipsis, Jesús dice que Él está a la puerta y llama (Ap 3,20). A veces, como señaló nuestro Papa Francisco, no llama para entrar, sino que llama desde dentro para salir. Salir hacia las "periferias existenciales del pecado, del sufrimiento, de la injusticia, de la ignorancia y de la indiferencia religiosa, y de cada forma de miseria".

Sucede como con algunos edificios antiguos. A través de los siglos, y para adaptarse a las exigencias del momento, se les ha llenado de tabiques, escalinatas, de cuartos y cuartitos. Llega un momento en que nos damos cuenta de que todas estas adaptaciones ya no responden a las exigencias actuales, es más, éstas son un obstáculo, y entonces se hace necesario tener el valor de derribarlas y reportar el edificio a la simplicidad y linealidad de sus orígenes. Esta fue la misión que recibió un día un hombre que estaba orando ante el crucifijo de San Damián: "Ve, Francisco, y repara mi Iglesia".

"¿Y quién es capaz de cumplir semejante tarea?", se preguntaba aterrorizado el Apóstol frente a la tarea sobrehumana de ser en el mundo "el perfume de Cristo", y he aquí su respuesta que vale también hoy: "no porque podamos atribuirnos algo que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios. Él nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida”. (2 Cor 2, 16; 3, 5-6).

Que el Espíritu Santo, en este momento en cual se abre para la Iglesia un tiempo nuevo, pleno de esperanza, despierte en los hombres que están en la ventana la espera del mensaje, y en los mensajeros, la voluntad de hacerlo llegar a ellos, también al precio de la vida.

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